RECENSIÓN LITERARIA: Lydda Franco Farías. Hay un rumor de piedras un rumor desordenado y sin origen

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo
escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los
pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin
oírme,
está mi palabra.
Para ti y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo.

Vicente Aleixandre.

De la Sierra de Coro o Sierra de San Luis, en el estado Falcón, Venezuela, de una zona pródiga en bellezas generosas, donde se encuentran los lagos subterráneos más extensos del país, cuevas con grandes simas, salas y galerías, sacudimos del letargo al lector con un poema de la poeta falconiana Lydda Franco Farías (3-1-1943 ; 2-8-2004).

Seleccionamos para esta reseña su segundo poemario Las Armas Blancas, escrito en 1969, y dedicado al Profesor del Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas de la Universidad del Zulia, Dr. Enrique Arenas.

Estuvo perdido muchos años antes de ser editado, y es su amigo el pintor trashumante merideño Emiro Lobo, quien logra rescatarlo.

Del poemario elegimos uno de los pocos poemas de extensión media, que intentamos titular tomando para ello el primer verso hay un rencor de piedra un rumor desordenado y sin origen, pues ninguno esta titulado.

Está dedicado a su compañero de vida, el fraterno guerrero y luchador social José Zabala.

He aquí el texto completo del poema elegido.

hay un rencor de piedra un rumor desordenado y sin origen
esta gravedad es como mi cráneo
como mi deseo de romper el cuerpo y salir alardeando
no es bueno morirse en una atmósfera así
ni claudicar por los cadáveres que floten
tampoco es bueno languidecer del todo
a veces me aburro y me identifico nulidad
pero miro esas gentes
las miro lavar el aire día a día
y me dan ganas de soplar el miedo
y patear el reposo de mis contradicciones
a menudo siento vergüenza de mi sed arenosa
de tantos muertos
decido sobreponerme
iniciar el rito de los otros   incendiar mis harapos
mis basuras
protagonizar escándalos
me recupero con lentitud
ando revuelta entre criaturas
que se arrancan la sangre   la sostienen
y la llevan a crecer con garras
aprendo a ejercitar mi susto
a martillar la soledad de arriba a abajo
extiendo la miseria la pequeña alegría
y digo nosotros y no yo

En el poema, la realidad es irreversible, la poeta anhela otro mundo, se angustia por no alcanzarlo; ella se adueña en su intento de un espacio imaginario con una particularidad genuinamente humana, en el que el claroscuro mensajero de las armas blancas, penetra en la concordia de los opuestos vida, existencia y muerte, equitativos y transformables que se enlazan a través de la discrepancia, manifestando uno lo que el otro eterniza, en que la caída y el tiempo se conservan por la búsqueda y el adueñamiento de un mundo, en el que se convocan las visiones esquivas y las indestructibles, las distantes y las inmediatas; en el que la muerte, el tema más humano por razón de vida, es el embebedor de toda trascendencia vital.

Para la poeta, la vida es a la muerte, lo que la lucidez al miedo, a la vacilación, a la incertidumbre.

(…) su poesía se ahonda y adensa; inaugura su tránsito al légamo del barroco donde la idea se cubre de carne y la carne se volatiza en sutiles apariencias; comienza el diálogo en trance órfico.      José Javier León.

Escrito libre de los recursos de la poesía tradicional, sin título, sin  mayúsculas, sin signos de puntuación, revelando su resistencia a seguir rígidamente los preceptos gramaticales.

Es un poema audaz, con ganas de sorprender, con una escritura palmaria y  reflexiva.  Ahonda en el silencio, la confusión, la consternación, la miseria, el miedo… con desasosiego por aquello que apenas puede ser pensado o figurado; versos oscuros, nihilistas, atrevidos; en un lenguaje implacable más allá de barreras con adornos o disfraces.

La indagación poética enérgica de la autora, nos descubre un poema apasionante, en el que su lectura aspira sacudir al lector sobre la existencia, con una poesía que la sabemos y la conocemos volcada en la consternación y en la rebeldía; en una lengua en la que la experiencia que se revela en la metáfora, es  certeza que se acopia desolada, en la que en cada verso, la voz de la poeta se ensancha en las reflexiones.

La vida desaparece al ser cautiva, un infrecuente ser se adentra  en la poeta y traslada a cada verso, el equipaje que ella ha atesorado en su tiempo de vida: sufrimiento, felicidad, renuncia, derrota, miedo, soledad… El tono mantenido habla de la vida y la muerte, siempre en vocablos vehementes, que son fragmentos de la realidad conmovedora e interesante en que vive Lydda Franco Farías.

Inquieta, con el alma en un hilo, heterodoxa, iconoclasta, con un lenguaje extremadamente personal, muy propio, muy individual, con ironía, sarcasmo, denuncia, en el que hablar es decir,  Lydda Franco Farías  nos regala este hermoso poema, que flota en un aire herido por un desasosiego existencial y rebelde que se adensa en cada verso, y se despliega en un monólogo donde cada palabra está cargada de gravedad y significación; poema que requiere de una lectura emotiva, atenta y reflexiva.

Lydda Franco Farías custodia fielmente sus querencias, las lleva a su poesía, con vehemencia, como afirma el poeta estadounidense de la corriente vanguardista inglesa Wallace Stevens: La poesía es un medio de redención, o como el destacado poeta argentino de la Generación del 40, César Fernández Moreno nos dice: Es movimiento y no quietud, devenir y no ser; y nuestra poeta está muy consciente de ello.

