EL INSOMNIO DE MATÍAS. María Cristina Solaeche Galera

¿Qué es el insomnio?
La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta.
Es tener y contar en la alta noche las campanadas fatales,
es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los párpados (…)
es saberse culpable de velar cuando los otros duermen,
es querer hundirse en el sueño y no poder (…)
es el horror de ser y de seguir siendo,
es el alba dudosa.
Jorge Luis Borges.

 La noche llega, el poniente se ilumina con tonalidades nacaradas. Matías es un hombre alto, enjuto de carnes, con una edad que frisa en los setenta, y está es, otra noche mas intentando dormir; se acuesta puntualmente como todos los días, alrededor de las doce y media de la noche; su mujer Florelia ya está dormida.

Igual que muchas noches anteriores, se repite el mismo agobio, no logra conciliar el sueño. Da vueltas en la cama, boca abajo, de lado, hacia arriba, se enreda en la sábana, prende la luz de su mesita de noche, y lee unas páginas del libro que está en su mesilla; le escuecen los ojos, ya es suficiente, ya es suficiente, se repite y apaga la pequeña luz de nuevo; en las primeras noches hasta contaba ovejas con los ojos cerrados una, dos,…setenta,… cien… y no terminaría nunca la cuenta.

¿Tendrá que ver con el pensar? se dice. Amigos le aconsejan que ponga la mente en blanco, como si se pudiera vaciar la mente de los pensamientos ¡qué idea tan absurda!

¿Cuál habrá sido el motivo, las causas de no poder dormir? Matías repasa mentalmente los recuerdos y las ideas y cree, que no existen motivos para esta angustiante situación que padece.

La noche se alarga, el silencio se hace más callado aún; Matías  escucha su propia respiración. De nuevo, vueltas tras vuelta en la cama, tratando de encontrar la postura adecuada, pero nada sucede, los párpados ni se entornan. El insomnio se apodera de su noche, de otra noche mas, él tiempo y el no dormir se eternizan en un desvelo irremediable.

Se sienta en el borde de la cama con cuidado para no despertar a Florelia, con ambas manos en las sienes, intenta pensar de que manera podrá superar este insomnio que se ha convertido en una tortura.

Se levanta a tientas, busca las pantuflas y de nuevo a rondar la casa otra vez, en ella reina un profundo silencio y se deslizan cómplices las sombras de la noche que dejan su tinte oscuro en los muebles, los enseres, por toda ella. Matías vislumbra la puerta que sale al patio, sale y se sienta en un banco, la brisa nocturnal es templada; pone atención y escucha el rasgueo de una guitarra, es el joven noctámbulo de la casa vecina que toca y compone de noche y duerme de día; anda y desanda el patio, espera con una pequeña caminata cansarse un poco mas de lo que ya está.

Regresa a la cocina con la boca seca y se prepara un te relajante, ni siquiera está soñoliento; Mi taza de te y yo, ambos insomnes, se dice. Nunca, nunca antes de estos infernales veintinueve días,  le había sucedido algo así, siempre el sueño le llegaba puntual y reconfortante.

De nuevo entra y se asoma al ventanal de la sala, ve todo en penumbras. La luna con su liquida luz, se derrama sobre las casas, y los escasos árboles del barrio de su calle.

Ralph su gato gris rayado, amodorrado lo acompaña en sus andares, se despereza cada rato al seguirlo en su paseo nocturnal y de vez en vez maúlla incómodo, él aún no se acostumbra a estos paseos nocturnos de Matías.

Es tiempo de vigilia forzada, Matías repasa el techo y las paredes de la casa, detalla manchas que nunca antes había notado; resaltan a sus ojos los exóticos dibujos negros en el pelaje del gato gris rayado, y las delicadas formas de los encajes de las cortinas de la sala, en las que nunca había reparado.

Las 4:20 a.m. y sigue despierto esta noche también. Su esposa duerme placidamente, casi nada altera su sueño.

Poco a poco, noche tras noche, se ha vuelto habitual, normal, no dormir definitivamente nada, y ni siquiera una cabeceada de día; la desesperación lo vence. Ha llegado al extremo, de aguardar con impaciencia el amanecer, los ruidos del barrio y todo aquello que signifique vida diurna, para intentar acoplarse al ajetreo de la vida. Pero, aún es de noche y todavía la luz de la alborada no clarea.

Al fin amanece, Matías ve el resplandor mañanero a través de las cortinas de la ventana; ya se conoce al detalle las variaciones en la  luminosidad tenue de ese momento.

No lo agobian problemas familiares, ni económicos, ni laborales. Sus tres hijos son ya universitarios graduados ejerciendo sus profesiones y con hogares felices. No atraviesa desde hace mucho tiempo otras situaciones estresantes que no sean las agobiantes causadas por el pertinaz insomnio. No encuentra causas identificables para esta vigilia nocturna noche tras noche.

Recuerda entre opacidades, aquella primera noche que no puedo dormir; no sé explica que había sucedido que lo trastocó todo; no encuentra razones, ni la más nimia. Al principio, solía repasar mentalmente los sucesos del día, después serían los de su vida Cuántas veces se ha preguntado ¿qué es el insomnio? La pregunta se le hace ya retórica, demasiado bien sabe él la respuesta, se la ha hecho y respondido tantas veces en las avanzadas horas de la noche, mientras el cuerpo se agobia y debilita.

