LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

Autor: David HersKovit
Título: Anciano en silla de ruedas
Técnica: Óleo sobre tela.
Dimensiones: 151x140cm
Pais. EEUU
Año: 1978.

LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

María Cristina Solaeche Galera

Pies, ¿para que los quiero, si tengo alas para volar?
Frida Khalo.

No pueden poner nuestras mentes en silla de ruedas.
La silla de ruedas es solo para el cuerpo.
Gaby Brimmer.

Pon tu cara hacia el sol y no verás las sombras.
Helen Keller

Nos quedamos solos, él y yo, solos los dos en la penumbrosa luz del día muriente, allí, en el balcón. Como todos los anocheceres, esperamos el momento en que nos lleven a su habitación para que intente dormir, y yo, quede plegada en un rincón del dormitorio haciéndole silenciosa compañía hasta el día siguiente. Su nombre es Bernardo Guersile.

Bernardo era un hombre alto, de espaldas anchas, amplio el tórax y complexión fuerte. Ha envejecido mucho, ahora es un anciano de ochenta y siete  años, está débil y paralítico a partir de la cintura. Hace más de cinco años no se levanta de mi asiento, a menos que su hijo lo alce para llevarlo a la cama. Soy dedicada y callada, lo acompaño fielmente a donde quiera que él se dirija. Soy su inseparable compañera en el balcón, cuando lo asoman a ver el barrio, la calle y los transeúntes, también me asomo con él.

Los sentidos de Bernardo agudizaron de manera extrema, quizás para compensar su incapacidad. Asimismo, mis sentidos. Ambos percibimos el zumbar de los insectos, el cri-cri del grillo, los cantos lejanos de los gallos de la barriada, el ladrido de los perros centinelas, la gritería alegre de los niños que asisten o regresan de los colegios. Vemos a las mujeres afanadas en barrer los portales, limpiar los empedrados, regar los jardines, y olemos como todo adquiere una aroma fresca y fragante a tierra mojada. El cafecero siempre con andar nervioso, vocea desde temprano de extremo a extremo de nuestra calle, el café reciente y aromoso. El vendedor de lotería grita los números ganadores con profética anterioridad y, algunos hombres se mueven afanosos en sus variados ajetreos de negocios y trabajos.

Los días festivos, desde el balcón, oímos el barullo chispeante del barrio, el corear de la alegría de las vecinas, y la música de la taguara de la esquina donde los hombres con estrépito y bebida alegran sus cuerpos cansados del ajetreo de los días de la semana; y yo en mis fantasías,  imagino que soy una silla de metal dorado, decorada, muy vistosa que hace las veces de un trono.

Durante casi siete años, él había soportado estoicamente sin chistar, el intenso dolor del problema degenerativo de su columna vertebral. Hasta que se hizo insoportable, invalidante, y cuando acudió a los médicos ya era muy tarde, el mal había evolucionado demasiado, los cartílagos y los discos estaban terriblemente desgastados, se había sumido en una paraplejía. Era irremediable, el resto de su vida estaría confinado a una silla de ruedas.

Sin embargo, al principio del tratamiento meramente paliativo, durante casi año y medio siguió rigurosamente las prescripciones de los médicos, las terapias de ejercitación, las dosis exactas de los medicamentos para el dolor, la rigidez y la parálisis, la dieta balanceada en la alimentación y, los primeros, inciertos y penosos, paseos por la cuadra que dimos juntos. Nada resultó, se hartó de esa disciplina que le restaba tanto a la poquísima libertad que le quedaba y aún así, seguía exactamente igual. Cierto día, decidió acogerse definitivamente a mí, no volver al terapista, tomar solamente las medicinas para las otras dolencias que lo aquejaban, y comer sin restricción alguna el alimento que podía y deseaba. Sólo se quedó con el paseo semanal por el barrio, en el que nos conduce su hijo durante una hora.

Recuerdo vivamente, cuando por vez primera, Bernardo levantó los ojos y se vio en el espejo de cuerpo entero, sentado sobre mí, encima del asiento y con mis cuatro ruedas; se sintió muy confuso, experimentó una sensación violentísima, casi de vergüenza. De repente, allí se vio, en el espejo, como si fuera otro.

—¡Pero qué es esto! ¡Qué es esto! ¡Imposible!— Gritó ese día volviendo la cabeza hacia un lado, y levantando ambas manos para taparse los ojos y evitar ver aquella visión. No había alternativa, yo sería de ahora en adelante parte de su cuerpo, sería sus piernas. A cada giro de mis ruedas, él tiene la sensación de avanzar en un mundo desconocido que le produce una angustia indefinible, la zozobra de un hombre inválido atado a una silla de ruedas, donde él es un extraño pasajero.

El hijo no puede ocultar su abatimiento por el estado del padre, lo irritante que se ha vuelto su condición. La mayoría de las veces ya no acierta como comportarse; Bernardo experimenta una turbación extraña al observar como, su hijo y su nuera, se imponen conductas correctas pero forzadas, que solo traen el cansancio de una rutina; al ver como el tiempo ha ido adormeciendo los sentires pacientes y enternecidos para con él.

Todas las noches, oigo sistemáticamente a su nuera que le ofrece encender la luz del balcón, es en vano.
—No; estoy bien así— responde Bernardo.

Gestos espontáneos, menguas del rostro, parpadeos, temblor de los labios, todo el cuerpo se agita, pero las piernas están estáticas, petrificadas, totalmente sumidas en mis soportes. La tristeza secreta, los sombríos pensamientos anidan en su frente, y se marcan en la fijeza congojosa de sus claros ojos y en la palidez de su rostro.
Un tumulto interno de sensaciones amargas, le produce emociones oscuras y violentas que lo llenan de estremecimientos punzantes; es un sentimiento de pena que se le torna más agudo cada instante, es la imagen inválida de si mismo que le llena los ojos y se le adentra espinosamente en el alma.

— Me parece que estoy… no sé, vamos, llévame al balcón hijo— suele decirle todos los días al amanecer y cuando cae la tarde.

Allí, en el balcón, el único sitio donde ambos concebimos la vida engrandecida y conmovida por los sentidos que emocionan el espíritu.