La mirada poética de Lydda Franco Farías y la mirada nuestra que lee este poema tan asombrosamente lúcido, deben reencontrase.

 María Cristina Solaeche Galera.

 

 

Anuncios

LAS  LLAMADAS. Por María Cristina Solaeche Galera

Desde mucho antes, ha habido un humano
que amaba juntando sus manos en súplica,
y las alargaba hacia una estrella
sin preguntarse si ello le producía gozo o dolor.
         Lou Andreas-Salomé.

Hace tiempo, casi cuatro años, Manuel había sido invitado a un congreso de Filosofía, y para asistir viajó a una ciudad a orillas de un lago.

La sala de las charlas estaba animada; el aire era aromas de lavanda y madera, y un suspenso cómplice como el remate de un atardecer envolvía el salón.

Los bigotes entrecanos, su mirada de ternura huidiza, una boca seria que tímida termina en una comisura sonriente, los lentes engarzados y un acento muy particular, le daban una belleza original a Manuel.

En la reunión, él habló sobre el existencialismo y su objeto de estudio la existencia del ser, sobre la corriente filosófica que sostiene como el ser humano persigue en la vida continuamente y con afán, la realización y la felicidad. Sobre cómo no podemos alcanzarlas nunca, y por ello, para el existencialista, la muerte nos gratifica concluyendo con esa búsqueda tan inservible como angustiosa. Sonaron los aplausos, y él agradeció con una inclinación que le dio tiempo a organizar sus emociones, pues la disertación había inquietado al público.

Al finalizar, Manuel levantó la mirada, se frotó los ojos por debajo de los lentes, y se detuvo detalladamente en la mujer que hablaría después, ella estaba escribiendo en un bloc amarillo. Tenía unas manos hermosas.

Ella habló del congreso con orgullo, de lo difícil que era trabajar en solitario, habló de esperanzas, de sueños, frustraciones y melancolías en la actividad que desarrollaba en ese campo de la Filosofía. Con aplausos, recibió la aprobación de los asistentes y el salón, que parecía haberse dispersado en mixturas de colores también aplaudía.

El murmullo permanente de las conversaciones del grupo, empezó a empañar los monólogos interiores que Manuel se hacía; hubiera querido trozar el aire y arrinconarlo para solamente oírla a ella. Con el corazón latiendo apurado, aspiró profundo.

–Llegar al amor es más fácil cuando se ha comenzado mostrando deseos de amar– se dijo para sí mismo.

Tenía la piel nacarada, con el color de la luna,  el cabello le caía ondulado y renegrido asomando a los hombros, las arruguitas que se le hacían en los  ojos adivinaban  frescuras maliciosas, un olor a violetas, un traje sastre formal, un liviano maletín y una voz firme y profesional con un dejo entrañable.

Y fue un tiempo de amor, de estremecimientos fascinantes, de gestos turbadores. Se amaron con el sol ardiente del verano, con la brisa, frente al muro de la ciudad, contra las corrientes del lago, a pesar de los recuerdos y en las ceremonias fantásticas del deseo. Se amaron con el corazón envuelto en entregas.

De regreso a su ciudad, entre colinas, todo comenzó un veintiséis de abril. Esa tarde,  la derrota se atravesó en la vida de Manuel, era un atardecer en la que largas y filamentosas nubes trinchaban el cielo.

Empezó a sentir a partir de ese día, un decaimiento, fiebre, dolores musculares, un adelgazamiento progresivo… En muy poco tiempo decayó vertiginosamente, la salud se le quebrantaba rápidamente.

Oyó el diagnóstico de los médicos como una afrenta, tenía plena conciencia del terrible diagnóstico que le dieron los galenos; la consumición de su cuerpo día a día, era inevitable.

Esperanzado al principio, llegó a pensar que la luminosidad de su amor lo sanaría; y como estaba enamorado, Manuel se llenó de plenitud, se llenó de audacia con la seguridad de sanar. Pensó que ese estado de postración era pasajero, y una vez recuperado, regresaría a la ciudad del lago, y volverían a amarse como antes.

Entre las citas médicas, las quimioterapias, las radioterapias, la alimentación intravenosa; y en sus ratos más serenos,  las consultas a las páginas de la Internet sobre su padecimiento, las conversaciones con compañeros en la dolencia, la vida le cambió radicalmente. Empezó a vivir entre postraciones, se entristeció, se rebeló, comenzó a hablar de su muerte, vivía compungido, extenuado, con un profundo desdén por la vida.

Había  envejecido prematuramente hasta el absurdo, atrapado en la demoníaca enfermedad.

Manuel llegó a encontrarse en una condición crítica pero estable, los médicos aseguraban que iba a seguir así el resto de vida que le quedaría.

– ¿Cuáles serían los sueños en el dormir de la muerte?– se preguntaba.

El tiempo y  la amenaza de la muerte lo sometían allí, detenido e indefenso; tenía la sensación de que la eternidad contemplaba como su mundo apenas se sostenía en un precario equilibrio, como si todo lo que lo rodeaba fuera tan frágil como él.

Apretando las rodillas y ocultando la cabeza entre las piernas tratando de hacerse un ovillo, Manuel se decía.

– Lo vertiginoso que puede cambiar una vida por completo, lo terrible que puede llegar a ser –

Empezó a no soportar las visitas, a despreciar las películas de acción en la televisión, le atenazaba la ansiedad por no poder encontrar una idea mejor que la de aislarse y no volver a verla ni comunicarse con ella, y así hizo.

