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HILDA Y EL ESPEJO. Por María Cristina Solaeche Galera.

Tiempo llegará en que os dé vergüenza miraros al espejo,
y el pesar vendrá a poner una nueva arruga en vuestra frente.
Ovidio

Estoy solo y no hay nadie en el espejo.
Jorge Luis Borges.

La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino haber sido joven.
Oscar Wilde.

Teme a la vejez, pues nunca viene sola.
Platón.

Domingo, el cielo amanece gris y un viento cortante sopla desde las primeras horas; en la calle no impera el bullicio del trajín laboral de la semana, de los frenéticos conductores que pugnan por cada centímetro del asfalto.

Hilda se encoge de hombros. Siente el olor a lluvia en el aire, una pátina gris convierte el cielo encapotado en una gigantesca nube borrosa y por fin, las gotas brincan alborozadas, bailando sobre la calle.

Es una mujer, que intenta a toda costa, batallar y encubrir la embestida de los años.

En su dormitorio, en un gran espejo ovalado, de cuerpo entero y hermoso marco dorado repujado, regalo del que fue su compañero, Hilda retoca su peinado con los cabellos apretados en un moño. Los cristales de los lentes cubren el desvaído café de sus ojos, aquellos ojos grandes, ahora están siempre velados por la melancolía. Su tez meridional está reseca, la piel es áspera y algo oscurecida en los codos, los pómulos salientes, la boca una pálida rosa marina con los mismos labios finos, las piernas son dos frágiles maderas que la sostienen. El rostro de Hilda es de un color lechoso, levemente violáceo en las sienes. Al verse, se le humedecen los ojos, acaricia al brillante espejo y él le devuelve la caricia. Alisa sus cabellos entrecanos, en los que asoman escasos mechones aún renegridos, aspira la última bocanada con violencia y arroja el cigarrillo recién encendido apenas.

Mientras se arregla prende la radio, cree reconocer el tango Cuesta abajo en la voz de Carlos Gardel.
Está un rato cepillándose frente al espejo, luego, se maquilla minuciosamente; las inevitables arrugas que acosan sus ojos, su rostro y el cuello son una obsesión para ella. Las rugosidades como alambres retorcidos, recorren sus mejillas. Mañana, lunes, comprará sin falta las nuevas cremas faciales antiarrugas y antiflacidez que la cosmetóloga le ha recomendado. La nariz parece haberse afilado y caído, hasta cree ver agrandadas las orejas; el rostro es ovalado y las caderas aún conservan vestigios de un cuerpo que hace años había despertado la admiración de hombres y mujeres. Cada día está más vieja, siempre a merced de la infamia del tiempo.
Enojada, las aletas de su nariz se hinchan y sus ojos parecen cortar como la hoja de un filoso cuchillo la imagen que insistente le concede el espejo.

Selecciona el traje negro y violeta, es el más apropiado para ir a la iglesia. Piensa, que el color negro es siempre sobrio y elegante. Coge su cartera, la cajetilla de cigarros, el encendedor de plata herencia de su padre y con prolijidad repasa los pliegues de su falda. Su vestido negro y violeta, delicadamente ajustado le sonríe desde el espejo. Se limpia los lentes con un impecable pañuelo blanco que después dobla de nuevo con esmero.

Varias veces el sol ha intentado mostrarse, pero aún, las pesadas nubes siguen arremolinadas en esa mañana dominguera.

Sin embargo, lo peor para Hilda son los domingos por la tarde, cuando la mayoría sale a distraerse. Al fin ha escampado, y el sol se adueña de su territorio. Ella irá al cine al atardecer, ha comprado una entrada, verá por segunda vez, la película de Buñuel, El oscuro objeto del deseo, en la que el director trata la ruptura y el desdoblamiento esquizofrénico del alma humana.

Prefiere ir andando al cine que está cercano; unas pocas calles y el aroma citadino invade el alma de Hilda. Se ve reflejada en las vitrinas en medio de objetos y vestidos que siempre atraen su atención. Son momentos tanto a la ida como a la vuelta, para encontrarse con el saludo de alguna amistad que alivie su soledad, y en sus miradas, pretende ser vista tan agradable y atractiva como se veía en aquel entonces de su juventud, sin percatarse del velo de vejez y tristeza que envuelve su rostro.

— ¿por qué caminos he llegado a este estado?— piensa.

De regreso en su casa, entra en el dormitorio. Un crucifijo trágico de madera oscura, se destaca sobre la pared encima del lecho; un calendario indica todavía un mes otoñal. Debajo de la cama hay una caja llena de cartas, que hablan del amor, del desamor, de su niñez, del trabajo y de la muerte de su padre. Es la letra de su madre y ella era la destinataria; se las había escrito, cuando Hilda asistía a la universidad cursando estudios de derecho, en los que se graduó con excelencia.

Hilda extiende las sábanas, sacude las almohadas que exhalan un delicado olor floral y desdobla la cobija. Se desviste con rapidez, se pone su ropa de dormir y enciende el último cigarrillo del día; bueno, eso piensa, si esa noche el insomnio no se convierte en un hostil invisible, en todo caso, en la mesita de noche está el frasco de somníferos a los que recurrirá si no logra conciliar el sueño.

Todo está en orden en la habitación, no se escucha nada, ningún llanto, ninguna risa, ningún ruido.
Se sienta en el borde de la cama.
—Vamos Hilda, debes sobreponerte— se dice.

Permanece así un buen rato; luego, haciendo un esfuerzo, se levanta y se encamina obsesionada al espejo; las lágrimas han corrido el rimel de los ojos y le dan un aire grotesco, tiene hinchados los párpados. Aborrece aquella mujer que tiene enfrente, a su propio rostro atrapado en el espejo. Lo que le refleja, lo que en él ella ve al repasar su cuerpo, son unos senos que cuelgan como dos sacos de arena mojada, bamboleándose hacia uno y otro lado, y la piel de todo su cuerpo a modo de un pergamino, como las páginas amarillentas de un texto antiguo.

—Valdría la pena olvidar como uno fue—

Frente al espejo, cabizbaja, el llanto ha convertido el maquillaje en una careta extravagante, y las arrugas se han hinchado como si los gusanos ya hubieran emprendido su tarea bajo la piel.

— ¿Se acostumbran los cuerpos al desgaste?— se pregunta.

La luna brilla en la gran bóveda azul, ella está sola, sola con la única compañía de su vejez. Se frota los ojos por debajo de los lentes y desvía la mirada hacia el techo de un blanco insípido; intenta hallar pensamientos que desvíen su angustia.

Nerviosa, se levanta, va hacia la pequeña sala, hasta su minibar y se sirve una copa de vino, contra su costumbre colma el vaso hasta desbordarlo, enciende un cigarrillo y se sienta frente a la ventana. Bebida y cigarrillo son sus dos nuevos placeres a estas horas nocturnas; hace repiquetear sus esmaltadas uñas sobre el brazo del sillón, inhala profundamente el cigarro y suelta una bocanada de humo.

¡El futuro! Esa fantástica estación del espíritu ya no existe para Hilda; todo huele a rancio.

Se da cuenta de que es más de medianoche en la ciudad, cuando los faros luminosos de un solitario auto atraviesan fugazmente con su resplandor la oscuridad que reina en la salita. Siente un vacío, enciende una lámpara y se retira al dormitorio. Por sus venas corre el cansancio del tiempo de la vejez, lo rápido que un cuerpo puede cambiar, y lo sombrío que puede llegar a ser.

Sentada en la cama, aprieta contra sí las rodillas y oculta la cabeza entre las piernas tratando de hacerse un indefenso ovillo.

Ya son varios cigarrillos y más de tres copas; el cabello huele a humo y el aliento a vino. Afuera, la noche amenaza con despedirse. Se echa el cabello hacia atrás y hablándole al espejo alza los ojos hacia él,  con una expresión inconsolable le dice:

—Creo que ya nos conocemos lo suficiente. Yo no tengo la culpa de la imagen que reflejas. Esto es la vejez del cuerpo. Dormir, dormir, es lo que me hace falta.

Cubre totalmente el espejo de cuerpo entero con un paño gris y apaga la luz.

¿En dónde quedó la cara sin arrugas?

apague la luz y verá

sin arrugas;

pero ¡ay! en donde quedaron los pliegues del mentón y del cuello.

Apaga la luz hasta dejar solo la línea de la oscuridad.

Silvina Ocampo.

El alma es ahora un grito en el espacio.

Autor: José Gutiérrez Solana. Título: Mujer frente al espejo. Técnica: ÓLeo sobre tela. Dimensiones: 64x49cm. País: España. Año: 1931.