Con gran desasosiego acude a los médicos. Lo encuentran saludable y mentalmente sano, excepto, por ese problema de no poder conciliar el sueño; un insomnio crónico le diagnostican. Unos le recetan distintos psicofármacos para combatirlo, otros,   los naturistas, le recomiendan los recursos naturales de diferentes hierbas, ejercicios relajantes, la meditación, el yoga y la acupuntura; recursos todos que han resultado inservibles para su padecimiento.

Los familiares y los amigos lo encuentran cada vez más irritable, extraño, distante. El afable y trabajador Matías se está agriando, su maravillosa sonrisa magnética ha desaparecido, y la desidia en las labores aumenta día a día.

Imaginar que tiempo atrás dormía tan placidamente. Si continúa así teme enloquecer. El rostro de Matías ya empieza a mostrar los estragos del insomnio, y no logra por mas que se lo propone, saber que le sucede, ni el porque. Suele verse en el espejo y preguntarse ¿Qué me sucedió aquella primera noche que se desencadeno este insomnio?

Está hastiado, agotado, muy cansado. La ansiedad lo agita constantemente, no le apetecen los alimentos; está haciendo mella en su salud; sufre de mareos, zumbidos en los oídos y mantiene los ojos rojizos y vidriosos, el rostro siempre ojeroso refleja sus luchas todas las noches por querer conciliar el sueño.

Quizás retomará el cigarrillo, pero… le había prometido a Florelia que no fumaría más, y de eso hace ya casi un año, aunque siempre tiene una cajetilla guardada por si un acceso de ansiedad lo acosa. Y ¡acaso no era su situación desesperante! Fumará, claro que fumará, y enciende el cigarrillo aspirando con deleite.

El insomnio llega siempre, como una gran ola silenciosa, amenazante, imperiosa. Al llegar el amanecer, se retrae, pero queda latente, en espera, acechante durante el día a que la noche llegue, y cuando anochece, se acerca sigilosamente hasta adueñarse totalmente de la noche de Matías.

La noche del 25, Matías, ya por hábito, fatalmente resignado, todo adolorido, se recuesta una vez mas de tantas y tantas en la cama, apenas para intentar reposar algo su cuerpo. Mira A su alrededor echando un vistazo por la habitación que parece girar, siente una fuerte presión en la parte posterior de la cabeza, un hormigueo en sus piernas, y el escozor en lo ojos es tan intenso que le resulta insoportable; llora silenciosamente. Está renunciando a casi todo, que ya es casi nada, no puede imaginar el tener que soportar una noche más así.

Mañana 26 de abril, cumple setenta años y se pregunta en un murmullo a sí mismo:

-¿Tiene sentido alguno seguir viviendo así?-

El mismo se responde:

-¡No, no quiero cumplir setenta y ni uno  mas! No puedo resistir más tiempo. –

Los medicamentos, las terapias,, las sesiones médicas, los amigos, el entorno, nada ni nadie consiguió salvarlo de sí mismo y el insomnio a Matías.

Recostado manosea la pistola y con mano vacilante, la coloca a su alcance en la mesita de noche; lo que tenía que hacer lo había ya decidido.

Es domingo, un nuevo día. El cielo es de un azul claro y limpio, el sol empieza a asomar por el horizonte. Amaneció, está vez Matías no alcanza a distinguir las hermosas tonalidades de la luz mañanera.

La pistola sigue en el mismo sitio que la había colocado el anochecer del 25.

Matías aún duerme profundamente.

El insomnio ha sido magnánimo con él, para su cumpleaños, le regaló su indiferencia por primera vez en tantas noches, obsequio que perdurará hasta el final de la vida de Matías.

Después de tanto tiempo, esa noche, Matías había dormido plácidamente.

 Resultado de imagen para viejo insomnio pintura

Anuncios

LA SOMBRA Y SU GIRASOL. Por María Cristina Solaeche Galera

Mi sombra
no me pertenece
ajena
silenciosa
suspicaz
extraña
herida

anciana como el olvido

cargada de flores nocturnas
invita
a los arbustos resecos
a recogerla
en sus vacilantes ramas
como brazos extendidos

espera
enroscándose en el recuerdo
como se anuda al sol
la sombra y su girasol

asómate amor
al borde de las pisadas
asómate amor
al pedriscal que fue un jardín
lee el poema que no me contiene.

María Cristina Solaeche Galera.

Autor: Luis Alfredo López Mendez
Título: Girasoles de Dalia
Técnica: Óleo sobre tela
Dimensiones: 81 x 101 cm
País: Venezuela
Año: 1959

UNA OBRA DE ALIENTO. Por María Cristina Solaeche Galera

¿Cómo describir mi llanto ardiente, mi odio encarnizado,
la desesperación de haber perdido el paraíso?
¡Oh, para ello se necesitaría ser escritor, y yo no lo soy!
Roberto Arlt.

Hay que seguir, siempre, intentándolo, siempre fracasando.
No importa, inténtalo otra vez.
Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett.

Al demostrar que la realidad puede ser fantástica,
desperté el odio de los que se habían dedicado a las obras de ficción.
Silvina Ocampo.

Nadie imagina la tragedia oculta en cada letra, en cada palabra, en cada frase que ya no escribo; llevo casi once prolongados años sin escribir nada.