Manuel se recluyó donde ella no lo hallaría; optó por la retirada en el amor, por la resignación, la frustración, no le quedaba alternativa alguna, era desesperante su situación.

No encontró otra opción, no le revelaría a ella su enfermedad, la que se le había vuelto la verdad de su vida, la que desde su nacimiento ya estaba escrita en su cuerpo. Y no volvió a comunicarse con ella.

Mas de tres años han transcurrido desde la última vez que se amaron. Se recordaban sin tregua, cada uno era la explicación de la vida del otro, era el último párrafo de sus existencias amorosas y el más real y auténtico amor. Ambos llevaban en la piel el reverbero del amor.

Aquellos fueron tiempos de desdicha. Enfermos como Manuel mejoraron, otros desaparecieron de la memoria de los vivos…es la natural disposición para el vivir o el morir.

Pero el cuerpo es un mecanismo misterioso, y ciertos padecimientos no se logran entender a cabalidad, y Manuel se recuperó sorpresivamente de una forma fantástica.

La noche está tan despejada, que si hubiera sido creyente, habría creído ver volar querubines.

Salió a la calle después de dos años en cama y mas de uno de reposo. Fue una sensación extraña, hasta el  movimiento de los automóviles, la agitación de los transeúntes y el desparpajo de los vendedores ambulantes, todo le resultaba a Manuel caótico. Acostumbrado a la reclusión y al silencio de una habitación, apenas interrumpido por las salidas a las sesiones de quimioterapia, y luego las de radioterapia, el ruido le resultaba confuso y exasperante. Pero él no se resignaría a una vida sin ella; se había salvado de una muerte mediocre y cruel como lo son todas las muertes, y en su caso, de una muerte prevista, esperada, soportada como una de las tantas fatalidades del destino, y el amor lo empujaba alegre.

Ella, allí en su ciudad encendida por sol a orillas de su lago, mostraba un rostro cruzado por el extrañar, anhelaba encontrarlo y amarse; amarse mirando ella al cielo, mirando él a la tierra y el viento alrededor.  Desde hace tanto tiempo no había sabido nada de él, de su Manuel. La inercia en el amor, la vivía con un sentido de vacío, no acertaba a explicarse su ausencia.

Y como si en un oráculo estaría escrito, de un día para otro, se decidió a buscarlo y encontrarlo. Estaba resuelta a retomar con valentía el curso de su vida con Manuel, no podía olvidarlo. Se prometió llamarlo, había logrado conseguir hace unos días, por fin, su número que en el tiempo había cambiado varias veces.

Por su parte, Manuel no cejó un instante desde el momento en que se sintió sanado de su dolencia, en buscarla y tratar de hallarla, y logró obtener su nuevo número telefónico.

En el recuerdo, ambos se habían buscado; en los recodos del pensamiento, en la habitación cerrada  hace tiempo, entre las enredaderas florecidas del jardín,  en los salones, en el vecindario…

El cabello que había perdido con las quimioterapias, había crecido de nuevo,  y se veía fuerte e increíblemente vigoroso. Ese día, duplicó el multivitamínico, sin dolores musculares, y ya sin el manotaje de las enfermeras; estaba deliciosamente atrapado en lo que se proponía hacer, en esa vibrante ansiedad del amor. No era nada descabellada su idea, así pensaba Manuel y se decía para sí mismo, que el único aliciente de la vida, en definitiva, es el amor, que es él la verdadera alma que nos hace escapar al menos momentáneamente de la muerte, que el placer de amar derrota lo artificioso de la vida y descubre la verdadera esencia del existir, y se decía, que de eso se trataba la historia de la humanidad.

El azar es demasiado vasto como para dejarlo en libertad a la suerte, y ambos recordaban, que ellos habían declarado el jueves como el día mágico de la semana, y las diez de la noche como la hora más idílica.

Manuel se propuso llamarla exactamente ese próximo jueves y a esa hora.

Ella, sonríe para sí misma pensando en lo que haría esa noche del jueves entrante a las diez de la noche. Estaba decidida lo llamaría. Después de tanto tiempo, no podía evitar que el susto se le alojara en el pecho. Ya la tristeza y las dudas, no la agobiarían mas, esa muralla casi infranqueable la derribaría, era un deseo, un placer anhelado, un secreto que deshebraría.

De manera que ahí se encontraban, Manuel y ella, en un universo pleno de emociones. Ambos se dan cuenta, del tiempo que  llevan amándose.

A ninguno de los dos les cabía la posibilidad de que fracasarían, no era un antojo ni un desatino para ellos; las mismas voces se encargaran del amor que el tiempo los mantiene unidos.

La noche había caído mansamente. Sin vacilaciones, ambos, Manuel y ella, cada uno por su lado, marcaron los números.

Y ese jueves, el día más mágico y hermoso de la semana como habían pactado que era, a las diez de la noche en punto, en la hora idílica, repicaron los teléfonos.

Por algún resquicio de lo ignoto, el amor suele reencontrar a los amantes.

Autora: Henn Kim Pais: Korea del Sur. Técnica: Ilustracion digital Año: 2018

LA MISERIA

Yo sé que
la miseria respira
sé que no delira
es vigilia permanente
yo sé que
no es engaño
es certeza
es resuello agrio y violento
atrincherado en el corazón del pobre.

Se empina la luna
disputan las estrellas y
bajo un impávido cielo
el tentáculo de la miseria asfixia.