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EL BALIDO DE UNA OVEJA. Por María Cristina Solaeche Galera

Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio.
Mario Benedetti.

Sabemos lo que somos, pero no en lo que podemos convertirnos.
William Shakespeare.

No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho,
los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.
Alejandro Dumas.

 

 A partir del día de mañana, así lo decidió la junta médica, volvería a oír.

Le operaron la lesión de los nervios de la asociación auditiva en el lóbulo temporal del cerebro, en el Área de Wernicke, que se había lesionado con el fuerte traumatismo sufrido en el accidente que la dejó sin poder oír absolutamente nada.

Tendida en la cama en la clínica, después de haber vivido durante cincuenta y tres años oyendo las maravillas del sonido; llevaba casi cuatro años en el anonimato de la total sordera, con esa sensación tan desconcertante que le producía un mundo silencioso. Sería como renacer de nuevo en una tierra tan extraordinaria en sonidos. Ya llevaba demasiado tiempo con una sensación de pérdida, de soledad, donde todas las imágenes desaparecían parcialmente en el mundo del silencio.

Al día siguiente, pasado completamente el efecto de las drogas y mitigados los dolores, la notable zoóloga especialista en comportamiento animal Celine Valderme, esperaba anhelante la visita del médico que le retiraría los vendajes y le explicaría su nueva situación. Los médicos del equipo que la operó, auguraron que había sido un total éxito la intervención.

Entró el médico a la habitación acompañado de una enfermera. Con hábiles manos levantó despacio los vendajes.

Lo primero que oyó Celine fue el rumor de la lluvia de un día proceloso, también, el ligero crujir del uniforme de un blanco reluciente de la enfermera. Después los rumores de la calle y el ruido del tráfico.

Lágrimas de entusiasmo y regocijo salían de su ansiosa mirada. Se rompía el agobiante silencio. El sonar aumentaba el encanto de cuanto la rodeaba. No había prisa, saboreaba cada ruido de la habitación.

-¿Está oyendo Celine?- le preguntó el doctor. –Tómelo con tranquilidad, al principio quizás sean solo susurros, luego, gradualmente oirá perfecto- le aseveró.

Celine vio como la boca del médico se movía hablándole, pero lo que oyó fueron los bramidos de un toro.

-¿Qué tal, cómo oye?- le repitió el doctor, mientras le revisaba minuciosamente los oídos; otro bramido escuchó Celine.

La enfermera se acercó con una alegre sonrisa, le arregló las sábanas y le dijo: -¿Se encuentra feliz verdad señora?-

Todo era incongruente, absurdo, la voz de la enfermera no era como recordaba ella la voz de una mujer, era el melifluo maullido de una gata. No respondió, desesperada se tapó ambas orejas y después de un momento, las destapó de nuevo. La enfermera estaba cruzada de brazos diciéndole –No parece entusiasmada- Celine oyó un bufido felino.

En voz baja, el médico le estaba dando instrucciones a la enfermera. Ella oía bisbiseos de bramidos entremezclados con maullidos. Ambos se retiraron de la habitación y quedó sola.

Celine, esperó un pequeño rato y se asomó discretamente al pasillo contiguo a su habitación. En un extremo se acercaba un carrito de limpieza, hasta el pequeñísimo  ruido triquitrante de las ruedas oyó; la empleada que lo conducía la saludó con unos –Buenos días señora-  sin embargo, ella escuchó un zumbido de abeja. Del otro extremo avanzaba dos médicos que conversaban entre ellos, el más alto y robusto rugía como un león y él otro bajito, le contestaba con ladridos estridentes de chihuahua. Incluso, a un mensajero que llegó por el ascensor saludando a los que iba encontrando en el trayecto le oyó los ululares de un búho.

Empezó a experimentar una sensación terrorífica, el pánico se estaba apostando en todo su cuerpo, ya se reflejaba en su expresión y le temblaban las manos. Regresó a la habitación, al cerrar la puerta escuchó el ruidillo de las bisagras, se recostó agobiada en su cama. Todo los sonidos del derredor eran normales, todos, excepto  los que salían de las bocas de las personas.

La enfermera maulladora entró de nuevo en la habitación, le trajo un sedante y bajó las persianas; Celine sin replicar se lo tomó inmediatamente. Quería dormir a ver si al despertar de nuevo todo volvía a ser normal. La pastilla le hizo efecto rápidamente y una sensación agradable de abandono se apoderó de su cuerpo.

Celine despertó al día siguiente, para encontrarse con la mirada castaña y una melosa sonrisa de la enfermera que le traía el desayuno, y con maullidos le notificaba,  que después llegarían para darle el alta.

En ese mismo instante, Celine se dio cuenta de que ella no se había oído su propia voz; hasta ahora había gesticulado, fruncido el entrecejo y sonreído escasamente. No se había atrevido a responder nada a ninguna pregunta.

Llegó el médico acompañado del doctor jefe de cirujanos, para orgullosos del resultado, darle el alta a su hospitalización.

-Con un destemplado relincho, el jefe de cirujanos le dijo: -Hoy mismo se va usted Sra. Valderme. Se podrá integrar totalmente de nuevo a todas sus actividades e investigaciones sobre la conducta del reino animal-

Celine con el corazón desbocado en el pecho respondió – Muchas gracias-

Sin embargo, ella misma se oyó con pánico como el balido de una oveja salía de su boca.

Autor: Susana Lischinsky. Título: Oveja E. Técnica: Óleo / Collage. Dimensiones: 70x80cm. País: Uruguay.

LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

Autor: David HersKovit
Título: Anciano en silla de ruedas
Técnica: Óleo sobre tela.
Dimensiones: 151x140cm
Pais. EEUU
Año: 1978.

LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

María Cristina Solaeche Galera

Pies, ¿para que los quiero, si tengo alas para volar?
Frida Khalo.

No pueden poner nuestras mentes en silla de ruedas.
La silla de ruedas es solo para el cuerpo.
Gaby Brimmer.

Pon tu cara hacia el sol y no verás las sombras.
Helen Keller

Nos quedamos solos, él y yo, solos los dos en la penumbrosa luz del día muriente, allí, en el balcón. Como todos los anocheceres, esperamos el momento en que nos lleven a su habitación para que intente dormir, y yo, quede plegada en un rincón del dormitorio haciéndole silenciosa compañía hasta el día siguiente. Su nombre es Bernardo Guersile.

Bernardo era un hombre alto, de espaldas anchas, amplio el tórax y complexión fuerte. Ha envejecido mucho, ahora es un anciano de ochenta y siete  años, está débil y paralítico a partir de la cintura. Hace más de cinco años no se levanta de mi asiento, a menos que su hijo lo alce para llevarlo a la cama. Soy dedicada y callada, lo acompaño fielmente a donde quiera que él se dirija. Soy su inseparable compañera en el balcón, cuando lo asoman a ver el barrio, la calle y los transeúntes, también me asomo con él.

Los sentidos de Bernardo agudizaron de manera extrema, quizás para compensar su incapacidad. Asimismo, mis sentidos. Ambos percibimos el zumbar de los insectos, el cri-cri del grillo, los cantos lejanos de los gallos de la barriada, el ladrido de los perros centinelas, la gritería alegre de los niños que asisten o regresan de los colegios. Vemos a las mujeres afanadas en barrer los portales, limpiar los empedrados, regar los jardines, y olemos como todo adquiere una aroma fresca y fragante a tierra mojada. El cafecero siempre con andar nervioso, vocea desde temprano de extremo a extremo de nuestra calle, el café reciente y aromoso. El vendedor de lotería grita los números ganadores con profética anterioridad y, algunos hombres se mueven afanosos en sus variados ajetreos de negocios y trabajos.

Los días festivos, desde el balcón, oímos el barullo chispeante del barrio, el corear de la alegría de las vecinas, y la música de la taguara de la esquina donde los hombres con estrépito y bebida alegran sus cuerpos cansados del ajetreo de los días de la semana; y yo en mis fantasías,  imagino que soy una silla de metal dorado, decorada, muy vistosa que hace las veces de un trono.

Durante casi siete años, él había soportado estoicamente sin chistar, el intenso dolor del problema degenerativo de su columna vertebral. Hasta que se hizo insoportable, invalidante, y cuando acudió a los médicos ya era muy tarde, el mal había evolucionado demasiado, los cartílagos y los discos estaban terriblemente desgastados, se había sumido en una paraplejía. Era irremediable, el resto de su vida estaría confinado a una silla de ruedas.