Es el atardecer, aún llovizna, miramos nuestra calle desde la atalaya del tercer piso donde vivimos; mirar es un embeleso, pero cierta angustia nos impide alegrarnos por completo. Es que Bernardo, siente su indefensión. Sus piernas son recuerdos remotos de sí mismo, ya no tienen memoria, ni conciencia; yo me esfuerzo tenazmente en tenerlas por ellas.

Son las seis de la tarde, estamos oyendo un trío de piano de Schubert y la fresca brisa de esa hora está soplando. Él suspira frecuentemente, y siente que cada suspiro lo ahoga, es como si se fuera con ellos hacia algún sitio lejano. A veces, sacude la cabeza con un sollozo, más bien una congoja, es su taciturnidad que tiene origen en ese medio cuerpo. Está seguro que los demás no comprenden su situación. Quiere que los hechos hablen por él, y yo, fiel testigo, permanezco muda, servicial y silenciosa.

— ¿Estás bien ahí?
— Bien, mejor que dentro del apartamento— responde.
— ¿Quieres acostarte ya? Va siendo hora
— Cuando tú lo desees, hijo.

Los rayos de la luna empiezan a avanzar como fantasmas atravesando el balcón. Desearía Bernardo caminar fervientemente por todos los lugares a donde vuelan sus ojos, a donde sus oídos perciben los sonidos.

Cuando estamos solos, suele bajar la vista y sonreír ocasionalmente; levanta una mano y se acaricia varias veces el pecho en el lado del corazón, como queriendo decir que aún allí está su vida; otras, se revuelve encima mío y oprime los puños hasta hincarse las uñas en las palmas de las manos, como cautivo de un ímpetu de lamentos que quisiera contener, y en ocasiones, lo veo apretar los labios, restregarse los ojos, agitar la cabeza y llorar descorazonadamente.

Suele Bernardo, espiarse secretamente las piernas, con el ánimo alerta y siempre vigilante de ver si ellas en algún momento, responden con un movimiento por imperceptible que fuera, mas yo que las sostengo, sé que no hay la mínima vibración siquiera; sólo siento la rugosidad de la suela de sus zapatos negros con el cuero ligeramente desgastado.

Una vez, hace más de cuatro años, solía varias veces decirse Bernardo, que él sabría bastarse solo, se lo oía decir en voz muy baja, en susurros repetidos. La realidad de su padecimiento le demostró que eso era un imposible. Está destruido, como si la frenética racha de una tormenta lo arrasaría perennemente. Intentó convencerse de que esto que le había ocurrido pasaría con el tiempo, mas ya sabe que no es así.

—¡No, no! ¡Nunca más, nunca más caminaré! ¡Imposible! Siempre es peor un día que el anterior, el cuerpo envejece y no ayuda, al contrario se vuelve otro estorbo— se grita para si desesperado al quedar solo conmigo.

Siempre después de comer, permanecemos un rato en la mesa, él se recrea con el ajetreo y el sonar de los platos, los vasos y los cubiertos, mientras la nuera los recoge aleteando como una mariposa en derredor, y yo permanezco en mi mutis mecánico ayudándolo a sostenerse.

De vez en vez, Bernardo repasa los álbumes de fotografías, y en voz baja que solamente yo oigo, va describiendo cada una de las fotos de aquellos gozosos días en que era un andariego; se le humedecen los ojos y el rostro se le transforma, y yo me siento un armatoste, no aparezco en ninguna de las fotografías. Cada vez se le recrudece más la tristeza; cree que aún le queda algo por hacer, aunque no sabe qué.

Le oigo rezongar:

— Esto soy ahora, un viejo carcamal sobre dos patas rígidas de pájaro disecado—. Ese pensamiento no se los puede decir a su hijo ni a su nuera, ni a nadie, ni siquiera insinuarlo, solo yo lo comparto. Ante ellos, ni una queja, ni un ademán de hastío.

En medio de la noche, advierte sus propios huesos, los huesos largos y fuertes de sus piernas, no le duelen, no se estiran, ni se encogen, al contrario, permanecen rígidos, vacíos del más insignificante movimiento; sus piernas son dos fardos sobre la sábana, mientras yo permanezco fruncida, cercana a su cama.

Un anochecer, mientras ambos estábamos en el balcón, le oigo preguntarse en voz alta:

— ¿Dónde me encontraré en el momento de mi vida a la hora de morir? Ojalá muera al anochecer, en este balcón, aquí, sentado en mi silla de ruedas.

Al oírlo, todo mi engranaje se estremeció de congoja, de agradecimiento y de miedo a quedarme sola.

Pronuncié una respuesta, le estaba diciendo:
— Cuando llegue ese momento, yo quiero morir también.

Hablaba suavemente Bernardo, pude oírle claramente que me respondía:
— De acuerdo, aquí estaremos, en este balcón haciéndonos sombra los dos.

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EN MEDIO DE NADA

No tengo tu voz
solo murmullos en la espalda
son lunas en menguante
danzando en un rosa sombrío

no tengo tu besar
rozó la piel hambrienta
se deslizó anhelante
entre pensamientos hechiceros

no tengo tu palpar
no quedaron huellas en el pecho
lo besé con hambre antigua
lo adoré con fe terca

nada quedó
solo sombras de siluetas
recorren mi vida buscando tu paisaje

me extravié

en medio de ti

te extraviaste

en medio de mi.

María Cristina Solaeche Galera.

Autora: Soledad Fernández.
Título: Dama con abanico V
País: España
Categoría: Pintura
Técnica: Óleo
Soporte: Lienzo

PÁLMENES YARZA TORTOLERO: “A cada paso mío voy perdiendo la voz de ayer y el cuerpo del instante”

PÁLMENES YARZA TORTOLERO
“A cada paso mío voy perdiendo la voz de ayer el cuerpo del instante”

María Cristina Solaeche Galera

Hay cosas encerradas dentro de los muros que,
si salieran pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo.
Federico García Lorca.

Cuando las voces suaves mueren
Su música vuelve aún en la memoria.
Percy Bysche Shelley

Somos nuestra memoria, somos es quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges.

Pálmenes Yarza, nace en Nirgua, ciudad ubicada en la cordillera del interior del estado Yaracuy; fundada en 1624, con el nombre Nuestra Señora del Prado de Talavera,  Venezuela, el 1 de enero de 1916.
Su padre Manuel Yarza, su madre Berta Tortolero; su esposo Gilberto Antolínez.

