LAS SORTIJAS DE LA TRANSPARENCIA – María Cristina Solaeche Galera

Yo me consolaría si pudiera
verla, tres horas, dos, una siquiera,
aunque en ese momento de ventura 

Me cegase la luz de su mirada

Cruz María Salmerón Acosta

Esteban llega después del trabajo como todos los días de lunes a viernes, a su apartamento casi solitario.

Allí queda un perro, que una tarde, mientras Esteban y ella paseaban por una callejuela, encontraron desvaído y hambriento, y aún así les movió su cola; ella amorosa, recogió, cuidó  lo llamó Argos diciéndole:

– Te llamarás Argos, nos reconociste sacudiendo tu cola, como el perro de Odiseo en su regreso a Itaca–

El edificio tiene veintidós apartamentos, y en realidad, él no tiene relación alguna con los vecinos. Ella era la que asistía a las reuniones del condominio; él apenas intercambia en el ascensor una sonrisa inofensiva, y un lamento banal sobre la situación del país.

Al entrar al apartamento y cerrar silenciosamente la puerta, Esteban se va desprendiendo de casi todo, como un árbol seco de sus hojas; sobre la pequeña consola de la entrada deja las llaves, los lentes, el bolígrafo, el peine, el celular, las pastillas de menta, el documento de identidad, y sobre el suelo el maletín.

Mira en torno, sacude la cabeza para espantar tristezas. Prende el aire acondicionado, se quita el saco, la corbata, y se arremanga la camisa.

Quedan los muebles colocados tal como estaban, sus propias pertenencias y las de ella, el resto está vacío, vacío de ella, vacío de su aire y de su tiempo.

Ni los libros en desorden, ni los cigarrillos colmando los ceniceros, ni las notas de los boleros lagrimosos, ya no aparecen las manchas de lápiz labial en la almohada, ni se oyen los tres timbrazos en la puerta a su llegada.

En la cocina, silenciosa, sin el ruido mineral de los cacharros que ella laboriosa trasteaba, Esteban se prepara un café, y con la taza humeante se sienta en la pequeña mesita; enfrente está la otra silla, está vacía, es la de ella.

No descubre nada en derredor que no sea el recuerdo de su imagen, y cavila.

–Cuanto más intenso ha sido el amor, más intensos y exaltados son los recuerdos–

Lo invade una sensación de cansancio, de somnolencia. Después de tomar el café, se encierra en su escritorio con una botella de vino y una copa, le ha dado por beber en la copa de ella, y en el estéreo suena la última obra orquestal de Mendelssohn, el concierto de violín.

Saboreado el vino y disfrutada  la música, Esteban se siente algo sereno, y con paso aligerado y un recelo que no puede evitar nunca, entra en la habitación que compartió con ella.

Se acerca al espejo del tocador que tantas veces la reflejó con coquetería, y contempla Esteban su propio rostro; se le antojan extrañas sus facciones, ya no son las mismas que ella acariciaba. Se inquieta, se da cuenta de que no guarda en su memoria su propio rostro acariciado, y clava sus ojos en la mirada neblinosa que desde el espejo también lo mira.

Una sensación de finitud, como si la mente se fragmentara y dispersara en recuerdos de un momento o de otro, lo asalta.

Detalla cada objeto sobre la peinadora: un alhajero, una rosa artificial y retorcida sobre un primoroso florero azul, unas tijeras, un cepillo, todo ha quedado donde lo dejó.

Cuando llegó el médico, ella ya había muerto. Esteban desde hace un tiempo, duda del carácter definitivo de la muerte, es el dolor y el extrañarla que lo hacen vacilar. Lo que más lo agobia, es que muriera cuando más dichosos eran; todavía recuerda con exactitud y angustia, los sonidos de las dos palabras rotas con la que ella se despidió de él, y en voz baja para si  mismo se las repite.

Le cuesta mucho, demasiado quizás, la idea de vivir sin ella, suele antojársele a veces imposible pero no le queda otro remedio, es el instinto del vivir y tiene que sobreponerse a este día, como se sobrepuso ayer y anteayer y tendrá que hacerlo mañana. Los tiempos en que de amor se moría, ya habían pasado si es que existieron.

Cansado de un día de agotador trabajo, Esteban se acuesta; conserva su lado de la cama, el otro lado reclama silencioso la ausencia; ajusta la hora en el celular y trata de dormir, mas es inútil, se queda despierto hasta cerca de la madrugada dando vueltas en la cama con apenas la luz tenue de la lamparita.

Toda la noche agitándose, explorando en su memoria la imagen de un rostro, de una mirada clara de mar en calma, de una falda azul floreada, de una mano con dos sortijas y una sonrisa cómplice. Quiere abrazarla, pero aunque agita los brazos y mueve los labios, no le sale la voz y los brazos extendidos  envuelven el aire.

Los recuerdos como pájaros revoloteando, se esconden y vuelven a mostrarse, no le permiten conciliar el sueño y cuando llega el alba lo encuentra adormilado; es una mañana clara y húmeda de septiembre, en la que ya se adivina la lluvia del atardecer.

Ella murió un marzo, en una madrugada agonizante, Esteban enloqueció de dolor. El tiempo se empeña en esconder su desconsuelo en el olvido. Se da cuenta, que cada día desde que ella falleció, no ha logrado que su imagen le sonriera desde el recuerdo.

Era jueves, ya muy tarde, había anochecido, y Esteban se entretenía leyendo un libro de mitología, que un colega del trabajo le había prestado el día anterior.

Inesperadamente oye tres timbrazos en la puerta, – fueron tres timbrazos – pensó: tan iguales a los que ella acostumbraba a tocar cada vez que llegaba, que el corazón se le aceleró.

Desconcertado por la hora y sus alocados pensamientos, se apresura para abrir; Argos se levanta enseguida y moviendo frenéticamente la cola en señal de alegría, llega a la puerta antes que él. Al observar la conducta del perro Esteban, más confiado abre la puerta.

Allí, en el umbral está ella, es su imagen traslúcida, poco menos que real, es transparente, totalmente trasparente, el rostro, la ropa, los brazos, las piernas, hasta los zapatos son transparentes, toda ella es una transparencia; pero los ojos, los ojos no, la mirada clara de mar en calma, es cálida, tan hermosa como la recuerda Esteban en la última mirada que ella le dirigió.

Es ella, sin duda alguna, hasta Argos la reconoce y agita alegremente su cola intentando sin lograr olisquearla.

Es una transparencia, es traslúcida toda ella excepto los ojos; él puede ver a través del vaporoso vestido azul floreado, entre los vuelos se insinúa su cuerpo, ese cuerpo que tanto había amado.