Sin embargo, al principio del tratamiento meramente paliativo, durante casi año y medio siguió rigurosamente las prescripciones de los médicos, las terapias de ejercitación, las dosis exactas de los medicamentos para el dolor, la rigidez y la parálisis, la dieta balanceada en la alimentación y, los primeros, inciertos y penosos, paseos por la cuadra que dimos juntos. Nada resultó, se hartó de esa disciplina que le restaba tanto a la poquísima libertad que le quedaba y aún así, seguía exactamente igual. Cierto día, decidió acogerse definitivamente a mí, no volver al terapista, tomar solamente las medicinas para las otras dolencias que lo aquejaban, y comer sin restricción alguna el alimento que podía y deseaba. Sólo se quedó con el paseo semanal por el barrio, en el que nos conduce su hijo durante una hora.

Recuerdo vivamente, cuando por vez primera, Bernardo levantó los ojos y se vio en el espejo de cuerpo entero, sentado sobre mí, encima del asiento y con mis cuatro ruedas; se sintió muy confuso, experimentó una sensación violentísima, casi de vergüenza. De repente, allí se vio, en el espejo, como si fuera otro.

—¡Pero qué es esto! ¡Qué es esto! ¡Imposible!— Gritó ese día volviendo la cabeza hacia un lado, y levantando ambas manos para taparse los ojos y evitar ver aquella visión. No había alternativa, yo sería de ahora en adelante parte de su cuerpo, sería sus piernas. A cada giro de mis ruedas, él tiene la sensación de avanzar en un mundo desconocido que le produce una angustia indefinible, la zozobra de un hombre inválido atado a una silla de ruedas, donde él es un extraño pasajero.

El hijo no puede ocultar su abatimiento por el estado del padre, lo irritante que se ha vuelto su condición. La mayoría de las veces ya no acierta como comportarse; Bernardo experimenta una turbación extraña al observar como, su hijo y su nuera, se imponen conductas correctas pero forzadas, que solo traen el cansancio de una rutina; al ver como el tiempo ha ido adormeciendo los sentires pacientes y enternecidos para con él.

Todas las noches, oigo sistemáticamente a su nuera que le ofrece encender la luz del balcón, es en vano.
—No; estoy bien así— responde Bernardo.

Gestos espontáneos, menguas del rostro, parpadeos, temblor de los labios, todo el cuerpo se agita, pero las piernas están estáticas, petrificadas, totalmente sumidas en mis soportes. La tristeza secreta, los sombríos pensamientos anidan en su frente, y se marcan en la fijeza congojosa de sus claros ojos y en la palidez de su rostro.
Un tumulto interno de sensaciones amargas, le produce emociones oscuras y violentas que lo llenan de estremecimientos punzantes; es un sentimiento de pena que se le torna más agudo cada instante, es la imagen inválida de si mismo que le llena los ojos y se le adentra espinosamente en el alma.

— Me parece que estoy… no sé, vamos, llévame al balcón hijo— suele decirle todos los días al amanecer y cuando cae la tarde.

Allí, en el balcón, el único sitio donde ambos concebimos la vida engrandecida y conmovida por los sentidos que emocionan el espíritu.

Es el atardecer, aún llovizna, miramos nuestra calle desde la atalaya del tercer piso donde vivimos; mirar es un embeleso, pero cierta angustia nos impide alegrarnos por completo. Es que Bernardo, siente su indefensión. Sus piernas son recuerdos remotos de sí mismo, ya no tienen memoria, ni conciencia; yo me esfuerzo tenazmente en tenerlas por ellas.

Son las seis de la tarde, estamos oyendo un trío de piano de Schubert y la fresca brisa de esa hora está soplando. Él suspira frecuentemente, y siente que cada suspiro lo ahoga, es como si se fuera con ellos hacia algún sitio lejano. A veces, sacude la cabeza con un sollozo, más bien una congoja, es su taciturnidad que tiene origen en ese medio cuerpo. Está seguro que los demás no comprenden su situación. Quiere que los hechos hablen por él, y yo, fiel testigo, permanezco muda, servicial y silenciosa.

— ¿Estás bien ahí?
— Bien, mejor que dentro del apartamento— responde.
— ¿Quieres acostarte ya? Va siendo hora
— Cuando tú lo desees, hijo.

Los rayos de la luna empiezan a avanzar como fantasmas atravesando el balcón. Desearía Bernardo caminar fervientemente por todos los lugares a donde vuelan sus ojos, a donde sus oídos perciben los sonidos.

Cuando estamos solos, suele bajar la vista y sonreír ocasionalmente; levanta una mano y se acaricia varias veces el pecho en el lado del corazón, como queriendo decir que aún allí está su vida; otras, se revuelve encima mío y oprime los puños hasta hincarse las uñas en las palmas de las manos, como cautivo de un ímpetu de lamentos que quisiera contener, y en ocasiones, lo veo apretar los labios, restregarse los ojos, agitar la cabeza y llorar descorazonadamente.

Suele Bernardo, espiarse secretamente las piernas, con el ánimo alerta y siempre vigilante de ver si ellas en algún momento, responden con un movimiento por imperceptible que fuera, mas yo que las sostengo, sé que no hay la mínima vibración siquiera; sólo siento la rugosidad de la suela de sus zapatos negros con el cuero ligeramente desgastado.

Una vez, hace más de cuatro años, solía varias veces decirse Bernardo, que él sabría bastarse solo, se lo oía decir en voz muy baja, en susurros repetidos. La realidad de su padecimiento le demostró que eso era un imposible. Está destruido, como si la frenética racha de una tormenta lo arrasaría perennemente. Intentó convencerse de que esto que le había ocurrido pasaría con el tiempo, mas ya sabe que no es así.

—¡No, no! ¡Nunca más, nunca más caminaré! ¡Imposible! Siempre es peor un día que el anterior, el cuerpo envejece y no ayuda, al contrario se vuelve otro estorbo— se grita para si desesperado al quedar solo conmigo.

Siempre después de comer, permanecemos un rato en la mesa, él se recrea con el ajetreo y el sonar de los platos, los vasos y los cubiertos, mientras la nuera los recoge aleteando como una mariposa en derredor, y yo permanezco en mi mutis mecánico ayudándolo a sostenerse.

De vez en vez, Bernardo repasa los álbumes de fotografías, y en voz baja que solamente yo oigo, va describiendo cada una de las fotos de aquellos gozosos días en que era un andariego; se le humedecen los ojos y el rostro se le transforma, y yo me siento un armatoste, no aparezco en ninguna de las fotografías. Cada vez se le recrudece más la tristeza; cree que aún le queda algo por hacer, aunque no sabe qué.

Le oigo rezongar:

— Esto soy ahora, un viejo carcamal sobre dos patas rígidas de pájaro disecado—. Ese pensamiento no se los puede decir a su hijo ni a su nuera, ni a nadie, ni siquiera insinuarlo, solo yo lo comparto. Ante ellos, ni una queja, ni un ademán de hastío.

En medio de la noche, advierte sus propios huesos, los huesos largos y fuertes de sus piernas, no le duelen, no se estiran, ni se encogen, al contrario, permanecen rígidos, vacíos del más insignificante movimiento; sus piernas son dos fardos sobre la sábana, mientras yo permanezco fruncida, cercana a su cama.

Un anochecer, mientras ambos estábamos en el balcón, le oigo preguntarse en voz alta:

— ¿Dónde me encontraré en el momento de mi vida a la hora de morir? Ojalá muera al anochecer, en este balcón, aquí, sentado en mi silla de ruedas.

Al oírlo, todo mi engranaje se estremeció de congoja, de agradecimiento y de miedo a quedarme sola.

Pronuncié una respuesta, le estaba diciendo:
— Cuando llegue ese momento, yo quiero morir también.

Hablaba suavemente Bernardo, pude oírle claramente que me respondía:
— De acuerdo, aquí estaremos, en este balcón haciéndonos sombra los dos.

YOSELIA Y EMIRO

Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas…
¿valdría la pena vivir?
Jacinto Benavente.

El romper de una ola no puede explicar todo el mar.
Vladimir Nabokov.

Hay pasiones que la prudencia enciende
y que no existirían sin el riesgo que provocan.
Jules d’Aureville.

Era el año 1948. El pueblo “La Virgen de las Cruces”, estaba rodeado por una herradura de montañas de la sierra, era unas ciento veinte casas de ladrillo blanqueado, un riachuelo que llevaba agua durante todo el año, la faena de  la siembra, y algunos baratijeros que cruzaban la serranía llevando mercancía a los habitantes.

De la noche a la mañana, cerca del atardecer, llegó un nuevo párroco para la feligresía del pueblo.

Sin explicaciones del porqué, del cambio repentino del viejo presbítero anterior con quien desde hacía tantos años se sentía tan bien la gente del poblado.

El pueblo entero, se había preparado para recibirlo. Las campanas repiquetearon dándole la bienvenida. Hubo alboroto de las mujeres y los niños, era la novedad. El cielo acompañó la llegada del sacerdote.