Poeta, cronista, crítica literaria, ensayista, autora de libros infantiles, profesora y diplomática.

Se la considera parte de la Generación de 1935.

 -1930. Obtiene el título de Maestra Normalista con apenas dieciséis años, en Caracas.
Agregada cultural en la Embajada de Venezuela en Cuba.
Miembro de la Asociación Venezolana de Escritores, de la Asociación Venezolana de Periodistas y de la Asociación Cultural de las mujeres de la Habana.
Colabora para los principales diarios y revistas literarias de Venezuela. 

-1936. Pálmenes Yarza. Cooperativa de Artes Gráficas. Caracas.
Su primer poemario, denota en el título mismo su carácter autobiográfico. 

Que yo recuerde el único poemario publicado en Venezuela que lleva por título el nombre de la autora: valiente asunción de la autoría desde una perspectiva protagónica.
Rafael Arraíz Lucca

No tiene amigos esta calle
que sirve en mis pupilas con la tarde
su narcótico extraño.
Y marcha a la distancia
necesaria egoísta
comprimiendo su tiente de nostalgia.

Van con ella
tan sólo un perro flaco
y un hombre solitario.
Nadie sabe de aquél
su gran venero
de adhesión y lealtad.
(…)
Calle sola,
hombre solo,
perro solo,
tres islas que utilizan esta tarde
mi corazón sin playa.

Calle humilde.

Obra recibida con alborozo por el poeta Andrés Eloy Blanco.

Poeta hondo, de absurda claridad sin transparencia; alma lírica en limbo…se nos expresa en una lucha con la inexpresión que deja por residuo ese poema entrecortado, que dice algo y deja sospechar más y angustia por lo que se le queda a ella en hervor, que es su forma de fervor.
Andrés Eloy Blanco.

Dotada de una limpia unidad temática, en la que se desenvuelve el tono meditativo e ideológico, sin perder por eso la viva cercanía y amistad del sentimiento y la emoción humana.
José Ramón Medina.

A partir de ese año, Pálmenes aparece en el ambiente literario, y comparte con poetas del grupo Viernes como Vicente Gerbasi y Pablo Rojas Guardia.
Su obra poética es de gran densidad ontológica y clara influencia clásica en la forma y el contenido de los poemas, siempre dentro de los fuegos del lirismo mas ajustado a los cánones de belleza. Se sumerge en los estratos del tiempo, asordinada se hace presente en espacios deshabitados, con los fantasmas de seres queridos, en un mundo deshabitado que deambula extraviado, las ruinas, la soledad y la casa de la infancia asediada por la evocación poética.

-1942. Espirales. Poemario. Impresos Unidos. Caracas.

Parece que estos cactos se estrenaran
pensativos y sobrios,
y que los chaguaramos elevaran sus lumbres,
como rectos velones, en sus cenizos troncos.

Entre las hojas ya se pierde el rastro
de la luz en camino.
Pero, antes de marcharse, al jazminero blanco
Va a dejarlo encendido.

Ángelus.

 

-1946. Se gradúa de Profesora de Lengua y Literatura en el Instituto Pedagógico Nacional de Caracas, con la tesis Una ojeada al modernismo de la lírica contemporánea. Se desempeña como profesora en secundaria en las asignaturas de Español, Literatura y Latín, en los liceos Fermín Toro, Rafael Urdaneta y el Colegio Católico Venezolano.

 -1947. Instancias. Poemario Artes Gráficas. Caracas.

Padre:
Sola estoy como señera roca
del confín más distante.
(…)
Sola, sí,
como esos desgarrones de los mundos.
Como tu cabellera que negó la borrasca,
la sombra la miró trama de luces,
y a un tiempo la encontraron los soles y las aguas.

Recado e intimidad.

No era azul tu mentón, grave tu voz,
ni alargado tu talle:
un tirso apenas de apuntados pomos
sin huellas en el aire.

Elegía III

Dedica un poema a la ausencia de la poeta Soledad Carrillo, fallecida en la tragedia aérea del cerro Las Pavas, en Yaracuy, el 8 de abril de 1947.

Y esta cerrazón de alas sombrías azotando con sus grises los carmines y los oros.
Este aflorar de llamas desde la entraña del recuerdo.
Este sentirnos perseguidos por ramajes ardientes; por pájaros que caen abatidos sobre su mismo arpegio, tornado en flecha transparente.
(…)
Qué cargamento de sollozos y de sueños atasajados, alzó un arcángel tétrico para derribarlo interrogante sobre el rostro de los hombres!

-1950. Arar. Poemario. Tip. Garrido. Caracas.

-1950. Canciones. Poemario. Caracas. S/e.

-1955. Al paso del tiempo. Ensayo.

-1959. Esquema Poético. Lírica Hispana. Caracas.

-1961. Elegías del segundo. Poemario. Edit. Agora. Madrid.

-1974. Fábula de la Condena. Revista Árbol del Fuego. Caracas.

-1974. Contraseñas del tiempo1962-1968. Poemario. Edit. Sucre. Caracas.

Voy por la calle de los encuentros. Llueve.
La sed puede arrancarme un grito de metal,
pero he desterrado el vaso en que bebía.
Mi hora viene ahíta de cales.
Un sauce asoma en mis espejos íngrimos.

Relato de la nostalgia.

La rosa lejana cierra sus luces en seca espiral,
la que fuera un camino en la tarde.
El brazo del adiós es un mástil
que el rosal levantó hacia sus dones.

No nos oiga el rosal.

Alguien hila mohosos algodones
en un telar de oro.
Alguien la sombra ruega a alguna rama
cuando los pies se ausentan por la llama.
Alguien cuece su pan entre los fuegos
fatuos de cementerios.
Alguien clausura con tambor de piedra
el hueco donde yace su voz.

Fábula de la condena 6.

-1974. Le es otorgado el Premio Municipal de Literatura del Distrito   Federal, con el poemario Contraseñas del tiempo.

-1976. Recuento de un árbol y otros poemas. Poemario. Edit. Sucre. Caracas.

El samán me conduce a la pradera de adentro
con sus invertidos espejos
vadeando remolinos de vértices.
(…)
El samán está lisiado de ocultos paralelos
el momento en que miran y apuntan con su sed
unos ojos de ausencia.

