EL DESEO

Visceral estruendo
torrente interior
late y asciende
late y desciende
un vértigo placentero

El deseo
dibuja
desdibuja
sendas que estremecen
con la piel aferrada
por las cuerdas de la vida

¡De repente!
Se desgajó encima
la alcahueta luna
con sabor a mandarina

No nos soltemos amor

Extrañaríamos
nuestros sabores
nuestros agridulces deseos.

Maria Cristina Solaeche Galera

Autor: Edvard Munch
Título: El beso
Técnica: Litografia
Medidas: 99 x 81 cm
Pais: Noruega
Año: 1897

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ANDRÉS MATA: Sobre la débil rama el blando nido y sobre el nido la piedad del canto.

ANDRÉS MATA: Sobre la débil rama el blando nido y sobre el nido la piedad del canto.

María Cristina Solaeche Galera

 

La Literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.
Jorge Luis Borges.

Literatura y vida… La Literatura, como el arte en general,
es la demostración de que la vida no basta.
Fernando Pessoa

El periodismo es una maravillosa escuela de vida.
Alejo Carpentier.

 Andrés Mata: nace en Carúpano, estado Sucre, Venezuela, el 10 de noviembre de 1870; muere a orillas del Sena, en París, Francia, el 18 de noviembre de 1931.

Su madre María Cruz Mata Aranguren, su padre José Loreto Arismendi. Al no ser reconocido por su padre y haber nacido en un hogar muy pobre, desde niño se vio en la imperiosa necesidad de trabajar.

Es bautizado en la Iglesia Santa Rosa de Lima, de Carúpano.

Conforman su hogar, su esposa Luisa Josefa Heuer Lares andina de origen alemán y sus dos hijos Andrés y María Lourdes.

Poeta, escritor, periodista y diplomático.

Lo sitúan unos en el Romanticismo tardío del que parte; otros admiten, que alcanzó al floreciente Modernismo de la época. Podría situarse, en el tiempo que transcurre desde el Romanticismo tardío al Modernismo y, con  el surgimiento del Parnasianismo en Venezuela. Escribe como post-romántico, pre-modernista y parnasiano tardío, en una amalgama diversa.

Con su actitud frente a la vida y a la poesía, el autor de Péntélicas y Arias sentimentales nunca traspasó la frontera romántica. Rafael Ángel Insausti.

Más que todo, si a discutir vamos la ubicación literaria de Mata, él es romántico, fundamentalmente, por esa posición que lo hace intérprete de sentimientos, temas, motivos y valores líricos. J.R.Medina.

Andrés Mata el trovador de la época con sus lánguidas Ofelias, sus quiméricas primaveras, sus valses lentos, sus claros de luna y sus pianos. Darío Achury Valenzuela.

-1882. Julio. Con apenas doce años, Andrés Mata ingresa como colaborador en el semanario  oriental La Avispa en Carúpano, donde ya a tan temprana edad, es el Jefe de Redacción, iniciando sus pasos en el periodismo.

-1885. Funda con solamente dieciséis años, el periódico El Día, en el que escribe al lado del investigador e historiógrafo venezolano Bartolomé Tavera Acosta, también carupanero.

-1887. Este año, se encuentra Andrés Mata en Ciudad Bolívar. Se ha inscrito en el Colegio Federal de Guayana, la misma edificación que en 1819 sirvió de sede al Congreso de Angostura. Allí, su rector José Lorenzo Mendible, acoge a un número de estudiantes para estudiar el bachillerato, entre ellos, al poeta Andrés Mata y al poeta colombiano José María Vargas Vila quien está exilado en Venezuela.

Publica en el periódico Cabos Sueltos del Orinoco, junto a Vargas Vila y el poeta, periodista y revolucionario Armando Barazarte, los fundadores.

-1886. Publica en La Opinión su poema J.A.Pérez Bonalde.

-1893. Acompaña al exilio a Curaçao y después a la República Dominicana, a Juan Pablo Rojas Paúl, Presidente de Venezuela (1888-1890), perteneciente al Liberalismo Amarillo.

En Santo Domingo, Andrés Mata, asume la Jefatura de Redacción del periódico El Listín Diario.

-1895. Regresa a Venezuela desde la República Dominicana, y se incorpora como colaborador al plantel del Cojo Ilustrado (1892-1915); donde aparece como redactor del que era para el momento, el principal órgano difusor de las creaciones líricas de los poetas modernistas venezolanos.