Esteban estupefacto, ansioso, perturbado y amoroso de nuevo, no acierta a reaccionar. Sabe que debe permanecer en silencio, la transparencia no mueve los labios, no emite ningún sonido.

De repente, ante un Esteban atónito y perplejo, ella extiende su mano trasparente con dos nítidas sortijas, toma la mano de él y se la lleva a su propio corazón sin dejar de mirarlo, después, lentamente, la apoya en el corazón de Esteban que late sobresaltado.

Repentinamente, un cambio de tonalidad en los ojos de ella que resbalan lágrimas, la transparencia se desvanece, se disipa lentamente ante un Esteban aturdido, amoroso y confundido, que queda con su mano sobre el pecho, cerrada y apretada, muy apretada; vacila, contiene el aliento, poco a poco abre la mano, allí, en su palma,  brillan  las dos sortijas de ella.

A partir de ese día, todas las noches, antes de acostarse, Esteban espera ansioso a la amada transparencia; Argos echado a su lado también está alerta.

El sonido del timbre permanece mudo, la inquietud lo angustia, la impaciencia lo agobia; hasta el perro camina nervioso de un lado a otro, y suele pasar largas horas echado junto a la puerta alerta al más leve ruido, también él espera a la  mujer que lo había cuidado y querido.

Esteban espera, espera y espera. El desasosiego lo consume, el timbre no suena, enmudeció. Igual sucede durante varias noches, de varias semanas, de varios meses; no se trata de comprender, no tiene alivio Esteban y desconsolado piensa: “Esa mirada clara de mar en calma, quizás llora conmigo la ausencia“.

Una de esas noches de espera, sentado en su sofá, Esteban con su mano cerrada y apretada sobre su corazón, cierra los ojos; de repente, siente algo cálido en la palma de su mano cerrada, entonces, solo entonces, la abre, allí brillan las dos sortijas.

En ese momento, supo que ella no iba a volver nunca, que una segunda vez partía sin él, que no regresaría jamás.

La negrura de la noche desciende callada, y la luna orgullosa se empina en los cielos.

Y a Esteban se le hizo el amor, más amor, más hondo y doloroso.

María Cristina Solaeche Galera.

Autor: Alex Dukhanov
Técnica: Fotografía
Título: Niña del bosque oscuro retirándose

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ANTES  DESPUÉS, LA GUERRA

En un principio era el verbo
y antes
antes del antes
y después
después del después
la guerra

nada quiebra su sayal de cenizas
nada tritura su delirante sombra
ni detiene su carrusel de sangre

nada silencia el alarido de la víscera
nada acalla el estruendo del cráneo
ni avienta  la polvareda del hastío

nada  extingue el aliento de vinagre
nada desintegra el filo mellado
ni encona el chillido hiriente del viento

estela ensangrentada
rugiente nefaria estéril
sus cóncavos colmillos
clava en el viscoso pecho del hombre
incinera la vida
cruje eternamente
antes del antes
después del después

El gusano de la guerra se concilia con la muerte.

María Cristina Solaeche Galera.

Artista: MAGRITTE, René.
Título de la obra: La memoria.
Año: 1948.
Técnica: Óleo sobre lienzo
Dimensiones: 59 x 49 cm
País: Bélgica

 

“ERA UNA MARIPOSA” de Maria Cristina Solaeche Galera

Sufrieron hasta ese grado en que la angustia
se transforma en enfermedad mental.
Borís Pasternak.

La rabia de los celos es tan fuerte, que fuerza a hacer cualquier desatino.
Miguel de Cervantes.

Eleonora más que caminar se desliza aérea como flotando;   es una mujer  fibrosa y menuda. Delgada, muy delgada, con una delgadez tal, que parece no tener fuerzas en sus dedos de pájaro, ni para pulsar el teclado de la computadora que tiene sobre su mesita de trabajo; los labios los mantiene torturados en un gesto que insinúa la existencia de un constante malestar, el cabello lacio y largo de un castaño oscuro recogido en una cola, y unos ojos pequeños, demasiado pequeños.

Es tal su insignificancia, que los hombres no reparan en ella, mejor dicho, poca gente nota su presencia. Da la impresión, de estar toda ella habitada por una nada diminuta y fantasmal.

Sin intereses culturales, sin la mínima inquietud filosófica, opaca, insulsa, pero eso sí, con unas desesperadas ansias de salir de la agobiante situación de soledad en la que vegeta.

La casa donde Eleonora vive, se encuentra enterrada en un barrio conocido por el nombre de La promesa.

El interior de la vivienda está iluminado apenas por unas ventanucas que encajan mal, las paredes desconchadas y los lugares en desorden y repletos de trastos. En el patio sediento, crece un solitario árbol de mango con la corteza ennegrecida y reseca; por la puerta que da a él, se cuelan cada vez que se abre, ráfagas de insoportable calor  que llegan hasta la médula de la casa, y  si llueve, las goteras del techo, obligan a desplazar tobos de un lado a otro que a cada rato hay que vaciar.

Su padre había sido mecánico, y su apasionamiento fue solamente para las herramientas. Su madre padeció de hipocondría, y sus pasiones fueron las medicinas y las visitas a casi todas las diferentes especialidades médicas, sin que ninguno de los galenos le hubiera diagnosticado nada que justificara sus cuadros sintomáticos, y cuando murió, irónicamente no se postró con ningún mal real, ni emitió un quejido.

Vive Eleonora, acompañada de  una hermana mayor  solterona como ella, con trastornos de carácter, que brinca de la calma a la agitación en segundos; es una réplica de la madre tanto en la expresión como en las manías, en los gestos y en la entonación chirriante de la voz. Al igual que a su madre, a su hermana siempre le duele algo, unos días los pulmones, otros la garganta, o el estómago, la cabeza, los ojos… los imaginados dolores le recorren el cuerpo fantasmalmente, y ella maniática, se esfuerza en hacer parte de sus enfermedades a todos los que escasamente suelen rodearla. Cuando se siente mal, que es casi todos los días, atraviesa como una furia las estancias de la casa quejándose de esto, de aquello y de lo otro, hasta llegar a quejarse de una cosa, y al poco tiempo de la contraria. Mientras esos furores suceden, pues los momentos de paz, nunca son de paz, sino de tregua, Eleonora, si no está en el trabajo, permanece callada, no dice nada, ni pregunta ni afirma, ni reclama, se limita a hacer silencio y recogerse en su habitación colindante con la de la hermana,  a resignarse  sollozando, y arrullarse el rostro con ambas manos,  prometiéndose que ella saldrá de esta situación a como diera lugar.

