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EL INSOMNIO DE MATÍAS. María Cristina Solaeche Galera

¿Qué es el insomnio?
La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta.
Es tener y contar en la alta noche las campanadas fatales,
es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los párpados (…)
es saberse culpable de velar cuando los otros duermen,
es querer hundirse en el sueño y no poder (…)
es el horror de ser y de seguir siendo,
es el alba dudosa.
Jorge Luis Borges.

La noche llega, el poniente se ilumina con tonalidades nacaradas. Matías es un hombre alto, enjuto de carnes, con una edad que frisa en los setenta, y está es, otra noche mas intentando dormir; se acuesta puntualmente como todos los días, alrededor de las doce y media de la noche; su mujer Florelia ya está dormida

Igual que muchas noches anteriores, se repite el mismo agobio, no logra conciliar el sueño. Da vueltas en la cama, boca abajo, de lado, hacia arriba, se enreda en la sábana, prende la luz de su mesita de noche, y lee unas páginas del libro que está en su mesilla; le escuecen los ojos, ya es suficiente, ya es suficiente, se repite y apaga la pequeña luz de nuevo; en las primeras noches hasta contaba ovejas con los ojos cerrados una, dos,…setenta,… cien… y no terminaría nunca la cuenta.

¿Tendrá que ver con el pensar? se dice. Amigos le aconsejan que ponga la mente en blanco, como si se pudiera vaciar la mente de los pensamientos ¡qué idea tan absurda!

¿Cuál habrá sido el motivo, las causas de no poder dormir? Matías repasa mentalmente los recuerdos y las ideas y cree, que no existen motivos para esta angustiante situación que padece.

La noche se alarga, el silencio se hace más callado aún; Matías escucha su propia respiración. De nuevo, vueltas tras vuelta en la cama, tratando de encontrar la postura adecuada, pero nada sucede, los párpados ni se entornan. El insomnio se apodera de su noche, de otra noche mas, él tiempo y el no dormir se eternizan en un desvelo irremediable.

Se sienta en el borde de la cama con cuidado para no despertar a Florelia, con ambas manos en las sienes, intenta pensar de que manera podrá superar este insomnio que se ha convertido en una tortura.

Se levanta a tientas, busca las pantuflas y de nuevo a rondar la casa otra vez, en ella reina un profundo silencio y se deslizan cómplices las sombras de la noche que dejan su tinte oscuro en los muebles, los enseres, por toda ella. Matías vislumbra la puerta que sale al patio, sale y se sienta en un banco, la brisa nocturnal es templada; pone atención y escucha el rasgueo de una guitarra, es el joven noctámbulo de la casa vecina que toca y compone de noche y duerme de día; anda y desanda el patio, espera con una pequeña caminata cansarse un poco mas de lo que ya está.

Regresa a la cocina con la boca seca y se prepara un te relajante, ni siquiera está soñoliento; Mi taza de te y yo, ambos insomnes, se dice. Nunca, nunca antes de estos infernales veintinueve días, le había sucedido algo así, siempre el sueño le llegaba puntual y reconfortante.

De nuevo entra y se asoma al ventanal de la sala, ve todo en penumbras. La luna con su liquida luz, se derrama sobre las casas, y los escasos árboles del barrio de su calle.

Ralph su gato gris rayado, amodorrado lo acompaña en sus andares, se despereza cada rato al seguirlo en su paseo nocturnal y de vez en vez maúlla incómodo, él aún no se acostumbra a estos paseos nocturnos de Matías.

Es tiempo de vigilia forzada, Matías repasa el techo y las paredes de la casa, detalla manchas que nunca antes había notado; resaltan a sus ojos los exóticos dibujos negros en el pelaje del gato gris rayado, y las delicadas formas de los encajes de las cortinas de la sala, en las que nunca había reparado.

Las 4:20 a.m. y sigue despierto esta noche también. Su esposa duerme placidamente, casi nada altera su sueño.

Poco a poco, noche tras noche, se ha vuelto habitual, normal, no dormir definitivamente nada, y ni siquiera una cabeceada de día; la desesperación lo vence. Ha llegado al extremo, de aguardar con impaciencia el amanecer, los ruidos del barrio y todo aquello que signifique vida diurna, para intentar acoplarse al ajetreo de la vida. Pero, aún es de noche y todavía la luz de la alborada no clarea.

Al fin amanece, Matías ve el resplandor mañanero a través de las cortinas de la ventana; ya se conoce al detalle las variaciones en la luminosidad tenue de ese momento.

No lo agobian problemas familiares, ni económicos, ni laborales. Sus tres hijos son ya universitarios graduados ejerciendo sus profesiones y con hogares felices. No atraviesa desde hace mucho tiempo otras situaciones estresantes que no sean las agobiantes causadas por el pertinaz insomnio. No encuentra causas identificables para esta vigilia nocturna noche tras noche.

Recuerda entre opacidades, aquella primera noche que no puedo dormir; no sé explica que había sucedido que lo trastocó todo; no encuentra razones, ni la más nimia. Al principio, solía repasar mentalmente los sucesos del día, después serían los de su vida Cuántas veces se ha preguntado ¿qué es el insomnio? La pregunta se le hace ya retórica, demasiado bien sabe él la respuesta, se la ha hecho y respondido tantas veces en las avanzadas horas de la noche, mientras el cuerpo se agobia y debilita.

Con gran desasosiego acude a los médicos. Lo encuentran saludable y mentalmente sano, excepto, por ese problema de no poder conciliar el sueño; un insomnio crónico le diagnostican. Unos le recetan distintos psicofármacos para combatirlo, otros, los naturistas, le recomiendan los recursos naturales de diferentes hierbas, ejercicios relajantes, la meditación, el yoga y la acupuntura; recursos todos que han resultado inservibles para su padecimiento.

Los familiares y los amigos lo encuentran cada vez más irritable, extraño, distante. El afable y trabajador Matías se está agriando, su maravillosa sonrisa magnética ha desaparecido, y la desidia en las labores aumenta día a día.