Colabora en la revista Cosmópolis (1894-1895), que dará inicio e impulso al movimiento modernista. Lo hará al lado del escritor (cuentista) y periodista venezolano Luis Manuel Urbaneja Achelpohl.

-1896. Publica Pentélicas. Poemario. Tip. El Ojo. Caracas.

Es un poemario de tendencia modernista, prologado por José María Vargas Vila y elogiado por el gran ensayista uruguayo José Enrique Rodó. Son versos impetuosos, altivos y anarquistas. En él, Andrés Mata se olvida de sí mismo, para volcar sus poemas en el pueblo oprimido que le rodea trabajando y sufriendo día a día; escribe como un poeta civil. Aparecen  los ensueños de la adolescencia y los ideales de esa generación de jóvenes. El escritor merideño Domingo Miliani, descubre en este poemario la cristalización del Modernismo, con una novedosa musicalidad basada en artificios artísticos muy de la estructura literaria del ritmo que alcanza la sinfonía, la armonía musical de las palabras, las recreaciones fónicas, la hermosura de la sonoridad y el simbolismo de cada sonido o semántica fónica. Es el poeta un espléndido artífice de la estrofa poética, con predominio de la palabra nominal.

Cualidades shubertianas. Picón Salas.

Shubertismo poético: tendencia trovadoresca y declamatoria, de muy en boga en la América Latina.

El poeta invita a los tribunos en sus versos:

a defender la dignidad del pueblo
a hacer vibrar al golpe de prensa
el hosanna de todos los derechos

-1898. Publica Idilio trágico. Tip. El Cojo. Caracas.

Es un poemario de estilo romántico; premiado en el certamen de la revista caraqueña El Cojo Ilustrado:

 ¡Oh tú, la candorosa compañera
de mis mejores años! El olvido
no ha logrado borrar de mi memoria
aquella breve, perdurable historia
que comenzó del río en la ribera…
¡Yo buscaba en los árboles un nido
cuando nos vimos por la vez primera!

V Idilio trágico

Huyendo del conflicto sanguinario
de las guerras civiles,
que convierte la patria en escenario
de torpes odios y venganzas viles.
Nuestras madres, tan puras y tan buenas,
buscaron sitio agreste y solitario
donde calmar sus penas.

XIII Idilio trágico

Mientras daban al viento sus pendones
de purpúreo color los batallones
que a defender el valle se prestaron,
desplegaban banderas amarillas
las compactas guerrillas
que en las verdes colinas acamparon.

Vibró el himno de la muerte en las cornetas;
volaron las legiones al combate;
y fue lucha de atletas contra atletas
que en impetuoso y sanguinario embate
decidieron al fin las bayonetas.

XV. Idilio trágico.

Debajo de los árboles. Ninguna
pena que inquiete el pensamiento mío.
Encima de los árboles la luna;
debajo de los árboles, el río.

Abro mi corazón…Leo y confío
en la gloria, en el bien, en la fortuna.
Habla de amor, al discurrir el río;
habla de amor, al esplender la luna.

Quietud y soledad…Nada importuna
la comunión del pensamiento mío
con el bien y la gloria y la fortuna…

Bajo el ramaje trémulo y sombrío
sueña un hilo de oro la luna
sobre el silencio diáfano del río.

Alma y paisaje.

-1902. Es el cronista que con una refinada prosa modernista, reseña el banquete que Cipriano Castro y Doña Zolia, brindan a los banqueros de Caracas, en los días de la resistencia contra  el bloqueo internacional de las costas venezolanas.

-1904. Es nombrado Individuo de Número de la Academia de Historia de Venezuela, en el antiguo Seminario de Caracas.

-1908, 2 de enero. Es electo Académico de la Lengua.

-1908. Es uno de los redactores del periódico El Constitucional en Caracas.

-1909, 1 de abril. Funda con su amigo, el abogado, periodista, ensayista y político venezolano Andrés Jorge Vigas, el diario El Universal de Caracas, uno de los medios informativos que actualmente sigue siendo emblema nacional del periodismo. Será su director hasta el día de su muerte.

-1911. Presenta al entonces adolescente poeta Andrés Eloy Blanco, en su primera página del diario El Universal de Caracas.

-1914. Representa como diputado, al  estado Cojedes en el Parlamento de la nación.

-1919. Representa como diputado, al  estado Anzoátegui en el Parlamento de la nación.