He cumplido los sesenta y cuatro, tengo el pelo canoso, con una calvicie incipiente en la parte superior, tengo una nariz angosta, soy robusto por no decir regordete, me visto de chaqueta oscura y siempre llevo conmigo mi sombrero y los cigarrillos que no pueden ni deben faltarme; sobre cualquier parte del apartamento, suele reposar a la expectativa mi taza de café ya vacía con una colilla de cigarro aplastada en su interior. Tras dos fracasos de vida en pareja, decidí vivir solo. Me apellido Persale y mi nombre de pila es Horacio.

Antes, me bastaba ver a los ojos que me mirasen o no, escuchar las disímiles resonancias de las risas, el latido del paisaje y abrigar la vida que desborda en alegrías y sufrimientos, para que el ingenio de la escritura de ficción en contraste con la realidad, fluyera en cada trazo que escribía; todo lo que me rodeaba era mi aljaba de flechas mágicas, las que disparaba en trazos sobre el papel; ello me aseguró un espléndido destino como escritor, mi arsenal literario era continuo y me prodigaban elogios por mis novelas de ficción.

Después del éxito bullicioso que causaron mis publicaciones, mi entusiasmo decayó violentamente, se produjo un desmoronamiento. Algo ocurrió que no sé explicármelo. Algo que me llevó a no querer escribir más ficción. Miro hacia adelante, y el día de hoy, experimento el pavor del escritor que barrunta que ya escribió todo lo que pudo y no puede escribir más.
Kirkegaard afirmó, que la vida se vive hacia delante, mas es entendida hacia atrás.
Infecundidad, no garrapateo ni una línea. Me llamaron autor de ficción, me escucharon, me leyeron, me elogiaron, y de pronto, me encuentro con que soy incapaz de crear una frase original que justifique mi don y mi prestigio como escritor de realidades.

¿Cuándo publicas de nuevo? ¿Sobre que estás escribiendo? ¿Qué universo recrearás? ¿Cuál nuevo mundo fantástico nos espera? Preguntas discretas, indiscretas, irónicas o francas.

Me prometí enérgicamente muchas veces durante estos años en blanco, escribir un nuevo género literario: la narrativa autobiográfica. Tengo que atreverme y aventurarme a enfrentar la vida interior; que la obra sea vivencias propias, el retrato literario de un rostro, el mío.
Ya lo dijo Saramago “Se vive para decir quiénes somos”.
Pero, todo parece inútil, como si fuera una esperanza desproporcionada con mi propia realidad o una absurda terquedad creadora.
Sin embargo, con amor propio de escritor, me propongo empecinadamente escribir de nuevo sin cavilar; embriagarme de propósitos, incitar a la lucidez que precede a todo acto creador.

Me encierro en el escritorio y me apoltrono en mi sofá-cama de espaldas a la ventana; por la que penetra un alegre solecito y asciende de la calle un ruido estridente de una sirena a la distancia. A mis pies echada siempre, Mirol, una perra callejera color arena, con un rabo cansado y un corazón siempre dispuesto a acompañarme, que había llegado a mi puerta agobiada por el abandono, y lleva conmigo cerca de nueve años, me sigue a todas partes, persistentemente, con la comprensión del que lo entiende todo en su mirada. En una estantería de la biblioteca permanecen ordenadas todas las ediciones de mis libros; fumo concentrado en vigilar las caprichosas volutas de humo a contraluz y saboreo un aromático café, calzo mis pantuflas de felpa, silbo, jugueteo con las teclas de la computadora, las cuartillas y los bolígrafos, me levanto, me siento o recuesto de nuevo, doy vueltas en la habitación; solo entre cuatro paredes, solo de soledad, solo de solamente; a la espera de la maravillosa fuerza que me inspire una escritura valiosa. Lo único que me provoco, son accesos de tos por el tabaco y el agobio de un ermitaño, además, parecen no faltarme nunca motivos inventados o no, para interrumpir mis propósitos.

Por más que insisto, por más que me grito a mí mismo que soy un buen escritor, que ya lo he demostrado durante mucho tiempo, quedo inmutable frente a la página en blanco del papel o ante la pantalla limpia de la computadora.
Hago tentativas de provocar a la inspiración, de infiltrarme en mi subconsciente, todo es infructuoso, me indigno contra mi incapacidad.

Al adentrarse la noche, me asomo a la ventana de mi undécimo piso donde vivo; desde ella, se ve un fragmento de la ciudad iluminada, un brazo de lago y una escasa hilera de coches. Un leve resplandor irradia siempre a esa hora la estancia, es como un aura blanca resplandeciente con sesgos amarillos, es la curiosa luna acechándome con claridad indiscreta. Afuera, en el oscuro cielo, se erige para mí el universo del sonido del lenguaje, se recrea cada noche y se deleita en sus voces, mientras yo, me quedo inmóvil en el mundo del silencio y ya no acierto a imaginarlo. Al despertarme en la penumbra que antecede al amanecer, busco a tientas los restos del sueño que permanece en mi conciencia y no los encuentro.