Imaginar que tiempo atrás dormía tan placidamente. Si continúa así teme enloquecer. El rostro de Matías ya empieza a mostrar los estragos del insomnio, y no logra por mas que se lo propone, saber que le sucede, ni el porque. Suele verse en el espejo y preguntarse ¿Qué me sucedió aquella primera noche que se desencadeno este insomnio?

Está hastiado, agotado, muy cansado. La ansiedad lo agita constantemente, no le apetecen los alimentos; está haciendo mella en su salud; sufre de mareos, zumbidos en los oídos y mantiene los ojos rojizos y vidriosos, el rostro siempre ojeroso refleja sus luchas todas las noches por querer conciliar el sueño.

Quizás retomará el cigarrillo, pero… le había prometido a Florelia que no fumaría más, y de eso hace ya casi un año, aunque siempre tiene una cajetilla guardada por si un acceso de ansiedad lo acosa. Y ¡acaso no era su situación desesperante! Fumará, claro que fumará, y enciende el cigarrillo aspirando con deleite.

El insomnio llega siempre, como una gran ola silenciosa, amenazante, imperiosa. Al llegar el amanecer, se retrae, pero queda latente, en espera, acechante durante el día a que la noche llegue, y cuando anochece, se acerca sigilosamente hasta adueñarse totalmente de la noche de Matías.

La noche del 25, Matías, ya por hábito, fatalmente resignado, todo adolorido, se recuesta una vez mas de tantas y tantas en la cama, apenas para intentar reposar algo su cuerpo. Mira A su alrededor echando un vistazo por la habitación que parece girar, siente una fuerte presión en la parte posterior de la cabeza, un hormigueo en sus piernas, y el escozor en lo ojos es tan intenso que le resulta insoportable; llora silenciosamente. Está renunciando a casi todo, que ya es casi nada, no puede imaginar el tener que soportar una noche más así.

Mañana 26 de abril, cumple setenta años y se pregunta en un murmullo a sí mismo:

-¿Tiene sentido alguno seguir viviendo así?-

El mismo se responde:

-¡No, no quiero cumplir setenta y ni uno mas! No puedo resistir más tiempo. –

Los medicamentos, las terapias,, las sesiones médicas, los amigos, el entorno, nada ni nadie consiguió salvarlo de sí mismo y el insomnio a Matías.

Recostado manosea la pistola y con mano vacilante, la coloca a su alcance en la mesita de noche; lo que tenía que hacer lo había ya decidido.

Es domingo, un nuevo día. El cielo es de un azul claro y limpio, el sol empieza a asomar por el horizonte. Amaneció, está vez Matías no alcanza a distinguir las hermosas tonalidades de la luz mañanera.

La pistola sigue en el mismo sitio que la había colocado el anochecer del 25.

Matías aún duerme profundamente.

El insomnio ha sido magnánimo con él, para su cumpleaños, le regaló su indiferencia por primera vez en tantas noches, obsequio que perdurará hasta el final de la vida de Matías.

Después de tanto tiempo, esa noche, Matías había dormido plácidamente.

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UNA OBRA DE ALIENTO. Por María Cristina Solaeche Galera

¿Cómo describir mi llanto ardiente, mi odio encarnizado,
la desesperación de haber perdido el paraíso?
¡Oh, para ello se necesitaría ser escritor, y yo no lo soy!
Roberto Arlt.

Hay que seguir, siempre, intentándolo, siempre fracasando.
No importa, inténtalo otra vez.
Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett.

Al demostrar que la realidad puede ser fantástica,
desperté el odio de los que se habían dedicado a las obras de ficción.
Silvina Ocampo.

Nadie imagina la tragedia oculta en cada letra, en cada palabra, en cada frase que ya no escribo; llevo casi once prolongados años sin escribir nada.

He cumplido los sesenta y cuatro, tengo el pelo canoso, con una calvicie incipiente en la parte superior, tengo una nariz angosta, soy robusto por no decir regordete, me visto de chaqueta oscura y siempre llevo conmigo mi sombrero y los cigarrillos que no pueden ni deben faltarme; sobre cualquier parte del apartamento, suele reposar a la expectativa mi taza de café ya vacía con una colilla de cigarro aplastada en su interior. Tras dos fracasos de vida en pareja, decidí vivir solo. Me apellido Persale y mi nombre de pila es Horacio.

Antes, me bastaba ver a los ojos que me mirasen o no, escuchar las disímiles resonancias de las risas, el latido del paisaje y abrigar la vida que desborda en alegrías y sufrimientos, para que el ingenio de la escritura de ficción en contraste con la realidad, fluyera en cada trazo que escribía; todo lo que me rodeaba era mi aljaba de flechas mágicas, las que disparaba en trazos sobre el papel; ello me aseguró un espléndido destino como escritor, mi arsenal literario era continuo y me prodigaban elogios por mis novelas de ficción.

Después del éxito bullicioso que causaron mis publicaciones, mi entusiasmo decayó violentamente, se produjo un desmoronamiento. Algo ocurrió que no sé explicármelo. Algo que me llevó a no querer escribir más ficción. Miro hacia adelante, y el día de hoy, experimento el pavor del escritor que barrunta que ya escribió todo lo que pudo y no puede escribir más.
Kirkegaard afirmó, que la vida se vive hacia delante, mas es entendida hacia atrás.
Infecundidad, no garrapateo ni una línea. Me llamaron autor de ficción, me escucharon, me leyeron, me elogiaron, y de pronto, me encuentro con que soy incapaz de crear una frase original que justifique mi don y mi prestigio como escritor de realidades.

¿Cuándo publicas de nuevo? ¿Sobre que estás escribiendo? ¿Qué universo recrearás? ¿Cuál nuevo mundo fantástico nos espera? Preguntas discretas, indiscretas, irónicas o francas.