-1930. Publica Poesías escogidas. Casa Editorial Franco-Ibero-A.

Este poemario, Andrés Mata, lo  da a la imprenta un año antes de fallecer; es una selección de sus poemas realizada por el mismo poeta.

-1931. Lo sorprende la muerte con sesenta y un años, mientras se halla en París, Francia.

A título póstumo, se publican las composiciones poéticas escritas por el poeta Andrés Mata, con anterioridad a Pentélicas.

-1932. Poesías. Edit. Sur América. Caracas. Con prólogo de Crispín Ayala.

-1942. Arias sentimentales y otros poemas. Editorial Cecilio Acosta. Caracas.

En este poemario, su verso es musical, finamente romántico, en una lengua melódica.

¿Un amor que se va?… ¡Cuántos se han ido!
Otro amor volverá más duradero
Y menos doloroso que el olvido.

El alma es como pájaro inseñero
Que roto el nido en el ruinoso alero,
En otro alero reconstruye el nido.

Puede el último amor ser el primero.
Mientras más torturado y abatido
El corazón del hombre es más sincero.

Tras de cada nublado hay un lucero
Y por ruda tormenta sacudido
Florece hasta morir el limonero.
(…)

Música triste.

La sombra como negra colgadura
De un viejo catafalco, en la sombría
Nave de un templo abandonado al culto
En que vivieron épocas extintas,
Ya condensada en la mitad del cielo
En opulentos pliegues descendía.
Flotó un rayo de luz entre las nubes,
Y brilló, cual trágica pupila

Nocturno.

 -1954. Oda a Santa Rosa de Lima. Tip. Apolo. Caracas.

 -1956. Poesías completas. Edime. Caracas-Madrid. Con prólogo de Arturo Uslar Pietri.

 -1965. Algunos poemas. Edics. Poesía de Venezuela. Caracas.

-1970. Obra poética. Imp. Municipal. Caracas.

-1976. Breviario lírico. Dirección de la Gobernación del Distrito Federal. Caracas.

¿Ves el ave y el nido en la desnuda
rama del árbol que a morir avanza?
¿No te sorprenden en estrecha alianza
la primavera y la estación ceñuda?
(…)
¿Qué estímulo mayor a tu quebranto?
Sobre la débil rama el blando nido
y sobre el nido la piedad del canto. 

Momento optimista.

LLEGÓ DEL INFINITO

Se acerca a hurtadillas
sobre el regazo ansioso

desliza huellas sobre la piel
la torna vibrante
atrapa sombras en el viento
soledad agobio

trepa por las venas
ardoroso tiempo de esta mujer y este hombre
giros mortales al compás del alma
anudo de lenguas
atraganto de palabras

despacio
que se enciende la hoguera
en las miradas de tamarindo

licores destila el aire
entonando boleros desviando senderos
aroma a cayena y desgrane de albahaca.

María Cristina Solaeche Galera

Autora: Nicoletta Tomas Caravia
Titulo: “Amantes 121”
Técnica: Acrilico sobre lienzo
Dimensiones: 100cm x 60cm
País: España.
Año: 2012

¿ASÍ ACABA TODO?

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como traje sin hombre,
llega a golpear con anillo sin piedra y sin dedo
llega a gritar sin boca, sin lengua
ni garganta.
Pablo Neruda

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas rayas y un rostro pintado redondo
como la luna, que me mire, quiero.
Sylvia Plath

Vamos a morir, todos nosotros,
¡qué circo!
Charles Bukowski

Reclinado en la cama, ayudado de varias almohadas para que no lo sofoque la asfixia, Félix Ángel mira a través de sus recargados párpados semiabiertos, a unos tenues rayos del sol que atraviesan las cortinas, y se alargan sinuosos sobre la sábana y la cobija que lo cubren.

Está seguro de que va a morir, se siente morir, no hay remedio alguno que pueda evitarlo, y no se atreve a extender la vista más allá de la luminosidad de los rayos del sol; tiene aprensión de dar una ojeada a todo aquello que le rodea, y que muy pronto, no podrá ver, ni oír, ni palpar, ni sentir, cuando la muerte llegue.
Retraído en el límite de su mirada entrecerrada se siente más seguro, más protegido, apenas distingue los dorados hilos rizados del sol en la pelusa de la cobija que lo abriga.
Quizás tenga unas horas más, o unos días, o un par de meses si acaso. Ya debería no pensar en nada que le signifique vida, tiene que preparar su pensamiento para que este desaparezca ante el vacío que en que muy pronto se sumirá.