Todo en derredor parece roto, desvencijado, como si desde que Eleonora hubiera nacido, estuviera el mundo que la rodeaba  casi destruido; ya cuando era una niña, las vidas de sus padres estaban rotas.

Los días laborables, metódicamente, a las seis de la mañana Eleonora se toma su primer sorbo de café bien cargado. Poco antes de las ocho, ya está puntual en su trabajo y se sirve un segundo café de la máquina de la oficina; después, se va a su reducido espacio de labores donde apenas tiene una silla, una mesa-escritorio mínima, una computadora,  y una ventanilla de vidrio para atender a los usuarios de las oficinas de la Notaria Pública y, a los abogados que reclaman a diario las documentaciones ya notariadas.

Uno de esos tediosos días, Eleonora nota, que entre los numerosos abogados que recurren a su ventanilla buscando documentos, un hombre muy sobrio, siempre de traje y corbata como su trabajo en los tribunales lo amerita, siempre le guiña un ojo y sonríe cuando ella le entrega los documentos que diariamente requiere. Es uno de los tantos abogados que llegan solicitando recaudos legales. Es un hombre afable, caballeroso, su nombre Dr. Elio Azuaje.

Eleonora lo empieza a mirar y atender cada vez que él solicita algún papel, con más complacencia que al resto de las personas que acuden a su ventanilla, mientras empieza a fantasear con un posible romance.

Una tarde, casi finalizado el trabajo, aparece Elio en su ventana, y después de recoger un documento, caballerosamente la invita a tomar un café en la cafetería de enfrente, del otro lado de la calle, como una manera de agradecerle su esmero al atenderlo. Ella, ansiosa para sus adentros, acepta rápidamente; y así ocurre durante varias semanas. Casi todas las tardes al salir del trabajo, se repite la invitación, y se dirigen al mismo café; ya se les vuelve  un hábito.

Después de un tiempo, salidas, y conversaciones en las que ella es solamente una escucha, conoce los horarios, y algunas de las costumbres y rutinas de Elio. Se entera Eleonora, que él es divorciado, con una hija en el exterior, que es jugador de ajedrez, le encanta el teatro, y que su situación económica es muy estable. Comparten algunas actividades culturales, una que otra película y conoce  unos amigos de él; poco a poco,  es una rutina a la salida del trabajo.

Lo que para Elio es una amistad  sencilla y sin complicaciones, que nunca pasará más allá de esos sentimientos; para Eleonora, en su corazón, es un apasionado enamoramiento que está enraizando en amor. A partir de allí, Eleonora empieza a vivir en un mundo en el que el amor existe cada minuto de su vida.

Transcurren unos meses, hasta que un día, Elio, su amigo confidente, le dice muy entusiasmado a Eleonora que se ha enamorado, que se trata de una mujer muy apasionada, una guapa morena que conoció en el trabajo y es abogada como él. Eleonora da un vuelco súbito, y de nuevo, a partir de ese instante, y de un día para otro, empieza a llevar la vida fantasmal que vivía antes de conocer a Elio.

Al entrar en el autobús que la deja en el trabajo, ya no se sienta, se desploma en el asiento; la expresión de tristeza no le abandona el cuerpo y el rictus amargo en sus labios se acentúa aún mas.

En el barrio La Promesa, los vecinos no la vuelven a ver sonriente, sentada al atardecer, en el reducido y sombrío porche de la casa como  solía hacerlo los últimos meses.

Eleonora se obliga diariamente, a simular una sonrisa ante los compañeros y usuarios en las labores de la notaría, pierde el gusto por las actividades sociales y culturales  a las que había asistido con Elio, hasta el apetito se le reduce adelgazando aún más todavía. Mientras se esfuerza, en que su expresión no muestre ningún cambio y finge, finge que vive tranquila, pero la boca suele  decir cosas que la mirada desmiente.

La cocina en el hogar de las hermanas es muy pequeña; antes estaba ordenada y limpia, solo ella se encargaba; ahora, está repleta de ollas, sartenes, platos, tazas sucias y otras cosas amontonadas sobre las estanterías, y ni ella ni su hermana hipocondríaca, que nunca lo había hecho, se preocupan de ordenar.

Cuando se acuesta Eleonora, el tacto de la sábana al meterse en la cama se le asemeja a una mortaja, fría por el aire acondicionado que calma el calor de la habitación; cada objeto que en hay dentro, está tan frío como ella misma se siente. Solo una vez dormida, el sueño se le convierte en un remanso de tranquilidad.

Cada vez que Eleonora se mira en el espejo, no puede olvidar cómo era su rostro antes de adquirir las facciones  agrias del despecho, de los celos y del resentimiento.

– Una tonta, una invisible, eso es lo que eres – se repite con voz seca y cansada frente a su imagen.

Elio por su parte, ha espaciado las invitaciones para Eleonora, hasta anularlas, y se vuelca en la mujer de la que está enamorado. Cuando recoge los documentos, ya no es un guiño y una sonrisa la despedida, se limita a un cortés saludo y sin invitación al café de enfrente.

Transcurren así dos meses, y de un día para otro, Eleonora cambia drásticamente sus sentimientos y su conducta para con Elio, para con los que la rodean tanto en el trabajo como en el vecindario, con su enervante hermana y consigo misma. El cambio se produce violentamente; al principio había sido un decaimiento, un abatimiento, una razonable consternación; después, repentinamente, el rencor y la posibilidad de una venganza se empieza a enquistar en su espíritu. Nunca ella había imaginado ese sufrimiento, se encuentra indefensa, con dolor, con rabia, con odio y con miedo; hasta que llega el momento en que ese nuevo sentir ácido, amargo y vengativo, acapara día y noche su mente.

Frente a Elio, ajeno y distante, ella no muestra ninguna emoción, lo atiende como a cualquier otra persona que acude a su ventanilla. Todo ello le produce una pena sin límites y no se permite cerrar la herida, al contrario, la hurga mientras se adueña de ella el aborrecimiento y el resentimiento, pero absurdamente, no contra Elio, sino contra la mujer que la desplazó, a la que conoció una tarde en el trabajo cuando él se la presentó.

Eleonora se ha transformando en una mujer seca, desabrida, brusca, antipática, intratable. Se arrepiente de todo, de llorar, de dormir, de trabajar en la notaría, de vivir con esa hermana, en esa casa y en ese barrio al que las promesas no llegan nunca a pesar de su nombre. Pero no se resigna a que otra se lo haya quitado.