Cualquier trama que me sugiere la mente, ya la había escrito con anterioridad; necesito crear una nueva obra que me de el frenético hálito que tuve en el pasado, Una obra de aliento, así llevará por título, hasta he pensado utilizar un seudónimo; me urge escribir un libro sobre la desolación del escritor que ya no logra escribir, me hastié del tema de la ficción y trato de desviarlo radicalmente; quiero escribir mi historia, el testimonio de cómo un literato permaneció y emergió de la bruma después de once años de esterilidad. No pondré al narrador a contar cosas, seré yo mismo quien las estaría contando, pues el espacio entre el autor y lo que se cuenta, suele estar ocupado a veces por el narrador como intermediario. En la autobiografía hablaré conmigo mismo; me transformaré en dos personajes que mantienen entre si un diálogo donde nadie nos interrumpe, el escritor y el yo ficticio paciente y perverso al cual me dirijo y que siempre está presente, ve y escucha cada palabra. Reconozco que parte de mi interés en escribir una autobiografía, es poder revelar lo oculto mío que sólo yo conozco y estoy convencido, y que el lector busca develar esos secretos. Es momento de poner la vida del escritor que soy en mi escritura, donde el lenguaje elige como el yo se va a configurar tanto en la grafía como en la lectura.

Las semanas, los meses, los años, transcurren en la habitual progresión de los días; saco la basura, leo las noticias, como frugalmente, hago diversas llamadas telefónicas; al anochecer me voy al bar de la esquina a compartir con los amigos, allí, la bebida y la música me trasladan a universos invariablemente fantasiosos. Compañeros de diversión etílica, escuchan atentos las fantásticas historias que les relato; en mi quehacer literario había aprendido varias palabras en distintos idiomas y las intercalaba en la conversación, ellos estaban convencidos que yo hablaba varias lenguas y las mujeres que rondaban como mariposas, me admiraban excitadas por la bebida; la imaginación entre trago y trago, entre conversa y conversa, se me desata y me entrego a todo tipo de mundos imaginarios, inexistentes, eso si, todos ellos son con imágenes totalmente extrañas a la vida real que me rodea, son universos ficticios, la ficción me tiene encadenado.

Suelo asistir frecuentemente a eventos y tertulias literarias, y de vez en vez, doy alguna charla sobre el arte de la narrativa ficcional; sin embargo, no encuentro inspiración ni indicio alguno que me motive a emborronar alguna hoja, con hechos y personajes reales y existentes en mi propia vida cotidiana y con mi propio yo. Le echo la culpa al país, a las guerras, a las crisis económicas, a la cibernética, a las multitudes, a la música escandalosa, encuentro un culpable de mi ineptitud en todo.

Garabateo palabras sin sentido, arrugo papeles hasta reducirlos a una bola y los arrojo a la papelera, me surgen hechos pero nada significativos; de un modo vago lleno hojas con historias que no interesan a nadie, ni a mí mismo, me siento abotargado. Había creído siempre, que cuando un escritor quiere escribir, lo puede hacer, que escribe sobre lo que quiere, de día, o de noche sacrificando horas de sueño, en la cafetería, en cualquier sala de espera o en la barra de un bar, donde sea y como sea, cuando lo desee; sin embargo, encontré millares de explicaciones para justificar mi fracaso, mi ineptitud para publicar un libro que me satisfaga.

¿Qué me falta para lograrlo? ¿Quiero escribir sobre mi verdad? Lo que hasta ahora había escrito en mis novelas fantasiosas no provenía de sucesos vividos por mí, todos eran personajes y hechos irreales, ficticios. Hace tiempo, que la ficción ya no me dice nada como género de expresión, anhelo centrarme en la autobiografía, donde la fantasía apenas interviene. Me intriga la inversión que me propongo de los temas, de la ficción a una realidad donde yo debo ser el relator de mis acciones, el custodio de mis papeles, mi propia encrucijada ante el mundo, la sombra que evidencia mi alzada.

¿Seré capaz de escribir mi realidad? ¡No, no lo voy a lograr! ¡Ya no llegaré más lejos! suelo decirme con consternación, más inmediatamente me digo que debo, que debo hacerlo, que tengo que hacerlo, que lo puedo lograr; escribir sobre la verdad de lo por mí vivido, palpado, oído, nada de ficción, me saturé; hace años nunca lo hubiera pensado así. Al organigrama de mis obras le hace falta un cambio, una entrada realista, sublime y generosa de mis circunstancias. Tengo necesariamente que darle un remezón al escritor que me habita.
Las páginas narrarían lo que soy, lo que puedo ser, cada letra cifraría el oscuro signo que quiere decir mi vida de novelista de ficción extraño a la realidad. Puedo y debería crearlo, total, siempre vivimos en la memoria, habitamos en ella.

Un escritor de novelas, describe y narra situaciones que erige partiendo de la enmarañada complejidad de la realidad; en cada palabra pretende una aproximación al lenguaje que es la morada del hombre, y en la descripción de esa realidad, inserta un soñadero que le permite al lector vivir una ilusoria situación dentro de circunstancias reales o irreales… Así recuerdo comenzaba la última charla que di hace más de un año.

El ser humano común, recela de la imaginación y hasta le suele inquietar a veces cuando ésta lo atribula con heréticas tentaciones, a sabiendas, que la tentación vencida se transforma en conocimiento, como afirma Michaux.
Yo, había demostrado con mi obra literaria, no ser un hombre común, no desconfiaba de mi imaginación y nunca me inquietaron las tentaciones, había demostrado no ser mediocre.

