MANUEL FELIPE RUGELES CACIQUE

MANUEL FELIPE RUGELES CACIQUE
“La aldea me dio su alma. Yo di mi alma a la aldea”

María Cristina Solaeche Galera

 

 

El paisaje era como un verso de poesía que se crea a sí mismo.
Virginia Wolf.

Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar y el caballo en la montaña.
Federico García Lorca.

La mitad de la belleza depende del paisaje
y la otra mitad del hombre que la mira.
Lin Yutang.

Manuel Felipe Rugeles. Nace en San Cristóbal, capital del estado Táchira, Venezuela, el 30 de agosto de 1903.
Su padre Manuel Salvador Rugeles, su madre Ana Rita Cacique. Su esposa Ana Mercedes Azuaje.

Poeta, ensayista, periodista y político.
Cursa estudios de primaria en el colegio Alemán y la secundaria en el liceo Simón Bolívar, en San Cristóbal.

-1925. Permanece en su ciudad natal hasta la edad de veintidós años, cuando enrumba su destino a Caracas.
Como consecuencia de sus escritos publicados en el diario maracaibero Excelsior (1923-1941) dirigido por Octavio Luis Criollo, del cual Rugeles es el Jefe de Redacción, es apresado y encerrado en el Castillo San Carlos durante cuatro años, en la dictadura gomecista.

-1929. Se va al exilio en Bogotá, Colombia, donde se desempeña como Secretario de Eduardo Santos, fundador y director del diario El Tiempo y quien llega a ser presidente liberal de Colombia.

-1931. 22 de marzo. Es uno de los firmantes del Plan de Barranquilla; documento y análisis rubricado por los exilados políticos venezolanos del gobierno de Juan Vicente Gómez que se encuentran en Colombia. Se critica al gomecismo, a las empresas transnacionales, al caudillismo, al  latifundio y al capitalismo.

-1936. Al morir el dictador Juan Vicente Gómez, Manuel Felipe Rugeles regresa a Venezuela, donde ejerce diversos cargos:
Secretario del Ministro de hacienda.
Diputado a la Asamblea Legislativa del estado Táchira.
Director de la revista El Agricultor Venezolano.
Director del diario Crítica de Caracas.
Director del gabinete del Ministerio de Agricultura y Cría.
Director del gabinete de Hacienda.
Director de la Oficina Nacional de Prensa.

-1948. EE.UU. Washington. Es Secretario de la delegación venezolana ante la Organización de Estados Americanos (OEA).

-1951. Argentina. Es Consejero cultural de la Embajada de Venezuela en Buenos Aires,

-1953.  Director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación. Caracas.

-1953-1957. Director de la Revista Nacional de Cultura (1938).
Fundador y director de la revista infantil Pico-Pico.
La Generación de 1930, con Pablo Rojas Guardia, Alberto Torrealba y nuestro poeta Manuel Felipe Rugeles, es una de las primeras que en Venezuela se detiene en el mundo poético infantil.
No se ha podido ubicar la obra literaria de Manuel Felipe Rugeles con exactitud en un único contexto, en un movimiento particular o en una generación literaria determinada.
Pedro Díaz Seijas, miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y, correspondiente de la Real Academia Española, lo emplaza en la Generación del 28.
El poeta y escritor trujillano Pedro Pablo Paredes lo ubica en la Generación del 18.

Manuel Felipe Rugeles, en cuanto constructor de poemas, se sitúa, muy inteligentemente, a igual distancia del esmero orquestal modernista y las libérrimas estructuras establecidas por el vanguardismo (…) Es quien mejor plasma estéticamente los ideales de la Generación del 18: exaltar lo esencial venezolano.
Pedro Pablo Paredes.

Juan Liscano, Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, lo sitúa a igual distancia entre el Modernismo y el Vanguardismo.

Su verdadera vocación lírica lo inclina hacia lo popular, lo romántico, inclusive lo discursivo (…) Cantor de inspiración fácil, cordial, bohemio y reverente a la vez, en sus letras predominan las utilizaciones folklóricas, el color regional, las canciones, los romances, cuando no la poesía elocuente.
Juan Liscano.

Rugeles está, entre los poetas que aunque no profesaba en sí el evangelio del grupo Viernes, colabora en sus publicaciones.
Escribe con un regionalismo depurado en una mirada íntima del paisaje andino, recreándose en la llaneza de la montaña y el recogimiento del aldeano, cantando al trabajo y a la vida del campesino en un ambiente preñado de leyendas, animales, valles, labriegos y la frescura de la vegetación de los Andes venezolanos, el territorio de montaña y su sosiego. Celebra los lindantes andinos en torno de la ciudad y la claridad del cielo.  Con un valor visceral de la metaforización, lo temporal y lo intemporal unidos, sin extranjerismos ajenos al castellano.
Un lenguaje apegado al diáfano casticismo hispanizante. Un neo-nativismo que incorpora elementos vanguardistas que buscan la estilización de la copla y la décima populares; se compromete con una mayor subjetivación del paisaje, con un rescate de la nación y con el americanismo.
Se inicia desde la perspectiva criollista con sus diversos matices, paralela al viernismo sin oposición dialéctica hacia él.
Es la cotidianidad de las montañas y sus labores agrarias; la naturaleza la protagonista que maneja como telón de fondo. Rechaza lo exótico, apegándose a la tierra nativa. Sentimientos vernáculos y personajes sencillos. 

La de Manuel Felipe Rugeles es una de las obras poéticas de más lograda circunferencia en las letras de America Latina.
Orlando Araujo.

Si algún poeta pudiera hallársele, a cualquier hora, en la actitud eufórica y armoniosa del agua que fluye cristalina, ese poeta será Manuel Felipe Rugeles.
Jacinto Blanco Fombona.

1937. Cántaro.

Vamos a entrar cantando
hasta encontrar la hebra
del primer trino en algún árbol.
Vamos a entrar despacio
hasta el follaje denso
donde el sol llega apenas en jirones
dorando la tierra y las raíces de los cedros.

Tu presencia y la mía
en el bosque la esperan hace tiempo los pájaros.
Tu presencia y la mía

-1939. Oración para clamar por los oprimidos.

El agua,
el aire,
el sol
y el pájaro del alba,
desde la sombra
aman tu presencia
en la tierra.

Es tu poema.
Gracias damos a Ti porque en él dejas
la armonía y la luz de tus palabras:
el agua,
el aire,
el sol
y el pájaro en el alba.

-1940. Dorada estación.

Y aquel Antonio Machado,
de soledades lejanas.
El clavel de los domingos
siempre abierto en la montaña.
Y la plaza con un sol
 y la niña en la ventana.
Las violetas de la Ermita
que adornaban tu solapa,
y el agua dulce del río
que hoy no alegra tu garganta

-1942. Errante melodía.

Este hombre es el mismo que conocen los siglos.
Vencedor o vencido, filósofo o esclavo,
justo o impenitente, conforme o vengativo.

Este hombre es el mismo
que ha tirado el guijarro o ha asomado la venda,
que ha escondido el puñal o ha cortado la rosa,
que ha erigido el patíbulo o ha apagado la hoguera.

El que avivó la ira o prendió la alegría;
el que vistió la púrpura o el que anduvo desnudo
o lloró frente al mar o atizó la tormenta.

-1944. Aldea en la niebla. Editorial Caribe, Ediciones Arco Iris. Caracas.