Al principio asoma la venganza, solo como un murmullo, como un rumor interior, como el zumbido de un enjambre de insectos que se le encaja dolorosamente en su corazón. Después, ya mantiene entre ceja y ceja a la usurpadora, la odia de día y de noche, en todas partes y lugares a donde el pensamiento le lleva a Eleonora la imagen aborrecida. El odio crece día a día, noche a noche, insomnio a insomnio, hasta alcanzar una intensa perturbación en su mente, y ese dolor del despecho,  que tan conocido es para muchas mujeres, ella lo siente por primera vez, y es único e insufrible para Eleonora.

Empieza Eleonora a traspasar el horizonte de la cordura. De ahora en adelante, elucubra la manera de deshacer esa relación acabando con la odiada mujer; de imaginar las formas como destruirla, y acopla a sus sentimientos vengativos, sus celos y su exacerbado encono.

Al llegar al trabajo, apenas habla. En lugar de una taza de café, toma varias una tras otra compulsivamente, en silencio, pálida y ojerosa, haciendo tintinear la taza y el plato con el temblor nervioso de sus pequeñas manos. Después, muy alterada, camina de un lado a otro irascible, hasta lograr ocupar su lugar en la ventanilla de la notaría, se estira las arrugas de la ropa ahora descuidada y se acomoda nerviosamente la cola de caballo.

Cuando regresa a su casa, en su dormitorio, le da por mirar constantemente su imagen en el espejo, y se queda un largo rato enfrente de ella, casi rígida, se mira directamente a los ojos y aprieta los labios, se palpa la cara, se acaricia los párpados, y por sobre todo, el vientre que sabe quedará estéril. Tiene sudorosa la frente, cierra los pequeños  puños y le tiemblan los brazos. La imagen de Eleonora aparece en el reflejo, como los desechos de un animal marino abandonado en tierra por la marea.

Se queda casi inmóvil mirándose, como queriendo saber la causa y la razón por la cual ella está en este mundo sufriendo así.

Pasa las noches despierta, en vilo, con los ojos desorbitados mirando fijamente el techo y restregando sus manos una contra otra. Y llora, y sigue llorando y llorando durante todas las malditas noches de insomnio.

Acaba abandonando el trabajo, razón por la que es despedida. Busca ansiosa varias alternativas a su sufrimiento y consulta psicólogos; desencantada, visita astrólogos, curanderos, videntes y  hechiceras, quienes a sus maneras, cada uno le va presentando soluciones ya inútiles, ya perversas.  Toma dos pastillas diarias de ansiolíticos y realiza sesiones de respiración consciente como método de relajación por indicaciones del psicólogo, hastiada, manda realizar trabajos de magia, prende velas, inciensos… en su desespero acude a cualquier recurso; intenta la meditación mas no logra concentrarse en nada que no sean las imágenes de él y ella, y cuando sospecha que está a punto de lograr una pizca de serenidad y equilibrio, un manto tupido y nebuloso la separa de su objetivo, es el rostro de la mujer usurpadora del amor de su Elio.

No puede entender, como en un mundo donde cada día ocurren cosas maravillosas, no se pueda solucionar un simple asunto amoroso para ella tan imperioso; no puede resignarse.

Se queda anémica, mucho más demacrada y macilenta. No quiere casi comer, ni salir, ni hablar apenas; hasta al levantar el celular, cuando escasamente suena, lo hace con un esfuerzo como si le pesara una tonelada. Todo le sale mal, le tiembla el cuerpo en su interior, no tiene control sobre su mente,  está perdiendo el juicio.

Una tarde temprano, en que el sol persiste en sus encantos naranjas en medio de un intenso azul, y el aire huele a limpio, está Eleonora sentada y desmadejada en su mecedora en el porche, con la espalda curvada, las piernas apretadas nerviosamente una contra otra y las manos aferradas a los brazos de la silla como si fuera  a caerse, y la mueca amarga en sus labios más acentuada aún.

Repentinamente, una vistosa y delicada mariposa blanca nacarada se posa en sus rodillas. Eleonora con violencia que ya no contiene en su trastorno mental, con una burlona sonrisa y unas ganas incontrolables de matarla, se apresura a atraparla; la mariposa lucha por escapar, ella con una mano le sostiene con sus esqueléticos dedos las puntas de las dos hermosas y frágiles alas, la sacude con rabia y aprieta tanto, que las alas se despedazan en sus dedos como papelillos, y cae al suelo el cuerpo de la pequeña mariposa que indefensa, aún se mueve con torpeza intentando volar, pero ya no puede y queda inmóvil. Con la mirada extraviada, con saña y un gesto de aversión, la aplasta y restriega contra el suelo con goce demencial.

Su rostro cambia de repente, se alteran más aún sus facciones, se levanta con aire triunfal, con una sonrisa desquiciante, con un gesto de locura en el semblante y una expresión desfigurada por el desvarío.

Al fin logró resolver su angustioso problema, Elio volverá de nuevo con ella y nunca, nunca jamás, nada se interpondrá entre ellos, ha destruido totalmente a la hermosa mujer morena.

Un grito estridente de alegría, araña la garganta de Eleonora.

– ¡Ella, ella era una mariposa! –

Autor de la obra: Viggiano de la Vega. Año: 2012. Título: Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas,

SOLOS

Anochece sobre la tierra
se viste de negro almizcle la noche
engarzada en el costado del universo
y se oculta la luna en el lado del luto
con el olvido de la vida errante
mientras la discreta estrella teje su
atavío de nubes con los hilos del tiempo
y las manos del viento arrastran
la cola de la sombras que ondean
destiñendo sigilosas
la lluvia en el relente del relámpago.

Un hombre solo, solo escarba el horizonte oscuro
con su alma de polvo y su abrazo de encina
escondiendo una canción que le recuerda su nombre.

Amanece sobre la tierra
esparce el sol su azafrán quemante y
en su boca agrietada el poniente se esconde
y con sus pestañas zarcas las flores recogen
en pulseras la tardía oscuridad rezagada
la luz encandila el bullicio del día
deslizándose con la candidez
del aleteo de un pájaro furtivo
en el sosegado cielo mientras
en el río se arrugan las escamas de céfiro
en el corazón plata de su corriente.

Una mujer sola, sola con su sollozo humedece
la mejilla de la tierra abofeteada
en la mañana del mundo.

María Cristina Solaeche Galera.

Pintura Olave.jpg

EL MILAGRO DE ERSILIA

EL MILAGRO DE ERSILIA

María Cristina Solaeche Galera

Desde el fondo del abismo

clamo a ti, Señor.

¡escucha, Señor, mi voz!

¡Atiendan tus oídos mi grito suplicante!

Salmo 130.

El apartamento sin la presencia del padre, inspiraba temor a las dos mujeres, sobre todo, a partir del anochecer cuando el silencio y las penumbras lo hacían más sombrío; en él vivían solas, la madre y la hija.