Emiro se llamaba el nuevo sacerdote, era un hombre de 53 años, bien plantado, erguido, quemado por el sol de la región playera de donde procedía, con la mirada almendrada, el pelo demasiado negro rizoso, una barba corta bien cuidada y, la sotana y el alzacuellos impecables. Con un vozarrón bendecía a diestra y siniestra mientras avanzaba balanceándose entre los pobladores, y los hombres del pueblo le cargaban la maleta y tres bultos. La calle se llenaba de algarabía que se contagiaba y propagaba por todo el poblado.

A los pocos días, llegó también un personaje, era un bohemio, pintor de paisajes y escenas rurales; se llamaba Lorenzo, tenía unos 48 años, de nariz fruncida, labios ávidos, lujuriosa mirada y una sonrisa cómplice de todo; se pasaba las mañanas pintando, medio desnudo y mordisqueando frutas, y por el atardecer, salía con su jeep a recorrer los parajes; los entendidos de la ciudad daban a sus obras gran valía. Se alojó en la única posada que existía en el lugar, era de dos habitaciones.

Entre las alborotadas feligresas estaba Yoselia, tenía 45 años, llevaba veintiún años de casada y una hija en la capital. Su marido Albiro era agricultor y chofer; sembraba, cosechaba y transportaba  en su desvencijado camión, la mitad de la cosecha del pueblo incluyendo la suya, hasta la capital a 56 kilómetros, tres veces a la semana. Era Yoselia, una mujer de estatura media, contextura regular, de perfil no definido, con una cabellera pelirrubia casi metálica algo larga, ojos claros saltones y la boca grande armonizando con los ojos, tímida en apariencia, silenciosa y esquiva.

Yoselia se aburría mortalmente en su relación marital y en el pueblo; de las manos suaves que la acariciaron al principio de su casamiento, a las ásperas y siempre terrosas manos del Albiro de ahora, habían transcurrido muchos años de silencio, apenas interrumpidos por las mañanas con el canto de los gallos, al atardecer por el mugir de las vacas y los terneros, y todas las noches puntualmente, los ronquidos que zumbaban en la habitación matrimonial. Se esmeraba en cuidar las flores de su pequeño jardín, pero hasta de éstas se estaba cansando.

Su hija se había ido a la capital, hubiera deseado ardientemente irse también, pero sabía que Albiro habría quedado destrozado; además, no podía engañarse, su hija se opondría firmemente, más no por la tristeza del padre, sino porque se iba en busca de horizontes nuevos y quería explorarlos ella sola. Y allí se quedó Yoselia, en el pueblo de “La Virgen de las Cruces”, donde todo olía a toronjil; las casas, la lluvia, la gente y la comida.

La iglesia de “La Virgen de las Cruces” era una construcción sencilla, tan simple como el caserío mismo, repantingada frente a la plaza en la que solían jugar los niños, y asolearse los más ancianos al tibio sol con su polvillo dorado; había sido levantada varias décadas atrás. Presidía el altar una virgen sosteniendo una cruz en cada mano, en lugar del niño en el regazo como de costumbre y tenía un manto cuajado de cristalillos de colores de bisutería, y los bancos eran de oscuras maderas agrietadas. Anexa a ella, la casa cural, bien distribuída en tres habitaciones; una era el escritorio donde penetraba un solecito alborozado y de la calle se oía el canturrear de los pájaros; la segunda, la habitación del cura, con ese olor peculiar que el último sacerdote había dejado impregnado; la tercera la cocina y un pequeño baño.

El padre Emiro ejercía cabalmente sus funciones de párroco, misas diarias de madrugada y al atardecer del domingo, santo rosario los viernes, visitas a las casas llevando su cristiano mensaje sobre las virtudes y la promesa de la salvación eterna en un sitio de paz que se llamaba cielo, mientras, los campesinos le hablaban de sus hijos, sus tierritas y le contaban las historias del pueblo; él, enseñaba a rezar clavando los ojos confiados en el firmamento; daba asistencia espiritual a los enfermos y oraba por la salvación de las almas; recorría en paseos el pueblo, y todos los que se encontraba lo saludaban inclinándose y besando el dorso de su mano, además, escuchaba y absolvía los “pecados” pues acababa sabiendo casi todo de todos en el confesionario.

Los días en la aldea, semejaban relojes: con exactitud, a las seis las campanadas de las plegarias mañaneras y a las siete la misa diaria; al finalizar la tarde a las seis en punto, la oración del Ángelus y al anochecer, a las nueve,  las campanas tañendo para el recogimiento del pueblo.

Al enterarse Yoselia de la llegada del nuevo sacerdote y ponerse al corriente de que la parroquia ya no tenía asistenta, se ofrece para realizar el trabajo que la anterior desempeñaba. Éste consistía, en limpiar y ordenar la sacristía, mantener las velas encendidas y el incensario preparado para los actos litúrgicos, desempolvar y abrillantar continuamente las imágenes, reordenar los escasos libros, limpiar el baño y preparar el almuerzo. Todo ello tres veces a la semana, los mismos días que Albiro viajaba con su camión y ella no tenía trabajo en su casa; mientras hacia sus labores en la parroquia, a cualquier observación o mandato del padre Emiro, Yoselia contestaba con un –Será como Dios quiera – a lo que el cura respondía –Amén –

Un día, Yoselia sintió gozoso su cuerpo, como si danzaran en su interior unas sensaciones muy íntimas. Con los ojos entornados, veía oficiar al sacerdote en los servicios religiosos y como una autómata se levantaba y arrodillaba al unísono con los demás parroquianos; aspiraba el olor de las velas encendidas, el del incienso y el de la humedad de las piedras del templo que siempre había protegido a los pobladores de las congojas y alejado de los peligros.

Fue un delirio, un frenético ensueño en el que Yoselia se encendía como si una luz de otros cielos más carnales se le prendiera en el cuerpo exaltado de una divina voluptuosidad. El pulso se le aceleraba cada vez que el padre Emiro aparecía frente a ella. Se había enamorado del sacerdote.

Se planteó Yoselia una estrategia seductora. Se compró un par de vestidos floreados, se pintó la boca de un rojo subido, se desenredó el cabello y lo recogió a un lado con la flor más hermosa del jardín de su patio; recortó el largo de los vestidos, se quitó las toscas medias largas, se acentuó el escote, compró una colonia al árabe que llegaba una vez al mes al poblado; bordó con esmero en azul oscuro las iniciales del sacerdote en toda la ropa de él, desde las medias hasta las toallas; en la misa se sentaba en la primera fila con el propósito de que el cura no pudiera perderla de vista; no desaprovechaba pisada vigilándolo subrepticiamente y, hasta llegó a confesarse admitiendo que amaba a un hombre prohibido a pesar de estar casada.

A todo esto, el cura respetuosamente, a diario, echaba una ojeada al escrupuloso orden de la sacristía y la iglesia y le comentaba, sin mirarla a los ojos cuan eficiente estaba haciendo su trabajo, nada más, acompañando con la acostumbrada bendición. Yoselia pensaba empecinada, que su digno cargo de sacerdote de la parroquia de “La Virgen de las Cruces” le impedía otras manifestaciones; pero con el tiempo y su insistencia, él se enamoraría de ella, como ella frenéticamente lo estaba de él.

Ese día viernes, se le hizo muy tarde en su trabajo, ya el sol amenaza con desaparecer su corola en el horizonte.  Ella había bayeteado  los muebles y limpiado la ventana del escritorio. El sacerdote estaba en su habitación, recostado leyendo como acostumbraba a esa hora. Siempre solía Yoselia irse puntualmente mucho antes, y dejaba las llaves al pie de la imagen de un san Pablo alumbrado por una vela que ella misma dejaba encendida, pero ese día ya empezaba a anochecer.

Un momento antes de irse, decidió cortar unas flores frescas del jardín que estaba detrás de la sacristía, para colocarlas en un jarrón porcelanado sobre el escritorio, como una muestra más de su profundo amor por el párroco Emiro.

Al ir a abrir la puerta que daba al jardín, oyó el rugido de un motor. Vio el jeep del pintor Lorenzo y al padre Emiro en su interior abrazándolo apasionadamente.

A Yoselia le temblaban las extremidades, la trastornaba la pasión con la que el cura Emiro acariciaba el rostro, el cuello, y besaba en la boca a Lorenzo. Aplastó a puñetazos de rabia su propio vestido; le parecía no poder moverse, las piernas se le hicieron cada vez más pesadas y ni un músculo de su cara se agitó por instantes. No podía engañarse, se daba clara, clarísima cuenta, de lo que allí estaba sucediendo. Sintió todo chocante, insólito, no conseguía convencerse sobre lo que veía. Se sentía extraña y azorada; removió lentamente la cabeza de un lado a otro como queriendo negárselo a si misma; al final, lloraba, lloraba estremecida, con un ímpetu de sollozos que intentaba sofocar sin lograrlo.