—Amor, la medicina con un trago de jugo de naranja que tanto te gusta.

Bebe dos sorbos con la pastilla, y devolviendo el vaso sonríe levemente a su mujer; intenta acariciar su corto cabello negro y besar su mirada triste pero no tiene fuerzas, entorna los ojos y suspira conmovido por su ternura.

—Así, así cariño mío, descansa— lo abraza delicadamente, le besa las mejillas y le sube la manta hasta el pecho.

Quizás, si hubiera estado solo, se hubiese puesto a llorar amargamente, o a gritar con rabia desesperado, pero con ella allí, su tan amada mujer, atenta a su menor gesto con una leve sonrisa en el rostro y las lágrimas siempre asomadas, no puede, no debe acrecentar su pena, la que ella siente por este hombre, su compañero, tan delgadísimo, tan exangüe, tan enfermo.

Félix Ángel respira y aspira lentamente como un fuelle polvoriento. Decide entonces, repentinamente, pensar, imaginar, en lo que le sucederá una vez que fallezca, y atrevidamente enfrenta este propósito; será una manera de estar aún aquí, en vida, y a la vez, muerto ante los demás, ahora es el mañana. La marea del universo trae y lleva a los seres.

Para él, allí acostado, esa idea se le desliza en el pensamiento. Bizarramente, imagina y piensa; detiene la mirada de sus ojos nublosos en el dilatado cielo raso y los entorna; no mueve los labios, ni un párpado, ni un dedo.

Unas formas imaginarias se mueven dentro de su pensamiento.

Se ve muerto, tal como él había visto a otros muertos; con rigidez pétrea, el rostro lívido y contraído, los labios de una palidez marmórea, los ojos turbios y céreos, todo él destemplado y frío.

Está en la funeraria, lo lavan, visten y peinan con total indiferencia, automáticamente y hasta con cierto asco; él mismo, siente en su imaginación, repulsión al pensar en las carnes de su cuerpo que empezarán a descomponerse pronto, envuelto en una acre neblina. Es muy difícil acostumbrarse a estar muerto, a tener una borrosa y letárgica conciencia de los restos de vida hasta anularse enteramente.

Ya está amortajado con discreción y elegancia, con su traje gris preferido, con la camisa y la corbata que había seleccionado con anterioridad, y las muñecas extáticamente cruzadas sobre su pecho.

– ¿Y el alma?– cavila Félix Ángel.
– ¡Ay! el alma existe solo en mí mientras estoy vivo, así que al dejar de existir…—reflexiona.
— ¿En donde quedé en mis pensamientos? Ah, ya, en el alma…mejor será preocuparme como me lo había propuesto, tan sólo de mi cuerpo.

Esá en su velorio rodeado de algunos familiares, de compañeros del trabajo como catedrático universitario y unos pocos amigos. Llegado a este punto del pensamiento, se ve a sí mismo dentro de una hermosa caja de nogal, con la tapa arqueada, barnizada y con broches dorados.

Los allegados lo están recordando momentáneamente en el funeral, se habla de lo bueno que fui en vida y de lo mucho que me van a extrañar; las flores en algunas coronas se esfuerzan en alentar la escena. La mayoría lo contempla unos momentos, con esa curiosidad que provoca el horror instintivo a la muerte, y que yo mismo he sentido delante de otros difuntos. Los amigos se detienen en su rostro, para deducir los estragos que ha hecho la muerte en él, la piel amarillenta pegada a los huesos del semblante y las orejas se han tornado casi transparentes, el endurecimiento pétreo de la frente y, en los párpados cerrados languideciendo sus recuerdos.

Le asalta la mente una pregunta que se hace el escritor Roberto Arlt:

¿Para que afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?

Cumplido el tiempo estipulado, la gente que lo acompaña se va distanciando.
Cierran el ataúd, y queda encerrado, inmóvil, aprisionado en el rígido abrazo del féretro acolchado, en absoluta oscuridad, en un silencio opresor. Ve en su mente la escena y la urna que les pesa; la levantan, atraviesan la estancia, bajan penosamente las escaleras, atraviesan un florido jardín y me introducen en un automóvil; los concurrentes, curiosos unos, temerosos otros, indiferentes los demás.