En mi aldea
cuando niño nunca creí en otra aldea,
nunca soñé en otra tierra.
        Recortaba sus crepúsculos
y apacentaba sus nieblas.
        Cristales me daba el río
pájaros me dio la huerta.
        Con un caracol de monte
vida tuvo una flor nueva.
        Preso entre cuatro horizontes
 pasé mi niñez entera.
        Después descubrí un camino
Nacido al pie de mi aldea.

-1945. Plenitud.

 -1946. Puerta del cielo. Editorial Librería Voluntad. Bogotá-Caracas.

 -1947. Luz de tu presencia. Editorial B. Costa-Amic. México.

-1947. Coplas.

Este pueblo de montaña
tiene amor y despedida
con un samán a la entrada
y una acacia a la salida.

-1947. Canto a Iberoamérica. Por este poema es premiado en los Juegos Florales Iberoamericanos en México.

-1948. Memoria de la tierra.

Desde una traza desoladora se acerca a la ciudad:

Es ésta ciudad
de los muertos. Los muertos no llorados.
No recogidos. No enterrados. Muertos
que se pudrieron en la sombra, junto
a la casa y al árbol y a la fuente
de piedra milenaria. Sólo muertos
que de un límite a otro de la tierra
quedaron a su hora abandonados
como estiércol regado entre la yerba,
entre la paja seca, sin rocío,
quemada por el ala del arcángel
rebelde, sin piedad, bajo los cielos.
Elegía a una ciudad muerta.

-1950. ¡Canta Pirulero!

 Luz de la mañana y verde
mansedumbre en todo el campo.
Luz de la mañana y verde
mansedumbre en todo el campo.
Suelta la vieja copla
sobre los lentos rebaños.

¡Ay, la vaquita de ordeño
tan mansa, tan silenciosa!
¡Cómo lame al becerrito
y como mueve la cola!

Panzuda y con esos ojos
claros que el cielo retratan
¡ay, cómo todas las tardes
vuelve del campo a la casa!

¡Ay, la vaquita e ordeño
con las dos orejas blancas
y un lucerito en la frente!
¡Parda piel y negras manchas!

¡Ay, la vaquita de ordeño!

-1951. julio – octubre. Poetas de América cantan a Bolívar. Antología. Publicaciones de la Embajada de Venezuela en Buenos Aires, Argentina. Pellegrini Impresores.

Y así los poetas han hecho, un poco de ensayo, de biografía, de historia. Sus versos constituyen algo más que un simple fresco decorativo en el pedestal de la gloria bolivariana: son fragmentos del pensamiento americano – y universal- cuyas ideas se expresan en imágenes.
Manuel Felipe Rugeles. (prólogo).

 -1952. Lo popular y lo folclórico en la Táchira.

 -1953. Sentido emocional de la patria.

 -1953. Evocación geográfica de la isla de Margarita. Ediciones de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación. Caracas.
Escrito en forma de plaquettes:   el primer número de septiembre de 1953 de la Dirección de Cultura y Bellas Artes de este ministerio, está dedicado al poeta Manuel Felipe Rugeles, su actual director para la fecha.
Evocación geográfica de la isla de Margarita, lo escribe deslumbrado por el ámbito marino que rodea la histórica isla venezolana. Una mirada poética seducida por las maravillas de esta tierra insular, en un vehemente ardor por penetrar las entrañas de sus misterios, su mágica mirada al mar, en sus resonancias heroicas, en sus vivencias tradicionales, en las luces y sombras de sus paisajes.

Y estás erguida y pura, con tu aire
celeste, bajo el sol, siempre mecida
en tu hamaca de olas que se azulan,
se verdean, se dotan, se enrojecen,
se tiñen de amatista, se coloran
de malva o de violeta y cobran ritmo
de guzla enamorada,
de guarura salvaje,
de organillo
con músicas remotas, interiores,
de tambor golpeado
sordamente,
en primitiva selva.
Llanto y júbilo
cambiante de ese mar que te aprisiona
sobre el oro de la arena fina
extiende el alba de su cal de espumas.

En La Restinga o Fuerte de Santa Rosa de la Eminencia del siglo XVII.

Horas de La Restinga. Verdes horas
totales. Limpio espejo de la aurora.
Cómo el amanecer cantan los pájaros
en la ribera azul de los manglares.
El rojo vivo de las corocoras
enciende el corazón de la laguna
y hace de fuego el musical zafiro.
Horas de La Restinga en el costado
de la Isla más isla de las islas
que coronan la frente del Caribe.
El valle azul con su riachuelo breve
de La Asunción, y junto al agua del pueblo.
Casas viejas y anchos patios
de sonoros aljibes.
El castillo de piedra
fortaleza de antaño.
Y yedra en el tejado. Sobre el muro
yedra también. Y cielo con ventana
que mira al fondo de una edad ya muerta.

-1954. Cantos de sur y norte. Poemario por el que recibe el Premio Nacional de Literatura.

Se estremece el trigal con la neblina
y es azul, tan azul que no parece
trigal, sino una ola que se empina
cuando el aire de súbito lo mueve.
(…)
Al viento se lleva en el voleo
la corteza del grano ya maduro
lo sigo, lo persigo, lo deseo. 

-1955. Todo lo que está en la vida es mi vida.

 -1959. El poeta Manuel Felipe Rugeles, fallece el 4 de noviembre, a los 56  años, en la ciudad capital Caracas, Venezuela.

Tal es el precio de la vida hermano: echar un barquichuelo en la quebrada, echarlo de mañana, bien temprano, luego irse con la tarde alucinada y estarse con la luna de la mano para caer en cuenta de la nada.
Pedro Pablo Mora.

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YOSELIA Y EMIRO

Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas…
¿valdría la pena vivir?
Jacinto Benavente.

El romper de una ola no puede explicar todo el mar.
Vladimir Nabokov.

Hay pasiones que la prudencia enciende
y que no existirían sin el riesgo que provocan.
Jules d’Aureville.

Era el año 1948. El pueblo “La Virgen de las Cruces”, estaba rodeado por una herradura de montañas de la sierra, era unas ciento veinte casas de ladrillo blanqueado, un riachuelo que llevaba agua durante todo el año, la faena de  la siembra, y algunos baratijeros que cruzaban la serranía llevando mercancía a los habitantes.

De la noche a la mañana, cerca del atardecer, llegó un nuevo párroco para la feligresía del pueblo.

Sin explicaciones del porqué, del cambio repentino del viejo presbítero anterior con quien desde hacía tantos años se sentía tan bien la gente del poblado.

El pueblo entero, se había preparado para recibirlo. Las campanas repiquetearon dándole la bienvenida. Hubo alboroto de las mujeres y los niños, era la novedad. El cielo acompañó la llegada del sacerdote.

Emiro se llamaba el nuevo sacerdote, era un hombre de 53 años, bien plantado, erguido, quemado por el sol de la región playera de donde procedía, con la mirada almendrada, el pelo demasiado negro rizoso, una barba corta bien cuidada y, la sotana y el alzacuellos impecables. Con un vozarrón bendecía a diestra y siniestra mientras avanzaba balanceándose entre los pobladores, y los hombres del pueblo le cargaban la maleta y tres bultos. La calle se llenaba de algarabía que se contagiaba y propagaba por todo el poblado.

A los pocos días, llegó también un personaje, era un bohemio, pintor de paisajes y escenas rurales; se llamaba Lorenzo, tenía unos 48 años, de nariz fruncida, labios ávidos, lujuriosa mirada y una sonrisa cómplice de todo; se pasaba las mañanas pintando, medio desnudo y mordisqueando frutas, y por el atardecer, salía con su jeep a recorrer los parajes; los entendidos de la ciudad daban a sus obras gran valía. Se alojó en la única posada que existía en el lugar, era de dos habitaciones.