Me prometí enérgicamente muchas veces durante estos años en blanco, escribir un nuevo género literario: la narrativa autobiográfica. Tengo que atreverme y aventurarme a enfrentar la vida interior; que la obra sea vivencias propias, el retrato literario de un rostro, el mío.
Ya lo dijo Saramago “Se vive para decir quiénes somos”.
Pero, todo parece inútil, como si fuera una esperanza desproporcionada con mi propia realidad o una absurda terquedad creadora.
Sin embargo, con amor propio de escritor, me propongo empecinadamente escribir de nuevo sin cavilar; embriagarme de propósitos, incitar a la lucidez que precede a todo acto creador.

Me encierro en el escritorio y me apoltrono en mi sofá-cama de espaldas a la ventana; por la que penetra un alegre solecito y asciende de la calle un ruido estridente de una sirena a la distancia. A mis pies echada siempre, Mirol, una perra callejera color arena, con un rabo cansado y un corazón siempre dispuesto a acompañarme, que había llegado a mi puerta agobiada por el abandono, y lleva conmigo cerca de nueve años, me sigue a todas partes, persistentemente, con la comprensión del que lo entiende todo en su mirada. En una estantería de la biblioteca permanecen ordenadas todas las ediciones de mis libros; fumo concentrado en vigilar las caprichosas volutas de humo a contraluz y saboreo un aromático café, calzo mis pantuflas de felpa, silbo, jugueteo con las teclas de la computadora, las cuartillas y los bolígrafos, me levanto, me siento o recuesto de nuevo, doy vueltas en la habitación; solo entre cuatro paredes, solo de soledad, solo de solamente; a la espera de la maravillosa fuerza que me inspire una escritura valiosa. Lo único que me provoco, son accesos de tos por el tabaco y el agobio de un ermitaño, además, parecen no faltarme nunca motivos inventados o no, para interrumpir mis propósitos.

Por más que insisto, por más que me grito a mí mismo que soy un buen escritor, que ya lo he demostrado durante mucho tiempo, quedo inmutable frente a la página en blanco del papel o ante la pantalla limpia de la computadora.
Hago tentativas de provocar a la inspiración, de infiltrarme en mi subconsciente, todo es infructuoso, me indigno contra mi incapacidad.

Al adentrarse la noche, me asomo a la ventana de mi undécimo piso donde vivo; desde ella, se ve un fragmento de la ciudad iluminada, un brazo de lago y una escasa hilera de coches. Un leve resplandor irradia siempre a esa hora la estancia, es como un aura blanca resplandeciente con sesgos amarillos, es la curiosa luna acechándome con claridad indiscreta. Afuera, en el oscuro cielo, se erige para mí el universo del sonido del lenguaje, se recrea cada noche y se deleita en sus voces, mientras yo, me quedo inmóvil en el mundo del silencio y ya no acierto a imaginarlo. Al despertarme en la penumbra que antecede al amanecer, busco a tientas los restos del sueño que permanece en mi conciencia y no los encuentro.

Cualquier trama que me sugiere la mente, ya la había escrito con anterioridad; necesito crear una nueva obra que me de el frenético hálito que tuve en el pasado, Una obra de aliento, así llevará por título, hasta he pensado utilizar un seudónimo; me urge escribir un libro sobre la desolación del escritor que ya no logra escribir, me hastié del tema de la ficción y trato de desviarlo radicalmente; quiero escribir mi historia, el testimonio de cómo un literato permaneció y emergió de la bruma después de once años de esterilidad. No pondré al narrador a contar cosas, seré yo mismo quien las estaría contando, pues el espacio entre el autor y lo que se cuenta, suele estar ocupado a veces por el narrador como intermediario. En la autobiografía hablaré conmigo mismo; me transformaré en dos personajes que mantienen entre si un diálogo donde nadie nos interrumpe, el escritor y el yo ficticio paciente y perverso al cual me dirijo y que siempre está presente, ve y escucha cada palabra. Reconozco que parte de mi interés en escribir una autobiografía, es poder revelar lo oculto mío que sólo yo conozco y estoy convencido, y que el lector busca develar esos secretos. Es momento de poner la vida del escritor que soy en mi escritura, donde el lenguaje elige como el yo se va a configurar tanto en la grafía como en la lectura.

Las semanas, los meses, los años, transcurren en la habitual progresión de los días; saco la basura, leo las noticias, como frugalmente, hago diversas llamadas telefónicas; al anochecer me voy al bar de la esquina a compartir con los amigos, allí, la bebida y la música me trasladan a universos invariablemente fantasiosos. Compañeros de diversión etílica, escuchan atentos las fantásticas historias que les relato; en mi quehacer literario había aprendido varias palabras en distintos idiomas y las intercalaba en la conversación, ellos estaban convencidos que yo hablaba varias lenguas y las mujeres que rondaban como mariposas, me admiraban excitadas por la bebida; la imaginación entre trago y trago, entre conversa y conversa, se me desata y me entrego a todo tipo de mundos imaginarios, inexistentes, eso si, todos ellos son con imágenes totalmente extrañas a la vida real que me rodea, son universos ficticios, la ficción me tiene encadenado.

Suelo asistir frecuentemente a eventos y tertulias literarias, y de vez en vez, doy alguna charla sobre el arte de la narrativa ficcional; sin embargo, no encuentro inspiración ni indicio alguno que me motive a emborronar alguna hoja, con hechos y personajes reales y existentes en mi propia vida cotidiana y con mi propio yo. Le echo la culpa al país, a las guerras, a las crisis económicas, a la cibernética, a las multitudes, a la música escandalosa, encuentro un culpable de mi ineptitud en todo.

Garabateo palabras sin sentido, arrugo papeles hasta reducirlos a una bola y los arrojo a la papelera, me surgen hechos pero nada significativos; de un modo vago lleno hojas con historias que no interesan a nadie, ni a mí mismo, me siento abotargado. Había creído siempre, que cuando un escritor quiere escribir, lo puede hacer, que escribe sobre lo que quiere, de día, o de noche sacrificando horas de sueño, en la cafetería, en cualquier sala de espera o en la barra de un bar, donde sea y como sea, cuando lo desee; sin embargo, encontré millares de explicaciones para justificar mi fracaso, mi ineptitud para publicar un libro que me satisfaga.