Elegías 24.

-1976. Incorporación de la isla. Poemario. Edit. Sucre. Caracas.

Cuando me acerco a tu tierra donde los recuerdos
van con paso secreto
(yo que suelo librarme a un valle sin memoria),
me pregunta un escarabajo solo si alguien ha llorado alguna vez.

Tu casa II.

-1978. Le escribe al poeta Pascual Vanegas Filardo:

Creo poseer un carácter conceptual paradigmático, trascendental.

-1984. A los setenta y ocho años, obtiene el título de Licenciada en Letras, en la Universidad Central de Venezuela (UCV).

-1988. Borradores del viento. Poemario. Ediciones Catalá. Caracas.

Era
un pájaro perdido en un amanecer
mientras crecía la luz a la orilla del tiempo.

Elegías 2.

 -1992. Poesía. Poemario. Ediciones Poesía de Venezuela. Caracas.

-1994. Memoria residual. Poemario. Ediciones Centauro. Caracas.

Miro mi casa: mi mejor parentesco,
en un minúsculo pueblo donde morí hace tiempo
extraña a las ciudades;
coloquio penumbroso
donde ofrecí
aquel vino saliendo de un suelo sagrado
desde tumbas remotas.

Miro mi casa.

Hay lágrimas secas en las ropas viejas
que ves pasar sobre columnas de hueso,
en las rosas viejas
que guardan las cabezas solitarias.
El sol hunde su erizo en la ventana
a la hora del ropavejero.
Deseo desertar.

Abro una puerta y siento
desde mí
un silencio de sauce seco.
(…)
Cada hombre pasea la nube de su sombra
como noticia en los aires.

Recuerdo de otra ciudad

Un acento doloroso, dramático, recorre la poesía de Pálmenes Yarza, que no admite el posible consuelo del sol.
Ida Gramcko.

-1994. Una ojeada al modernismo en la lírica venezolana. Ensayo. Ediciones Centauro. Caracas.

 -1995. Al paso del tiempo. Poemario. Ediciones Centauro. Caracas.

-1996. Premio Anual de Poesía, otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela.

-2002. Expresiones.

La presencia de estos muertos (el padre y la madre) y algún otro, hacen alarido ahora aquellos suaves versos de sus primeros años.
Gilberto Antolínez.

En el fondo de su ser surge el anhelo gótico de la ascensión, el ansia de lo cerúleo, la evasión de lo telúrico…La mujer-turbión se enfrenta a la mujer-palmera: en el sentido giratorio, ferino, muscular, de la vida original zoológica, frente a ese otro sentido vegetal, surgente, vertical, de raigón secular y  erguido caule.
Gilberto Antolínez.

2007. Muere la poeta Pálmenes Yarza Tortolero en la ciudad de Caracas, escribió:

Y el ser:
¿qué hace con la muerte?
Toda la estructura viva
deja su estatua de regreso:
marga, arena, espuma.
Y el ser:
¿se funde al centro de las sombras?

Toda nuestra forma.      

EL CUENCO DE TU CORAZÓN

Desgrana el universo amor
ensancha el cuenco de tu corazón
forcejea con el destino
y orna el horizonte con el collar de tu rostro

Haz un nidal en la cama
con destino en las estrellas
pierde el cuerpo en mis entrañas
la voz en nuestra hoguera
y convierte el ser en ángeles
que aleteen orgasmos en el universo

Suspéndeme en los deseos
pulsa el arpa de mis cabellos
llama a las sombras de los rincones
descubre el secreto de los sueños
y deslízate por la pendiente de mi cuerpo

¡Hombre y mujer de almas solas y en el placer hermosos!

María Cristina Solaeche Galera

Autor: Oskar Kokoschka
Título: La novía del viento
Técnica. Óleo sobre tela.
País: Austría.
Año: 1914.

MANUEL FELIPE RUGELES CACIQUE

MANUEL FELIPE RUGELES CACIQUE
“La aldea me dio su alma. Yo di mi alma a la aldea”

María Cristina Solaeche Galera

 

 

El paisaje era como un verso de poesía que se crea a sí mismo.
Virginia Wolf.

Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar y el caballo en la montaña.
Federico García Lorca.

La mitad de la belleza depende del paisaje
y la otra mitad del hombre que la mira.
Lin Yutang.

Manuel Felipe Rugeles. Nace en San Cristóbal, capital del estado Táchira, Venezuela, el 30 de agosto de 1903.
Su padre Manuel Salvador Rugeles, su madre Ana Rita Cacique. Su esposa Ana Mercedes Azuaje.

Poeta, ensayista, periodista y político.
Cursa estudios de primaria en el colegio Alemán y la secundaria en el liceo Simón Bolívar, en San Cristóbal.

-1925. Permanece en su ciudad natal hasta la edad de veintidós años, cuando enrumba su destino a Caracas.
Como consecuencia de sus escritos publicados en el diario maracaibero Excelsior (1923-1941) dirigido por Octavio Luis Criollo, del cual Rugeles es el Jefe de Redacción, es apresado y encerrado en el Castillo San Carlos durante cuatro años, en la dictadura gomecista.

-1929. Se va al exilio en Bogotá, Colombia, donde se desempeña como Secretario de Eduardo Santos, fundador y director del diario El Tiempo y quien llega a ser presidente liberal de Colombia.

-1931. 22 de marzo. Es uno de los firmantes del Plan de Barranquilla; documento y análisis rubricado por los exilados políticos venezolanos del gobierno de Juan Vicente Gómez que se encuentran en Colombia. Se critica al gomecismo, a las empresas transnacionales, al caudillismo, al  latifundio y al capitalismo.

-1936. Al morir el dictador Juan Vicente Gómez, Manuel Felipe Rugeles regresa a Venezuela, donde ejerce diversos cargos:
Secretario del Ministro de hacienda.
Diputado a la Asamblea Legislativa del estado Táchira.
Director de la revista El Agricultor Venezolano.
Director del diario Crítica de Caracas.
Director del gabinete del Ministerio de Agricultura y Cría.
Director del gabinete de Hacienda.
Director de la Oficina Nacional de Prensa.

-1948. EE.UU. Washington. Es Secretario de la delegación venezolana ante la Organización de Estados Americanos (OEA).