Entre las alborotadas feligresas estaba Yoselia, tenía 45 años, llevaba veintiún años de casada y una hija en la capital. Su marido Albiro era agricultor y chofer; sembraba, cosechaba y transportaba  en su desvencijado camión, la mitad de la cosecha del pueblo incluyendo la suya, hasta la capital a 56 kilómetros, tres veces a la semana. Era Yoselia, una mujer de estatura media, contextura regular, de perfil no definido, con una cabellera pelirrubia casi metálica algo larga, ojos claros saltones y la boca grande armonizando con los ojos, tímida en apariencia, silenciosa y esquiva.

Yoselia se aburría mortalmente en su relación marital y en el pueblo; de las manos suaves que la acariciaron al principio de su casamiento, a las ásperas y siempre terrosas manos del Albiro de ahora, habían transcurrido muchos años de silencio, apenas interrumpidos por las mañanas con el canto de los gallos, al atardecer por el mugir de las vacas y los terneros, y todas las noches puntualmente, los ronquidos que zumbaban en la habitación matrimonial. Se esmeraba en cuidar las flores de su pequeño jardín, pero hasta de éstas se estaba cansando.

Su hija se había ido a la capital, hubiera deseado ardientemente irse también, pero sabía que Albiro habría quedado destrozado; además, no podía engañarse, su hija se opondría firmemente, más no por la tristeza del padre, sino porque se iba en busca de horizontes nuevos y quería explorarlos ella sola. Y allí se quedó Yoselia, en el pueblo de “La Virgen de las Cruces”, donde todo olía a toronjil; las casas, la lluvia, la gente y la comida.

La iglesia de “La Virgen de las Cruces” era una construcción sencilla, tan simple como el caserío mismo, repantingada frente a la plaza en la que solían jugar los niños, y asolearse los más ancianos al tibio sol con su polvillo dorado; había sido levantada varias décadas atrás. Presidía el altar una virgen sosteniendo una cruz en cada mano, en lugar del niño en el regazo como de costumbre y tenía un manto cuajado de cristalillos de colores de bisutería, y los bancos eran de oscuras maderas agrietadas. Anexa a ella, la casa cural, bien distribuída en tres habitaciones; una era el escritorio donde penetraba un solecito alborozado y de la calle se oía el canturrear de los pájaros; la segunda, la habitación del cura, con ese olor peculiar que el último sacerdote había dejado impregnado; la tercera la cocina y un pequeño baño.

El padre Emiro ejercía cabalmente sus funciones de párroco, misas diarias de madrugada y al atardecer del domingo, santo rosario los viernes, visitas a las casas llevando su cristiano mensaje sobre las virtudes y la promesa de la salvación eterna en un sitio de paz que se llamaba cielo, mientras, los campesinos le hablaban de sus hijos, sus tierritas y le contaban las historias del pueblo; él, enseñaba a rezar clavando los ojos confiados en el firmamento; daba asistencia espiritual a los enfermos y oraba por la salvación de las almas; recorría en paseos el pueblo, y todos los que se encontraba lo saludaban inclinándose y besando el dorso de su mano, además, escuchaba y absolvía los “pecados” pues acababa sabiendo casi todo de todos en el confesionario.

Los días en la aldea, semejaban relojes: con exactitud, a las seis las campanadas de las plegarias mañaneras y a las siete la misa diaria; al finalizar la tarde a las seis en punto, la oración del Ángelus y al anochecer, a las nueve,  las campanas tañendo para el recogimiento del pueblo.

Al enterarse Yoselia de la llegada del nuevo sacerdote y ponerse al corriente de que la parroquia ya no tenía asistenta, se ofrece para realizar el trabajo que la anterior desempeñaba. Éste consistía, en limpiar y ordenar la sacristía, mantener las velas encendidas y el incensario preparado para los actos litúrgicos, desempolvar y abrillantar continuamente las imágenes, reordenar los escasos libros, limpiar el baño y preparar el almuerzo. Todo ello tres veces a la semana, los mismos días que Albiro viajaba con su camión y ella no tenía trabajo en su casa; mientras hacia sus labores en la parroquia, a cualquier observación o mandato del padre Emiro, Yoselia contestaba con un –Será como Dios quiera – a lo que el cura respondía –Amén –

Un día, Yoselia sintió gozoso su cuerpo, como si danzaran en su interior unas sensaciones muy íntimas. Con los ojos entornados, veía oficiar al sacerdote en los servicios religiosos y como una autómata se levantaba y arrodillaba al unísono con los demás parroquianos; aspiraba el olor de las velas encendidas, el del incienso y el de la humedad de las piedras del templo que siempre había protegido a los pobladores de las congojas y alejado de los peligros.

Fue un delirio, un frenético ensueño en el que Yoselia se encendía como si una luz de otros cielos más carnales se le prendiera en el cuerpo exaltado de una divina voluptuosidad. El pulso se le aceleraba cada vez que el padre Emiro aparecía frente a ella. Se había enamorado del sacerdote.

Se planteó Yoselia una estrategia seductora. Se compró un par de vestidos floreados, se pintó la boca de un rojo subido, se desenredó el cabello y lo recogió a un lado con la flor más hermosa del jardín de su patio; recortó el largo de los vestidos, se quitó las toscas medias largas, se acentuó el escote, compró una colonia al árabe que llegaba una vez al mes al poblado; bordó con esmero en azul oscuro las iniciales del sacerdote en toda la ropa de él, desde las medias hasta las toallas; en la misa se sentaba en la primera fila con el propósito de que el cura no pudiera perderla de vista; no desaprovechaba pisada vigilándolo subrepticiamente y, hasta llegó a confesarse admitiendo que amaba a un hombre prohibido a pesar de estar casada.

A todo esto, el cura respetuosamente, a diario, echaba una ojeada al escrupuloso orden de la sacristía y la iglesia y le comentaba, sin mirarla a los ojos cuan eficiente estaba haciendo su trabajo, nada más, acompañando con la acostumbrada bendición. Yoselia pensaba empecinada, que su digno cargo de sacerdote de la parroquia de “La Virgen de las Cruces” le impedía otras manifestaciones; pero con el tiempo y su insistencia, él se enamoraría de ella, como ella frenéticamente lo estaba de él.

Ese día viernes, se le hizo muy tarde en su trabajo, ya el sol amenaza con desaparecer su corola en el horizonte.  Ella había bayeteado  los muebles y limpiado la ventana del escritorio. El sacerdote estaba en su habitación, recostado leyendo como acostumbraba a esa hora. Siempre solía Yoselia irse puntualmente mucho antes, y dejaba las llaves al pie de la imagen de un san Pablo alumbrado por una vela que ella misma dejaba encendida, pero ese día ya empezaba a anochecer.

Un momento antes de irse, decidió cortar unas flores frescas del jardín que estaba detrás de la sacristía, para colocarlas en un jarrón porcelanado sobre el escritorio, como una muestra más de su profundo amor por el párroco Emiro.

Al ir a abrir la puerta que daba al jardín, oyó el rugido de un motor. Vio el jeep del pintor Lorenzo y al padre Emiro en su interior abrazándolo apasionadamente.