En mi exilio literario que tal pareciera se está convirtiendo en una adicción, sigo el hábito de toda una vida: leer, leo mucho, de ahí la selección actual de excelentes libros autobiográficos que me ilustren, motiven y sostengan para mi nuevo propósito en este tiempo de extenuación.
He leído y leo últimamente con gran interés y dedicación: el Diario íntimo de Amiel, Autobiografía de mí mismo de Sthendal, Diario de guerra de Jünger, Diario de Anaís Nin, los tres libros de Una autobiografía de Virginia Wolf, Diario literario de Léautaud… todos estos escritores cultivaron el estilo autobiográfico en muchas de sus creaciones, en formas anarquistas, proclives a la fragmentación, a la alteración y a la intermitencia de la vida, sin ataduras. Acabo de iniciar la lectura de una interesante novela Fils de Doubrovsky, autor de la narrativa de ficción aunada a la autobiografía, que él mismo califica de “autoficción”, y tengo por delante a Infierno de Strindberg.

Las cinco de la mañana, el gallo del vecino canta hoy como canta todos los amaneceres, adelantándose a la aurora de un día soleado de verano y Horacio Medelse, con la idea de iniciar una novela autobiográfica, un diario literario si los dos términos conjuntos tienen la significación que él quiere darles, prende su computadora y escribe:

Una obra de aliento.

Nadie imagina la tragedia oculta en cada letra, en cada palabra, en cada frase que no escribo; llevo casi once prolongados años sin escribir nada…

Autor: Manuel MArtin Morgado
Titulo: Pensativo
Técnica: öleo sobre cartón
Dimensiones: 42 x 30 cm
País: España
Año: 2013

EL DESEO

Visceral estruendo
torrente interior
late y asciende
late y desciende
un vértigo placentero

El deseo
dibuja
desdibuja
sendas que estremecen
con la piel aferrada
por las cuerdas de la vida

¡De repente!
Se desgajó encima
la alcahueta luna
con sabor a mandarina

No nos soltemos amor

Extrañaríamos
nuestros sabores
nuestros agridulces deseos.

Maria Cristina Solaeche Galera

Autor: Edvard Munch
Título: El beso
Técnica: Litografia
Medidas: 99 x 81 cm
Pais: Noruega
Año: 1897

ANDRÉS MATA: Sobre la débil rama el blando nido y sobre el nido la piedad del canto.

ANDRÉS MATA: Sobre la débil rama el blando nido y sobre el nido la piedad del canto.

María Cristina Solaeche Galera

 

La Literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.
Jorge Luis Borges.

Literatura y vida… La Literatura, como el arte en general,
es la demostración de que la vida no basta.
Fernando Pessoa

El periodismo es una maravillosa escuela de vida.
Alejo Carpentier.

 Andrés Mata: nace en Carúpano, estado Sucre, Venezuela, el 10 de noviembre de 1870; muere a orillas del Sena, en París, Francia, el 18 de noviembre de 1931.

Su madre María Cruz Mata Aranguren, su padre José Loreto Arismendi. Al no ser reconocido por su padre y haber nacido en un hogar muy pobre, desde niño se vio en la imperiosa necesidad de trabajar.

Es bautizado en la Iglesia Santa Rosa de Lima, de Carúpano.

Conforman su hogar, su esposa Luisa Josefa Heuer Lares andina de origen alemán y sus dos hijos Andrés y María Lourdes.

Poeta, escritor, periodista y diplomático.

Lo sitúan unos en el Romanticismo tardío del que parte; otros admiten, que alcanzó al floreciente Modernismo de la época. Podría situarse, en el tiempo que transcurre desde el Romanticismo tardío al Modernismo y, con  el surgimiento del Parnasianismo en Venezuela. Escribe como post-romántico, pre-modernista y parnasiano tardío, en una amalgama diversa.

Con su actitud frente a la vida y a la poesía, el autor de Péntélicas y Arias sentimentales nunca traspasó la frontera romántica. Rafael Ángel Insausti.

Más que todo, si a discutir vamos la ubicación literaria de Mata, él es romántico, fundamentalmente, por esa posición que lo hace intérprete de sentimientos, temas, motivos y valores líricos. J.R.Medina.

Andrés Mata el trovador de la época con sus lánguidas Ofelias, sus quiméricas primaveras, sus valses lentos, sus claros de luna y sus pianos. Darío Achury Valenzuela.

-1882. Julio. Con apenas doce años, Andrés Mata ingresa como colaborador en el semanario  oriental La Avispa en Carúpano, donde ya a tan temprana edad, es el Jefe de Redacción, iniciando sus pasos en el periodismo.

-1885. Funda con solamente dieciséis años, el periódico El Día, en el que escribe al lado del investigador e historiógrafo venezolano Bartolomé Tavera Acosta, también carupanero.

-1887. Este año, se encuentra Andrés Mata en Ciudad Bolívar. Se ha inscrito en el Colegio Federal de Guayana, la misma edificación que en 1819 sirvió de sede al Congreso de Angostura. Allí, su rector José Lorenzo Mendible, acoge a un número de estudiantes para estudiar el bachillerato, entre ellos, al poeta Andrés Mata y al poeta colombiano José María Vargas Vila quien está exilado en Venezuela.

Publica en el periódico Cabos Sueltos del Orinoco, junto a Vargas Vila y el poeta, periodista y revolucionario Armando Barazarte, los fundadores.

-1886. Publica en La Opinión su poema J.A.Pérez Bonalde.

-1893. Acompaña al exilio a Curaçao y después a la República Dominicana, a Juan Pablo Rojas Paúl, Presidente de Venezuela (1888-1890), perteneciente al Liberalismo Amarillo.

En Santo Domingo, Andrés Mata, asume la Jefatura de Redacción del periódico El Listín Diario.

