EL MUNDO CENICIENTO DE MARCELO. De María Cristina Solaeche Galera.

La belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla.
David Hume.

 Después de todo, la pintura se ha de hacer tal como uno es.
Juan Gris.

Se le paraliza el cuerpo, siente la lengua de plomo, los labios se le entumecen, los párpados cargados y pesados le obligan a entrecerrar los ojos que apenas vislumbran fuertes destellos luminosos a través de los lentes, le hormiguean las palmas de las manos y los pies, tiene sed, una sed intensa, le tiembla el pulso y siente miedo, mucho miedo.

A los cincuenta y tres años, Marcelo Guevara ha sufrido un accidente cerebro vascular que le deja dañadas en la retina, las células receptoras del color. A partir de ese fatídico suceso, por más dolorosos esfuerzos que hace con los ojos, la visión solamente distingue el blanco, el negro y las tonalidades intermedias de grises entre ellos.

Marcelo es un destacado pintor de colores intensos, vivos, de una rica policromía en su paleta. A partir de ese momento, se siente desvalido; hasta el penetrante calor del sol en la tropical ciudad donde vive, lo recibe en el rostro con resentimiento, al imaginar el recuerdo de sus cálidos colores luminosos.

Sus lienzos de esplendorosas tonalidades, los pomos de colores, la paleta, los pinceles, todo lo arruma a una esquina de su taller.

Ahora, contempla las frutas, los paisajes, los rostros, los animales, todo lo que le rodea tiene el color de las ratas, las personas todas ellas con cabelleras entrecanas envejecidas y cuerpos y ropas del color de la ceniza. Le cuesta mucho comer, los alimentos son grisáceos, siente que comiera piedras o gusanos.

Se sienta pensativo frente a su pequeño jardín, ahora gris oscuro; es un jardín extraño, casi pesadillesco, y él se esfuerza en imaginarlo verde y luminoso, salpicado de los rojos, amarillos y lilas de las vibrantes flores. Su perro, un boxer nervioso y alegre, está enroscado a sus pies, tiene al menos tres tonalidades canelas, pero para Marcelo es ahora de un gris pardusco en el que resaltan las dos almendras negras de los ojos.

Se sorprende al darse cuenta, de que todos los días el cielo parece insinuar una lluvia que se avecina, es gris plomizo más claro o más oscuro, con nubes imitando gigantescos algodones blancos. Es inútil, por mas que extiende la mirada hacia el firmamento, aunque lo mira con fijeza, allí está siempre, un cielo ceniciento.

Le quedan los recuerdos, la sangre roja de la memoria. Se esfuerza Marcelo en recordar diariamente los hechos sucedidos en su vida, como quien medita, él intenta acordarse desde los más simples a los más complejos, los arduos, los peligrosos, los tiernos, y atormentado nota, que las  evocaciones van perdiendo gradualmente los colores propios, y en su lugar, son suplantados por los tonos del gris. 

Llegan las noches, y con ellas los sueños. Cada anochecer, los colores se esfuman gradual y paulatinamente. Se despierta en medio de las sombras, cerrando fuertemente los ojos, queriendo retener las coloraciones soñadas. Pero irritado se da cuenta, que unas veces falta un color, otras varios, hasta que  al transcurrir más de un año,  quedan solamente el negro, el blanco y las tonalidades intermedias de grises. Marcelo se desespera, se desazona y  angustia al recordar el sueño, pero tarde o temprano, sabe que tiene que aceptar racionalmente lo que le está ocurriendo.

Sucede que a veces, los males suelen potenciar la creatividad, y paradójicamente, ayudan a que afloren poderes creativos que estaban latentes en la buena salud al no tener limitaciones, y que al tenerlas, suelen ellas ser estímulo para logros y adaptaciones fascinantes.

Así pasa con Marcelo, a medida que transcurre el tiempo, él se adapta lentamente a sus privaciones. Una nueva paleta, nuevas pinturas en colores blanco y negro, nuevos pinceles vírgenes, y hasta un nuevo caballete sustituyen a todo lo anterior.

Para motivarlo, para ayudarlo a salir de la terrible depresión en que está sumido, amigos, y amigos de sus amigos, organizan una exposición en el museo de artes plásticas de la ciudad, con casi toda la obra que ha pintado desde que reinició paulatinamente el pintar, después del accidente, y lo sorprenden llevándolo amigablemente a ella. La crítica elogia su obra.

Comienza a pintar con el blanco, el negro y sus matices, y empiezan a surgir nuevas obras que la crítica de la plástica recibe con muy buenos comentarios.

Marcelo, como pintor, va descubriendo motivaciones e intereses en sus nuevas y muy diferentes obras, y se apasiona por ese nuevo mundo ceniciento de sus lienzos.

Seis años han transcurrido ya desde el accidente cerebrovascular, un equipo médico llegado de Francia, con los últimos descubrimientos en esa dolencia, le propone operarlo, asegurándole que se restablecerá de nuevo la percepción de todos los colores.

Mientras los médicos le exponen la situación, Marcelo sentado enfrente de ellos, desvía la mirada hacia el techo blanco del consultorio, luego, se queda mirándose las manos cenicientas, que están abiertas con las palmas extendidas sobre las rodillas, mientras chispas luminosas grisáceas bailotean a su alrededor. Se concentra en aclarar el tumulto de pensamientos que se le atiborran repentinamente la mente.

Se sorprende atenazado por un nuevo sentir, algo que no ha experimentado nunca. De manera, que ahí se encuentra Marcelo a sus cincuenta y nueve años, con una propuesta casi inaudita que le permitirá volver al mundo del color otra vez.

Puede haber sentido euforia, una alegría desmedida después de seis años grises, incluso no duda un instante en aceptar la propuesta médica.

Pero Marcelo es un hombre distinto a la mayoría, y es un pintor diferente. Se frota los ojos por debajo de los anteojos, y con serenidad, ante el asombro del grupo de galenos que mantiene un murmullo persistente, rechaza la propuesta.

Aprendió el artista plástico, a concebir el mundo hermoso en blanco, negro y las gradaciones entre ellos. Adquirió el dominio de la luminosidad de un mundo bruno, de una naturaleza nívea, de un firmamento grisáceo; un universo ceniciento es ahora para él, un universo magnífico, enormemente soberbio, no es ya para él un cosmos irrealizable en sus telas, al contrario, es fantástico, plasmándolo así en sus lienzos lo que le quede de vida.

Todo el día el sol estuvo radiante destellando naranjas y amarillos, y las escasas nubes de un azul claro e inmóviles apretaban el aire.

Al salir del consultorio, Marcelo se aleja haciendo un gesto sutil con la cabeza, como si intentara acallar lo que había oído un rato antes, y mirando hacia arriba con sus inquietas pupilas, contempla extasiado, un maravilloso sol intensamente cenizo que empieza a deslizarse entre vistosas nubes de color humo, y el planear espléndido de una bandada de hermosos pájaros negros.

Un día como este, un artista como Marcelo se siente feliz.

 

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3 Respuestas a “EL MUNDO CENICIENTO DE MARCELO. De María Cristina Solaeche Galera.

  1. Muy motivador y sugerente planteo de Marcelo disfrutar y aprender de lo que tenemos y nos toca en ese momento de la vida, estos acontecimientos a prori terribles forjan nuevas sensibilidades, fortalecen otras y generan nuevas.
    Brillante la narrativa y el mensaje, felicitaciones, Raul Urquiza de Argentina

  2. magnifico y novedosp

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