A Yoselia le temblaban las extremidades, la trastornaba la pasión con la que el cura Emiro acariciaba el rostro, el cuello, y besaba en la boca a Lorenzo. Aplastó a puñetazos de rabia su propio vestido; le parecía no poder moverse, las piernas se le hicieron cada vez más pesadas y ni un músculo de su cara se agitó por instantes. No podía engañarse, se daba clara, clarísima cuenta, de lo que allí estaba sucediendo. Sintió todo chocante, insólito, no conseguía convencerse sobre lo que veía. Se sentía extraña y azorada; removió lentamente la cabeza de un lado a otro como queriendo negárselo a si misma; al final, lloraba, lloraba estremecida, con un ímpetu de sollozos que intentaba sofocar sin lograrlo.

No lo habría sospechado nunca, no imaginaba al padre Emiro, tan circunspecto, tan solemne, con una modulación del habla tan prudente y expresiones reflexivas cargadas siempre de religiosidad y misticismo; el mismo al que le había oído predicar desde el pequeñísimo púlpito sobre la moralidad de la castidad y sus virtudes, con un lenguaje dulzarrón plagado de citas bíblicas, mientras los feligreses adoptaban la extraña posibilidad de suprimirse a ellos mismos al oír las lapidarias frases “Los designios del Señor son inescrutables” y “Para morir nacemos, el cuerpo no importa, debemos salvar a toda costa el espíritu”. No podía figurárselo y, la gente del pueblo ni pensarlo.

Ante los ojos del poblado de “La Virgen de las Cruces”, todo estaba en orden, nada había cambiado, pero para Yoselia, su vida de pronto se le tornó en irrealidad.

Allí estaba el padre Emiro, el sacerdote Emiro, el cura Emiro, el presbítero Emiro, el párroco de su parroquia, en el asiento delantero del vehículo acariciando y besando desenfrenadamente a Lorenzo el pintor. Yoselia se retorcía las manos, apretaba los dientes y exclamaba para sí: ¡No puede ser! ¡Él no! pero, también se decía ¡No llores! ¿Por qué llorar? ¿Acaso el padre Emiro no te enseñó que el destino de los hombres en esta tierra lo diseña Dios? ¡Ese Dios lo habrá querido así! y… ¿Si Dios me ayudara? Monologaba en voz baja diciéndose todo a sí misma con una trizadura en la garganta.

Se había enamorado Yoselia del padre Emiro, pero él… el padre Emiro estaba enamorado del pintor Lorenzo.

Andando lentamente, Yoselia desesperada emprendió el camino de regreso a su casa; a esa hora no encontró a nadie, el pueblo estaba recogido, anochecía, la luna estaba pálida y reducida a una cuchilla filosa y un farol en la esquina de su casa dejaba colar un finísimo rayo de luz. Con los párpados hinchados se arrojó vestida sobre la cama matrimonial. Una chispa agonizante de sol se colaba en la habitación que se extendía y abrillantaba su pelirrubia y metálica cabellera. Se recostó y cubrió con una áspera manta gris con la que se arrebujó entre gemidos.

Dentro de su mente, se deslizaban sin cesar las escenas vistas; eran celos fortísimos entreverados con un nuevo sentimiento para ella. Algo indefinible lo que experimentaba y le arañaba muy adentro del cuerpo con rabia, despecho y repugnancia a la vez. No volvería nunca a la parroquia, todo lo comprendía ahora con claridad. El rostro de Yoselia carecía de expresión, y un cuajarón de rencor le empezó a subir por la garganta.

¡Cómo podía cambiar todo con tanta celeridad!

Sintió al pueblo “La Virgen de las Cruces”, más aletargado que nunca, asfixiado, acorralado por las faldas de las montañas de la sierra que lo rodeaban todo, excepto por una única salida empedrada y luego pavimentada hacia la capital. Sin embargo, en el poblado, todo acontecía como siempre y la vida fluía calmosamente.

En ese instante, la campana parroquial repicó puntual en el apacible anochecer del pueblo, avisando que ya eran las nueve, y era la hora de recogerse sus habitantes. El mudo andar de las voces abandonó la calle, la sombra ciñó la soledad de las piedras y los bancos de la plaza.

Del cielo se desprendió la noche que llegaba y el silencio que trenzaba sus cuerdas sobre el pueblo.

María Cristina Solaeche Galera.

La Virgen de las Cruces

RONDA DE MIS SENTIDOS

Sinfonía de gemidos
avizora nuestros alientos
las voces sosteniendo sueños
los vientres tibios
abrevaderos de deseos

hombre mío
ronda de mis sentidos
arranca la medianoche
regalo de mi cuerpo
gira tus besos como manzanas en llamas

te entrego el latido del borde de la piel
mi burbuja de insomnio
y el tizón que encienda el tinte magenta

amamanta tus ardores en mis pechos
remarca el contraluz
de mi rostro enardecido

¿de dónde viene ese enroscarme cuando me miras?

María Cristina Solaeche Galera.

Safet Zec

Autor: Safet Zec
Título: Abrazo
Técnica: Óleo sobre tela.
País: Bosnia – Herzegovina

EL HYLEG DE MELINA

EL HYLEG DE MELINA


María Cristina Solaeche Galera

 Tal vez esto es lo que es el destino, saber lo que va a ocurrir,
saber que no hay nada que pueda evitarlo, y quedarse quietos mirando
como puros observadores del espectáculo del mundo.
José Saramago.

Según eternas, férreas,
grandes leyes,
todos debemos,
cerrar el círculo
de nuestra existencia.
Johann Wolfgang Goethe.

Es verdad que los astrólogos, estudiando la disposición y movimiento de los astros, predicen con frecuencia sucesos verdaderos.
Santo Tomás de Aquino.

Nació Melina en un barrio caliente y soleado, en pleno centro de la capital del estado de un país caribeño. Con las casas arrimadas unas a otras, pared con pared como amparándose entre si, todas variopintas de cálidos y llamativos colores, tanto que saltaban las pupilas al mirarlas. Todas eran de una sola planta y con un patio central. La de Melina tenía en el verde remanso interior un frondoso Apamate, que cada tiempo coloreaba todo el espacio; lo había sembrado hace años, muchos años, su tatarabuelo Don Eleuterio, quien había muerto bajo su sombra en su mecedora, cubierto de flores lilas; al árbol se le amaba y respetaba como el más anciano de la casa. El resto era espacioso, habitaciones con techos altos de vigas de madera oscurecida de curaríre, y sobresaliendo en el exterior, en el borde superior del tejado, una de cada lado, dos hermosas gárgolas que boqueaban agua cuando la lluvia arreciaba dos veces al año. De las distintas paredes, colgaban imágenes religiosas en un intento de santificar los espacios, un calendario remendado con tachaduras, un reloj que un día funcionó detenido en una hora inexacta y, unos cromos de cuadros de pintores famosos reducidos a papeles arrugados, descoloridos y aprisionados por vidrios. En una habitación dormían los padres, en otra Melina y su hermana menor.

Su padre Esteban, cuarentón alto y regordete como un cerro, con la piel tostada, un detallado bigote negro y que palabroteaba continuamente, era escribano del registro principal; su madre Dunia leía mucho, todo lo que caía en sus manos, desde una receta, el periódico, hasta los panfletos y las noveluchas románticas por entregas, pero escribir nada, en absoluto, salvo la lista de las compras. Era garbosa, agraciada, con una perenne sonrisa en la boca, más no en el rostro.

La vida durante la infancia de Melina transcurrió entre el colegio, las tareas, los recreos, e intentar colaborar siempre silenciosa, en la cocina con su madre en la elaboración de dulces caseros de hicaco, limonzón y cascos de guayaba, que se vendían en auxilio de la economía. La vida familiar no daba mucho a escoger que digamos, eso si, unidas y decididas en racimo las tres madre e hijas, no así el padre,  a seguir estrictamente con los dictámenes que según la propia madre, antes la abuela y más antes la tatarabuela, afirmaron categóricamente sin opción a duda alguna, que los había dictaminado el buen Dios.