-1951. Argentina. Es Consejero cultural de la Embajada de Venezuela en Buenos Aires,

-1953.  Director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación. Caracas.

-1953-1957. Director de la Revista Nacional de Cultura (1938).
Fundador y director de la revista infantil Pico-Pico.
La Generación de 1930, con Pablo Rojas Guardia, Alberto Torrealba y nuestro poeta Manuel Felipe Rugeles, es una de las primeras que en Venezuela se detiene en el mundo poético infantil.
No se ha podido ubicar la obra literaria de Manuel Felipe Rugeles con exactitud en un único contexto, en un movimiento particular o en una generación literaria determinada.
Pedro Díaz Seijas, miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y, correspondiente de la Real Academia Española, lo emplaza en la Generación del 28.
El poeta y escritor trujillano Pedro Pablo Paredes lo ubica en la Generación del 18.

Manuel Felipe Rugeles, en cuanto constructor de poemas, se sitúa, muy inteligentemente, a igual distancia del esmero orquestal modernista y las libérrimas estructuras establecidas por el vanguardismo (…) Es quien mejor plasma estéticamente los ideales de la Generación del 18: exaltar lo esencial venezolano.
Pedro Pablo Paredes.

Juan Liscano, Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, lo sitúa a igual distancia entre el Modernismo y el Vanguardismo.

Su verdadera vocación lírica lo inclina hacia lo popular, lo romántico, inclusive lo discursivo (…) Cantor de inspiración fácil, cordial, bohemio y reverente a la vez, en sus letras predominan las utilizaciones folklóricas, el color regional, las canciones, los romances, cuando no la poesía elocuente.
Juan Liscano.

Rugeles está, entre los poetas que aunque no profesaba en sí el evangelio del grupo Viernes, colabora en sus publicaciones.
Escribe con un regionalismo depurado en una mirada íntima del paisaje andino, recreándose en la llaneza de la montaña y el recogimiento del aldeano, cantando al trabajo y a la vida del campesino en un ambiente preñado de leyendas, animales, valles, labriegos y la frescura de la vegetación de los Andes venezolanos, el territorio de montaña y su sosiego. Celebra los lindantes andinos en torno de la ciudad y la claridad del cielo.  Con un valor visceral de la metaforización, lo temporal y lo intemporal unidos, sin extranjerismos ajenos al castellano.
Un lenguaje apegado al diáfano casticismo hispanizante. Un neo-nativismo que incorpora elementos vanguardistas que buscan la estilización de la copla y la décima populares; se compromete con una mayor subjetivación del paisaje, con un rescate de la nación y con el americanismo.
Se inicia desde la perspectiva criollista con sus diversos matices, paralela al viernismo sin oposición dialéctica hacia él.
Es la cotidianidad de las montañas y sus labores agrarias; la naturaleza la protagonista que maneja como telón de fondo. Rechaza lo exótico, apegándose a la tierra nativa. Sentimientos vernáculos y personajes sencillos. 

La de Manuel Felipe Rugeles es una de las obras poéticas de más lograda circunferencia en las letras de America Latina.
Orlando Araujo.

Si algún poeta pudiera hallársele, a cualquier hora, en la actitud eufórica y armoniosa del agua que fluye cristalina, ese poeta será Manuel Felipe Rugeles.
Jacinto Blanco Fombona.

1937. Cántaro.

Vamos a entrar cantando
hasta encontrar la hebra
del primer trino en algún árbol.
Vamos a entrar despacio
hasta el follaje denso
donde el sol llega apenas en jirones
dorando la tierra y las raíces de los cedros.

Tu presencia y la mía
en el bosque la esperan hace tiempo los pájaros.
Tu presencia y la mía

-1939. Oración para clamar por los oprimidos.

El agua,
el aire,
el sol
y el pájaro del alba,
desde la sombra
aman tu presencia
en la tierra.

Es tu poema.
Gracias damos a Ti porque en él dejas
la armonía y la luz de tus palabras:
el agua,
el aire,
el sol
y el pájaro en el alba.

-1940. Dorada estación.

Y aquel Antonio Machado,
de soledades lejanas.
El clavel de los domingos
siempre abierto en la montaña.
Y la plaza con un sol
 y la niña en la ventana.
Las violetas de la Ermita
que adornaban tu solapa,
y el agua dulce del río
que hoy no alegra tu garganta

-1942. Errante melodía.

Este hombre es el mismo que conocen los siglos.
Vencedor o vencido, filósofo o esclavo,
justo o impenitente, conforme o vengativo.

Este hombre es el mismo
que ha tirado el guijarro o ha asomado la venda,
que ha escondido el puñal o ha cortado la rosa,
que ha erigido el patíbulo o ha apagado la hoguera.

El que avivó la ira o prendió la alegría;
el que vistió la púrpura o el que anduvo desnudo
o lloró frente al mar o atizó la tormenta.

-1944. Aldea en la niebla. Editorial Caribe, Ediciones Arco Iris. Caracas.

En mi aldea
cuando niño nunca creí en otra aldea,
nunca soñé en otra tierra.
        Recortaba sus crepúsculos
y apacentaba sus nieblas.
        Cristales me daba el río
pájaros me dio la huerta.
        Con un caracol de monte
vida tuvo una flor nueva.
        Preso entre cuatro horizontes
 pasé mi niñez entera.
        Después descubrí un camino
Nacido al pie de mi aldea.

-1945. Plenitud.

 -1946. Puerta del cielo. Editorial Librería Voluntad. Bogotá-Caracas.

 -1947. Luz de tu presencia. Editorial B. Costa-Amic. México.

-1947. Coplas.

Este pueblo de montaña
tiene amor y despedida
con un samán a la entrada
y una acacia a la salida.

-1947. Canto a Iberoamérica. Por este poema es premiado en los Juegos Florales Iberoamericanos en México.

-1948. Memoria de la tierra.

Desde una traza desoladora se acerca a la ciudad:

Es ésta ciudad
de los muertos. Los muertos no llorados.
No recogidos. No enterrados. Muertos
que se pudrieron en la sombra, junto
a la casa y al árbol y a la fuente
de piedra milenaria. Sólo muertos
que de un límite a otro de la tierra
quedaron a su hora abandonados
como estiércol regado entre la yerba,
entre la paja seca, sin rocío,
quemada por el ala del arcángel
rebelde, sin piedad, bajo los cielos.
Elegía a una ciudad muerta.