El cementerio está detrás de una colina, solitario y silencioso, todo es grisáceo y polvoriento, con algunos árboles que parecen abrumados por el lugar; el cielo es una fiesta azulada, ese día se han retirado a otros cielos las combadas nubes de la noche anterior. Allí, en el campo santo, pareciera que no llega nunca el aliento de la primavera, todo permanece estático, petrificado.

A algunos, les produce cierto alivio el saber que ellos aún gozan de la vida; casi todos adoptan un gesto grave y compungido, otros acaban charlando, rompiendo con alguna broma el aire de abatimiento; sin embargo, todos en común tienen un cierto quebranto, una embarazosa desazón, es el pensar que en algún momento serán ellos los protagonistas.

Lo depositan en la cripta familiar, los sepultureros echan las paladas de la tierra que generosa lo acogerá sin protestar; se queda solo en la incierta oscuridad de la bóveda, bajo una lápida con su nombre completo Félix Ángel Galindo Elmersu, y las fechas de su nacimiento y muerte 15-1-1938—21-7-2014, como constancias de que el sepultado allí, había vivido y tenía nombre y apellidos. Allí se ve en su mente, allí ha quedado solo, íngrimo, respirando el aliento asfixiante de la muerte.

Es muy de noche y tiembla en el alma de Félix Ángel, son las doce o las doce y cuarto, la luna redonda, la luz mortecina de la ventana, no vuela ningún pájaro, el silencio y la penumbra de la habitación laten calladamente. Se le desencadena un acceso de tos que se oye como un coro cavernoso y ululante; Félix Ángel se agita y retiene su mirada ahora clavada en ninguna parte; la noche se adentra con augurios dolientes en el cielo.

Con extrema lentitud, como si regresara de una infinita travesía, recostado en su cama, se interroga a sí mismo:

– ¿Cómo se verá el mundo al no poder guardar en mi vidriosa mirada muerta con gesto doliente, algo que ya no es para mi? Se borra todo, hasta el recuerdo de la tierra, de los hombres; es el tiempo de lo malogrado, de lo anulado, de la nada que es lo único que me pertenecerá.

Suspira Félix Ángel, el temor le llega a la respiración, el miedo le entra en los pulmones y en el inquieto pensar:

– ¿Cómo puede darse un vuelco todo tan rápido y tan abismalmente? La vida está llena de fronteras que sólo se reconocen después de franquearlas. No tengo nada que decirme, el mundo de mis emociones muere conmigo. Se acababa cualquier ilusión sobre la dignidad del final de la vida del ser humano. Asisto al sepulcro de toda mi vida. Al final, nos fatigamos, la verdad de la realidad es la nada de una eternidad.

Desesperado Félix Ángel grita en tono de protesta:

– ¿Así acaba todo?

La pregunta se desvanece.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: José Manuel Cañas
Título: Cementerio de Campo Criptana
Técnica: Óleo.
Año: 2003
País: España

AL FINAL

Al final
me escurrí entre rendijas ocultas
zanjas sorpresivas
heridas de la carne que no cierra
llorando la fisura del abandono
tajos dejaron las caricias
arranco de la piel
la costra de la mentira
aplasto los pechos
contra la tierra árida de la indiferencia
recojo piedras y caracolas
las incrusto en el cuerpo
lamento es el gorjeo de los pájaros
en mi garganta
en haz espinoso ato los desvelos

intento arrancarte de la boca
quedo sin labios
no quiero pensarte
quedo sin alma.

María Cristina Solaeche Galera.

Autor: Pablo Picasso
Título: Mujer con los brazos cruzados
Periodo: Azul
Técnica: Óleo sobre lienzo
Dimensiones: 81.5 x 58.5 cm
País: España
Año: 1902

HILDA Y EL ESPEJO. Por María Cristina Solaeche Galera.

Tiempo llegará en que os dé vergüenza miraros al espejo,
y el pesar vendrá a poner una nueva arruga en vuestra frente.
Ovidio

Estoy solo y no hay nadie en el espejo.
Jorge Luis Borges.

La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino haber sido joven.
Oscar Wilde.

Teme a la vejez, pues nunca viene sola.
Platón.

Domingo, el cielo amanece gris y un viento cortante sopla desde las primeras horas; en la calle no impera el bullicio del trajín laboral de la semana, de los frenéticos conductores que pugnan por cada centímetro del asfalto.