El tiempo avanzó indetenible, Melina se transformó en una mocita larguirucha, de hermosa melena castaña, y ojos apagados. De un temperamento calmoso, quizás demasiado sosegado para su adolescencia y callada como era, fue plegándose en su propio mundo. No se distinguía en nada especial.

Los años se sucedieron rápidamente, y de un día para otro, Melina cree que está enamorada. Leo, un joven cinco años mayor que ella, estudiante del último año de bioanálisis, zanjea el frente de su ventana y no la pierde de vista en la misa dominical, poco a poco avanza en su galanteo, le envía pequeños ramos florales con poemas escritos por el poeta del barrio, y hasta se atrevió a tocarle dos serenatas. Resultado, Melina y Leo son novios. Los padres Don Esteban y Doña Dunia lo aceptaron a pesar de que ella era aún menor de edad, contaba diecisiete años. Once meses de noviazgo y el casamiento.

La ceremonia en la iglesia de la plaza del barrio, duró como todas, sobre la media hora, sin contar el responso de consejos por parte del cura, quien no sabía de lo que se trataba el amor de una pareja, pero elucubraba con firmeza sobre los designios divinos referentes a la indisolución del divino sacramento, aduciendo, que lo que Dios une no lo separe el hombre.

Harta, asqueada, Melina estaba hastiada; hace ya cuatro años que se había divorciado. Una relación que duró cinco años, donde dominó el silencio cómplice de ambos, la rutina insidiosa sin alicientes para ella, y en la que no tuvieron hijos. Ya no venía al caso agitar esos recuerdos. Era una mujer joven; ejercía de secretaria de un árido bufete de abogados, trabajo que la sumía en una monotonía y cotidianidad insufrible, rodeada de papeles totalmente alejados del mundo que ella creía imaginar, y llevaba sola demasiado tiempo. Había intentado numerosos cambios. Se inscribió al fin en la universidad, en periodismo, la profesión que le gustaría ejercer y se ocupaba metódicamente de sus actividades universitarias. Y había hecho unos pocos amigos.

Al llegar a su apartamento meticulosamente ordenado, apenas pisaba el umbral,  la esperaban dos acompañantes ansiosos: el silencio y la soledad. Los vecinos como siempre, en su tolerable egoísmo, acuartelados tras sus puertas. Ella, encendía la televisión aunque no la estaría viendo, solamente para oir las voces, los ruidos. Cuando trabajaba en las tareas de la universidad, una música hermosa resonaba en el escritorio; eran paliativos para combatir el silencio. Le agradaba cuando la llamaban, pero creía molestar si lo hacía con sus amigos, que tenían vidas tan intensas, agitadas y bulliciosas, vidas que a ella le gustaría tener.

Para vivir como los demás, le era muy necesario hacer planes radicales en su pueril vida, cancelar los saldos de su insulso pasado, dejar de seguir viviendo la vida anodina que llevaba, tan insignificante, tan nada memorable, enquistada en un mundo pequeño, rutinario, metódico, donde la cotidianidad era dueña de todo. Recordaba su niñez, como la de la mayoría de las niñas tranquilas y taciturnas, estudiando en un colegio castrante de monjas; en el hogar, fue una “niña de su casa” hasta que se casó, y en su breve matrimonio pasó a ser una “mujer de su hogar”; después, un trabajo rutinario y sin alicientes tanto fuera como dentro de la casa, es decir, era un ser resignado, cumplidor de sus tareas diarias, cortés, de buenos modales, con una preparación estrictamente básica de secundaria, en definitiva, ¡cuánta  aridez! ¡qué monotonía! ¡que sin sentido su vida! Envidiaba a los seres extraordinarios, irreverentes, vivaces, valientes, a los seres que exprimían la vida, que arriesgaban;  anhelaba discretamente para si misma ser uno de ellos.

Un atardecer, sola en el sofá de la sala, como casi siempre, ojeando el periódico del día que aún no había podido revisar, leyó un aviso que llamó su atención por el título del encabezado:

SU CARTA ASTRAL.
ASTRÓLOGA
LE REVELA SU PASADO,
PRESENTE Y FUTURO

Una palabra retuvo su atención “FUTURO”.

¿Y si fuera? Nada perdía con hacerlo, nunca se interesó por nada esotérico, pero ¿por qué no ir? Sería algo extraño en el juicioso orden establecido en su rutina diaria. Tomó nota en su típica agenda de secretaria de los datos del aviso de la astróloga y decidió que la tarde libre que tendría el próximo martes,  lo dedicaría a realizar esa rara visita; llamó por teléfono y reservó la cita. Tenía pensado preguntar, pregunta tras pregunta, quería ilusionarse con los pronósticos astrales que tal vez le depararían una vida más vivificante, más excitante, eso quería,  y sin silencio y sin soledad; quería indagar sobre lo que le ofrecería el futuro, su futuro hasta el último día de su existencia. Estaba determinada a planificar su vida dándole un giro radical.

Había aparcado el auto discretamente, no quería en lo posible que nadie se enterara de su visita a ese centro de esoterismo; esta actitud era insólita en el comportamiento al que ella estaba acostumbrada. Le brincaba suavemente el corazón, alborotado su “riesgosa aventura”. Nadie deambulaba por los pasillos ni en el ascensor que la llevó al tercer piso. Cuando llegó a la puerta se detuvo en seco y tras unos instantes pulsó el timbre tímidamente dos veces.

Una mujer cerca de cincuenta años, abrió la puerta, tenía alrededor del cuello, enroscada una delicada bufanda floreada en vistosos colores. Era hermosa, de facciones decididas, muy delgada, con unos ojos zarcos, el cabello bruno trenzado y una suave voz sosegada; con un gesto la hizo pasar.

Melina tras de si cerró la puerta con el indispensable ruido, se ajustó la ropa y se irguió celosamente; el piso estaba alfombrado, los pasos no se sentían. Nerviosa, no sabía como comportarse en esas circunstancias tan extrañas para ella.

Era una habitación alumbrada por luces muy tenues, el sol atrevido se deslizaba por las cortinas, Melina miró en derredor; repletas las paredes y los estantes de figuras y gráficas esotéricas; un Maneki-neko, gato japonés de cerámica dorada que le pareció descomunal, agitaba imperioso y sin descanso su pata izquierda en un vaivén constante. Unas figurillas talladas de aves fénix permanecían estáticas en su renacer inmortal de las cenizas, cajas impresas con el nombre “runas”, tres péndulos de los que colgaban guijarros transparentes, cartas de tarot desplegadas unas en lecturas y otras cuidadosamente guardadas en sus estuches, piedras de cuarzo de diferentes y delicados colores, velas todas ellas encendidas de diferentes tonalidades verdes y rojas, colocadas en lugares estratégicos; cojines de chillones colores apuntalados en los dos sofás, y libros, muchos libros esparcidos por todas partes, algunos hasta en el suelo. Hacia el centro una mesa redonda con un mantel de azul intenso y sobre él, una vela blanca encendida, un vaso tallado hermosamente lleno de agua, un pliego doblado en cuatro partes, varios bolígrafos de colores verde, azul y rojo, una regla milimetrada, una pequeña libreta de anotaciones y un hermoso jarrón con tres calas blancas y tres rojas. Melina estaba acostumbrada a puntualizar minuciosamente, siempre lo hacía donde quiera que llegaba, por eso reparó en todos los detalles de la estancia. La luz del día cruzaba sutilmente los cortinajes de un azul muy claro.