-1950. ¡Canta Pirulero!

 Luz de la mañana y verde
mansedumbre en todo el campo.
Luz de la mañana y verde
mansedumbre en todo el campo.
Suelta la vieja copla
sobre los lentos rebaños.

¡Ay, la vaquita de ordeño
tan mansa, tan silenciosa!
¡Cómo lame al becerrito
y como mueve la cola!

Panzuda y con esos ojos
claros que el cielo retratan
¡ay, cómo todas las tardes
vuelve del campo a la casa!

¡Ay, la vaquita e ordeño
con las dos orejas blancas
y un lucerito en la frente!
¡Parda piel y negras manchas!

¡Ay, la vaquita de ordeño!

-1951. julio – octubre. Poetas de América cantan a Bolívar. Antología. Publicaciones de la Embajada de Venezuela en Buenos Aires, Argentina. Pellegrini Impresores.

Y así los poetas han hecho, un poco de ensayo, de biografía, de historia. Sus versos constituyen algo más que un simple fresco decorativo en el pedestal de la gloria bolivariana: son fragmentos del pensamiento americano – y universal- cuyas ideas se expresan en imágenes.
Manuel Felipe Rugeles. (prólogo).

 -1952. Lo popular y lo folclórico en la Táchira.

 -1953. Sentido emocional de la patria.

 -1953. Evocación geográfica de la isla de Margarita. Ediciones de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación. Caracas.
Escrito en forma de plaquettes:   el primer número de septiembre de 1953 de la Dirección de Cultura y Bellas Artes de este ministerio, está dedicado al poeta Manuel Felipe Rugeles, su actual director para la fecha.
Evocación geográfica de la isla de Margarita, lo escribe deslumbrado por el ámbito marino que rodea la histórica isla venezolana. Una mirada poética seducida por las maravillas de esta tierra insular, en un vehemente ardor por penetrar las entrañas de sus misterios, su mágica mirada al mar, en sus resonancias heroicas, en sus vivencias tradicionales, en las luces y sombras de sus paisajes.

Y estás erguida y pura, con tu aire
celeste, bajo el sol, siempre mecida
en tu hamaca de olas que se azulan,
se verdean, se dotan, se enrojecen,
se tiñen de amatista, se coloran
de malva o de violeta y cobran ritmo
de guzla enamorada,
de guarura salvaje,
de organillo
con músicas remotas, interiores,
de tambor golpeado
sordamente,
en primitiva selva.
Llanto y júbilo
cambiante de ese mar que te aprisiona
sobre el oro de la arena fina
extiende el alba de su cal de espumas.

En La Restinga o Fuerte de Santa Rosa de la Eminencia del siglo XVII.

Horas de La Restinga. Verdes horas
totales. Limpio espejo de la aurora.
Cómo el amanecer cantan los pájaros
en la ribera azul de los manglares.
El rojo vivo de las corocoras
enciende el corazón de la laguna
y hace de fuego el musical zafiro.
Horas de La Restinga en el costado
de la Isla más isla de las islas
que coronan la frente del Caribe.
El valle azul con su riachuelo breve
de La Asunción, y junto al agua del pueblo.
Casas viejas y anchos patios
de sonoros aljibes.
El castillo de piedra
fortaleza de antaño.
Y yedra en el tejado. Sobre el muro
yedra también. Y cielo con ventana
que mira al fondo de una edad ya muerta.

-1954. Cantos de sur y norte. Poemario por el que recibe el Premio Nacional de Literatura.

Se estremece el trigal con la neblina
y es azul, tan azul que no parece
trigal, sino una ola que se empina
cuando el aire de súbito lo mueve.
(…)
Al viento se lleva en el voleo
la corteza del grano ya maduro
lo sigo, lo persigo, lo deseo. 

-1955. Todo lo que está en la vida es mi vida.

 -1959. El poeta Manuel Felipe Rugeles, fallece el 4 de noviembre, a los 56  años, en la ciudad capital Caracas, Venezuela.

Tal es el precio de la vida hermano: echar un barquichuelo en la quebrada, echarlo de mañana, bien temprano, luego irse con la tarde alucinada y estarse con la luna de la mano para caer en cuenta de la nada.
Pedro Pablo Mora.

YOSELIA Y EMIRO

Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas…
¿valdría la pena vivir?
Jacinto Benavente.

El romper de una ola no puede explicar todo el mar.
Vladimir Nabokov.

Hay pasiones que la prudencia enciende
y que no existirían sin el riesgo que provocan.
Jules d’Aureville.

Era el año 1948. El pueblo “La Virgen de las Cruces”, estaba rodeado por una herradura de montañas de la sierra, era unas ciento veinte casas de ladrillo blanqueado, un riachuelo que llevaba agua durante todo el año, la faena de  la siembra, y algunos baratijeros que cruzaban la serranía llevando mercancía a los habitantes.

De la noche a la mañana, cerca del atardecer, llegó un nuevo párroco para la feligresía del pueblo.

Sin explicaciones del porqué, del cambio repentino del viejo presbítero anterior con quien desde hacía tantos años se sentía tan bien la gente del poblado.

El pueblo entero, se había preparado para recibirlo. Las campanas repiquetearon dándole la bienvenida. Hubo alboroto de las mujeres y los niños, era la novedad. El cielo acompañó la llegada del sacerdote.

Emiro se llamaba el nuevo sacerdote, era un hombre de 53 años, bien plantado, erguido, quemado por el sol de la región playera de donde procedía, con la mirada almendrada, el pelo demasiado negro rizoso, una barba corta bien cuidada y, la sotana y el alzacuellos impecables. Con un vozarrón bendecía a diestra y siniestra mientras avanzaba balanceándose entre los pobladores, y los hombres del pueblo le cargaban la maleta y tres bultos. La calle se llenaba de algarabía que se contagiaba y propagaba por todo el poblado.