Yo sé que
el ricachón ventrudo
esparce la cerrazón de mortajas
esclaviza a su antojo y
la pupila del pobre se paraliza en
el ala de su mirada
la pesadumbre agobia y
la desesperanza se adueña del
hambre en los párpados.

Yo sé que
la miseria está siempre desnuda
castamente desnuda y sola
extenuada desvaría sueños
yerma agoniza sobre
la espalda hambrienta y atristada
del necesitado.

Yo sé que
bajo los cendales de la tarde
el tiempo gotea lento en la penuria
y en su tic-tac tic-tac
languidece la vida del pobre
mientras el rico regodea
en su vértigo de sevicia.

Color de medio luto tienen los días.
¡Huir!
¡Escapar!
¿A dónde?
¡De congojas es el muro empalado de la miseria!
Los cielos siempre de espaldas.

María Cristina Solaeche Galera.

Autor: Pablo Picasso Título: Mendigos junto al mar Año: 1931 País: España.

LAS SORTIJAS DE LA TRANSPARENCIA – María Cristina Solaeche Galera

Yo me consolaría si pudiera
verla, tres horas, dos, una siquiera,
aunque en ese momento de ventura 

Me cegase la luz de su mirada

Cruz María Salmerón Acosta

Esteban llega después del trabajo como todos los días de lunes a viernes, a su apartamento casi solitario.

Allí queda un perro, que una tarde, mientras Esteban y ella paseaban por una callejuela, encontraron desvaído y hambriento, y aún así les movió su cola; ella amorosa, recogió, cuidó  lo llamó Argos diciéndole:

– Te llamarás Argos, nos reconociste sacudiendo tu cola, como el perro de Odiseo en su regreso a Itaca–

El edificio tiene veintidós apartamentos, y en realidad, él no tiene relación alguna con los vecinos. Ella era la que asistía a las reuniones del condominio; él apenas intercambia en el ascensor una sonrisa inofensiva, y un lamento banal sobre la situación del país.

Al entrar al apartamento y cerrar silenciosamente la puerta, Esteban se va desprendiendo de casi todo, como un árbol seco de sus hojas; sobre la pequeña consola de la entrada deja las llaves, los lentes, el bolígrafo, el peine, el celular, las pastillas de menta, el documento de identidad, y sobre el suelo el maletín.

Mira en torno, sacude la cabeza para espantar tristezas. Prende el aire acondicionado, se quita el saco, la corbata, y se arremanga la camisa.

Quedan los muebles colocados tal como estaban, sus propias pertenencias y las de ella, el resto está vacío, vacío de ella, vacío de su aire y de su tiempo.

Ni los libros en desorden, ni los cigarrillos colmando los ceniceros, ni las notas de los boleros lagrimosos, ya no aparecen las manchas de lápiz labial en la almohada, ni se oyen los tres timbrazos en la puerta a su llegada.

En la cocina, silenciosa, sin el ruido mineral de los cacharros que ella laboriosa trasteaba, Esteban se prepara un café, y con la taza humeante se sienta en la pequeña mesita; enfrente está la otra silla, está vacía, es la de ella.

No descubre nada en derredor que no sea el recuerdo de su imagen, y cavila.

–Cuanto más intenso ha sido el amor, más intensos y exaltados son los recuerdos–

Lo invade una sensación de cansancio, de somnolencia. Después de tomar el café, se encierra en su escritorio con una botella de vino y una copa, le ha dado por beber en la copa de ella, y en el estéreo suena la última obra orquestal de Mendelssohn, el concierto de violín.

Saboreado el vino y disfrutada  la música, Esteban se siente algo sereno, y con paso aligerado y un recelo que no puede evitar nunca, entra en la habitación que compartió con ella.

Se acerca al espejo del tocador que tantas veces la reflejó con coquetería, y contempla Esteban su propio rostro; se le antojan extrañas sus facciones, ya no son las mismas que ella acariciaba. Se inquieta, se da cuenta de que no guarda en su memoria su propio rostro acariciado, y clava sus ojos en la mirada neblinosa que desde el espejo también lo mira.

Una sensación de finitud, como si la mente se fragmentara y dispersara en recuerdos de un momento o de otro, lo asalta.

Detalla cada objeto sobre la peinadora: un alhajero, una rosa artificial y retorcida sobre un primoroso florero azul, unas tijeras, un cepillo, todo ha quedado donde lo dejó.

Cuando llegó el médico, ella ya había muerto. Esteban desde hace un tiempo, duda del carácter definitivo de la muerte, es el dolor y el extrañarla que lo hacen vacilar. Lo que más lo agobia, es que muriera cuando más dichosos eran; todavía recuerda con exactitud y angustia, los sonidos de las dos palabras rotas con la que ella se despidió de él, y en voz baja para si  mismo se las repite.

Le cuesta mucho, demasiado quizás, la idea de vivir sin ella, suele antojársele a veces imposible pero no le queda otro remedio, es el instinto del vivir y tiene que sobreponerse a este día, como se sobrepuso ayer y anteayer y tendrá que hacerlo mañana. Los tiempos en que de amor se moría, ya habían pasado si es que existieron.

Cansado de un día de agotador trabajo, Esteban se acuesta; conserva su lado de la cama, el otro lado reclama silencioso la ausencia; ajusta la hora en el celular y trata de dormir, mas es inútil, se queda despierto hasta cerca de la madrugada dando vueltas en la cama con apenas la luz tenue de la lamparita.