¿Qué me falta para lograrlo? ¿Quiero escribir sobre mi verdad? Lo que hasta ahora había escrito en mis novelas fantasiosas no provenía de sucesos vividos por mí, todos eran personajes y hechos irreales, ficticios. Hace tiempo, que la ficción ya no me dice nada como género de expresión, anhelo centrarme en la autobiografía, donde la fantasía apenas interviene. Me intriga la inversión que me propongo de los temas, de la ficción a una realidad donde yo debo ser el relator de mis acciones, el custodio de mis papeles, mi propia encrucijada ante el mundo, la sombra que evidencia mi alzada.

¿Seré capaz de escribir mi realidad? ¡No, no lo voy a lograr! ¡Ya no llegaré más lejos! suelo decirme con consternación, más inmediatamente me digo que debo, que debo hacerlo, que tengo que hacerlo, que lo puedo lograr; escribir sobre la verdad de lo por mí vivido, palpado, oído, nada de ficción, me saturé; hace años nunca lo hubiera pensado así. Al organigrama de mis obras le hace falta un cambio, una entrada realista, sublime y generosa de mis circunstancias. Tengo necesariamente que darle un remezón al escritor que me habita.
Las páginas narrarían lo que soy, lo que puedo ser, cada letra cifraría el oscuro signo que quiere decir mi vida de novelista de ficción extraño a la realidad. Puedo y debería crearlo, total, siempre vivimos en la memoria, habitamos en ella.

Un escritor de novelas, describe y narra situaciones que erige partiendo de la enmarañada complejidad de la realidad; en cada palabra pretende una aproximación al lenguaje que es la morada del hombre, y en la descripción de esa realidad, inserta un soñadero que le permite al lector vivir una ilusoria situación dentro de circunstancias reales o irreales… Así recuerdo comenzaba la última charla que di hace más de un año.

El ser humano común, recela de la imaginación y hasta le suele inquietar a veces cuando ésta lo atribula con heréticas tentaciones, a sabiendas, que la tentación vencida se transforma en conocimiento, como afirma Michaux.
Yo, había demostrado con mi obra literaria, no ser un hombre común, no desconfiaba de mi imaginación y nunca me inquietaron las tentaciones, había demostrado no ser mediocre.

En mi exilio literario que tal pareciera se está convirtiendo en una adicción, sigo el hábito de toda una vida: leer, leo mucho, de ahí la selección actual de excelentes libros autobiográficos que me ilustren, motiven y sostengan para mi nuevo propósito en este tiempo de extenuación.
He leído y leo últimamente con gran interés y dedicación: el Diario íntimo de Amiel, Autobiografía de mí mismo de Sthendal, Diario de guerra de Jünger, Diario de Anaís Nin, los tres libros de Una autobiografía de Virginia Wolf, Diario literario de Léautaud… todos estos escritores cultivaron el estilo autobiográfico en muchas de sus creaciones, en formas anarquistas, proclives a la fragmentación, a la alteración y a la intermitencia de la vida, sin ataduras. Acabo de iniciar la lectura de una interesante novela Fils de Doubrovsky, autor de la narrativa de ficción aunada a la autobiografía, que él mismo califica de “autoficción”, y tengo por delante a Infierno de Strindberg.

Las cinco de la mañana, el gallo del vecino canta hoy como canta todos los amaneceres, adelantándose a la aurora de un día soleado de verano y Horacio Medelse, con la idea de iniciar una novela autobiográfica, un diario literario si los dos términos conjuntos tienen la significación que él quiere darles, prende su computadora y escribe:

Una obra de aliento.

Nadie imagina la tragedia oculta en cada letra, en cada palabra, en cada frase que no escribo; llevo casi once prolongados años sin escribir nada…

Autor: Manuel MArtin Morgado
Titulo: Pensativo
Técnica: öleo sobre cartón
Dimensiones: 42 x 30 cm
País: España
Año: 2013

¿ASÍ ACABA TODO?

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como traje sin hombre,
llega a golpear con anillo sin piedra y sin dedo
llega a gritar sin boca, sin lengua
ni garganta.
Pablo Neruda

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas rayas y un rostro pintado redondo
como la luna, que me mire, quiero.
Sylvia Plath

Vamos a morir, todos nosotros,
¡qué circo!
Charles Bukowski

Reclinado en la cama, ayudado de varias almohadas para que no lo sofoque la asfixia, Félix Ángel mira a través de sus recargados párpados semiabiertos, a unos tenues rayos del sol que atraviesan las cortinas, y se alargan sinuosos sobre la sábana y la cobija que lo cubren.

Está seguro de que va a morir, se siente morir, no hay remedio alguno que pueda evitarlo, y no se atreve a extender la vista más allá de la luminosidad de los rayos del sol; tiene aprensión de dar una ojeada a todo aquello que le rodea, y que muy pronto, no podrá ver, ni oír, ni palpar, ni sentir, cuando la muerte llegue.
Retraído en el límite de su mirada entrecerrada se siente más seguro, más protegido, apenas distingue los dorados hilos rizados del sol en la pelusa de la cobija que lo abriga.
Quizás tenga unas horas más, o unos días, o un par de meses si acaso. Ya debería no pensar en nada que le signifique vida, tiene que preparar su pensamiento para que este desaparezca ante el vacío que en que muy pronto se sumirá.

—Amor, la medicina con un trago de jugo de naranja que tanto te gusta.

Bebe dos sorbos con la pastilla, y devolviendo el vaso sonríe levemente a su mujer; intenta acariciar su corto cabello negro y besar su mirada triste pero no tiene fuerzas, entorna los ojos y suspira conmovido por su ternura.

—Así, así cariño mío, descansa— lo abraza delicadamente, le besa las mejillas y le sube la manta hasta el pecho.