A los pocos días, llegó también un personaje, era un bohemio, pintor de paisajes y escenas rurales; se llamaba Lorenzo, tenía unos 48 años, de nariz fruncida, labios ávidos, lujuriosa mirada y una sonrisa cómplice de todo; se pasaba las mañanas pintando, medio desnudo y mordisqueando frutas, y por el atardecer, salía con su jeep a recorrer los parajes; los entendidos de la ciudad daban a sus obras gran valía. Se alojó en la única posada que existía en el lugar, era de dos habitaciones.

Entre las alborotadas feligresas estaba Yoselia, tenía 45 años, llevaba veintiún años de casada y una hija en la capital. Su marido Albiro era agricultor y chofer; sembraba, cosechaba y transportaba  en su desvencijado camión, la mitad de la cosecha del pueblo incluyendo la suya, hasta la capital a 56 kilómetros, tres veces a la semana. Era Yoselia, una mujer de estatura media, contextura regular, de perfil no definido, con una cabellera pelirrubia casi metálica algo larga, ojos claros saltones y la boca grande armonizando con los ojos, tímida en apariencia, silenciosa y esquiva.

Yoselia se aburría mortalmente en su relación marital y en el pueblo; de las manos suaves que la acariciaron al principio de su casamiento, a las ásperas y siempre terrosas manos del Albiro de ahora, habían transcurrido muchos años de silencio, apenas interrumpidos por las mañanas con el canto de los gallos, al atardecer por el mugir de las vacas y los terneros, y todas las noches puntualmente, los ronquidos que zumbaban en la habitación matrimonial. Se esmeraba en cuidar las flores de su pequeño jardín, pero hasta de éstas se estaba cansando.

Su hija se había ido a la capital, hubiera deseado ardientemente irse también, pero sabía que Albiro habría quedado destrozado; además, no podía engañarse, su hija se opondría firmemente, más no por la tristeza del padre, sino porque se iba en busca de horizontes nuevos y quería explorarlos ella sola. Y allí se quedó Yoselia, en el pueblo de “La Virgen de las Cruces”, donde todo olía a toronjil; las casas, la lluvia, la gente y la comida.

La iglesia de “La Virgen de las Cruces” era una construcción sencilla, tan simple como el caserío mismo, repantingada frente a la plaza en la que solían jugar los niños, y asolearse los más ancianos al tibio sol con su polvillo dorado; había sido levantada varias décadas atrás. Presidía el altar una virgen sosteniendo una cruz en cada mano, en lugar del niño en el regazo como de costumbre y tenía un manto cuajado de cristalillos de colores de bisutería, y los bancos eran de oscuras maderas agrietadas. Anexa a ella, la casa cural, bien distribuída en tres habitaciones; una era el escritorio donde penetraba un solecito alborozado y de la calle se oía el canturrear de los pájaros; la segunda, la habitación del cura, con ese olor peculiar que el último sacerdote había dejado impregnado; la tercera la cocina y un pequeño baño.

El padre Emiro ejercía cabalmente sus funciones de párroco, misas diarias de madrugada y al atardecer del domingo, santo rosario los viernes, visitas a las casas llevando su cristiano mensaje sobre las virtudes y la promesa de la salvación eterna en un sitio de paz que se llamaba cielo, mientras, los campesinos le hablaban de sus hijos, sus tierritas y le contaban las historias del pueblo; él, enseñaba a rezar clavando los ojos confiados en el firmamento; daba asistencia espiritual a los enfermos y oraba por la salvación de las almas; recorría en paseos el pueblo, y todos los que se encontraba lo saludaban inclinándose y besando el dorso de su mano, además, escuchaba y absolvía los “pecados” pues acababa sabiendo casi todo de todos en el confesionario.

Los días en la aldea, semejaban relojes: con exactitud, a las seis las campanadas de las plegarias mañaneras y a las siete la misa diaria; al finalizar la tarde a las seis en punto, la oración del Ángelus y al anochecer, a las nueve,  las campanas tañendo para el recogimiento del pueblo.

Al enterarse Yoselia de la llegada del nuevo sacerdote y ponerse al corriente de que la parroquia ya no tenía asistenta, se ofrece para realizar el trabajo que la anterior desempeñaba. Éste consistía, en limpiar y ordenar la sacristía, mantener las velas encendidas y el incensario preparado para los actos litúrgicos, desempolvar y abrillantar continuamente las imágenes, reordenar los escasos libros, limpiar el baño y preparar el almuerzo. Todo ello tres veces a la semana, los mismos días que Albiro viajaba con su camión y ella no tenía trabajo en su casa; mientras hacia sus labores en la parroquia, a cualquier observación o mandato del padre Emiro, Yoselia contestaba con un –Será como Dios quiera – a lo que el cura respondía –Amén –

Un día, Yoselia sintió gozoso su cuerpo, como si danzaran en su interior unas sensaciones muy íntimas. Con los ojos entornados, veía oficiar al sacerdote en los servicios religiosos y como una autómata se levantaba y arrodillaba al unísono con los demás parroquianos; aspiraba el olor de las velas encendidas, el del incienso y el de la humedad de las piedras del templo que siempre había protegido a los pobladores de las congojas y alejado de los peligros.

Fue un delirio, un frenético ensueño en el que Yoselia se encendía como si una luz de otros cielos más carnales se le prendiera en el cuerpo exaltado de una divina voluptuosidad. El pulso se le aceleraba cada vez que el padre Emiro aparecía frente a ella. Se había enamorado del sacerdote.

Se planteó Yoselia una estrategia seductora. Se compró un par de vestidos floreados, se pintó la boca de un rojo subido, se desenredó el cabello y lo recogió a un lado con la flor más hermosa del jardín de su patio; recortó el largo de los vestidos, se quitó las toscas medias largas, se acentuó el escote, compró una colonia al árabe que llegaba una vez al mes al poblado; bordó con esmero en azul oscuro las iniciales del sacerdote en toda la ropa de él, desde las medias hasta las toallas; en la misa se sentaba en la primera fila con el propósito de que el cura no pudiera perderla de vista; no desaprovechaba pisada vigilándolo subrepticiamente y, hasta llegó a confesarse admitiendo que amaba a un hombre prohibido a pesar de estar casada.

A todo esto, el cura respetuosamente, a diario, echaba una ojeada al escrupuloso orden de la sacristía y la iglesia y le comentaba, sin mirarla a los ojos cuan eficiente estaba haciendo su trabajo, nada más, acompañando con la acostumbrada bendición. Yoselia pensaba empecinada, que su digno cargo de sacerdote de la parroquia de “La Virgen de las Cruces” le impedía otras manifestaciones; pero con el tiempo y su insistencia, él se enamoraría de ella, como ella frenéticamente lo estaba de él.