-1895. Regresa a Venezuela desde la República Dominicana, y se incorpora como colaborador al plantel del Cojo Ilustrado (1892-1915); donde aparece como redactor del que era para el momento, el principal órgano difusor de las creaciones líricas de los poetas modernistas venezolanos.

Colabora en la revista Cosmópolis (1894-1895), que dará inicio e impulso al movimiento modernista. Lo hará al lado del escritor (cuentista) y periodista venezolano Luis Manuel Urbaneja Achelpohl.

-1896. Publica Pentélicas. Poemario. Tip. El Ojo. Caracas.

Es un poemario de tendencia modernista, prologado por José María Vargas Vila y elogiado por el gran ensayista uruguayo José Enrique Rodó. Son versos impetuosos, altivos y anarquistas. En él, Andrés Mata se olvida de sí mismo, para volcar sus poemas en el pueblo oprimido que le rodea trabajando y sufriendo día a día; escribe como un poeta civil. Aparecen  los ensueños de la adolescencia y los ideales de esa generación de jóvenes. El escritor merideño Domingo Miliani, descubre en este poemario la cristalización del Modernismo, con una novedosa musicalidad basada en artificios artísticos muy de la estructura literaria del ritmo que alcanza la sinfonía, la armonía musical de las palabras, las recreaciones fónicas, la hermosura de la sonoridad y el simbolismo de cada sonido o semántica fónica. Es el poeta un espléndido artífice de la estrofa poética, con predominio de la palabra nominal.

Cualidades shubertianas. Picón Salas.

Shubertismo poético: tendencia trovadoresca y declamatoria, de muy en boga en la América Latina.

El poeta invita a los tribunos en sus versos:

a defender la dignidad del pueblo
a hacer vibrar al golpe de prensa
el hosanna de todos los derechos

-1898. Publica Idilio trágico. Tip. El Cojo. Caracas.

Es un poemario de estilo romántico; premiado en el certamen de la revista caraqueña El Cojo Ilustrado:

 ¡Oh tú, la candorosa compañera
de mis mejores años! El olvido
no ha logrado borrar de mi memoria
aquella breve, perdurable historia
que comenzó del río en la ribera…
¡Yo buscaba en los árboles un nido
cuando nos vimos por la vez primera!

V Idilio trágico

Huyendo del conflicto sanguinario
de las guerras civiles,
que convierte la patria en escenario
de torpes odios y venganzas viles.
Nuestras madres, tan puras y tan buenas,
buscaron sitio agreste y solitario
donde calmar sus penas.

XIII Idilio trágico

Mientras daban al viento sus pendones
de purpúreo color los batallones
que a defender el valle se prestaron,
desplegaban banderas amarillas
las compactas guerrillas
que en las verdes colinas acamparon.

Vibró el himno de la muerte en las cornetas;
volaron las legiones al combate;
y fue lucha de atletas contra atletas
que en impetuoso y sanguinario embate
decidieron al fin las bayonetas.

XV. Idilio trágico.

Debajo de los árboles. Ninguna
pena que inquiete el pensamiento mío.
Encima de los árboles la luna;
debajo de los árboles, el río.

Abro mi corazón…Leo y confío
en la gloria, en el bien, en la fortuna.
Habla de amor, al discurrir el río;
habla de amor, al esplender la luna.

Quietud y soledad…Nada importuna
la comunión del pensamiento mío
con el bien y la gloria y la fortuna…

Bajo el ramaje trémulo y sombrío
sueña un hilo de oro la luna
sobre el silencio diáfano del río.

Alma y paisaje.

-1902. Es el cronista que con una refinada prosa modernista, reseña el banquete que Cipriano Castro y Doña Zolia, brindan a los banqueros de Caracas, en los días de la resistencia contra  el bloqueo internacional de las costas venezolanas.

-1904. Es nombrado Individuo de Número de la Academia de Historia de Venezuela, en el antiguo Seminario de Caracas.

-1908, 2 de enero. Es electo Académico de la Lengua.

-1908. Es uno de los redactores del periódico El Constitucional en Caracas.

-1909, 1 de abril. Funda con su amigo, el abogado, periodista, ensayista y político venezolano Andrés Jorge Vigas, el diario El Universal de Caracas, uno de los medios informativos que actualmente sigue siendo emblema nacional del periodismo. Será su director hasta el día de su muerte.

-1911. Presenta al entonces adolescente poeta Andrés Eloy Blanco, en su primera página del diario El Universal de Caracas.

-1914. Representa como diputado, al  estado Cojedes en el Parlamento de la nación.

-1919. Representa como diputado, al  estado Anzoátegui en el Parlamento de la nación.

-1930. Publica Poesías escogidas. Casa Editorial Franco-Ibero-A.

Este poemario, Andrés Mata, lo  da a la imprenta un año antes de fallecer; es una selección de sus poemas realizada por el mismo poeta.

-1931. Lo sorprende la muerte con sesenta y un años, mientras se halla en París, Francia.

A título póstumo, se publican las composiciones poéticas escritas por el poeta Andrés Mata, con anterioridad a Pentélicas.

-1932. Poesías. Edit. Sur América. Caracas. Con prólogo de Crispín Ayala.

-1942. Arias sentimentales y otros poemas. Editorial Cecilio Acosta. Caracas.

En este poemario, su verso es musical, finamente romántico, en una lengua melódica.