Quizás, si hubiera estado solo, se hubiese puesto a llorar amargamente, o a gritar con rabia desesperado, pero con ella allí, su tan amada mujer, atenta a su menor gesto con una leve sonrisa en el rostro y las lágrimas siempre asomadas, no puede, no debe acrecentar su pena, la que ella siente por este hombre, su compañero, tan delgadísimo, tan exangüe, tan enfermo.

Félix Ángel respira y aspira lentamente como un fuelle polvoriento. Decide entonces, repentinamente, pensar, imaginar, en lo que le sucederá una vez que fallezca, y atrevidamente enfrenta este propósito; será una manera de estar aún aquí, en vida, y a la vez, muerto ante los demás, ahora es el mañana. La marea del universo trae y lleva a los seres.

Para él, allí acostado, esa idea se le desliza en el pensamiento. Bizarramente, imagina y piensa; detiene la mirada de sus ojos nublosos en el dilatado cielo raso y los entorna; no mueve los labios, ni un párpado, ni un dedo.

Unas formas imaginarias se mueven dentro de su pensamiento.

Se ve muerto, tal como él había visto a otros muertos; con rigidez pétrea, el rostro lívido y contraído, los labios de una palidez marmórea, los ojos turbios y céreos, todo él destemplado y frío.

Está en la funeraria, lo lavan, visten y peinan con total indiferencia, automáticamente y hasta con cierto asco; él mismo, siente en su imaginación, repulsión al pensar en las carnes de su cuerpo que empezarán a descomponerse pronto, envuelto en una acre neblina. Es muy difícil acostumbrarse a estar muerto, a tener una borrosa y letárgica conciencia de los restos de vida hasta anularse enteramente.

Ya está amortajado con discreción y elegancia, con su traje gris preferido, con la camisa y la corbata que había seleccionado con anterioridad, y las muñecas extáticamente cruzadas sobre su pecho.

– ¿Y el alma?– cavila Félix Ángel.
– ¡Ay! el alma existe solo en mí mientras estoy vivo, así que al dejar de existir…—reflexiona.
— ¿En donde quedé en mis pensamientos? Ah, ya, en el alma…mejor será preocuparme como me lo había propuesto, tan sólo de mi cuerpo.

Esá en su velorio rodeado de algunos familiares, de compañeros del trabajo como catedrático universitario y unos pocos amigos. Llegado a este punto del pensamiento, se ve a sí mismo dentro de una hermosa caja de nogal, con la tapa arqueada, barnizada y con broches dorados.

Los allegados lo están recordando momentáneamente en el funeral, se habla de lo bueno que fui en vida y de lo mucho que me van a extrañar; las flores en algunas coronas se esfuerzan en alentar la escena. La mayoría lo contempla unos momentos, con esa curiosidad que provoca el horror instintivo a la muerte, y que yo mismo he sentido delante de otros difuntos. Los amigos se detienen en su rostro, para deducir los estragos que ha hecho la muerte en él, la piel amarillenta pegada a los huesos del semblante y las orejas se han tornado casi transparentes, el endurecimiento pétreo de la frente y, en los párpados cerrados languideciendo sus recuerdos.

Le asalta la mente una pregunta que se hace el escritor Roberto Arlt:

¿Para que afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?

Cumplido el tiempo estipulado, la gente que lo acompaña se va distanciando.
Cierran el ataúd, y queda encerrado, inmóvil, aprisionado en el rígido abrazo del féretro acolchado, en absoluta oscuridad, en un silencio opresor. Ve en su mente la escena y la urna que les pesa; la levantan, atraviesan la estancia, bajan penosamente las escaleras, atraviesan un florido jardín y me introducen en un automóvil; los concurrentes, curiosos unos, temerosos otros, indiferentes los demás.

El cementerio está detrás de una colina, solitario y silencioso, todo es grisáceo y polvoriento, con algunos árboles que parecen abrumados por el lugar; el cielo es una fiesta azulada, ese día se han retirado a otros cielos las combadas nubes de la noche anterior. Allí, en el campo santo, pareciera que no llega nunca el aliento de la primavera, todo permanece estático, petrificado.

A algunos, les produce cierto alivio el saber que ellos aún gozan de la vida; casi todos adoptan un gesto grave y compungido, otros acaban charlando, rompiendo con alguna broma el aire de abatimiento; sin embargo, todos en común tienen un cierto quebranto, una embarazosa desazón, es el pensar que en algún momento serán ellos los protagonistas.

Lo depositan en la cripta familiar, los sepultureros echan las paladas de la tierra que generosa lo acogerá sin protestar; se queda solo en la incierta oscuridad de la bóveda, bajo una lápida con su nombre completo Félix Ángel Galindo Elmersu, y las fechas de su nacimiento y muerte 15-1-1938—21-7-2014, como constancias de que el sepultado allí, había vivido y tenía nombre y apellidos. Allí se ve en su mente, allí ha quedado solo, íngrimo, respirando el aliento asfixiante de la muerte.

Es muy de noche y tiembla en el alma de Félix Ángel, son las doce o las doce y cuarto, la luna redonda, la luz mortecina de la ventana, no vuela ningún pájaro, el silencio y la penumbra de la habitación laten calladamente. Se le desencadena un acceso de tos que se oye como un coro cavernoso y ululante; Félix Ángel se agita y retiene su mirada ahora clavada en ninguna parte; la noche se adentra con augurios dolientes en el cielo.

Con extrema lentitud, como si regresara de una infinita travesía, recostado en su cama, se interroga a sí mismo:

– ¿Cómo se verá el mundo al no poder guardar en mi vidriosa mirada muerta con gesto doliente, algo que ya no es para mi? Se borra todo, hasta el recuerdo de la tierra, de los hombres; es el tiempo de lo malogrado, de lo anulado, de la nada que es lo único que me pertenecerá.

Suspira Félix Ángel, el temor le llega a la respiración, el miedo le entra en los pulmones y en el inquieto pensar:

– ¿Cómo puede darse un vuelco todo tan rápido y tan abismalmente? La vida está llena de fronteras que sólo se reconocen después de franquearlas. No tengo nada que decirme, el mundo de mis emociones muere conmigo. Se acababa cualquier ilusión sobre la dignidad del final de la vida del ser humano. Asisto al sepulcro de toda mi vida. Al final, nos fatigamos, la verdad de la realidad es la nada de una eternidad.