La pitonisa le dijo que se llamaba Asdelia, y estaba dispuesta a ayudarla en sus inquietudes sobre su pasado, presente y futuro, tal como lo anunciaba en el aviso de la  prensa. Melina categórica le respondió que solamente le interesaba el futuro, que su pasado ya lo conocía y el presente lo estaba viviendo. Que lo único que quería era saber todo lo que se presentaría en su vida a partir de ese mismo día hasta el final de ella. Que estaba determinada a rehacer su monótona y sosa existencia de una vez por todas.

Asdelia se estremeció levemente, luego se aflojó hasta lograr una serenidad relajada y perfecta. Le respondió, que entonces, en ese caso, las runas, el tarot y el péndulo estaban demás. Que lo más adecuado era, realizar en su presencia su carta astral, donde además del pasado y presente que no le interesaban por conocidos, se aclararían hechos y dudas sobre su futuro hasta el último día de su vida; a lo que Melina convino entusiasmada.

La sibila colocó música de fondo en su aparato reproductor. Melina esperaba una música relajante y anodina como la que sus amigas le habían echo escuchar en  supuestos ratos de estrés en reuniones grupales. Pero se sorprendió cuando escuchó por primera vez La danza del fuego, con sus apasionadas y enervantes notas.

El sol estaba ahora imparcial frente a la ventana, anegándolo todo con su luz amarillenta, la estancia ganó luminosidad. Asdelia desplegó sobre el mantel azul oscuro de la mesa, un plano donde aparecían en tres círculos concéntricos los doce signos zodiacales, las doce casas astrales y los grados en cada una.

Le pide a Melina los datos necesarios, día, mes, año, hora y lugar detallado del país, estado y ciudad donde nació. Toma la regla, la computadora portátil con el programa astrológico y empieza a colocar símbolos y trazos de diferentes colores, todo ello rápidamente con mucha destreza. Después de casi media hora, con el rostro satisfecho, le dice que ya está lista su carta astral. Los signos zodiacales, los planetas regentes y secundarios situados en las casas astrales respectivas, los aspectos entre ellos con sus cuadraturas, textiles, trígonos, conjunciones y oposiciones, los nodos lunares con la cabeza del dragón o puerta abierta y la cola del dragón la puerta cerrada, la rueda de la fortuna y el temido hyleg.

Empezaba la parte más interesante y conmovedora de la lectura, dar contestaciones a las preguntas que deseaba hacerle; ante ella se extendían en la carta astral las repuestas. Melina estaba nerviosa, empezó por preguntas como: si me mudaría de donde vivo, si lograré graduarme de periodista, si ejercería con logros la profesión; y cómo reaccionarían sus padres y sus amigas. ¿Y si volviera a casarse? ¿el matrimonio duraría hasta el final de su vida? ¿tendrá hijos, viajará al exterior?… y  otros detalles.

A todas esas preguntas la mujer le respondía con un escueto “no”. Eran un “no” tras otro como respuesta a las preguntas que Melani hacía. La astróloga los pronunciaba secamente sin inflexión alguna, como ecos.

Eran desatinados los “no” como respuestas; absurdo, inimaginable, que no se mudaría nunca, que no se graduaría ni trabajaría como periodista si obtenía tan buenos resultados en su carrera, que sus padres y amistades no tuvieran ninguna reacción; que no se casaría una vez más, justamente ahora que estaba enamorándose de un compañero en la facultad; que no tendría ningún hijo, ni viajaría… nada, es que ¿no sucedería nada en su vida a partir de ese día?

Melina, tenía los músculos rígidos, como si hubiera estado inmóvil durante horas, sin embargo, el sol apenas estaba algo más bajo y algo más rosado. La astróloga seria y también angustiada hacía silencio, temía que le hiciera la pregunta decisiva que aclararía los “no”. Durante un rato solamente se oía a Manuel de Falla en sus exaltadas notas de La danza del fuego sin cesar.

Le era muy difícil, casi imposible preguntar por su muerte, cuando y como acaecería. Era su última pregunta y así lo había determinado antes de llegar a la consulta; y ante esos angustiosos “no”, más acuciante era la  consulta, no entendía hasta el momento, nada de nada. ¿Por qué no sucedería nada? Con un gesto agitó la cabeza como quien pretende sacudir incertidumbres, su rostro cambió de expresión, una inquietud indefinible, se había vuelto un momento determinante en la experiencia de su vida, además, sabía de sobra, que el desconocimiento de los hechos no impediría que éstos sucedieran.

Asdelia, la astróloga, desde que elaboró la carta astral, sabía la respuesta a la que sería la última pregunta de Melina, en caso de que se atreviera a hacerla. Por ello, no se había detenido en dar argumentos a cada uno de los “no” que dio a todas las interrogaciones que ella le había expresado.

Silencio, sólo la música de fondo, el sol furtivo a través de las cortinas y la carta astral desplegada sobre la mesa. La joven contemplaba absorta el papel extendido, ahora amenazante sobre el tapete azul.

Chascando la lengua y con un gesto de estoicismo Melina preguntó: ¿Cuándo moriré?

Asdelia revisó y repasó nuevamente todos los cálculos que había realizado, revisó todo lo concerniente al hyleg: el sol, la luna, el ascendente, la fortuna, el Alcodon o “dador de vida”, el Anareta o “dador de muerte”, los regentes, la casa 8 de las enfermedades, los planetas Marte y Saturno, los planetas regentes, todo, nada se le escapó, todos los lugares aféticos. Las respuestas que le había dado a Melina eran las que la carta astral daba y ella transmitía.

El Hyleg señalaba el 21 de octubre de 2014 y, ese día era martes 19 de mayo de 2014.

A Melina, el mundo se le desvaneció y con él, el sentir de la vida. Atónita miró alrededor, los ángulos de las paredes se habían distorsionado, las manos perdieron sus contornos, percibió el estallido del declive de la existencia.

Respiro hondo, aspirando todo el aire que podría caber en su alma y muy alterada alegó airada, que estaba en la plenitud de su vida, que quizás no era muy feliz, pero morirse tan pronto. ¡No! ¡Imposible! ¡Un desatino!

El cuerpo se le agarrotó, se negaba aceptar la respuesta, siglos duró el suspiro que emitió su garganta abrumada por la invasión de las nuevas imágenes que se creaban en su mente. Repentinamente el mundo se había detenido y todo lo que la rodeaba estaba cargado de muerte; en instantes se ocultaron todos sus afanes. ¡Pasará ese tiempo tan breve y moriré! repetía casi gritando.

Se puso de pie, temblorosa se apoyó en el borde de la mesa con la frente helada y el estómago encogido; con la mirada clavada en el papel de la carta astral, se inclinó hacia la mujer en un intento de reclamarle, de gritarle, de insultarla.

Asdelia sentía dolor, el dolor ajeno que también es doloroso. No hubiera querido darle esa respuesta, pero la integridad de su profesión de astróloga lo exigía moralmente; además Melina desde el inicio de la consulta se lo había exigido claramente, era el único motivo, su futuro hasta el último día de vida.

Melina se levantó mareada, estremecida, en sus oídos zumbaba el ruido de la vida,  se quedó ahí de pie largo rato. Al cabo, muy despacio se dirigió a la puerta, Asdelia la abrió, intentó darle un abrazo pero Melina la contuvo, un latigazo de temor sacudió su cuerpo.