No lo habría sospechado nunca, no imaginaba al padre Emiro, tan circunspecto, tan solemne, con una modulación del habla tan prudente y expresiones reflexivas cargadas siempre de religiosidad y misticismo; el mismo al que le había oído predicar desde el pequeñísimo púlpito sobre la moralidad de la castidad y sus virtudes, con un lenguaje dulzarrón plagado de citas bíblicas, mientras los feligreses adoptaban la extraña posibilidad de suprimirse a ellos mismos al oír las lapidarias frases “Los designios del Señor son inescrutables” y “Para morir nacemos, el cuerpo no importa, debemos salvar a toda costa el espíritu”. No podía figurárselo y, la gente del pueblo ni pensarlo.

Ante los ojos del poblado de “La Virgen de las Cruces”, todo estaba en orden, nada había cambiado, pero para Yoselia, su vida de pronto se le tornó en irrealidad.

Allí estaba el padre Emiro, el sacerdote Emiro, el cura Emiro, el presbítero Emiro, el párroco de su parroquia, en el asiento delantero del vehículo acariciando y besando desenfrenadamente a Lorenzo el pintor. Yoselia se retorcía las manos, apretaba los dientes y exclamaba para sí: ¡No puede ser! ¡Él no! pero, también se decía ¡No llores! ¿Por qué llorar? ¿Acaso el padre Emiro no te enseñó que el destino de los hombres en esta tierra lo diseña Dios? ¡Ese Dios lo habrá querido así! y… ¿Si Dios me ayudara? Monologaba en voz baja diciéndose todo a sí misma con una trizadura en la garganta.

Se había enamorado Yoselia del padre Emiro, pero él… el padre Emiro estaba enamorado del pintor Lorenzo.

Andando lentamente, Yoselia desesperada emprendió el camino de regreso a su casa; a esa hora no encontró a nadie, el pueblo estaba recogido, anochecía, la luna estaba pálida y reducida a una cuchilla filosa y un farol en la esquina de su casa dejaba colar un finísimo rayo de luz. Con los párpados hinchados se arrojó vestida sobre la cama matrimonial. Una chispa agonizante de sol se colaba en la habitación que se extendía y abrillantaba su pelirrubia y metálica cabellera. Se recostó y cubrió con una áspera manta gris con la que se arrebujó entre gemidos.

Dentro de su mente, se deslizaban sin cesar las escenas vistas; eran celos fortísimos entreverados con un nuevo sentimiento para ella. Algo indefinible lo que experimentaba y le arañaba muy adentro del cuerpo con rabia, despecho y repugnancia a la vez. No volvería nunca a la parroquia, todo lo comprendía ahora con claridad. El rostro de Yoselia carecía de expresión, y un cuajarón de rencor le empezó a subir por la garganta.

¡Cómo podía cambiar todo con tanta celeridad!

Sintió al pueblo “La Virgen de las Cruces”, más aletargado que nunca, asfixiado, acorralado por las faldas de las montañas de la sierra que lo rodeaban todo, excepto por una única salida empedrada y luego pavimentada hacia la capital. Sin embargo, en el poblado, todo acontecía como siempre y la vida fluía calmosamente.

En ese instante, la campana parroquial repicó puntual en el apacible anochecer del pueblo, avisando que ya eran las nueve, y era la hora de recogerse sus habitantes. El mudo andar de las voces abandonó la calle, la sombra ciñó la soledad de las piedras y los bancos de la plaza.

Del cielo se desprendió la noche que llegaba y el silencio que trenzaba sus cuerdas sobre el pueblo.

María Cristina Solaeche Galera.

La Virgen de las Cruces

EL HYLEG DE MELINA

EL HYLEG DE MELINA


María Cristina Solaeche Galera

 Tal vez esto es lo que es el destino, saber lo que va a ocurrir,
saber que no hay nada que pueda evitarlo, y quedarse quietos mirando
como puros observadores del espectáculo del mundo.
José Saramago.

Según eternas, férreas,
grandes leyes,
todos debemos,
cerrar el círculo
de nuestra existencia.
Johann Wolfgang Goethe.

Es verdad que los astrólogos, estudiando la disposición y movimiento de los astros, predicen con frecuencia sucesos verdaderos.
Santo Tomás de Aquino.

Nació Melina en un barrio caliente y soleado, en pleno centro de la capital del estado de un país caribeño. Con las casas arrimadas unas a otras, pared con pared como amparándose entre si, todas variopintas de cálidos y llamativos colores, tanto que saltaban las pupilas al mirarlas. Todas eran de una sola planta y con un patio central. La de Melina tenía en el verde remanso interior un frondoso Apamate, que cada tiempo coloreaba todo el espacio; lo había sembrado hace años, muchos años, su tatarabuelo Don Eleuterio, quien había muerto bajo su sombra en su mecedora, cubierto de flores lilas; al árbol se le amaba y respetaba como el más anciano de la casa. El resto era espacioso, habitaciones con techos altos de vigas de madera oscurecida de curaríre, y sobresaliendo en el exterior, en el borde superior del tejado, una de cada lado, dos hermosas gárgolas que boqueaban agua cuando la lluvia arreciaba dos veces al año. De las distintas paredes, colgaban imágenes religiosas en un intento de santificar los espacios, un calendario remendado con tachaduras, un reloj que un día funcionó detenido en una hora inexacta y, unos cromos de cuadros de pintores famosos reducidos a papeles arrugados, descoloridos y aprisionados por vidrios. En una habitación dormían los padres, en otra Melina y su hermana menor.

Su padre Esteban, cuarentón alto y regordete como un cerro, con la piel tostada, un detallado bigote negro y que palabroteaba continuamente, era escribano del registro principal; su madre Dunia leía mucho, todo lo que caía en sus manos, desde una receta, el periódico, hasta los panfletos y las noveluchas románticas por entregas, pero escribir nada, en absoluto, salvo la lista de las compras. Era garbosa, agraciada, con una perenne sonrisa en la boca, más no en el rostro.

La vida durante la infancia de Melina transcurrió entre el colegio, las tareas, los recreos, e intentar colaborar siempre silenciosa, en la cocina con su madre en la elaboración de dulces caseros de hicaco, limonzón y cascos de guayaba, que se vendían en auxilio de la economía. La vida familiar no daba mucho a escoger que digamos, eso si, unidas y decididas en racimo las tres madre e hijas, no así el padre,  a seguir estrictamente con los dictámenes que según la propia madre, antes la abuela y más antes la tatarabuela, afirmaron categóricamente sin opción a duda alguna, que los había dictaminado el buen Dios.

El tiempo avanzó indetenible, Melina se transformó en una mocita larguirucha, de hermosa melena castaña, y ojos apagados. De un temperamento calmoso, quizás demasiado sosegado para su adolescencia y callada como era, fue plegándose en su propio mundo. No se distinguía en nada especial.

Los años se sucedieron rápidamente, y de un día para otro, Melina cree que está enamorada. Leo, un joven cinco años mayor que ella, estudiante del último año de bioanálisis, zanjea el frente de su ventana y no la pierde de vista en la misa dominical, poco a poco avanza en su galanteo, le envía pequeños ramos florales con poemas escritos por el poeta del barrio, y hasta se atrevió a tocarle dos serenatas. Resultado, Melina y Leo son novios. Los padres Don Esteban y Doña Dunia lo aceptaron a pesar de que ella era aún menor de edad, contaba diecisiete años. Once meses de noviazgo y el casamiento.

La ceremonia en la iglesia de la plaza del barrio, duró como todas, sobre la media hora, sin contar el responso de consejos por parte del cura, quien no sabía de lo que se trataba el amor de una pareja, pero elucubraba con firmeza sobre los designios divinos referentes a la indisolución del divino sacramento, aduciendo, que lo que Dios une no lo separe el hombre.

Harta, asqueada, Melina estaba hastiada; hace ya cuatro años que se había divorciado. Una relación que duró cinco años, donde dominó el silencio cómplice de ambos, la rutina insidiosa sin alicientes para ella, y en la que no tuvieron hijos. Ya no venía al caso agitar esos recuerdos. Era una mujer joven; ejercía de secretaria de un árido bufete de abogados, trabajo que la sumía en una monotonía y cotidianidad insufrible, rodeada de papeles totalmente alejados del mundo que ella creía imaginar, y llevaba sola demasiado tiempo. Había intentado numerosos cambios. Se inscribió al fin en la universidad, en periodismo, la profesión que le gustaría ejercer y se ocupaba metódicamente de sus actividades universitarias. Y había hecho unos pocos amigos.