Ersilia, la hija, tiene la misma boca de su padre, con la comisura izquierda algo más elevada que la derecha, pero, no así los sentimientos hermosos, estos se fueron con él cuando murió.

La madre, languidecía cada día en su silla de ruedas. Las articulaciones rígidas y nudosas; los ojos pardos demasiado tristes y demasiado abiertos, como anhelando ver algo más allá de lo que la rodeaba; los labios antes hermosos, estaban ahora fruncidos y resguardaban una boca huérfana de dientes. La tristeza se asentaba en su casi deshecho cuerpo y en su desconsolada viudez.

Los únicos sonidos que la madre oía, eran, el de los latidos de su propia sangre en las sienes, los reclamos de Ersilia, y los cánticos religiosos de alabanzas que su hija hacía sonar insistentemente todos los atardeceres; mientra ella, la pobre mujer, se quedaba mirándose las manos abiertas, extendidas sobre las debilitadas piernas, como esperando algo que nunca llegaría, y el abatimiento, el desconsuelo le encarcelaba el cuerpo más aún en los dolores y en la postración de la silla de ruedas.

Ersilia, a diario se decía, que su responsabilidad con su madre, era enorme, era excesiva. Ella se sabía buena, sacrificada y muy creyente en Dios.

Tenía tomada una decisión. La había pensado detenidamente durante mucho tiempo, quizás demasiado; una decisión muy sentida, madurada, y últimamente, le rondaba en su cabeza y corazón cada instante.

No, no era una decisión amorosa, ni de compasión por su desvalida madre. Al contrario, era el resultado de una agitación mortificante que arañaba la mente de Ersilia día a día; una rabia fría, una mezcla de piedad mística, repugnancia y hastiamiento, al ver todos los días, a toda hora, ante sus ojos, a la madre contraecha en la silla de ruedas que ya no podía manejar siquiera ni valerse por si misma. Encorvada, macilenta, y con los pulmones destrozados.

—¡Qué tos!— solía mascullar cada vez que la oía toser.

A cada acceso, la pobre mujer jadeaba sofocada, y se golpeaba el pecho con los puños deformados diciendo entrecortadamente:

—Me muero…me muero ¡Ay Dios mío!

Otra semana finalizaba con la llegada del domingo, el día dedicado enteramente por Ersilia al Señor Padre del universo; el día más conveniente para hacer realidad su piadosa resolución. Ersilia, entusiasta creyente, ya lo había decidido, y esa noche, le rogaría al Señor Padre, al Dios del cielo, que la ayudara a hacerla realidad. Le suplicaría a la divinidad un prodigio, estaba segura pues tenía fe, una fe firme en él, Dios Padre, quién seguro le haría el milagro. Reconocía que esa situación repulsiva debía de terminar, y el Dios bueno e infinitamente misericordioso, el rey de los cielos piadosamente la auxiliaría.

Ese día, Ersilia, ya desde la mañana, había soltado improperios porque el café se le había enfriado, por tener que atender a su madre; porque se habían quemado las tostadas; y que el sol ya estaba encubierto, y ella llegaría tarde a los sagrados ritos religiosos en la iglesia.

Para Ersilia se le había convertido en un deber sagrado lo que en su mente había planificado con una fe firme y resignada beatitud.

—El tiempo de Dios es perfecto— se decía, y esa noche sería perfecta.

Declinó el día, acostó de mala gana como siempre a la madre y, ni un gesto involuntario, ni la mínima mengua en el rostro, ni un parpadeo, ni un temblor en los labios, la traicionaban mientras le decía a su madre:

—Mamá, esta noche esfuérzate en dormir, tranquila en la cama, no pienses en nada, solo duerme.

Una vez en su cuarto, Ersilia toma aire un par de veces, y arrodillada, insuflada de fe, comienza sus plegarias mientras acaricia el cristo de plata que siempre cuelga de su cuello y manosea un rosario. Pronuncia vehemente cada palabra de su petición en la oración; lo hace, como un ruego suplicante, mientras en sus ojos brilla una expresión de fanatismo.

Piensa en aquel pasaje bíblico que empieza: Señor, escucha mi oración; pon atención a mi súplica.

Entornando los ojos, el dormitorio le parece haberse iluminado con una claridad divina, como por un soplo misterioso. Algo milagroso estaba ocurriendo, sentía que la luz se iba posando sobre las paredes del cuarto, sobre su cama, deslizándose hasta llegar a sus suplicantes manos.

Abría los brazos, levantaba la mirada hacia techo, creyendo ver el cielo y exclamando.

—¡Dios…Dios…Dios! ¡Dios del universo, ayúdame! Tú sabes mis necesidades. Tu tiempo es perfecto.

En el arrebato, creía ver en el cegador resplandor ante sus ojos, la prueba fehaciente, de que Dios estaba frente a ella y le estaba amorosamente oyendo sus súplicas.

El corazón empezó a latirle aceleradamente entre las costillas, el Señor Padre de los cielos estaba atendiendo su oración, le estaba respondiendo.

El sol había descendiendo totalmente, las nubes se encogieron, la humedad no se evaporaba. Acabada su súplica, su ruego al todopoderoso, el estruendo de un trueno y el lívido claror del relámpago la conmocionaron y una torrencial lluvia se desató. Ersilia cree en su viva fe, que son señales de que Dios le ha respondido, que le confirma sus pensamientos, que el milagro se ha obrado, y su petición ha sido oída por el altísimo.

Ersilia se quedó atenta al mínimo ruido, no oye la terca tos nocturna de su madre; en silencio se acercó al dormitorio de ella e impaciente, oyó detrás de la puerta del cuarto. Nada, ni siquiera el acostumbrado jadeo de la madre se oía. Espera aún un rato, después, decidida persignándose santamente de nuevo, y con fe en su misericordioso Dios, abre la puerta.

El cuarto estaba tenuemente alumbrado por la lámpara de noche que iluminaba escasamente el rostro sufriente de la madre.

Vacilante, Ersilia, avanzó hacia el lecho, esperanzada de que su justa petición haya sido oída por el altísimo.

Se acercó cautelosa; el semblante de su madre no tenía lo apacible del dormir, en su lugar, una contracción trágica lo retorcía, y los brazos y las manos mostraban engarrotados un gesto desesperante. Ante esta imagen, Ersilia, con su impoluta fe, la tocó, se da cuenta que estaba muerta. Una sonrisa de satisfacción asomó en sus labios, se le iluminó la mirada, agarró la sábana y decidida, rápidamente tapó el cuerpo de la madre.