En un primer momento no sabía discernir lo que había pasado. Pero en instantes se recobró y con el corazón de plomo, la boca reseca totalmente y el miedo instalado en sus carnes, empezó a caminar dando vueltas, hasta que agotada subió a su carro y volvió a su apartamento.

Una vez en su interior, le parecía que los objetos temblaban. El silencio y la soledad esta vez eran desmedidamente opresivos, en su ausencia se habían adueñado del lugar. Se asomó al ventanal, anochecía, la luna en menguante pendía del cielo y una sensación de precariedad y desgracia se le agolpaban en el cuerpo. Respiro profundo intentando deshacerse de la pesadumbre de su pecho; tenía que fortalecerse; estaba amedrentada por esa condena a muerte.

Transcurría el tiempo agobiante, tenso, veloz. El sol amaneció mucho después que ella, y se encaramó en el arco del cielo; no era ya un día rutinario como cualquier otro; ahora, los días se hacían cada vez más breves, brevísimos, sobre su rostro temblaban seguidamente las lágrimas de la desesperación.

Dejó de ir al bufete de los abogados, de asistir a las clases en la universidad, de salir con los amigos y las amigas, de contestar  las llamadas limitándose a oír los mensajes y responder a cada uno con una escueta excusa. Se quedaba enroscada cada vez más en la cama, o deambulaba por el apartamento, sin apetito, sin alicientes, con un cansancio infinito, fatigada y perdiendo la lucidez.

La muerte la había entumecido en su definitiva cercanía. Melina, inspiró hondo, se apuntaló en su propio miedo, se atrincheró y se dispuso a intentar resistir. Ese mismo día resolvió realizarse una revisión médica completa y dado el caso, cumpliría todo lo prescrito por los facultativos.

Nada detectaron los exámenes médicos, gozaba según los galenos de muy buena salud. Regresó algo fortalecida a su apartamento; ya atardecía y se preparó una taza de chocolate caliente con bizcochos que no saboreaba con deleite desde hace tiempo.

La próxima semana iniciaba el mes de Octubre, lo encarará. Sin embargo, algo en su interior sigue atormentándola. Lleva ya cuatro meses con un agobio y tristeza desmesurados,  se pregunta ¿me habré sugestionado tanto para llegar a estos extremos? Un rumor de miedo sigue resonando en su cerebro.

Es 21 de octubre. No podía evitarlo, el día entero se mantuvo con un apretado nudo en el estómago, una angustia y un desasosiego que estruja y afloja su organismo entero a medida que transcurren las horas. No se atreve a hacer nada. Se recuesta en el sofá a ver sin ver la televisión, abstraída en pensamientos todos ellos desvaídos y angustiosos.

Al llegar la noche, un fuerte dolor de cabeza, la decide a hacerse un té relajante, tomar un analgésico y acostarse a dormir. Total, en pocas horas acabará el maldito día.

Los padres se abrazan sollozando desconsoladamente, Las amistades de Melina conversan quedamente; comentan cuan rara estuvo desde finales de mayo. Como se había retirado de todo, estudios, trabajo, distracciones. El velatorio era silencioso y sencillo como ella lo fue.

Al día siguiente, en el periódico aparece la esquela de su fallecimiento; en la misma página, al mismo lado, el aviso que la astróloga publica diariamente ofreciendo sus servicios.

Murió Melina, su falta no afectará en lo más mínimo la existencia del mundo.

La vida no es sino un constante y desesperado combate siempre fracasado contra la muerte.

ZARPAZO

De un zarpazo
enterré un colibrí en mi garganta
un tango entre mis pechos
y teñí de polen mis cabellos
ensartados en el bordón de una guitarra

oculté mi ombligo tras una obsidiana
un relámpago en mi vientre
y el alarido silencioso de besos entre mis piernas

bordé el brocal de mis labios
espiral de lenguas
y voces desnudas saliendo del cuerpo

es
la música que callas
es
el silencio que canto.

María Cristina Solaeche Galera

ÁNGEL MIGUEL QUEREMEL van der BIEST “Verdad mentira en piedra de tiempo eternizada”

ÁNGEL MIGUEL QUEREMEL van der BIEST “Verdad mentira en piedra de tiempo eternizada”

María Cristina Solaeche Galera

La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo,
el intento de un camino, el boceto de un sendero.
Hermann Hesse.

No es poeta aquel que no ha sentido la tentación de destruir o crear  otro lenguaje.
Octavio paz.

Un poeta es un mundo encerrado en un hombre.
Víctor Hugo.

Ángel Miguel Queremel. Nace en Coro, capital del estado Falcón, Venezuela, en 1899. Muere el 21 de mayo de 1939 en Caracas Venezuela.
La familia está conformada por su padre, el cuentista falconiano Pedro Miguel Queremel, su madre Angélica van der Biest y su hermana Enma Luisa Queremel van der Biest.

Poeta, ensayista, cronista y dramaturgo.

-1914. Llega  a la ciudad capital Caracas, donde trabaja como escribiente en un ministerio, y funda la revista Cyrano.

-1920. Realiza un breve viaje a Estados Unidos.
A su vuelta a Caracas, es redactor en El Sol y colabora con publicaciones en Tricolor, en la revista nacional Cultura Venezolana (1918), El Universal, Actualidades (1917),  y El Nuevo Diario.

-1921. Director del magacín Flirt, orientado  la mujer.

-1922. Yo pecador. Cuentos. Imprenta Bolívar Caracas.

-1923. Viaja a España, donde permanece diez años, con viajes intermedios a África del Norte, y otras ciudades de Europa.
En sus comienzos, Queremel se acerca a la llamada Generación del 18, a la que pertenecen José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Andrés Eloy Blanco, Luis Enrique Mármol, Luis Barrios Cruz y Jacinto Fombona Pachano entre otros.
En su estadía en tierras españolas, publica en Blanco y Negro, La Esfera, El Imparcial y El Litoral y funda la revista Tobogán.

-1924. El Barro Florido. Cádiz. Librería Universal de Morillos.
Es el primer poemario de Queremel, con un aliento modernista y un aspecto formal donde a veces predomina el soneto en diferentes formas de versificación y con muy escasa adjetivación. Están los poemas agrupados en tres textos: El barro florido; La feria de los caprichos y Las voces estremecidas; cada uno inicia con un poema indistintamente titulado Barro florido:

El primer grupo empieza con los versos:

Va perdiendo  mi peregrino
buscando, a tientos, tu camino.
Busca al amor, niño con vendas,
y perdió siempre la senda
y equivocó el derrotero.
Peregrina, dí:
¿el Amor nones un sendero
dentro de ti?
(…)

El segundo grupo comienza así:

La feria de mi corazón
inaugura su “troupe” de circo:
un acróbata da un brinco;
el faquir merienda fuego;
y el relámpago del trapecio se persigna el “Clown”. Suena un fox-trot. Y mientras baila por la pista Pegaso da una coz
(…)

El tercero inicia así:

Son sangre de mis heridas
-mis heridas mal curadas-
voces a tiempo calladas
en mi interior encerradas,
mis voces estremecidas
(…)
Aún no expresa en estos poemas su filiación a la vanguardia que acoge dos años después.

-1926. Se publican sus poemas vanguardistas en el magacín semanal ilustrado Élite:

En el café. De madrugada
y solo
Cuelgan de los espejos
como racimos
las luces.
Me he dejado
yo mismo
no sé donde
olvidado
perdido
solo, solo, solo.

-1926. El hombre de otra parte y otras narraciones. Un libro de relatos.

-1926. Brinco. Madrid. Fernando de Fe.

-1926. Trapecio de las imágenes. Madrid. Fernando de la Fe.