Al llegar a su apartamento meticulosamente ordenado, apenas pisaba el umbral,  la esperaban dos acompañantes ansiosos: el silencio y la soledad. Los vecinos como siempre, en su tolerable egoísmo, acuartelados tras sus puertas. Ella, encendía la televisión aunque no la estaría viendo, solamente para oir las voces, los ruidos. Cuando trabajaba en las tareas de la universidad, una música hermosa resonaba en el escritorio; eran paliativos para combatir el silencio. Le agradaba cuando la llamaban, pero creía molestar si lo hacía con sus amigos, que tenían vidas tan intensas, agitadas y bulliciosas, vidas que a ella le gustaría tener.

Para vivir como los demás, le era muy necesario hacer planes radicales en su pueril vida, cancelar los saldos de su insulso pasado, dejar de seguir viviendo la vida anodina que llevaba, tan insignificante, tan nada memorable, enquistada en un mundo pequeño, rutinario, metódico, donde la cotidianidad era dueña de todo. Recordaba su niñez, como la de la mayoría de las niñas tranquilas y taciturnas, estudiando en un colegio castrante de monjas; en el hogar, fue una “niña de su casa” hasta que se casó, y en su breve matrimonio pasó a ser una “mujer de su hogar”; después, un trabajo rutinario y sin alicientes tanto fuera como dentro de la casa, es decir, era un ser resignado, cumplidor de sus tareas diarias, cortés, de buenos modales, con una preparación estrictamente básica de secundaria, en definitiva, ¡cuánta  aridez! ¡qué monotonía! ¡que sin sentido su vida! Envidiaba a los seres extraordinarios, irreverentes, vivaces, valientes, a los seres que exprimían la vida, que arriesgaban;  anhelaba discretamente para si misma ser uno de ellos.

Un atardecer, sola en el sofá de la sala, como casi siempre, ojeando el periódico del día que aún no había podido revisar, leyó un aviso que llamó su atención por el título del encabezado:

SU CARTA ASTRAL.
ASTRÓLOGA
LE REVELA SU PASADO,
PRESENTE Y FUTURO

Una palabra retuvo su atención “FUTURO”.

¿Y si fuera? Nada perdía con hacerlo, nunca se interesó por nada esotérico, pero ¿por qué no ir? Sería algo extraño en el juicioso orden establecido en su rutina diaria. Tomó nota en su típica agenda de secretaria de los datos del aviso de la astróloga y decidió que la tarde libre que tendría el próximo martes,  lo dedicaría a realizar esa rara visita; llamó por teléfono y reservó la cita. Tenía pensado preguntar, pregunta tras pregunta, quería ilusionarse con los pronósticos astrales que tal vez le depararían una vida más vivificante, más excitante, eso quería,  y sin silencio y sin soledad; quería indagar sobre lo que le ofrecería el futuro, su futuro hasta el último día de su existencia. Estaba determinada a planificar su vida dándole un giro radical.

Había aparcado el auto discretamente, no quería en lo posible que nadie se enterara de su visita a ese centro de esoterismo; esta actitud era insólita en el comportamiento al que ella estaba acostumbrada. Le brincaba suavemente el corazón, alborotado su “riesgosa aventura”. Nadie deambulaba por los pasillos ni en el ascensor que la llevó al tercer piso. Cuando llegó a la puerta se detuvo en seco y tras unos instantes pulsó el timbre tímidamente dos veces.

Una mujer cerca de cincuenta años, abrió la puerta, tenía alrededor del cuello, enroscada una delicada bufanda floreada en vistosos colores. Era hermosa, de facciones decididas, muy delgada, con unos ojos zarcos, el cabello bruno trenzado y una suave voz sosegada; con un gesto la hizo pasar.

Melina tras de si cerró la puerta con el indispensable ruido, se ajustó la ropa y se irguió celosamente; el piso estaba alfombrado, los pasos no se sentían. Nerviosa, no sabía como comportarse en esas circunstancias tan extrañas para ella.

Era una habitación alumbrada por luces muy tenues, el sol atrevido se deslizaba por las cortinas, Melina miró en derredor; repletas las paredes y los estantes de figuras y gráficas esotéricas; un Maneki-neko, gato japonés de cerámica dorada que le pareció descomunal, agitaba imperioso y sin descanso su pata izquierda en un vaivén constante. Unas figurillas talladas de aves fénix permanecían estáticas en su renacer inmortal de las cenizas, cajas impresas con el nombre “runas”, tres péndulos de los que colgaban guijarros transparentes, cartas de tarot desplegadas unas en lecturas y otras cuidadosamente guardadas en sus estuches, piedras de cuarzo de diferentes y delicados colores, velas todas ellas encendidas de diferentes tonalidades verdes y rojas, colocadas en lugares estratégicos; cojines de chillones colores apuntalados en los dos sofás, y libros, muchos libros esparcidos por todas partes, algunos hasta en el suelo. Hacia el centro una mesa redonda con un mantel de azul intenso y sobre él, una vela blanca encendida, un vaso tallado hermosamente lleno de agua, un pliego doblado en cuatro partes, varios bolígrafos de colores verde, azul y rojo, una regla milimetrada, una pequeña libreta de anotaciones y un hermoso jarrón con tres calas blancas y tres rojas. Melina estaba acostumbrada a puntualizar minuciosamente, siempre lo hacía donde quiera que llegaba, por eso reparó en todos los detalles de la estancia. La luz del día cruzaba sutilmente los cortinajes de un azul muy claro.

La pitonisa le dijo que se llamaba Asdelia, y estaba dispuesta a ayudarla en sus inquietudes sobre su pasado, presente y futuro, tal como lo anunciaba en el aviso de la  prensa. Melina categórica le respondió que solamente le interesaba el futuro, que su pasado ya lo conocía y el presente lo estaba viviendo. Que lo único que quería era saber todo lo que se presentaría en su vida a partir de ese mismo día hasta el final de ella. Que estaba determinada a rehacer su monótona y sosa existencia de una vez por todas.

Asdelia se estremeció levemente, luego se aflojó hasta lograr una serenidad relajada y perfecta. Le respondió, que entonces, en ese caso, las runas, el tarot y el péndulo estaban demás. Que lo más adecuado era, realizar en su presencia su carta astral, donde además del pasado y presente que no le interesaban por conocidos, se aclararían hechos y dudas sobre su futuro hasta el último día de su vida; a lo que Melina convino entusiasmada.

La sibila colocó música de fondo en su aparato reproductor. Melina esperaba una música relajante y anodina como la que sus amigas le habían echo escuchar en  supuestos ratos de estrés en reuniones grupales. Pero se sorprendió cuando escuchó por primera vez La danza del fuego, con sus apasionadas y enervantes notas.

El sol estaba ahora imparcial frente a la ventana, anegándolo todo con su luz amarillenta, la estancia ganó luminosidad. Asdelia desplegó sobre el mantel azul oscuro de la mesa, un plano donde aparecían en tres círculos concéntricos los doce signos zodiacales, las doce casas astrales y los grados en cada una.

Le pide a Melina los datos necesarios, día, mes, año, hora y lugar detallado del país, estado y ciudad donde nació. Toma la regla, la computadora portátil con el programa astrológico y empieza a colocar símbolos y trazos de diferentes colores, todo ello rápidamente con mucha destreza. Después de casi media hora, con el rostro satisfecho, le dice que ya está lista su carta astral. Los signos zodiacales, los planetas regentes y secundarios situados en las casas astrales respectivas, los aspectos entre ellos con sus cuadraturas, textiles, trígonos, conjunciones y oposiciones, los nodos lunares con la cabeza del dragón o puerta abierta y la cola del dragón la puerta cerrada, la rueda de la fortuna y el temido hyleg.

Empezaba la parte más interesante y conmovedora de la lectura, dar contestaciones a las preguntas que deseaba hacerle; ante ella se extendían en la carta astral las repuestas. Melina estaba nerviosa, empezó por preguntas como: si me mudaría de donde vivo, si lograré graduarme de periodista, si ejercería con logros la profesión; y cómo reaccionarían sus padres y sus amigas. ¿Y si volviera a casarse? ¿el matrimonio duraría hasta el final de su vida? ¿tendrá hijos, viajará al exterior?… y  otros detalles.

A todas esas preguntas la mujer le respondía con un escueto “no”. Eran un “no” tras otro como respuesta a las preguntas que Melani hacía. La astróloga los pronunciaba secamente sin inflexión alguna, como ecos.