Desesperado Félix Ángel grita en tono de protesta:

– ¿Así acaba todo?

La pregunta se desvanece.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: José Manuel Cañas
Título: Cementerio de Campo Criptana
Técnica: Óleo.
Año: 2003
País: España

HILDA Y EL ESPEJO. Por María Cristina Solaeche Galera.

Tiempo llegará en que os dé vergüenza miraros al espejo,
y el pesar vendrá a poner una nueva arruga en vuestra frente.
Ovidio

Estoy solo y no hay nadie en el espejo.
Jorge Luis Borges.

La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino haber sido joven.
Oscar Wilde.

Teme a la vejez, pues nunca viene sola.
Platón.

Domingo, el cielo amanece gris y un viento cortante sopla desde las primeras horas; en la calle no impera el bullicio del trajín laboral de la semana, de los frenéticos conductores que pugnan por cada centímetro del asfalto.

Hilda se encoge de hombros. Siente el olor a lluvia en el aire, una pátina gris convierte el cielo encapotado en una gigantesca nube borrosa y por fin, las gotas brincan alborozadas, bailando sobre la calle.

Es una mujer, que intenta a toda costa, batallar y encubrir la embestida de los años.

En su dormitorio, en un gran espejo ovalado, de cuerpo entero y hermoso marco dorado repujado, regalo del que fue su compañero, Hilda retoca su peinado con los cabellos apretados en un moño. Los cristales de los lentes cubren el desvaído café de sus ojos, aquellos ojos grandes, ahora están siempre velados por la melancolía. Su tez meridional está reseca, la piel es áspera y algo oscurecida en los codos, los pómulos salientes, la boca una pálida rosa marina con los mismos labios finos, las piernas son dos frágiles maderas que la sostienen. El rostro de Hilda es de un color lechoso, levemente violáceo en las sienes. Al verse, se le humedecen los ojos, acaricia al brillante espejo y él le devuelve la caricia. Alisa sus cabellos entrecanos, en los que asoman escasos mechones aún renegridos, aspira la última bocanada con violencia y arroja el cigarrillo recién encendido apenas.

Mientras se arregla prende la radio, cree reconocer el tango Cuesta abajo en la voz de Carlos Gardel.
Está un rato cepillándose frente al espejo, luego, se maquilla minuciosamente; las inevitables arrugas que acosan sus ojos, su rostro y el cuello son una obsesión para ella. Las rugosidades como alambres retorcidos, recorren sus mejillas. Mañana, lunes, comprará sin falta las nuevas cremas faciales antiarrugas y antiflacidez que la cosmetóloga le ha recomendado. La nariz parece haberse afilado y caído, hasta cree ver agrandadas las orejas; el rostro es ovalado y las caderas aún conservan vestigios de un cuerpo que hace años había despertado la admiración de hombres y mujeres. Cada día está más vieja, siempre a merced de la infamia del tiempo.
Enojada, las aletas de su nariz se hinchan y sus ojos parecen cortar como la hoja de un filoso cuchillo la imagen que insistente le concede el espejo.

Selecciona el traje negro y violeta, es el más apropiado para ir a la iglesia. Piensa, que el color negro es siempre sobrio y elegante. Coge su cartera, la cajetilla de cigarros, el encendedor de plata herencia de su padre y con prolijidad repasa los pliegues de su falda. Su vestido negro y violeta, delicadamente ajustado le sonríe desde el espejo. Se limpia los lentes con un impecable pañuelo blanco que después dobla de nuevo con esmero.

Varias veces el sol ha intentado mostrarse, pero aún, las pesadas nubes siguen arremolinadas en esa mañana dominguera.

Sin embargo, lo peor para Hilda son los domingos por la tarde, cuando la mayoría sale a distraerse. Al fin ha escampado, y el sol se adueña de su territorio. Ella irá al cine al atardecer, ha comprado una entrada, verá por segunda vez, la película de Buñuel, El oscuro objeto del deseo, en la que el director trata la ruptura y el desdoblamiento esquizofrénico del alma humana.

Prefiere ir andando al cine que está cercano; unas pocas calles y el aroma citadino invade el alma de Hilda. Se ve reflejada en las vitrinas en medio de objetos y vestidos que siempre atraen su atención. Son momentos tanto a la ida como a la vuelta, para encontrarse con el saludo de alguna amistad que alivie su soledad, y en sus miradas, pretende ser vista tan agradable y atractiva como se veía en aquel entonces de su juventud, sin percatarse del velo de vejez y tristeza que envuelve su rostro.

— ¿por qué caminos he llegado a este estado?— piensa.

De regreso en su casa, entra en el dormitorio. Un crucifijo trágico de madera oscura, se destaca sobre la pared encima del lecho; un calendario indica todavía un mes otoñal. Debajo de la cama hay una caja llena de cartas, que hablan del amor, del desamor, de su niñez, del trabajo y de la muerte de su padre. Es la letra de su madre y ella era la destinataria; se las había escrito, cuando Hilda asistía a la universidad cursando estudios de derecho, en los que se graduó con excelencia.

Hilda extiende las sábanas, sacude las almohadas que exhalan un delicado olor floral y desdobla la cobija. Se desviste con rapidez, se pone su ropa de dormir y enciende el último cigarrillo del día; bueno, eso piensa, si esa noche el insomnio no se convierte en un hostil invisible, en todo caso, en la mesita de noche está el frasco de somníferos a los que recurrirá si no logra conciliar el sueño.

Todo está en orden en la habitación, no se escucha nada, ningún llanto, ninguna risa, ningún ruido.
Se sienta en el borde de la cama.
—Vamos Hilda, debes sobreponerte— se dice.