Allí mismo, al pie de la cama, Ersilia, se arrodilla, se persigna nuevamente, y entonando un canto religioso de su preferencia, agradece a la infinita misericordia celestial, que le oyó su plegaria.

Y amaneció, reinaba un profundo silencio en el apartamento; Ersilia en la cocina sorbo a sorbo se deleitaba con su café bien caliente, mientras miraba por la ventana los pequeños y alegres frutos rojos del semeruco del jardín del edificio vecino. Terminó su aromática infusión y se dirigió al teléfono, tenía que avisar del fallecimiento de su madre.

Ersilia sabía muy bien, que los milagros ocurren a instancias de un ser que es omnipotente, además de omnisciente y omnipresente. Agradecida y contenta, con beata satisfacción, en voz alta prorrumpía en gracias y lisonjas al bondadoso Dios por haberle concedido el milagro.

César Rondón. Honduras.

“Mujer rezando”.

LA ROSA DE OTILIA

María Cristina Solaeche Galera

La límpida fragilidad de esa rosa,

la única que nació anoche y que hoy descubro,

descifra la maravilla

de lo breve.

Héctor Silva Michelena.

A diferencia de todos los de su familia que son altos y esbeltos, Otilia es baja, obesa, muy obesa, las piernas apenas soportan su peso, los pechos enormes, manos y pies regordetes con dedos más regordetes aún; los ojos son hermosos azabaches expresivos como los del padre, y tiene los labios generosos de la madre; una risa chispeante que suele soltar en el momento menos adecuado; una incondicional credulidad y confianza en las iconografías de todos los santos, y una fe ciega en el cielo y el infierno.

Otilia es laboriosa, trabaja lunes, miércoles y jueves de tres a seis de la tarde, de secretaria en el consultorio de un dermatólogo, labor nada agobiante pues la realiza sentada en un escritorio. Y canta, tiene una cadencia en su voz melodiosa con la que entona preciosas canciones, los boleros y baladas son de su predilección.

Chipko, es un dominante y dictatorial gallo, esbelto, de plumaje rojinegro, cresta encarnada y una actitud arrogante. En el pequeño patio trasero, vigila y mantiene libre de alimañas, el jardín donde Otilia cultiva hierbas aromáticas de albahaca, perejil, orégano, toronjil y manzanilla; al mismo tiempo, cumple cabalmente con despertarla todas las madrugadas de todos los días del año, a las seis en punto.

Hace tiempo, que Otilia ha enterrado las ganas de vivir “plenamente”, de enamorarse, al menos como la mayoría. Sabe, que a medida que el tiempo pasa, la piel pierde tersura; en la frente, el entrecejo empieza a dominar con sus dos surcos; sabe que engordará más, y de su lengua conversadora solo saldrán astillas de silencio.

Pero ella siente una angustia aún mayor, y es que siempre, en todo momento, siente una avidez de comer que le recorre desde los labios, desde la boca, al estómago y en cantidades generosas. Otilia es glotona.

Transcurren los días, los meses, el año. Otilia va y viene con pesado y lento trajinar por el trabajo y por la casa. En su vivienda, se apretujan figurillas de cerámica en los estantes del seibó; cuadros toscos de beatíficos santos en las paredes; un par de sillones asfixiados de cojines en la salita; una mesa de comedor para cuatro que nadie más que ella utiliza, salvo un domingo al mes cuando sus dos hermanas la visitan; un reloj de pared herencia de su abuelo materno y detenido en una triste hora; una mesita con una coqueta y colorida lámpara que enciende todos los anocheceres y, un aparador con la vajilla que solo es sacada el día de la visita familiar.

Por las mañanas, suele leer entusiasmada las recetas de los libros de cocina y, repasar las notas que ha escrito en los cuadernos sobre variados platos de comida que recoge de los programas televisivos, para después, abocarse a realizar con entusiasmo cada uno de ellos, y luego, devorarlos con deleite. Por la temprana tarde, suele leer noveluchas romanticonas y las noticias baladíes de la farándula.

Un día cada quince, lo dedica a la compra de comestibles, lo hace sin lista alguna; a ella, la vista, el olfato, el gusto y el tacto, le bastan, son más que suficientes para saber que alimentos debe adquirir.

Todos los viernes al atardecer, se acicala para el resto de la semana. En el tocador se aglomeran lociones y cosméticos, el lápiz labial, el delineador negro, la base del maquillaje, el polvo…. Se arregla las uñas y el cabello, se cubre el cuerpo y la cara de cremas, y envuelve su voluminosa humanidad en una cómoda bartola, para disponerse a ver la programación televisiva del fin de semana.

Nunca antes ni después de las nueve de la noche, se recluye en su dormitorio; a esa hora, se recoge en una soledad distinta a la del día. Esta soledad es reconfortante, no la agobia con pensamientos agrios ni inquietudes, muy al contrario, la sumerge poco a poco, en una quietud anestesiante que ni ella misma se da cuenta, y nada más pone la cabeza sobre la almohada y su rollizo cuerpo sobre la cama, se duerme. A las seis en punto de la mañana, Chipko, cabal cumplidor de sus tareas, sacude airosamente el plumaje de sus rojinegras alas, y la despierta puntual con un ufano, alborotador e insistente quiquiriquí.

Otilia dejó de soñar, al menos, no recuerda ni un solo sueño y mucho menos una pesadilla que haya tenido en los últimos años de su vida; ella se pregunta, si será el exceso de kilos lo que no le permite soñar.

Hubiera podido casarse hace años, cuando la excesiva grosura aún no se había adueñado de ella; cualquier hombre que necesitara una mujer sin opiniones sobre nada, que prefiriera la comida casera puntual y la televisión al atardecer, se podía haber enamorado de Otilia. Cocinar, ver televisión, cantar, rezar y al final del día dormir como se debe, son acciones que ella sabe realizar con éxito.

Pero Otilia no tiene suerte, a cada uno de los pretendientes, los fue borrando, por una causa u otra; después, a medida que engordaba excesivamente, los enamorados ya no aparecieron. Constantemente se pregunta en voz alta, como es posible que se haya transformado en lo que es, una mujer rechoncha y obesa. Le cuesta demasiado comprender lo que según ella, la vida le ha hecho. ¡Qué soledad tan grande la de su adiposa humanidad!

Otilia, gordinflona, muy gordinflona, culpa para sí misma, a todo y a todos de su desgracia, de la forma gordona que ha tomado su cuerpo.

Vive en un desconcierto interno, brinca de la alegría a la tristeza, de la tranquilidad a la desesperación, cada vez que una aflicción en el cuerpo, la obliga a comer, come, come más aún y con avidez. Ella misma no entiende, por qué nunca puede resistirse a la comida, salada, dulce o picante, fría o caliente.