Eran desatinados los “no” como respuestas; absurdo, inimaginable, que no se mudaría nunca, que no se graduaría ni trabajaría como periodista si obtenía tan buenos resultados en su carrera, que sus padres y amistades no tuvieran ninguna reacción; que no se casaría una vez más, justamente ahora que estaba enamorándose de un compañero en la facultad; que no tendría ningún hijo, ni viajaría… nada, es que ¿no sucedería nada en su vida a partir de ese día?

Melina, tenía los músculos rígidos, como si hubiera estado inmóvil durante horas, sin embargo, el sol apenas estaba algo más bajo y algo más rosado. La astróloga seria y también angustiada hacía silencio, temía que le hiciera la pregunta decisiva que aclararía los “no”. Durante un rato solamente se oía a Manuel de Falla en sus exaltadas notas de La danza del fuego sin cesar.

Le era muy difícil, casi imposible preguntar por su muerte, cuando y como acaecería. Era su última pregunta y así lo había determinado antes de llegar a la consulta; y ante esos angustiosos “no”, más acuciante era la  consulta, no entendía hasta el momento, nada de nada. ¿Por qué no sucedería nada? Con un gesto agitó la cabeza como quien pretende sacudir incertidumbres, su rostro cambió de expresión, una inquietud indefinible, se había vuelto un momento determinante en la experiencia de su vida, además, sabía de sobra, que el desconocimiento de los hechos no impediría que éstos sucedieran.

Asdelia, la astróloga, desde que elaboró la carta astral, sabía la respuesta a la que sería la última pregunta de Melina, en caso de que se atreviera a hacerla. Por ello, no se había detenido en dar argumentos a cada uno de los “no” que dio a todas las interrogaciones que ella le había expresado.

Silencio, sólo la música de fondo, el sol furtivo a través de las cortinas y la carta astral desplegada sobre la mesa. La joven contemplaba absorta el papel extendido, ahora amenazante sobre el tapete azul.

Chascando la lengua y con un gesto de estoicismo Melina preguntó: ¿Cuándo moriré?

Asdelia revisó y repasó nuevamente todos los cálculos que había realizado, revisó todo lo concerniente al hyleg: el sol, la luna, el ascendente, la fortuna, el Alcodon o “dador de vida”, el Anareta o “dador de muerte”, los regentes, la casa 8 de las enfermedades, los planetas Marte y Saturno, los planetas regentes, todo, nada se le escapó, todos los lugares aféticos. Las respuestas que le había dado a Melina eran las que la carta astral daba y ella transmitía.

El Hyleg señalaba el 21 de octubre de 2014 y, ese día era martes 19 de mayo de 2014.

A Melina, el mundo se le desvaneció y con él, el sentir de la vida. Atónita miró alrededor, los ángulos de las paredes se habían distorsionado, las manos perdieron sus contornos, percibió el estallido del declive de la existencia.

Respiro hondo, aspirando todo el aire que podría caber en su alma y muy alterada alegó airada, que estaba en la plenitud de su vida, que quizás no era muy feliz, pero morirse tan pronto. ¡No! ¡Imposible! ¡Un desatino!

El cuerpo se le agarrotó, se negaba aceptar la respuesta, siglos duró el suspiro que emitió su garganta abrumada por la invasión de las nuevas imágenes que se creaban en su mente. Repentinamente el mundo se había detenido y todo lo que la rodeaba estaba cargado de muerte; en instantes se ocultaron todos sus afanes. ¡Pasará ese tiempo tan breve y moriré! repetía casi gritando.

Se puso de pie, temblorosa se apoyó en el borde de la mesa con la frente helada y el estómago encogido; con la mirada clavada en el papel de la carta astral, se inclinó hacia la mujer en un intento de reclamarle, de gritarle, de insultarla.

Asdelia sentía dolor, el dolor ajeno que también es doloroso. No hubiera querido darle esa respuesta, pero la integridad de su profesión de astróloga lo exigía moralmente; además Melina desde el inicio de la consulta se lo había exigido claramente, era el único motivo, su futuro hasta el último día de vida.

Melina se levantó mareada, estremecida, en sus oídos zumbaba el ruido de la vida,  se quedó ahí de pie largo rato. Al cabo, muy despacio se dirigió a la puerta, Asdelia la abrió, intentó darle un abrazo pero Melina la contuvo, un latigazo de temor sacudió su cuerpo.

En un primer momento no sabía discernir lo que había pasado. Pero en instantes se recobró y con el corazón de plomo, la boca reseca totalmente y el miedo instalado en sus carnes, empezó a caminar dando vueltas, hasta que agotada subió a su carro y volvió a su apartamento.

Una vez en su interior, le parecía que los objetos temblaban. El silencio y la soledad esta vez eran desmedidamente opresivos, en su ausencia se habían adueñado del lugar. Se asomó al ventanal, anochecía, la luna en menguante pendía del cielo y una sensación de precariedad y desgracia se le agolpaban en el cuerpo. Respiro profundo intentando deshacerse de la pesadumbre de su pecho; tenía que fortalecerse; estaba amedrentada por esa condena a muerte.

Transcurría el tiempo agobiante, tenso, veloz. El sol amaneció mucho después que ella, y se encaramó en el arco del cielo; no era ya un día rutinario como cualquier otro; ahora, los días se hacían cada vez más breves, brevísimos, sobre su rostro temblaban seguidamente las lágrimas de la desesperación.

Dejó de ir al bufete de los abogados, de asistir a las clases en la universidad, de salir con los amigos y las amigas, de contestar  las llamadas limitándose a oír los mensajes y responder a cada uno con una escueta excusa. Se quedaba enroscada cada vez más en la cama, o deambulaba por el apartamento, sin apetito, sin alicientes, con un cansancio infinito, fatigada y perdiendo la lucidez.

La muerte la había entumecido en su definitiva cercanía. Melina, inspiró hondo, se apuntaló en su propio miedo, se atrincheró y se dispuso a intentar resistir. Ese mismo día resolvió realizarse una revisión médica completa y dado el caso, cumpliría todo lo prescrito por los facultativos.

Nada detectaron los exámenes médicos, gozaba según los galenos de muy buena salud. Regresó algo fortalecida a su apartamento; ya atardecía y se preparó una taza de chocolate caliente con bizcochos que no saboreaba con deleite desde hace tiempo.

La próxima semana iniciaba el mes de Octubre, lo encarará. Sin embargo, algo en su interior sigue atormentándola. Lleva ya cuatro meses con un agobio y tristeza desmesurados,  se pregunta ¿me habré sugestionado tanto para llegar a estos extremos? Un rumor de miedo sigue resonando en su cerebro.

Es 21 de octubre. No podía evitarlo, el día entero se mantuvo con un apretado nudo en el estómago, una angustia y un desasosiego que estruja y afloja su organismo entero a medida que transcurren las horas. No se atreve a hacer nada. Se recuesta en el sofá a ver sin ver la televisión, abstraída en pensamientos todos ellos desvaídos y angustiosos.

Al llegar la noche, un fuerte dolor de cabeza, la decide a hacerse un té relajante, tomar un analgésico y acostarse a dormir. Total, en pocas horas acabará el maldito día.

Los padres se abrazan sollozando desconsoladamente, Las amistades de Melina conversan quedamente; comentan cuan rara estuvo desde finales de mayo. Como se había retirado de todo, estudios, trabajo, distracciones. El velatorio era silencioso y sencillo como ella lo fue.

Al día siguiente, en el periódico aparece la esquela de su fallecimiento; en la misma página, al mismo lado, el aviso que la astróloga publica diariamente ofreciendo sus servicios.

Murió Melina, su falta no afectará en lo más mínimo la existencia del mundo.

La vida no es sino un constante y desesperado combate siempre fracasado contra la muerte.

GILMAN Y LA PARCA

GILMAN Y LA PARCA

María Cristina Solaeche Galera

La muerte llama, uno a uno,
a todos los hombres y a las mujeres todas,
sin olvidarse de uno solo -¡Dios, que fatal memoria!-
y los que por ahora vamos librando, saltando de bache en bache
como mariposas o gacelas, jamás llegamos a creer
que fuera con nosotros, algún día, su cruel designio.
Camilo José Cela.

Hay cementerios solos,
tumbas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.
Pablo Neruda.

¿No sabes? El tamaño de tu muerte cabe en el puño de tu mano crispada.
Tu vida empieza allí donde se mueva  tu primer gusano.
Ángel Miguel Queremel.

Gilman no sabía si estaba soñando una violenta pesadilla, o era la fiebre que le hacia alucinar.