Toda la noche agitándose, explorando en su memoria la imagen de un rostro, de una mirada clara de mar en calma, de una falda azul floreada, de una mano con dos sortijas y una sonrisa cómplice. Quiere abrazarla, pero aunque agita los brazos y mueve los labios, no le sale la voz y los brazos extendidos  envuelven el aire.

Los recuerdos como pájaros revoloteando, se esconden y vuelven a mostrarse, no le permiten conciliar el sueño y cuando llega el alba lo encuentra adormilado; es una mañana clara y húmeda de septiembre, en la que ya se adivina la lluvia del atardecer.

Ella murió un marzo, en una madrugada agonizante, Esteban enloqueció de dolor. El tiempo se empeña en esconder su desconsuelo en el olvido. Se da cuenta, que cada día desde que ella falleció, no ha logrado que su imagen le sonriera desde el recuerdo.

Era jueves, ya muy tarde, había anochecido, y Esteban se entretenía leyendo un libro de mitología, que un colega del trabajo le había prestado el día anterior.

Inesperadamente oye tres timbrazos en la puerta, – fueron tres timbrazos – pensó: tan iguales a los que ella acostumbraba a tocar cada vez que llegaba, que el corazón se le aceleró.

Desconcertado por la hora y sus alocados pensamientos, se apresura para abrir; Argos se levanta enseguida y moviendo frenéticamente la cola en señal de alegría, llega a la puerta antes que él. Al observar la conducta del perro Esteban, más confiado abre la puerta.

Allí, en el umbral está ella, es su imagen traslúcida, poco menos que real, es transparente, totalmente trasparente, el rostro, la ropa, los brazos, las piernas, hasta los zapatos son transparentes, toda ella es una transparencia; pero los ojos, los ojos no, la mirada clara de mar en calma, es cálida, tan hermosa como la recuerda Esteban en la última mirada que ella le dirigió.

Es ella, sin duda alguna, hasta Argos la reconoce y agita alegremente su cola intentando sin lograr olisquearla.

Es una transparencia, es traslúcida toda ella excepto los ojos; él puede ver a través del vaporoso vestido azul floreado, entre los vuelos se insinúa su cuerpo, ese cuerpo que tanto había amado.

Esteban estupefacto, ansioso, perturbado y amoroso de nuevo, no acierta a reaccionar. Sabe que debe permanecer en silencio, la transparencia no mueve los labios, no emite ningún sonido.

De repente, ante un Esteban atónito y perplejo, ella extiende su mano trasparente con dos nítidas sortijas, toma la mano de él y se la lleva a su propio corazón sin dejar de mirarlo, después, lentamente, la apoya en el corazón de Esteban que late sobresaltado.

Repentinamente, un cambio de tonalidad en los ojos de ella que resbalan lágrimas, la transparencia se desvanece, se disipa lentamente ante un Esteban aturdido, amoroso y confundido, que queda con su mano sobre el pecho, cerrada y apretada, muy apretada; vacila, contiene el aliento, poco a poco abre la mano, allí, en su palma,  brillan  las dos sortijas de ella.

A partir de ese día, todas las noches, antes de acostarse, Esteban espera ansioso a la amada transparencia; Argos echado a su lado también está alerta.

El sonido del timbre permanece mudo, la inquietud lo angustia, la impaciencia lo agobia; hasta el perro camina nervioso de un lado a otro, y suele pasar largas horas echado junto a la puerta alerta al más leve ruido, también él espera a la  mujer que lo había cuidado y querido.

Esteban espera, espera y espera. El desasosiego lo consume, el timbre no suena, enmudeció. Igual sucede durante varias noches, de varias semanas, de varios meses; no se trata de comprender, no tiene alivio Esteban y desconsolado piensa: “Esa mirada clara de mar en calma, quizás llora conmigo la ausencia“.

Una de esas noches de espera, sentado en su sofá, Esteban con su mano cerrada y apretada sobre su corazón, cierra los ojos; de repente, siente algo cálido en la palma de su mano cerrada, entonces, solo entonces, la abre, allí brillan las dos sortijas.

En ese momento, supo que ella no iba a volver nunca, que una segunda vez partía sin él, que no regresaría jamás.

La negrura de la noche desciende callada, y la luna orgullosa se empina en los cielos.

Y a Esteban se le hizo el amor, más amor, más hondo y doloroso.

María Cristina Solaeche Galera.

Autor: Alex Dukhanov
Técnica: Fotografía
Título: Niña del bosque oscuro retirándose

ANTES  DESPUÉS, LA GUERRA

En un principio era el verbo
y antes
antes del antes
y después
después del después
la guerra

nada quiebra su sayal de cenizas
nada tritura su delirante sombra
ni detiene su carrusel de sangre

nada silencia el alarido de la víscera
nada acalla el estruendo del cráneo
ni avienta  la polvareda del hastío

nada  extingue el aliento de vinagre
nada desintegra el filo mellado
ni encona el chillido hiriente del viento

estela ensangrentada
rugiente nefaria estéril
sus cóncavos colmillos
clava en el viscoso pecho del hombre
incinera la vida
cruje eternamente
antes del antes
después del después

El gusano de la guerra se concilia con la muerte.

María Cristina Solaeche Galera.