Hilda se encoge de hombros. Siente el olor a lluvia en el aire, una pátina gris convierte el cielo encapotado en una gigantesca nube borrosa y por fin, las gotas brincan alborozadas, bailando sobre la calle.

Es una mujer, que intenta a toda costa, batallar y encubrir la embestida de los años.

En su dormitorio, en un gran espejo ovalado, de cuerpo entero y hermoso marco dorado repujado, regalo del que fue su compañero, Hilda retoca su peinado con los cabellos apretados en un moño. Los cristales de los lentes cubren el desvaído café de sus ojos, aquellos ojos grandes, ahora están siempre velados por la melancolía. Su tez meridional está reseca, la piel es áspera y algo oscurecida en los codos, los pómulos salientes, la boca una pálida rosa marina con los mismos labios finos, las piernas son dos frágiles maderas que la sostienen. El rostro de Hilda es de un color lechoso, levemente violáceo en las sienes. Al verse, se le humedecen los ojos, acaricia al brillante espejo y él le devuelve la caricia. Alisa sus cabellos entrecanos, en los que asoman escasos mechones aún renegridos, aspira la última bocanada con violencia y arroja el cigarrillo recién encendido apenas.

Mientras se arregla prende la radio, cree reconocer el tango Cuesta abajo en la voz de Carlos Gardel.
Está un rato cepillándose frente al espejo, luego, se maquilla minuciosamente; las inevitables arrugas que acosan sus ojos, su rostro y el cuello son una obsesión para ella. Las rugosidades como alambres retorcidos, recorren sus mejillas. Mañana, lunes, comprará sin falta las nuevas cremas faciales antiarrugas y antiflacidez que la cosmetóloga le ha recomendado. La nariz parece haberse afilado y caído, hasta cree ver agrandadas las orejas; el rostro es ovalado y las caderas aún conservan vestigios de un cuerpo que hace años había despertado la admiración de hombres y mujeres. Cada día está más vieja, siempre a merced de la infamia del tiempo.
Enojada, las aletas de su nariz se hinchan y sus ojos parecen cortar como la hoja de un filoso cuchillo la imagen que insistente le concede el espejo.

Selecciona el traje negro y violeta, es el más apropiado para ir a la iglesia. Piensa, que el color negro es siempre sobrio y elegante. Coge su cartera, la cajetilla de cigarros, el encendedor de plata herencia de su padre y con prolijidad repasa los pliegues de su falda. Su vestido negro y violeta, delicadamente ajustado le sonríe desde el espejo. Se limpia los lentes con un impecable pañuelo blanco que después dobla de nuevo con esmero.

Varias veces el sol ha intentado mostrarse, pero aún, las pesadas nubes siguen arremolinadas en esa mañana dominguera.

Sin embargo, lo peor para Hilda son los domingos por la tarde, cuando la mayoría sale a distraerse. Al fin ha escampado, y el sol se adueña de su territorio. Ella irá al cine al atardecer, ha comprado una entrada, verá por segunda vez, la película de Buñuel, El oscuro objeto del deseo, en la que el director trata la ruptura y el desdoblamiento esquizofrénico del alma humana.

Prefiere ir andando al cine que está cercano; unas pocas calles y el aroma citadino invade el alma de Hilda. Se ve reflejada en las vitrinas en medio de objetos y vestidos que siempre atraen su atención. Son momentos tanto a la ida como a la vuelta, para encontrarse con el saludo de alguna amistad que alivie su soledad, y en sus miradas, pretende ser vista tan agradable y atractiva como se veía en aquel entonces de su juventud, sin percatarse del velo de vejez y tristeza que envuelve su rostro.

— ¿por qué caminos he llegado a este estado?— piensa.

De regreso en su casa, entra en el dormitorio. Un crucifijo trágico de madera oscura, se destaca sobre la pared encima del lecho; un calendario indica todavía un mes otoñal. Debajo de la cama hay una caja llena de cartas, que hablan del amor, del desamor, de su niñez, del trabajo y de la muerte de su padre. Es la letra de su madre y ella era la destinataria; se las había escrito, cuando Hilda asistía a la universidad cursando estudios de derecho, en los que se graduó con excelencia.

Hilda extiende las sábanas, sacude las almohadas que exhalan un delicado olor floral y desdobla la cobija. Se desviste con rapidez, se pone su ropa de dormir y enciende el último cigarrillo del día; bueno, eso piensa, si esa noche el insomnio no se convierte en un hostil invisible, en todo caso, en la mesita de noche está el frasco de somníferos a los que recurrirá si no logra conciliar el sueño.