El padecimiento está agazapado en su cuerpo; hace ya 21 meses que los médicos le han diagnosticado su terrible mal; el dolor, la fiebre intensa y las limitaciones son casi constantes.
Su compañera Adelle, duerme desde hace unos meses en el sofá de la sala para no importunarlo, y vive siempre pendiente del mínimo gesto de él; ella, ha dispuesto con esmero la habitación de la mejor manera posible. Una cama de hospital alquilada con sus manubrios y su colchón antiescaras, la bombona de oxígeno, los medicamentos ordenados meticulosamente, frescas flores blancas que son las que siempre le han agradado y con las que la enamoró, la televisión, un aparato de sonido con auriculares y la música que a él le agrada. Cambió las cortinas, estas son de un alegre colorido claro que dejan traslucir suavemente la tenaz luz del sol, y el aire acondicionado refresca deliciosamente la estancia. Dos veces al día lo visita el médico de cabecera con la consiguiente rutina, más sin esperanzas nuevas; y cada tres días, llegan sus dos hijas a entretenerlo con conversaciones, y ponerle al tanto del resto de la familia y amistades.

Gilman, enfermo,  continuamente dolorido, acostado, casi inútil, se esfuerza en no caer en el desespero. Casi siempre  callado, sonríe con esfuerzo a cada atención. Para su interior llora, llora desconsoladamente.

Se da cuenta, que sus oídos se están sensibilizando de una forma casi intolerable, se lo dijo al médico, éste le advirtió que era una de las consecuencias de su padecimiento; y de noche, cuando el silencio intenta dominar los ruidos de la calle, el mínimo bisbiseo le sobresalta los tímpanos.

Esa noche del miércoles 19 de agosto, alrededor de la 12:00, la barahúnda de ruidos por mínimos que sean lo agobian, tiene la fuerte sensación de que están encajados en sus oídos.

Algo hay esa noche en el ambiente que lo atemoriza. Empezó con un fuerte hedor a moho y un zumbido extraño;  se encontró mirando fijamente en el borde inferior de su cama a un ser monstruoso, de descomunal  altura desde el suelo al techo, con la cara diabólicamente humana, de encorvada espalda, con una mirada maligna en las oquedades herrumbosas de los ojos, con ropajes pardos que se agitan a un violento viento que Gilman no siente, con un aspecto de malevolencia y regodeo, todo cercado por un vapor gris y viscoso y una voz mascullante y ensordecedora que le aguijonea los tímpanos.

Le parece que no camina, ni vuela, repta, culebrea. Es una figura angulada de un color desconocido, con trozos orgánicos blancuzcos y  glutinosos, y partes inorgánicas pétreas; una confusión de rugidos que lo acompañan retumba en su cerebro. Cada instante se acerca más hacia él con un repulsivo carcajeo y agitando amenazante una ciclópea guadaña amarillenta como un monstruoso colmillo.

A Gilman, los brazos, las piernas y el torso no le responden ni a un exiguo movimiento. Hacia él, avanza coléricamente el bestial ser enroscándose sibilante en si mismo, en una danza macabra que amenaza pavorosamente a su macilento cuerpo. Unas garras descomunales le aferran la garganta, un ardor en la cara y, repugnantes tentáculos que se agitan aferrados a su enfermo organismo.

Fiebre, pesadilla, desvaríos, alucinaciones…
¿Qué sucede?

La maléfica luminosidad grisácea y pegajosa del ente, se chorrea con su miasma por la habitación, por las sábanas, por su maltrecho y fatigado cuerpo. Se le nubla la vista, se aferra desesperadamente de la balaustrada de la cama, su cabeza se incrusta aterrada hacia atrás en la almohada, quiere gritar, llamar a Adelle, ella no puede escucharlo, pues apenas un desesperado gorgoteo inaudible sale de su boca. Sus oídos cacofónicos oyen ahora un alarido triunfal, un espeluznante grito ensordecedor que hace estallar ante él un abismo oscuro y vacío, el que espera después de la muerte.

En su pánico, Gilman se da cuenta, que está allí el final de su vida, que se termina su existir, que no volverá a respirar el mundo, que ni un soplo moverá sus labios, que su mirada le pertenecerá al vació de la eternidad, a la más absoluta ausencia de todo.

Está allí, ella, la muerte, la Parca, llegó por él; al final cortó los hilos del telar de su vida con su afilado hocino.

En medio de chillidos atroces y repugnantes  contorsiones, el monstruo, con la punta corva y afilada de la gigantesca guadaña, atraviesa la boca de Gilman.

Aquel jueves 20 de agosto, la muerte, La Parca, llegó por Gilman.

SOLITARIA

SOLITARIA

 María Cristina Solaeche Galera

 Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras.
Solamente las piedras conocen el reverso de los muertos.
Olga Orozco.

Un gran dolor pule los huesos de la casa.

Luz Machado.

La casa nos ayuda a decir: seré un habitante del mundo, a pesar del mundo.
Gaston Bachelard

Y a un grito todas las casas
se asaltan y se despueblan.
Miguel Hernández.

A la orilla de la vida se acurruca el corazón de la casa.
María Cristina Solaeche Galera.

¿A dónde se fue? ¿A dónde?
Lo sacaron por mi puerta, por mi boca; en una camilla, los ojos de mis ventanas lo vieron todo.
¿Quiénes forzaron la cerradura?

Mi puerta, mi boca, daba al tiempo y a la vida.
Doy vueltas giro mareada en los espacios de antiguas cuitas y regocijos, lloro y pregunto.
¿Por qué se alejó?

Me había echo amiga del sol para que iluminara su sala y las plantas del balcón; ahora, estoy siempre debajo del ala de la noche. A veces, la llovizna tintinea en las flores lilas.

Se fue, no me avisó, amaneció y se fue, se fue de mi cielo a no sé dónde.
¿Acaso a su último sueño?

La congoja de la ausencia se prolonga, esta soledad trastabilla los pasos que ya no siento sobre mis suelos, quedó el vértigo y la mirada de ceniza del ventanal. El dolor del alejamiento se ceba, se ceba en cada una de mis estancias.

Recorrí día a día, tiempo a tiempo, sus pasos, sus gestos, sus miradas. Era silenciosa y acogedora la noche, mientras su noche dormía, hoy, es crecido zumbido de caracol.
¿Acaso no volverá en mis sueños?

El amor nos hilvanó para el vivir, era la perla de la ostra que soy.
Hoy, mis costados están secos, sostengo los cuadros que se detuvo a contemplar, sostengo los muebles por sostener, las porcelanas estáticas pretenden seguir decorando, nada resbala de la mesa inmóvil rodeada de rígidas sillas entre el mantel y el cubierto; sostengo todo, porque todo quedó aquí, no se llevó nada, nada, hacia allá donde dicen que de algún modo se existe… no me llevó consigo a la estancada perpetuidad.
¿Por qué no me llevó?

Solía asomarse tímidamente a los espejos, muy de vez en vez; se fugó su imagen, se la llevaron con su cuerpo.
¿Qué reflejan ahora?

Estoy transformándome en cortezas, ya no tomo préstamos al color de las flores lilas del balcón, ellas, aún no se han enterado, todavía florecen.
¿Dónde está la casa de mi hogar?
¿El hogar de mi casa dónde está?

Se levantan airados los recuerdos; los míos que eran suyos, están por todos los lugares, están en mi corazón de piedra.
Estoy quebrada, detenida en un tiempo que desconozco. Mis ventanas ya no se asoman afuera, al mundo: son hoyos las que eran mis ojos.
Sus huellas quedaron en el aire mío y se agiganta el silencio que cruza callado y fantasmal excavando en mis espacios.
¿Cómo embrazar su cariño?

Para entrar en la muerte le valió mi puerta, mi boca. Nada sigue igual, me estoy desvaneciendo.
¿Acaso me contraerá el olvido?

Mis lágrimas son duras, secas, son de argamasa, son amarillentas como guijarros,  surcan desde mi vientre de piedra que entona el canto torpe del desaliento.

Se tornan sordos y quebradizos mis huesos, los mismos que sostuvieron sus realidades.

La insignificante distancia de un paso, un solo paso hacia fuera de mi umbral, separó las sombras nuestras y sume el corazón hacia adentro.
¿Acaso no guarda ya la llave de mi puerta?

Me encojo, me atrinchero, me agazapo, inútil.
Se fue, lo sacaron por mi puerta, por mi boca. Lo sacaron sin prisa, con el cabello desordenado, lívido, sin la luminosidad de su mirada por delante, con un pensar perdido y una sombra de eternidad en sus manos.

Una estela mortecina quedó en el aire memoria abajo, y aquí quedé yo, como el relente, solitaria.

Título: Elefante Rojo
Autor: Ricardo Renedo.
Técnica: Óleo sobre lienzo.
País: España.