Artista: MAGRITTE, René.
Título de la obra: La memoria.
Año: 1948.
Técnica: Óleo sobre lienzo
Dimensiones: 59 x 49 cm
País: Bélgica

 

“ERA UNA MARIPOSA” de Maria Cristina Solaeche Galera

Sufrieron hasta ese grado en que la angustia
se transforma en enfermedad mental.
Borís Pasternak.

La rabia de los celos es tan fuerte, que fuerza a hacer cualquier desatino.
Miguel de Cervantes.

Eleonora más que caminar se desliza aérea como flotando;   es una mujer  fibrosa y menuda. Delgada, muy delgada, con una delgadez tal, que parece no tener fuerzas en sus dedos de pájaro, ni para pulsar el teclado de la computadora que tiene sobre su mesita de trabajo; los labios los mantiene torturados en un gesto que insinúa la existencia de un constante malestar, el cabello lacio y largo de un castaño oscuro recogido en una cola, y unos ojos pequeños, demasiado pequeños.

Es tal su insignificancia, que los hombres no reparan en ella, mejor dicho, poca gente nota su presencia. Da la impresión, de estar toda ella habitada por una nada diminuta y fantasmal.

Sin intereses culturales, sin la mínima inquietud filosófica, opaca, insulsa, pero eso sí, con unas desesperadas ansias de salir de la agobiante situación de soledad en la que vegeta.

La casa donde Eleonora vive, se encuentra enterrada en un barrio conocido por el nombre de La promesa.

El interior de la vivienda está iluminado apenas por unas ventanucas que encajan mal, las paredes desconchadas y los lugares en desorden y repletos de trastos. En el patio sediento, crece un solitario árbol de mango con la corteza ennegrecida y reseca; por la puerta que da a él, se cuelan cada vez que se abre, ráfagas de insoportable calor  que llegan hasta la médula de la casa, y  si llueve, las goteras del techo, obligan a desplazar tobos de un lado a otro que a cada rato hay que vaciar.

Su padre había sido mecánico, y su apasionamiento fue solamente para las herramientas. Su madre padeció de hipocondría, y sus pasiones fueron las medicinas y las visitas a casi todas las diferentes especialidades médicas, sin que ninguno de los galenos le hubiera diagnosticado nada que justificara sus cuadros sintomáticos, y cuando murió, irónicamente no se postró con ningún mal real, ni emitió un quejido.

Vive Eleonora, acompañada de  una hermana mayor  solterona como ella, con trastornos de carácter, que brinca de la calma a la agitación en segundos; es una réplica de la madre tanto en la expresión como en las manías, en los gestos y en la entonación chirriante de la voz. Al igual que a su madre, a su hermana siempre le duele algo, unos días los pulmones, otros la garganta, o el estómago, la cabeza, los ojos… los imaginados dolores le recorren el cuerpo fantasmalmente, y ella maniática, se esfuerza en hacer parte de sus enfermedades a todos los que escasamente suelen rodearla. Cuando se siente mal, que es casi todos los días, atraviesa como una furia las estancias de la casa quejándose de esto, de aquello y de lo otro, hasta llegar a quejarse de una cosa, y al poco tiempo de la contraria. Mientras esos furores suceden, pues los momentos de paz, nunca son de paz, sino de tregua, Eleonora, si no está en el trabajo, permanece callada, no dice nada, ni pregunta ni afirma, ni reclama, se limita a hacer silencio y recogerse en su habitación colindante con la de la hermana,  a resignarse  sollozando, y arrullarse el rostro con ambas manos,  prometiéndose que ella saldrá de esta situación a como diera lugar.

Todo en derredor parece roto, desvencijado, como si desde que Eleonora hubiera nacido, estuviera el mundo que la rodeaba  casi destruido; ya cuando era una niña, las vidas de sus padres estaban rotas.

Los días laborables, metódicamente, a las seis de la mañana Eleonora se toma su primer sorbo de café bien cargado. Poco antes de las ocho, ya está puntual en su trabajo y se sirve un segundo café de la máquina de la oficina; después, se va a su reducido espacio de labores donde apenas tiene una silla, una mesa-escritorio mínima, una computadora,  y una ventanilla de vidrio para atender a los usuarios de las oficinas de la Notaria Pública y, a los abogados que reclaman a diario las documentaciones ya notariadas.

Uno de esos tediosos días, Eleonora nota, que entre los numerosos abogados que recurren a su ventanilla buscando documentos, un hombre muy sobrio, siempre de traje y corbata como su trabajo en los tribunales lo amerita, siempre le guiña un ojo y sonríe cuando ella le entrega los documentos que diariamente requiere. Es uno de los tantos abogados que llegan solicitando recaudos legales. Es un hombre afable, caballeroso, su nombre Dr. Elio Azuaje.

Eleonora lo empieza a mirar y atender cada vez que él solicita algún papel, con más complacencia que al resto de las personas que acuden a su ventanilla, mientras empieza a fantasear con un posible romance.

Una tarde, casi finalizado el trabajo, aparece Elio en su ventana, y después de recoger un documento, caballerosamente la invita a tomar un café en la cafetería de enfrente, del otro lado de la calle, como una manera de agradecerle su esmero al atenderlo. Ella, ansiosa para sus adentros, acepta rápidamente; y así ocurre durante varias semanas. Casi todas las tardes al salir del trabajo, se repite la invitación, y se dirigen al mismo café; ya se les vuelve  un hábito.