Permanece así un buen rato; luego, haciendo un esfuerzo, se levanta y se encamina obsesionada al espejo; las lágrimas han corrido el rimel de los ojos y le dan un aire grotesco, tiene hinchados los párpados. Aborrece aquella mujer que tiene enfrente, a su propio rostro atrapado en el espejo. Lo que le refleja, lo que en él ella ve al repasar su cuerpo, son unos senos que cuelgan como dos sacos de arena mojada, bamboleándose hacia uno y otro lado, y la piel de todo su cuerpo a modo de un pergamino, como las páginas amarillentas de un texto antiguo.

—Valdría la pena olvidar como uno fue—

Frente al espejo, cabizbaja, el llanto ha convertido el maquillaje en una careta extravagante, y las arrugas se han hinchado como si los gusanos ya hubieran emprendido su tarea bajo la piel.

— ¿Se acostumbran los cuerpos al desgaste?— se pregunta.

La luna brilla en la gran bóveda azul, ella está sola, sola con la única compañía de su vejez. Se frota los ojos por debajo de los lentes y desvía la mirada hacia el techo de un blanco insípido; intenta hallar pensamientos que desvíen su angustia.

Nerviosa, se levanta, va hacia la pequeña sala, hasta su minibar y se sirve una copa de vino, contra su costumbre colma el vaso hasta desbordarlo, enciende un cigarrillo y se sienta frente a la ventana. Bebida y cigarrillo son sus dos nuevos placeres a estas horas nocturnas; hace repiquetear sus esmaltadas uñas sobre el brazo del sillón, inhala profundamente el cigarro y suelta una bocanada de humo.

¡El futuro! Esa fantástica estación del espíritu ya no existe para Hilda; todo huele a rancio.

Se da cuenta de que es más de medianoche en la ciudad, cuando los faros luminosos de un solitario auto atraviesan fugazmente con su resplandor la oscuridad que reina en la salita. Siente un vacío, enciende una lámpara y se retira al dormitorio. Por sus venas corre el cansancio del tiempo de la vejez, lo rápido que un cuerpo puede cambiar, y lo sombrío que puede llegar a ser.

Sentada en la cama, aprieta contra sí las rodillas y oculta la cabeza entre las piernas tratando de hacerse un indefenso ovillo.

Ya son varios cigarrillos y más de tres copas; el cabello huele a humo y el aliento a vino. Afuera, la noche amenaza con despedirse. Se echa el cabello hacia atrás y hablándole al espejo alza los ojos hacia él,  con una expresión inconsolable le dice:

—Creo que ya nos conocemos lo suficiente. Yo no tengo la culpa de la imagen que reflejas. Esto es la vejez del cuerpo. Dormir, dormir, es lo que me hace falta.

Cubre totalmente el espejo de cuerpo entero con un paño gris y apaga la luz.

¿En dónde quedó la cara sin arrugas?

apague la luz y verá

sin arrugas;

pero ¡ay! en donde quedaron los pliegues del mentón y del cuello.

Apaga la luz hasta dejar solo la línea de la oscuridad.

Silvina Ocampo.

El alma es ahora un grito en el espacio.

Autor: José Gutiérrez Solana. Título: Mujer frente al espejo. Técnica: ÓLeo sobre tela. Dimensiones: 64x49cm. País: España. Año: 1931.

EL BALIDO DE UNA OVEJA. Por María Cristina Solaeche Galera

Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio.
Mario Benedetti.

Sabemos lo que somos, pero no en lo que podemos convertirnos.
William Shakespeare.

No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho,
los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.
Alejandro Dumas.

 

 A partir del día de mañana, así lo decidió la junta médica, volvería a oír.

Le operaron la lesión de los nervios de la asociación auditiva en el lóbulo temporal del cerebro, en el Área de Wernicke, que se había lesionado con el fuerte traumatismo sufrido en el accidente que la dejó sin poder oír absolutamente nada.

Tendida en la cama en la clínica, después de haber vivido durante cincuenta y tres años oyendo las maravillas del sonido; llevaba casi cuatro años en el anonimato de la total sordera, con esa sensación tan desconcertante que le producía un mundo silencioso. Sería como renacer de nuevo en una tierra tan extraordinaria en sonidos. Ya llevaba demasiado tiempo con una sensación de pérdida, de soledad, donde todas las imágenes desaparecían parcialmente en el mundo del silencio.

Al día siguiente, pasado completamente el efecto de las drogas y mitigados los dolores, la notable zoóloga especialista en comportamiento animal Celine Valderme, esperaba anhelante la visita del médico que le retiraría los vendajes y le explicaría su nueva situación. Los médicos del equipo que la operó, auguraron que había sido un total éxito la intervención.

Entró el médico a la habitación acompañado de una enfermera. Con hábiles manos levantó despacio los vendajes.

Lo primero que oyó Celine fue el rumor de la lluvia de un día proceloso, también, el ligero crujir del uniforme de un blanco reluciente de la enfermera. Después los rumores de la calle y el ruido del tráfico.

Lágrimas de entusiasmo y regocijo salían de su ansiosa mirada. Se rompía el agobiante silencio. El sonar aumentaba el encanto de cuanto la rodeaba. No había prisa, saboreaba cada ruido de la habitación.

-¿Está oyendo Celine?- le preguntó el doctor. –Tómelo con tranquilidad, al principio quizás sean solo susurros, luego, gradualmente oirá perfecto- le aseveró.

Celine vio como la boca del médico se movía hablándole, pero lo que oyó fueron los bramidos de un toro.

-¿Qué tal, cómo oye?- le repitió el doctor, mientras le revisaba minuciosamente los oídos; otro bramido escuchó Celine.

La enfermera se acercó con una alegre sonrisa, le arregló las sábanas y le dijo: -¿Se encuentra feliz verdad señora?-

Todo era incongruente, absurdo, la voz de la enfermera no era como recordaba ella la voz de una mujer, era el melifluo maullido de una gata. No respondió, desesperada se tapó ambas orejas y después de un momento, las destapó de nuevo. La enfermera estaba cruzada de brazos diciéndole –No parece entusiasmada- Celine oyó un bufido felino.