Ese día viernes, se le hizo muy tarde en su trabajo, ya el sol amenaza con desaparecer su corola en el horizonte.  Ella había bayeteado  los muebles y limpiado la ventana del escritorio. El sacerdote estaba en su habitación, recostado leyendo como acostumbraba a esa hora. Siempre solía Yoselia irse puntualmente mucho antes, y dejaba las llaves al pie de la imagen de un san Pablo alumbrado por una vela que ella misma dejaba encendida, pero ese día ya empezaba a anochecer.

Un momento antes de irse, decidió cortar unas flores frescas del jardín que estaba detrás de la sacristía, para colocarlas en un jarrón porcelanado sobre el escritorio, como una muestra más de su profundo amor por el párroco Emiro.

Al ir a abrir la puerta que daba al jardín, oyó el rugido de un motor. Vio el jeep del pintor Lorenzo y al padre Emiro en su interior abrazándolo apasionadamente.

A Yoselia le temblaban las extremidades, la trastornaba la pasión con la que el cura Emiro acariciaba el rostro, el cuello, y besaba en la boca a Lorenzo. Aplastó a puñetazos de rabia su propio vestido; le parecía no poder moverse, las piernas se le hicieron cada vez más pesadas y ni un músculo de su cara se agitó por instantes. No podía engañarse, se daba clara, clarísima cuenta, de lo que allí estaba sucediendo. Sintió todo chocante, insólito, no conseguía convencerse sobre lo que veía. Se sentía extraña y azorada; removió lentamente la cabeza de un lado a otro como queriendo negárselo a si misma; al final, lloraba, lloraba estremecida, con un ímpetu de sollozos que intentaba sofocar sin lograrlo.

No lo habría sospechado nunca, no imaginaba al padre Emiro, tan circunspecto, tan solemne, con una modulación del habla tan prudente y expresiones reflexivas cargadas siempre de religiosidad y misticismo; el mismo al que le había oído predicar desde el pequeñísimo púlpito sobre la moralidad de la castidad y sus virtudes, con un lenguaje dulzarrón plagado de citas bíblicas, mientras los feligreses adoptaban la extraña posibilidad de suprimirse a ellos mismos al oír las lapidarias frases “Los designios del Señor son inescrutables” y “Para morir nacemos, el cuerpo no importa, debemos salvar a toda costa el espíritu”. No podía figurárselo y, la gente del pueblo ni pensarlo.

Ante los ojos del poblado de “La Virgen de las Cruces”, todo estaba en orden, nada había cambiado, pero para Yoselia, su vida de pronto se le tornó en irrealidad.

Allí estaba el padre Emiro, el sacerdote Emiro, el cura Emiro, el presbítero Emiro, el párroco de su parroquia, en el asiento delantero del vehículo acariciando y besando desenfrenadamente a Lorenzo el pintor. Yoselia se retorcía las manos, apretaba los dientes y exclamaba para sí: ¡No puede ser! ¡Él no! pero, también se decía ¡No llores! ¿Por qué llorar? ¿Acaso el padre Emiro no te enseñó que el destino de los hombres en esta tierra lo diseña Dios? ¡Ese Dios lo habrá querido así! y… ¿Si Dios me ayudara? Monologaba en voz baja diciéndose todo a sí misma con una trizadura en la garganta.

Se había enamorado Yoselia del padre Emiro, pero él… el padre Emiro estaba enamorado del pintor Lorenzo.

Andando lentamente, Yoselia desesperada emprendió el camino de regreso a su casa; a esa hora no encontró a nadie, el pueblo estaba recogido, anochecía, la luna estaba pálida y reducida a una cuchilla filosa y un farol en la esquina de su casa dejaba colar un finísimo rayo de luz. Con los párpados hinchados se arrojó vestida sobre la cama matrimonial. Una chispa agonizante de sol se colaba en la habitación que se extendía y abrillantaba su pelirrubia y metálica cabellera. Se recostó y cubrió con una áspera manta gris con la que se arrebujó entre gemidos.

Dentro de su mente, se deslizaban sin cesar las escenas vistas; eran celos fortísimos entreverados con un nuevo sentimiento para ella. Algo indefinible lo que experimentaba y le arañaba muy adentro del cuerpo con rabia, despecho y repugnancia a la vez. No volvería nunca a la parroquia, todo lo comprendía ahora con claridad. El rostro de Yoselia carecía de expresión, y un cuajarón de rencor le empezó a subir por la garganta.

¡Cómo podía cambiar todo con tanta celeridad!

Sintió al pueblo “La Virgen de las Cruces”, más aletargado que nunca, asfixiado, acorralado por las faldas de las montañas de la sierra que lo rodeaban todo, excepto por una única salida empedrada y luego pavimentada hacia la capital. Sin embargo, en el poblado, todo acontecía como siempre y la vida fluía calmosamente.

En ese instante, la campana parroquial repicó puntual en el apacible anochecer del pueblo, avisando que ya eran las nueve, y era la hora de recogerse sus habitantes. El mudo andar de las voces abandonó la calle, la sombra ciñó la soledad de las piedras y los bancos de la plaza.

Del cielo se desprendió la noche que llegaba y el silencio que trenzaba sus cuerdas sobre el pueblo.

María Cristina Solaeche Galera.

La Virgen de las Cruces

RONDA DE MIS SENTIDOS

Sinfonía de gemidos
avizora nuestros alientos
las voces sosteniendo sueños
los vientres tibios
abrevaderos de deseos

hombre mío
ronda de mis sentidos
arranca la medianoche
regalo de mi cuerpo
gira tus besos como manzanas en llamas

te entrego el latido del borde de la piel
mi burbuja de insomnio
y el tizón que encienda el tinte magenta

amamanta tus ardores en mis pechos
remarca el contraluz
de mi rostro enardecido

¿de dónde viene ese enroscarme cuando me miras?

María Cristina Solaeche Galera.

Safet Zec

Autor: Safet Zec
Título: Abrazo
Técnica: Óleo sobre tela.
País: Bosnia – Herzegovina