Al final del día, como todos los días de todo el año, se duerme después de invocar a sus santos, y rogarle a los poderes celestiales que le den fuerzas para adelgazar; para después preguntarse por unos instantes, si sus ruegos habrán sido oídos por los cielos, y si llegará la solución para ella; cierra sus ojos y sin apenas moverse, sumerge su voluminosa humanidad en el olvido durante nueve horas exactas.

Los que la rodean, muy de vez en vez la visitan, y nunca reparan en lo que acontece en el alma solitaria de Otilia.

En uno de sus rígidos y diarios hábitos, abre su closet, repasa metódicamente cada pieza de vestir; se imagina un armario con hermosos y estilizados vestidos, y después con resignación, para vestirse, coger una bartola ancha, muy ancha, hoy de rayas, mañana floreada, después de lunares, las tiene en muy variados colores, mas ninguna es más allá de una vestimenta amplia, muy amplia, mientras, en voz alta se dice -Soy una gordona horrenda.

La casa siempre está inalterable, a Otilia le gusta ir y venir cantando, de la sala con la televisión a la despensa, de la despensa a la cocina cantando, cantando y saboreando siempre alguna golosina, y de la cocina al patio, donde Chipko reclama imperioso aleteando y quiquireando, sus raciones de alimento, pues él ya ha cumplido su tarea, ya la despertó, y el jardín fragante está a salvo de cualquier plaga; hasta las seis de la tarde no se le vuelve a oír.

Hace unos tres meses, en la quinta al fondo de su casa, se mudó una mujer con sus dos hijos: Edecio de veintisiete años y Arnoldo de catorce. Los tres en una breve y cortés visita que le hacen a Otilia, se ponen a sus órdenes.

Un día, Edecio se asoma a la tapia contigua que rodea y separa el patio de Otilia del de ellos, en un momento en que ella como acostumbra a esa hora, está regando su perfumado jardín y, entablan una sencilla conversación que dura lo que dura la actividad del riego.

Edecio es un hombre cordial, con un cuello erguido, de pelo negro liso y echado hacia atrás, la nariz un poco grande, con una voz grave y cálida, y una mirada enternecedora por su color agua-verde, de unos ojos que miran joviales.

Ella lo mira con curiosidad y un ligero entusiasmo, como si de súbito hubiera perdido la noción de estar sobre la tierra. Desde hace mucho, muchísimo tiempo, ningún hombre le ha hablado así, lo que Otilia atribuye quizás a causa de su físico; pero él no hace reparo alguno, y conversa animosamente.

Se ha vuelto una rutina, una rutina deliciosa para Otilia, la visita de Edecio en el muro cada tarde de cada sábado. El horario del riego ese día, se ha transformado de quince minutos en media hora, hasta llegar a casi una hora. Le ha dado por sembrar más semillas de plantas aromosas, y con entusiasmo planta un rosal a punto de florecer; secretamente piensa que cuando florezca la primera rosa, ella le traerá suerte en el amor, ya que así dice una leyenda del pueblo donde nació, allí, al pie de la cordillera andina.

Momentáneamente, se le atraviesa un pensamiento gris, recuerda las palabras de sus hermanas en la última visita hace casi un mes:

-¿Qué te pasa Otilia? ¿Todavía no piensas en rebajar? ¿A dónde piensas llegar?

Le dice una de ellas con voz rasposa.

-Eres una necia; deberías enflaquecer y hacerle caso al primero que te proponga matrimonio.

Afirma secamente la otra hermana.

Y se acuerda como ella por respuesta, se limitaba a arreglarse el cabello, adoptar una expresión falsa de indiferencia y callar.

Tiene Otilia cuarenta y dos años, pero el tiempo es veloz en una carrera en la que nunca se extenúa; ella sabe, que en unos años aparecerán las arrugas, se vencerán las comisuras de los labios, las invasivas canas apagarán el brillo bruno de su melena, se volverá yerma y agria, y el cuerpo, su cuerpo, será más pesado, más obeso, más fláccido.

El domingo, es el día de molestar a Dios con su gordura; temprano va a la iglesia, a la que acuden más mujeres que hombres para pedir, para suplicar a una indiferente misericordia divina, clemencia a sus amarguras. Otilia se refugia en un extremo del recinto, aspirando el olor de las velas y alegrando sus pupilas con los fugaces chisporroteos, mientras oye los murmullos de los rezos como si se les hubiera dado cuerda. Apenas puede estar arrodillada mucho tiempo, es un tormento el dolor en las rodillas.

Una de las tardes de riego y coloquio, acordaron Edecio y ella, que la próxima conversación la tendrían en la salita de la casa de ella. Otilia le pide que sea el próximo sábado, a eso de las cinco de la tarde.

Ese viernes anterior al día convenido, el acicalamiento es intenso, se esmera en elegir el color del esmalte de uñas a juego con el tono del vestido; lava su negra y bucleada cabellera doblemente, añade perfume al enjuague y una vez seco el pelo lo cepilla el doble de siempre. Se tarda en elegir la ropa para ese sábado, selecciona un traje primaveral de dos piezas que le esconde mejor sus voluminosidades. En el día, ha horneado unas galletas que sabe le salieron deliciosas, y piensa acompañarlas con unas tazas de chocolate caliente.

Esa noche se dirige del tocador a la cama en puntillas, parece flotar como su corazón. Otilia está enamorada.

Llega el sábado, nerviosa, no sabe que hacer; desde el día anterior ha preparado todo y está muy ansiosa, siente impaciencia en el pecho, y se entrega con ardor a la espera.

Desde tres horas antes, a las dos, ya está arreglada. Para hacer tiempo trata de entretenerse; cuelga maniáticamente los vestidos en el ropero por orden de estampados y colores, acomoda su delicada ropa interior en el cajón y organiza sus innumerables productos de belleza sobre el tocador. Sólo le queda esperar… nerviosa, prende el televisor y se hunde en uno de los sillones de la salita a dar tiempo al tiempo.

Las cinco en punto, oye el timbre, es Edecio; le abre una Otilia tan asustada como enamorada. El barrio está sumido en un silencio pegajoso.

Asoma el pliegue de una sonrisa en sus labios, la mirada se agranda, y hasta sus hermosas pestañas se agitan picarescas.

Se encaminan a la salita y se instalan en los dos únicos sillones que hay, apretujados entre coloridos cojines. Él habla del patriotismo, de los programas sociales, de los sacrificios que el pueblo hace, de los bienes públicos y privados, abriendo y cerrando sus manos con vigor. Ella callada, se limita a escucharlo atentamente aunque no entiende nada de lo que dice, lo oye como en sueños; ya la sola presencia física de Edecio es suficiente para que Otilia se sienta felicísima.