¿Un amor que se va?… ¡Cuántos se han ido!
Otro amor volverá más duradero
Y menos doloroso que el olvido.

El alma es como pájaro inseñero
Que roto el nido en el ruinoso alero,
En otro alero reconstruye el nido.

Puede el último amor ser el primero.
Mientras más torturado y abatido
El corazón del hombre es más sincero.

Tras de cada nublado hay un lucero
Y por ruda tormenta sacudido
Florece hasta morir el limonero.
(…)

Música triste.

La sombra como negra colgadura
De un viejo catafalco, en la sombría
Nave de un templo abandonado al culto
En que vivieron épocas extintas,
Ya condensada en la mitad del cielo
En opulentos pliegues descendía.
Flotó un rayo de luz entre las nubes,
Y brilló, cual trágica pupila

Nocturno.

 -1954. Oda a Santa Rosa de Lima. Tip. Apolo. Caracas.

 -1956. Poesías completas. Edime. Caracas-Madrid. Con prólogo de Arturo Uslar Pietri.

 -1965. Algunos poemas. Edics. Poesía de Venezuela. Caracas.

-1970. Obra poética. Imp. Municipal. Caracas.

-1976. Breviario lírico. Dirección de la Gobernación del Distrito Federal. Caracas.

¿Ves el ave y el nido en la desnuda
rama del árbol que a morir avanza?
¿No te sorprenden en estrecha alianza
la primavera y la estación ceñuda?
(…)
¿Qué estímulo mayor a tu quebranto?
Sobre la débil rama el blando nido
y sobre el nido la piedad del canto. 

Momento optimista.

LLEGÓ DEL INFINITO

Se acerca a hurtadillas
sobre el regazo ansioso

desliza huellas sobre la piel
la torna vibrante
atrapa sombras en el viento
soledad agobio

trepa por las venas
ardoroso tiempo de esta mujer y este hombre
giros mortales al compás del alma
anudo de lenguas
atraganto de palabras

despacio
que se enciende la hoguera
en las miradas de tamarindo

licores destila el aire
entonando boleros desviando senderos
aroma a cayena y desgrane de albahaca.

María Cristina Solaeche Galera

Autora: Nicoletta Tomas Caravia
Titulo: “Amantes 121”
Técnica: Acrilico sobre lienzo
Dimensiones: 100cm x 60cm
País: España.
Año: 2012

¿ASÍ ACABA TODO?

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como traje sin hombre,
llega a golpear con anillo sin piedra y sin dedo
llega a gritar sin boca, sin lengua
ni garganta.
Pablo Neruda

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas rayas y un rostro pintado redondo
como la luna, que me mire, quiero.
Sylvia Plath

Vamos a morir, todos nosotros,
¡qué circo!
Charles Bukowski

Reclinado en la cama, ayudado de varias almohadas para que no lo sofoque la asfixia, Félix Ángel mira a través de sus recargados párpados semiabiertos, a unos tenues rayos del sol que atraviesan las cortinas, y se alargan sinuosos sobre la sábana y la cobija que lo cubren.

Está seguro de que va a morir, se siente morir, no hay remedio alguno que pueda evitarlo, y no se atreve a extender la vista más allá de la luminosidad de los rayos del sol; tiene aprensión de dar una ojeada a todo aquello que le rodea, y que muy pronto, no podrá ver, ni oír, ni palpar, ni sentir, cuando la muerte llegue.
Retraído en el límite de su mirada entrecerrada se siente más seguro, más protegido, apenas distingue los dorados hilos rizados del sol en la pelusa de la cobija que lo abriga.
Quizás tenga unas horas más, o unos días, o un par de meses si acaso. Ya debería no pensar en nada que le signifique vida, tiene que preparar su pensamiento para que este desaparezca ante el vacío que en que muy pronto se sumirá.

—Amor, la medicina con un trago de jugo de naranja que tanto te gusta.

Bebe dos sorbos con la pastilla, y devolviendo el vaso sonríe levemente a su mujer; intenta acariciar su corto cabello negro y besar su mirada triste pero no tiene fuerzas, entorna los ojos y suspira conmovido por su ternura.

—Así, así cariño mío, descansa— lo abraza delicadamente, le besa las mejillas y le sube la manta hasta el pecho.

Quizás, si hubiera estado solo, se hubiese puesto a llorar amargamente, o a gritar con rabia desesperado, pero con ella allí, su tan amada mujer, atenta a su menor gesto con una leve sonrisa en el rostro y las lágrimas siempre asomadas, no puede, no debe acrecentar su pena, la que ella siente por este hombre, su compañero, tan delgadísimo, tan exangüe, tan enfermo.

Félix Ángel respira y aspira lentamente como un fuelle polvoriento. Decide entonces, repentinamente, pensar, imaginar, en lo que le sucederá una vez que fallezca, y atrevidamente enfrenta este propósito; será una manera de estar aún aquí, en vida, y a la vez, muerto ante los demás, ahora es el mañana. La marea del universo trae y lleva a los seres.

Para él, allí acostado, esa idea se le desliza en el pensamiento. Bizarramente, imagina y piensa; detiene la mirada de sus ojos nublosos en el dilatado cielo raso y los entorna; no mueve los labios, ni un párpado, ni un dedo.

Unas formas imaginarias se mueven dentro de su pensamiento.

Se ve muerto, tal como él había visto a otros muertos; con rigidez pétrea, el rostro lívido y contraído, los labios de una palidez marmórea, los ojos turbios y céreos, todo él destemplado y frío.