Después de un tiempo, salidas, y conversaciones en las que ella es solamente una escucha, conoce los horarios, y algunas de las costumbres y rutinas de Elio. Se entera Eleonora, que él es divorciado, con una hija en el exterior, que es jugador de ajedrez, le encanta el teatro, y que su situación económica es muy estable. Comparten algunas actividades culturales, una que otra película y conoce  unos amigos de él; poco a poco,  es una rutina a la salida del trabajo.

Lo que para Elio es una amistad  sencilla y sin complicaciones, que nunca pasará más allá de esos sentimientos; para Eleonora, en su corazón, es un apasionado enamoramiento que está enraizando en amor. A partir de allí, Eleonora empieza a vivir en un mundo en el que el amor existe cada minuto de su vida.

Transcurren unos meses, hasta que un día, Elio, su amigo confidente, le dice muy entusiasmado a Eleonora que se ha enamorado, que se trata de una mujer muy apasionada, una guapa morena que conoció en el trabajo y es abogada como él. Eleonora da un vuelco súbito, y de nuevo, a partir de ese instante, y de un día para otro, empieza a llevar la vida fantasmal que vivía antes de conocer a Elio.

Al entrar en el autobús que la deja en el trabajo, ya no se sienta, se desploma en el asiento; la expresión de tristeza no le abandona el cuerpo y el rictus amargo en sus labios se acentúa aún mas.

En el barrio La Promesa, los vecinos no la vuelven a ver sonriente, sentada al atardecer, en el reducido y sombrío porche de la casa como  solía hacerlo los últimos meses.

Eleonora se obliga diariamente, a simular una sonrisa ante los compañeros y usuarios en las labores de la notaría, pierde el gusto por las actividades sociales y culturales  a las que había asistido con Elio, hasta el apetito se le reduce adelgazando aún más todavía. Mientras se esfuerza, en que su expresión no muestre ningún cambio y finge, finge que vive tranquila, pero la boca suele  decir cosas que la mirada desmiente.

La cocina en el hogar de las hermanas es muy pequeña; antes estaba ordenada y limpia, solo ella se encargaba; ahora, está repleta de ollas, sartenes, platos, tazas sucias y otras cosas amontonadas sobre las estanterías, y ni ella ni su hermana hipocondríaca, que nunca lo había hecho, se preocupan de ordenar.

Cuando se acuesta Eleonora, el tacto de la sábana al meterse en la cama se le asemeja a una mortaja, fría por el aire acondicionado que calma el calor de la habitación; cada objeto que en hay dentro, está tan frío como ella misma se siente. Solo una vez dormida, el sueño se le convierte en un remanso de tranquilidad.

Cada vez que Eleonora se mira en el espejo, no puede olvidar cómo era su rostro antes de adquirir las facciones  agrias del despecho, de los celos y del resentimiento.

– Una tonta, una invisible, eso es lo que eres – se repite con voz seca y cansada frente a su imagen.

Elio por su parte, ha espaciado las invitaciones para Eleonora, hasta anularlas, y se vuelca en la mujer de la que está enamorado. Cuando recoge los documentos, ya no es un guiño y una sonrisa la despedida, se limita a un cortés saludo y sin invitación al café de enfrente.

Transcurren así dos meses, y de un día para otro, Eleonora cambia drásticamente sus sentimientos y su conducta para con Elio, para con los que la rodean tanto en el trabajo como en el vecindario, con su enervante hermana y consigo misma. El cambio se produce violentamente; al principio había sido un decaimiento, un abatimiento, una razonable consternación; después, repentinamente, el rencor y la posibilidad de una venganza se empieza a enquistar en su espíritu. Nunca ella había imaginado ese sufrimiento, se encuentra indefensa, con dolor, con rabia, con odio y con miedo; hasta que llega el momento en que ese nuevo sentir ácido, amargo y vengativo, acapara día y noche su mente.

Frente a Elio, ajeno y distante, ella no muestra ninguna emoción, lo atiende como a cualquier otra persona que acude a su ventanilla. Todo ello le produce una pena sin límites y no se permite cerrar la herida, al contrario, la hurga mientras se adueña de ella el aborrecimiento y el resentimiento, pero absurdamente, no contra Elio, sino contra la mujer que la desplazó, a la que conoció una tarde en el trabajo cuando él se la presentó.

Eleonora se ha transformando en una mujer seca, desabrida, brusca, antipática, intratable. Se arrepiente de todo, de llorar, de dormir, de trabajar en la notaría, de vivir con esa hermana, en esa casa y en ese barrio al que las promesas no llegan nunca a pesar de su nombre. Pero no se resigna a que otra se lo haya quitado.

Al principio asoma la venganza, solo como un murmullo, como un rumor interior, como el zumbido de un enjambre de insectos que se le encaja dolorosamente en su corazón. Después, ya mantiene entre ceja y ceja a la usurpadora, la odia de día y de noche, en todas partes y lugares a donde el pensamiento le lleva a Eleonora la imagen aborrecida. El odio crece día a día, noche a noche, insomnio a insomnio, hasta alcanzar una intensa perturbación en su mente, y ese dolor del despecho,  que tan conocido es para muchas mujeres, ella lo siente por primera vez, y es único e insufrible para Eleonora.

Empieza Eleonora a traspasar el horizonte de la cordura. De ahora en adelante, elucubra la manera de deshacer esa relación acabando con la odiada mujer; de imaginar las formas como destruirla, y acopla a sus sentimientos vengativos, sus celos y su exacerbado encono.