Todo está en orden en la habitación, no se escucha nada, ningún llanto, ninguna risa, ningún ruido.
Se sienta en el borde de la cama.
—Vamos Hilda, debes sobreponerte— se dice.

Permanece así un buen rato; luego, haciendo un esfuerzo, se levanta y se encamina obsesionada al espejo; las lágrimas han corrido el rimel de los ojos y le dan un aire grotesco, tiene hinchados los párpados. Aborrece aquella mujer que tiene enfrente, a su propio rostro atrapado en el espejo. Lo que le refleja, lo que en él ella ve al repasar su cuerpo, son unos senos que cuelgan como dos sacos de arena mojada, bamboleándose hacia uno y otro lado, y la piel de todo su cuerpo a modo de un pergamino, como las páginas amarillentas de un texto antiguo.

—Valdría la pena olvidar como uno fue—

Frente al espejo, cabizbaja, el llanto ha convertido el maquillaje en una careta extravagante, y las arrugas se han hinchado como si los gusanos ya hubieran emprendido su tarea bajo la piel.

— ¿Se acostumbran los cuerpos al desgaste?— se pregunta.

La luna brilla en la gran bóveda azul, ella está sola, sola con la única compañía de su vejez. Se frota los ojos por debajo de los lentes y desvía la mirada hacia el techo de un blanco insípido; intenta hallar pensamientos que desvíen su angustia.

Nerviosa, se levanta, va hacia la pequeña sala, hasta su minibar y se sirve una copa de vino, contra su costumbre colma el vaso hasta desbordarlo, enciende un cigarrillo y se sienta frente a la ventana. Bebida y cigarrillo son sus dos nuevos placeres a estas horas nocturnas; hace repiquetear sus esmaltadas uñas sobre el brazo del sillón, inhala profundamente el cigarro y suelta una bocanada de humo.

¡El futuro! Esa fantástica estación del espíritu ya no existe para Hilda; todo huele a rancio.

Se da cuenta de que es más de medianoche en la ciudad, cuando los faros luminosos de un solitario auto atraviesan fugazmente con su resplandor la oscuridad que reina en la salita. Siente un vacío, enciende una lámpara y se retira al dormitorio. Por sus venas corre el cansancio del tiempo de la vejez, lo rápido que un cuerpo puede cambiar, y lo sombrío que puede llegar a ser.

Sentada en la cama, aprieta contra sí las rodillas y oculta la cabeza entre las piernas tratando de hacerse un indefenso ovillo.

Ya son varios cigarrillos y más de tres copas; el cabello huele a humo y el aliento a vino. Afuera, la noche amenaza con despedirse. Se echa el cabello hacia atrás y hablándole al espejo alza los ojos hacia él,  con una expresión inconsolable le dice:

—Creo que ya nos conocemos lo suficiente. Yo no tengo la culpa de la imagen que reflejas. Esto es la vejez del cuerpo. Dormir, dormir, es lo que me hace falta.

Cubre totalmente el espejo de cuerpo entero con un paño gris y apaga la luz.

¿En dónde quedó la cara sin arrugas?

apague la luz y verá

sin arrugas;

pero ¡ay! en donde quedaron los pliegues del mentón y del cuello.

Apaga la luz hasta dejar solo la línea de la oscuridad.

Silvina Ocampo.

El alma es ahora un grito en el espacio.

Autor: José Gutiérrez Solana. Título: Mujer frente al espejo. Técnica: ÓLeo sobre tela. Dimensiones: 64x49cm. País: España. Año: 1931.

AMOR, ASOMA

Amor
asoma
más allá de los alientos
inhala el aire de los vientos
con el pecho al descubierto
sacude tu sangre
del polvo de los tiempos

allá
adentro
en mis honduras
descubre mis noches internas
revolotea las gotas de tus luciérnagas
alumbra el laberinto oscuro de mi cuerpo
despierta tus pupilas
la oscuridad es distinta

agita el cuerpo
gimotea hacia adentro
gira
revuélcate
gira de nuevo
no desaparezcas
en la esquina del tiempo.

María Cristina Solaeche Galera.

Autor: Franz Von Stuck. Título: EL beso de la esfige. Técnica: Óleo sobre tela. Dimesiones: 164x145cm. País: Alemania. Año: 1895