Está en la funeraria, lo lavan, visten y peinan con total indiferencia, automáticamente y hasta con cierto asco; él mismo, siente en su imaginación, repulsión al pensar en las carnes de su cuerpo que empezarán a descomponerse pronto, envuelto en una acre neblina. Es muy difícil acostumbrarse a estar muerto, a tener una borrosa y letárgica conciencia de los restos de vida hasta anularse enteramente.

Ya está amortajado con discreción y elegancia, con su traje gris preferido, con la camisa y la corbata que había seleccionado con anterioridad, y las muñecas extáticamente cruzadas sobre su pecho.

– ¿Y el alma?– cavila Félix Ángel.
– ¡Ay! el alma existe solo en mí mientras estoy vivo, así que al dejar de existir…—reflexiona.
— ¿En donde quedé en mis pensamientos? Ah, ya, en el alma…mejor será preocuparme como me lo había propuesto, tan sólo de mi cuerpo.

Esá en su velorio rodeado de algunos familiares, de compañeros del trabajo como catedrático universitario y unos pocos amigos. Llegado a este punto del pensamiento, se ve a sí mismo dentro de una hermosa caja de nogal, con la tapa arqueada, barnizada y con broches dorados.

Los allegados lo están recordando momentáneamente en el funeral, se habla de lo bueno que fui en vida y de lo mucho que me van a extrañar; las flores en algunas coronas se esfuerzan en alentar la escena. La mayoría lo contempla unos momentos, con esa curiosidad que provoca el horror instintivo a la muerte, y que yo mismo he sentido delante de otros difuntos. Los amigos se detienen en su rostro, para deducir los estragos que ha hecho la muerte en él, la piel amarillenta pegada a los huesos del semblante y las orejas se han tornado casi transparentes, el endurecimiento pétreo de la frente y, en los párpados cerrados languideciendo sus recuerdos.

Le asalta la mente una pregunta que se hace el escritor Roberto Arlt:

¿Para que afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?

Cumplido el tiempo estipulado, la gente que lo acompaña se va distanciando.
Cierran el ataúd, y queda encerrado, inmóvil, aprisionado en el rígido abrazo del féretro acolchado, en absoluta oscuridad, en un silencio opresor. Ve en su mente la escena y la urna que les pesa; la levantan, atraviesan la estancia, bajan penosamente las escaleras, atraviesan un florido jardín y me introducen en un automóvil; los concurrentes, curiosos unos, temerosos otros, indiferentes los demás.

El cementerio está detrás de una colina, solitario y silencioso, todo es grisáceo y polvoriento, con algunos árboles que parecen abrumados por el lugar; el cielo es una fiesta azulada, ese día se han retirado a otros cielos las combadas nubes de la noche anterior. Allí, en el campo santo, pareciera que no llega nunca el aliento de la primavera, todo permanece estático, petrificado.

A algunos, les produce cierto alivio el saber que ellos aún gozan de la vida; casi todos adoptan un gesto grave y compungido, otros acaban charlando, rompiendo con alguna broma el aire de abatimiento; sin embargo, todos en común tienen un cierto quebranto, una embarazosa desazón, es el pensar que en algún momento serán ellos los protagonistas.

Lo depositan en la cripta familiar, los sepultureros echan las paladas de la tierra que generosa lo acogerá sin protestar; se queda solo en la incierta oscuridad de la bóveda, bajo una lápida con su nombre completo Félix Ángel Galindo Elmersu, y las fechas de su nacimiento y muerte 15-1-1938—21-7-2014, como constancias de que el sepultado allí, había vivido y tenía nombre y apellidos. Allí se ve en su mente, allí ha quedado solo, íngrimo, respirando el aliento asfixiante de la muerte.

Es muy de noche y tiembla en el alma de Félix Ángel, son las doce o las doce y cuarto, la luna redonda, la luz mortecina de la ventana, no vuela ningún pájaro, el silencio y la penumbra de la habitación laten calladamente. Se le desencadena un acceso de tos que se oye como un coro cavernoso y ululante; Félix Ángel se agita y retiene su mirada ahora clavada en ninguna parte; la noche se adentra con augurios dolientes en el cielo.

Con extrema lentitud, como si regresara de una infinita travesía, recostado en su cama, se interroga a sí mismo:

– ¿Cómo se verá el mundo al no poder guardar en mi vidriosa mirada muerta con gesto doliente, algo que ya no es para mi? Se borra todo, hasta el recuerdo de la tierra, de los hombres; es el tiempo de lo malogrado, de lo anulado, de la nada que es lo único que me pertenecerá.

Suspira Félix Ángel, el temor le llega a la respiración, el miedo le entra en los pulmones y en el inquieto pensar:

– ¿Cómo puede darse un vuelco todo tan rápido y tan abismalmente? La vida está llena de fronteras que sólo se reconocen después de franquearlas. No tengo nada que decirme, el mundo de mis emociones muere conmigo. Se acababa cualquier ilusión sobre la dignidad del final de la vida del ser humano. Asisto al sepulcro de toda mi vida. Al final, nos fatigamos, la verdad de la realidad es la nada de una eternidad.

Desesperado Félix Ángel grita en tono de protesta:

– ¿Así acaba todo?

La pregunta se desvanece.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: José Manuel Cañas
Título: Cementerio de Campo Criptana
Técnica: Óleo.
Año: 2003
País: España