Chipko, puntual e indiscreto, a las seis en punto despide la tarde con su escandaloso canto. Edecio furtivamente mira el reloj y la mira a ella, más no hace el mínimo gesto de levantarse y ella tampoco.

Al rato, al despedirse, se siente ebria de amor, tiene el impulso de besarlo en la mejilla, pero no se atreve.

-Sólo Dios y yo sabemos lo que hay en mi corazón.

Se dice a sí misma.

Hubiera querido poder entender lo que Edecio dice en las conversaciones, la energía para exponer sus ideas y su anhelo de transformar la vida. Tal vez, algún día, cuando fuera más delgada, podría pensar así, y llegaría a su altura.

Las visitas sabatinas se volvieron fijas e intercaladas con otras, las de los martes. Cada tarde de esas, se compenetran más. Ella empieza a leer el libro que él le recomendó, con un diccionario al lado que también le prestó. Las conversaciones abarcan otros temas, ella le habla del uso de las plantas aromáticas en la cocina, de cómo apareció Chipko en su vida, de su familia, de sus ideas religiosas, de su tedioso trabajo, de poco más podía hablarle, era su limitado repertorio.

Y empezaron a quererse, a detenerse en las miradas, a recoger sus manos en las del otro, a saborear al mismo tiempo los variados dulces que ella le ofrece, empezaron a amarse, despacio, sin apresuramiento, cual gotas de eternidad. Ella a él, lo mima como a una hermosa planta, a la que tiene que cuidar con gran esmero en un áspero suelo. Él es espléndido, en cada visita se aparece con un regalo. Ella sabe lo que es caro, él lo que es bueno, una combinación perfecta.

Ambos se vuelven más audaces, en la última visita, cuando ella se reclina a ofrecerle otra taza de chocolate, él le acaricia la mejilla y se la besa desviándose a los labios, para rápidamente cubrirle el rostro de besos. Y esta vez, hablaron del amor y de la soledad. Al despedirse, él la estrecha como puede contra sí, Otilia se siente arrobada con el abrazo.

-¿Te gustaría que nos fuéramos a tierras lejanas, como suelen contar los cuentos de aventuras? – le pregunta Edecio mientras la acaricia.

La pregunta se le acerca lentamente, como si llegara de un viaje de un mundo extraño. Otilia se alisa nerviosa el vestido floreado, y echando hacia atrás la cabeza y removiendo coquetamente el cabello, le responde.

-Contigo quiero estar, a donde tú vayas yo voy.

Quedan, en que durante las dos semanas próximas no se verán, pues él tiene que viajar al interior, pero el segundo sábado, se amaran con la intensidad de los cuerpos. Otilia le echa los brazos al cuello, y Edecio no se reprime y le acaricia el asomo de los pechos en el escote; el deseo en ambos y el susto además en ella, los acompañarán hasta ese día de la nueva cita.

Se va Edecio, y una vez cerrada la puerta, Otilia está embargada de alegría, es presa de unos deseos insostenibles de cantar, de danzar, de hacer cualquier cosa alocada, de abrazar a la primera persona que se encuentre, hasta de beber para olvidar sus cuarenta y dos años y su gordura, que parecen esfumarse ante el asalto del amor. Necesita música, movimiento, luminosidad, su corazón reencontrado ardorosamente se está rebosando. Tiene por delante varios días, para preparar al detalle ese que será un día radiante. Su soledad ya ha durado demasiado.

Repentinamente recuerda, que el domingo anterior al sábado de la cita, es el día que sus hermanas le harán la obligada visita familiar.

Durante esos días, come menos, mucho menos, no vuelve a probar ni siquiera las ensaimadas que se prepara. Saca del cajón un pijama de seda que la tela susurra, lee un libro de poemas galantes que él le prestó, llena la casa con sus afinados y sonoros cantos. Otilia está feliz, feliz como no lo ha estado desde hace tanto tiempo, y siente alegre su cuerpo, hasta más ligero lo siente, y que vibra como si danzara, es una sensación íntima y placentera, y se pone a entonar románticos boleros. Para ella, Edecio reúne lo más portentoso del amor. El deseo al pensar en él se entrelaza desde sus ojos a su piel, desde su piel a sus entrañas.

Faltan todavía un par de horas para que se acueste, prende la televisión, se arrellana en su sillón, con un postre de hicacos en un platillo, y se dispone a entretener si es que lo logra, la mente y el cuerpo de los impulsos de verlo de nuevo.

Al día siguiente es domingo, a las nueve y media de la mañana suena el timbre de la puerta, son las dos hermanas que llegan a tomar con ella el rico desayuno que Otilia les tiene siempre preparado; piensan también como persistentemente lo hacen, aconsejarla sobre su gordura e insistirle en que se busque un marido.

Tocan el timbre con insistencia, nada sucede, pasan a golpear la puerta con los puños. Inútil, nadie la abre; ellas con la llave de repuesto que tienen de la casa de Otilia, la abren.

Por la ventana penetra un solecito alegre, y de la calle asciende un ruido ronco de domingo.

La ven sentada en la sala, en su sillón preferido, rodeada de los vistosos cojines, el platillo con los hicacos está desparramado en el suelo y la televisión prendida. Otilia, está muerta.

Una trombosis la noche anterior, dictaminó después el médico.

Es una mañana en que el cielo resplandece en azules, lavado por el fresco de la noche de verano.

En el rostro de Otilia, hay un hermoso gesto de alegría como nunca antes lo habían visto sus hermanas, y sobre el regazo, una rojísima rosa primorosa de su rosal. Había florecido el día anterior, augurándole el amor y Otilia la cortó con primor, la leyenda se cumplió, el amor llegó a su vida.

Fernando Botero (Colombia)

El verano de los tamarindos

EL VERANO DE LOS TAMARINDOS

“Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas”

Gioconda Belli

Este amor saborea

el verano de los tamarindos

despierta el agridulce

y agita los párpados del anochecer enternecido

son los deseos asomados al fogón del cacao

al ventanal de flores amarillas

gritando sus voces desnudas en nuestras bocas

este amor saborea

el verano de los tamarindos

oculto tras el viento cantarín

en la tierra de mis poseídas siemprevivas

amarnos con ocho lunas

siete escamas en el alma presentida

el placer tejiendo entre los dedos su danza

cuando se extiende el goce

entre las pupilas

y revolcando sus colores las cayenas.

Maria Cristina Solaeche

Paula Bonet (ilustradora española)