-1926. Trayectorias. Madrid Fernando de Fe.

-1927. Ejerce labores consulares en Andalucía, y funda un Cine Club en la ciudad de Málaga.

-1928. Tablas. Málaga. Imp. Sur.

 -1933. Luego de su estadía en tierras españolas, Queremel regresa a Venezuela, y trae a Caracas el ultraísmo madrileño en el que se inició Jorge Luis Borges. Comienza a divulgar la obra de los autores de la generación del 27 española, especialmente Lorca, Alberti, Cernuda, y a los escritores que revalorizan la obra del poeta del Siglo de Oro español  Luis de Góngora A el simbolista y parnasiano Mallarmé, el surrealista Lautréamont y  el romántico Nerval.
De un simbolismo inicial, al ultraísmo andaluz y el madrileño, de allí al surrealismo y finalmente a la vanguardia. Discursos metafóricos, laberintos de la imagen, rompimientos continuos de sus propuestas estéticas, frente a la tradición, favorecidos por a heterodoxia, olvidan toda moralista preceptiva. Se embebe de las estéticas de diferentes momentos por todo aquello que conoció, leyó, escribió y por su estrecha relación con la Generación del 27.
En apenas cuarenta años de su vida de los cuales diez los vivió en España,  el poeta experimentó con los diferentes movimientos literarios de ese tiempo. En España se  familiariza con el movimiento ultraísta de Cansinos Assens, Gerardo Diego y Jorge Luis Borges; de allá trajo a su tierra Venezuela esta corriente poética que dejó de lado después, para asumir nuevas con inquietud.

-1936. Poco tiempo después de la muerte del tirano Juan Vicente Gómez, nace el Grupo Literario Viernes, una de las avances poéticos más meritorios del siglo XX en Venezuela. Con el entusiasmo del poeta Queremel,  acompañado de Luis Fernando Álvarez y Vicente Gerbasi, a la que posteriormente se unirán varios poetas y narradores; esta agrupación literaria que se identifica con la rosa de los vientos, el poema en todas las direcciones, las formas y los vuelos, se propone sumar Venezuela a un movimiento poético más cosmopolita y universal. Se plantea también Viernes, acudir a los orígenes, creaciones y principios de otras literaturas y traducirlas; divulgar poetas como Hölderlin, Novalis, Valery, Rilke, Rimbaud y Eliot, entre otros.
Se reúne con sus compañeros viernistas: Pablo Rojas Guardia, Vicente Gerbasi, Luis Fernando Álvarez, Rafael Olivares Figueroa, Pascual Vanegas Filardo, José Ramón Heredia, Fernando Cabrices, Otto De Sola, Ulrich Leo y Oscar Rojas Jiménez en un bar con una suntuosa ebanistería, situado en las caraqueñas esquinas de La Bolsa y La Pedrera, al frente del Capitolio. También participan narradores y críticos; Ramón Díaz Sánchez, Alberto Junyent, Julián Padrón, Pedro Grases, Pedro Sotillo y Abel Vallmitjana.

Fue un grupo principalmente poético, y dada la relevancia que adquirió en nuestra historia literaria, podría aventurarse la afirmación de que se trató del primer grupo poético, verdaderamente consolidado, con que contó el siglo XX literario en Venezuela, a pesar del riquísimo precedente de los poetas del 18.
Pausides González Silva

 – 22 de abril de 1933. Acompañado de dos amigos, Nerio Valarino y el productor cinematográfico Henry Schwartz, funda el Teatro Ayacucho con Queremel en la directiva al lado de Luis Álvarez Marcano, Leoncio Martínez, Edgar Anzola y L. Carlos Fajardo; se proyecta la película A woman of París (1923) en un ciclo sobre Charles Chaplin, en el que Queremel expone una semblanza de Charlot.

 -1934. A partir de este año, el Cine Club Bolívar es fundado por el poeta, que reunió para ello a un numeroso grupo de escritores, poetas y artistas, funciona en el Teatro Ayacucho. El 12 de octubre de 1934,  se proyecta la escandalosa película Éxtasis (Ecstase) del cineasta checoslovaco Gustav Machatý que ha sido prohibida por el papa Pío XII y Hitler.

 -1936. Es el animoso animador del grupo literario Viernes, pues para el momento, era uno de los mejores conocedores de las corrientes literarias en Europa. Anima el grupo en formación al lado de Luis Fernando Álvarez y José Ramón Heredia en el primer momento de su existencia.
En el poema Cromo, reelabora las calles de la ciudad en un oscuro microcosmo urbano de miserias, degradación humana y muerte, desde un inevitable fatalismo. La ciudad matizada de opacidad en abatidos contrastes entre el color, la luz y la oscuridad; perenne angustia vital de su autoexclusión del mundo citadino que lo agobia

Que sufro la angustia cruel y dolorosa
de que mi gusano se haga mariposa;
de dejar el tallo por ir a la rosa

(Canción humilde)

Miseria, Calamidad,
que se arrastran por el suelo
y el sol sobre la ciudad
como la llaga del cielo 

Súbito, viene el viento
huele a hospital
y cementerio

-1938.

Tu inmovilidad, tu muerte viva,
tu mortaja de mapas que te deja los pies al desnudo,
tu agonía multicolor, tu ataúd aerodinámico,
¿son ya tu actitud de despedida, tu rígido “Adiós”,
entre risas de ladrillos?
(…)
¿No sabes?
El tamaño de la muerte cabe en el puño de tu mano crispada.
Tu vida empieza allí donde se mueva tu primer gusano.

 -1939. La máquina de coser. Obra de teatro; una célebre comedia que tuvo gran acogida en el medio cultural y es publicada en la revista Viernes.

-1939. Santo y seña. Dentro del viernismo. El desenfado, la rapidez, prosaísmo, confianza en el progreso, ya también asumidos anteriormente en El trapecio de las imágenes (1926).

Yo sé que es coger el recuerdo
y morderlo hasta los labios que se rompen;
y llamarme por mi nombre
en el silencio de los compañeros que no pueden contestarme,
y no reconocerme…
(…)
Me llevarán las hadas moradoras de la brisa
o el aire verde de los acordeones,
me llevarán sollozos y blasfemias,
me empujarán esquinas y avenidas…

-1939. El poeta Ángel Miguel Queremel muere el 21 de mayo de 1939, de un ataque cardíaco, mientras se balanceaba en una hamaca; justamente cuando ufano y alegre, sostenía en sus manos el primer número de la revista Viernes.

Cuando se corte mi aliento.
Cuando se caigan mis párpados,
Llevadme, amigos, al campo,
al campo donde no estuve.
(…)
Con tierra de las afueras,
-tierra del aire y la lluvia-
vestidme un traje mortal
de barro y polvo perpetuo.

Con su fallecimiento se acababa la primera etapa de Viernes. El grupo dedica íntegramente su segundo número a la obra y memoria del poeta.

SABOR A VINO EL SOL PONIENTE

Dátil goloso el del amor
crocante la pisada de los sentidos
sonrojo escarlata el de la palmera
ascua la imagen de la mariposa blanca

lujuria cíngara moldea el vientre y los pezones de cornalina
besar
paladear
olfatear
en el resplandor nocturno

sabor a vino el sol poniente
acurrucados en el ocaso
se dispersan los nubarrones
en abanicos

el amor
talla lentejuelas
en la muselina de los cuerpos.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: Edward Munch. Título: Mistica de playa. Técnica: Óleo sobre lienzo. Año: 1893. Medidas: 100x114cm. País: Noruega.