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RECENSIÓN LITERARIA: Lydda Franco Farías. Hay un rumor de piedras un rumor desordenado y sin origen

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo
escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los
pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin
oírme,
está mi palabra.
Para ti y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo.

Vicente Aleixandre.

De la Sierra de Coro o Sierra de San Luis, en el estado Falcón, Venezuela, de una zona pródiga en bellezas generosas, donde se encuentran los lagos subterráneos más extensos del país, cuevas con grandes simas, salas y galerías, sacudimos del letargo al lector con un poema de la poeta falconiana Lydda Franco Farías (3-1-1943 ; 2-8-2004).

Seleccionamos para esta reseña su segundo poemario Las Armas Blancas, escrito en 1969, y dedicado al Profesor del Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas de la Universidad del Zulia, Dr. Enrique Arenas.

Estuvo perdido muchos años antes de ser editado, y es su amigo el pintor trashumante merideño Emiro Lobo, quien logra rescatarlo.

Del poemario elegimos uno de los pocos poemas de extensión media, que intentamos titular tomando para ello el primer verso hay un rencor de piedra un rumor desordenado y sin origen, pues ninguno esta titulado.

Está dedicado a su compañero de vida, el fraterno guerrero y luchador social José Zabala.

He aquí el texto completo del poema elegido.

hay un rencor de piedra un rumor desordenado y sin origen
esta gravedad es como mi cráneo
como mi deseo de romper el cuerpo y salir alardeando
no es bueno morirse en una atmósfera así
ni claudicar por los cadáveres que floten
tampoco es bueno languidecer del todo
a veces me aburro y me identifico nulidad
pero miro esas gentes
las miro lavar el aire día a día
y me dan ganas de soplar el miedo
y patear el reposo de mis contradicciones
a menudo siento vergüenza de mi sed arenosa
de tantos muertos
decido sobreponerme
iniciar el rito de los otros   incendiar mis harapos
mis basuras
protagonizar escándalos
me recupero con lentitud
ando revuelta entre criaturas
que se arrancan la sangre   la sostienen
y la llevan a crecer con garras
aprendo a ejercitar mi susto
a martillar la soledad de arriba a abajo
extiendo la miseria la pequeña alegría
y digo nosotros y no yo

En el poema, la realidad es irreversible, la poeta anhela otro mundo, se angustia por no alcanzarlo; ella se adueña en su intento de un espacio imaginario con una particularidad genuinamente humana, en el que el claroscuro mensajero de las armas blancas, penetra en la concordia de los opuestos vida, existencia y muerte, equitativos y transformables que se enlazan a través de la discrepancia, manifestando uno lo que el otro eterniza, en que la caída y el tiempo se conservan por la búsqueda y el adueñamiento de un mundo, en el que se convocan las visiones esquivas y las indestructibles, las distantes y las inmediatas; en el que la muerte, el tema más humano por razón de vida, es el embebedor de toda trascendencia vital.

Para la poeta, la vida es a la muerte, lo que la lucidez al miedo, a la vacilación, a la incertidumbre.

(…) su poesía se ahonda y adensa; inaugura su tránsito al légamo del barroco donde la idea se cubre de carne y la carne se volatiza en sutiles apariencias; comienza el diálogo en trance órfico.      José Javier León.

Escrito libre de los recursos de la poesía tradicional, sin título, sin  mayúsculas, sin signos de puntuación, revelando su resistencia a seguir rígidamente los preceptos gramaticales.

Es un poema audaz, con ganas de sorprender, con una escritura palmaria y  reflexiva.  Ahonda en el silencio, la confusión, la consternación, la miseria, el miedo… con desasosiego por aquello que apenas puede ser pensado o figurado; versos oscuros, nihilistas, atrevidos; en un lenguaje implacable más allá de barreras con adornos o disfraces.

La indagación poética enérgica de la autora, nos descubre un poema apasionante, en el que su lectura aspira sacudir al lector sobre la existencia, con una poesía que la sabemos y la conocemos volcada en la consternación y en la rebeldía; en una lengua en la que la experiencia que se revela en la metáfora, es  certeza que se acopia desolada, en la que en cada verso, la voz de la poeta se ensancha en las reflexiones.

La vida desaparece al ser cautiva, un infrecuente ser se adentra  en la poeta y traslada a cada verso, el equipaje que ella ha atesorado en su tiempo de vida: sufrimiento, felicidad, renuncia, derrota, miedo, soledad… El tono mantenido habla de la vida y la muerte, siempre en vocablos vehementes, que son fragmentos de la realidad conmovedora e interesante en que vive Lydda Franco Farías.

Inquieta, con el alma en un hilo, heterodoxa, iconoclasta, con un lenguaje extremadamente personal, muy propio, muy individual, con ironía, sarcasmo, denuncia, en el que hablar es decir,  Lydda Franco Farías  nos regala este hermoso poema, que flota en un aire herido por un desasosiego existencial y rebelde que se adensa en cada verso, y se despliega en un monólogo donde cada palabra está cargada de gravedad y significación; poema que requiere de una lectura emotiva, atenta y reflexiva.

Lydda Franco Farías custodia fielmente sus querencias, las lleva a su poesía, con vehemencia, como afirma el poeta estadounidense de la corriente vanguardista inglesa Wallace Stevens: La poesía es un medio de redención, o como el destacado poeta argentino de la Generación del 40, César Fernández Moreno nos dice: Es movimiento y no quietud, devenir y no ser; y nuestra poeta está muy consciente de ello.

La mirada poética de Lydda Franco Farías y la mirada nuestra que lee este poema tan asombrosamente lúcido, deben reencontrase.

 María Cristina Solaeche Galera.