Al llegar al trabajo, apenas habla. En lugar de una taza de café, toma varias una tras otra compulsivamente, en silencio, pálida y ojerosa, haciendo tintinear la taza y el plato con el temblor nervioso de sus pequeñas manos. Después, muy alterada, camina de un lado a otro irascible, hasta lograr ocupar su lugar en la ventanilla de la notaría, se estira las arrugas de la ropa ahora descuidada y se acomoda nerviosamente la cola de caballo.

Cuando regresa a su casa, en su dormitorio, le da por mirar constantemente su imagen en el espejo, y se queda un largo rato enfrente de ella, casi rígida, se mira directamente a los ojos y aprieta los labios, se palpa la cara, se acaricia los párpados, y por sobre todo, el vientre que sabe quedará estéril. Tiene sudorosa la frente, cierra los pequeños  puños y le tiemblan los brazos. La imagen de Eleonora aparece en el reflejo, como los desechos de un animal marino abandonado en tierra por la marea.

Se queda casi inmóvil mirándose, como queriendo saber la causa y la razón por la cual ella está en este mundo sufriendo así.

Pasa las noches despierta, en vilo, con los ojos desorbitados mirando fijamente el techo y restregando sus manos una contra otra. Y llora, y sigue llorando y llorando durante todas las malditas noches de insomnio.

Acaba abandonando el trabajo, razón por la que es despedida. Busca ansiosa varias alternativas a su sufrimiento y consulta psicólogos; desencantada, visita astrólogos, curanderos, videntes y  hechiceras, quienes a sus maneras, cada uno le va presentando soluciones ya inútiles, ya perversas.  Toma dos pastillas diarias de ansiolíticos y realiza sesiones de respiración consciente como método de relajación por indicaciones del psicólogo, hastiada, manda realizar trabajos de magia, prende velas, inciensos… en su desespero acude a cualquier recurso; intenta la meditación mas no logra concentrarse en nada que no sean las imágenes de él y ella, y cuando sospecha que está a punto de lograr una pizca de serenidad y equilibrio, un manto tupido y nebuloso la separa de su objetivo, es el rostro de la mujer usurpadora del amor de su Elio.

No puede entender, como en un mundo donde cada día ocurren cosas maravillosas, no se pueda solucionar un simple asunto amoroso para ella tan imperioso; no puede resignarse.

Se queda anémica, mucho más demacrada y macilenta. No quiere casi comer, ni salir, ni hablar apenas; hasta al levantar el celular, cuando escasamente suena, lo hace con un esfuerzo como si le pesara una tonelada. Todo le sale mal, le tiembla el cuerpo en su interior, no tiene control sobre su mente,  está perdiendo el juicio.

Una tarde temprano, en que el sol persiste en sus encantos naranjas en medio de un intenso azul, y el aire huele a limpio, está Eleonora sentada y desmadejada en su mecedora en el porche, con la espalda curvada, las piernas apretadas nerviosamente una contra otra y las manos aferradas a los brazos de la silla como si fuera  a caerse, y la mueca amarga en sus labios más acentuada aún.

Repentinamente, una vistosa y delicada mariposa blanca nacarada se posa en sus rodillas. Eleonora con violencia que ya no contiene en su trastorno mental, con una burlona sonrisa y unas ganas incontrolables de matarla, se apresura a atraparla; la mariposa lucha por escapar, ella con una mano le sostiene con sus esqueléticos dedos las puntas de las dos hermosas y frágiles alas, la sacude con rabia y aprieta tanto, que las alas se despedazan en sus dedos como papelillos, y cae al suelo el cuerpo de la pequeña mariposa que indefensa, aún se mueve con torpeza intentando volar, pero ya no puede y queda inmóvil. Con la mirada extraviada, con saña y un gesto de aversión, la aplasta y restriega contra el suelo con goce demencial.

Su rostro cambia de repente, se alteran más aún sus facciones, se levanta con aire triunfal, con una sonrisa desquiciante, con un gesto de locura en el semblante y una expresión desfigurada por el desvarío.

Al fin logró resolver su angustioso problema, Elio volverá de nuevo con ella y nunca, nunca jamás, nada se interpondrá entre ellos, ha destruido totalmente a la hermosa mujer morena.

Un grito estridente de alegría, araña la garganta de Eleonora.

– ¡Ella, ella era una mariposa! –

Autor de la obra: Viggiano de la Vega. Año: 2012. Título: Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas,

SOLOS

Anochece sobre la tierra
se viste de negro almizcle la noche
engarzada en el costado del universo
y se oculta la luna en el lado del luto
con el olvido de la vida errante
mientras la discreta estrella teje su
atavío de nubes con los hilos del tiempo
y las manos del viento arrastran
la cola de la sombras que ondean
destiñendo sigilosas
la lluvia en el relente del relámpago.

Un hombre solo, solo escarba el horizonte oscuro
con su alma de polvo y su abrazo de encina
escondiendo una canción que le recuerda su nombre.

Amanece sobre la tierra
esparce el sol su azafrán quemante y
en su boca agrietada el poniente se esconde
y con sus pestañas zarcas las flores recogen
en pulseras la tardía oscuridad rezagada
la luz encandila el bullicio del día
deslizándose con la candidez
del aleteo de un pájaro furtivo
en el sosegado cielo mientras
en el río se arrugan las escamas de céfiro
en el corazón plata de su corriente.

Una mujer sola, sola con su sollozo humedece
la mejilla de la tierra abofeteada
en la mañana del mundo.

María Cristina Solaeche Galera.

Pintura Olave.jpg