En voz baja, el médico le estaba dando instrucciones a la enfermera. Ella oía bisbiseos de bramidos entremezclados con maullidos. Ambos se retiraron de la habitación y quedó sola.

Celine, esperó un pequeño rato y se asomó discretamente al pasillo contiguo a su habitación. En un extremo se acercaba un carrito de limpieza, hasta el pequeñísimo  ruido triquitrante de las ruedas oyó; la empleada que lo conducía la saludó con unos –Buenos días señora-  sin embargo, ella escuchó un zumbido de abeja. Del otro extremo avanzaba dos médicos que conversaban entre ellos, el más alto y robusto rugía como un león y él otro bajito, le contestaba con ladridos estridentes de chihuahua. Incluso, a un mensajero que llegó por el ascensor saludando a los que iba encontrando en el trayecto le oyó los ululares de un búho.

Empezó a experimentar una sensación terrorífica, el pánico se estaba apostando en todo su cuerpo, ya se reflejaba en su expresión y le temblaban las manos. Regresó a la habitación, al cerrar la puerta escuchó el ruidillo de las bisagras, se recostó agobiada en su cama. Todo los sonidos del derredor eran normales, todos, excepto  los que salían de las bocas de las personas.

La enfermera maulladora entró de nuevo en la habitación, le trajo un sedante y bajó las persianas; Celine sin replicar se lo tomó inmediatamente. Quería dormir a ver si al despertar de nuevo todo volvía a ser normal. La pastilla le hizo efecto rápidamente y una sensación agradable de abandono se apoderó de su cuerpo.

Celine despertó al día siguiente, para encontrarse con la mirada castaña y una melosa sonrisa de la enfermera que le traía el desayuno, y con maullidos le notificaba,  que después llegarían para darle el alta.

En ese mismo instante, Celine se dio cuenta de que ella no se había oído su propia voz; hasta ahora había gesticulado, fruncido el entrecejo y sonreído escasamente. No se había atrevido a responder nada a ninguna pregunta.

Llegó el médico acompañado del doctor jefe de cirujanos, para orgullosos del resultado, darle el alta a su hospitalización.

-Con un destemplado relincho, el jefe de cirujanos le dijo: -Hoy mismo se va usted Sra. Valderme. Se podrá integrar totalmente de nuevo a todas sus actividades e investigaciones sobre la conducta del reino animal-

Celine con el corazón desbocado en el pecho respondió – Muchas gracias-

Sin embargo, ella misma se oyó con pánico como el balido de una oveja salía de su boca.

Autor: Susana Lischinsky. Título: Oveja E. Técnica: Óleo / Collage. Dimensiones: 70x80cm. País: Uruguay.

LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

Autor: David HersKovit
Título: Anciano en silla de ruedas
Técnica: Óleo sobre tela.
Dimensiones: 151x140cm
Pais. EEUU
Año: 1978.

LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

María Cristina Solaeche Galera

Pies, ¿para que los quiero, si tengo alas para volar?
Frida Khalo.

No pueden poner nuestras mentes en silla de ruedas.
La silla de ruedas es solo para el cuerpo.
Gaby Brimmer.

Pon tu cara hacia el sol y no verás las sombras.
Helen Keller

Nos quedamos solos, él y yo, solos los dos en la penumbrosa luz del día muriente, allí, en el balcón. Como todos los anocheceres, esperamos el momento en que nos lleven a su habitación para que intente dormir, y yo, quede plegada en un rincón del dormitorio haciéndole silenciosa compañía hasta el día siguiente. Su nombre es Bernardo Guersile.

Bernardo era un hombre alto, de espaldas anchas, amplio el tórax y complexión fuerte. Ha envejecido mucho, ahora es un anciano de ochenta y siete  años, está débil y paralítico a partir de la cintura. Hace más de cinco años no se levanta de mi asiento, a menos que su hijo lo alce para llevarlo a la cama. Soy dedicada y callada, lo acompaño fielmente a donde quiera que él se dirija. Soy su inseparable compañera en el balcón, cuando lo asoman a ver el barrio, la calle y los transeúntes, también me asomo con él.

Los sentidos de Bernardo agudizaron de manera extrema, quizás para compensar su incapacidad. Asimismo, mis sentidos. Ambos percibimos el zumbar de los insectos, el cri-cri del grillo, los cantos lejanos de los gallos de la barriada, el ladrido de los perros centinelas, la gritería alegre de los niños que asisten o regresan de los colegios. Vemos a las mujeres afanadas en barrer los portales, limpiar los empedrados, regar los jardines, y olemos como todo adquiere una aroma fresca y fragante a tierra mojada. El cafecero siempre con andar nervioso, vocea desde temprano de extremo a extremo de nuestra calle, el café reciente y aromoso. El vendedor de lotería grita los números ganadores con profética anterioridad y, algunos hombres se mueven afanosos en sus variados ajetreos de negocios y trabajos.

Los días festivos, desde el balcón, oímos el barullo chispeante del barrio, el corear de la alegría de las vecinas, y la música de la taguara de la esquina donde los hombres con estrépito y bebida alegran sus cuerpos cansados del ajetreo de los días de la semana; y yo en mis fantasías,  imagino que soy una silla de metal dorado, decorada, muy vistosa que hace las veces de un trono.

Durante casi siete años, él había soportado estoicamente sin chistar, el intenso dolor del problema degenerativo de su columna vertebral. Hasta que se hizo insoportable, invalidante, y cuando acudió a los médicos ya era muy tarde, el mal había evolucionado demasiado, los cartílagos y los discos estaban terriblemente desgastados, se había sumido en una paraplejía. Era irremediable, el resto de su vida estaría confinado a una silla de ruedas.

Sin embargo, al principio del tratamiento meramente paliativo, durante casi año y medio siguió rigurosamente las prescripciones de los médicos, las terapias de ejercitación, las dosis exactas de los medicamentos para el dolor, la rigidez y la parálisis, la dieta balanceada en la alimentación y, los primeros, inciertos y penosos, paseos por la cuadra que dimos juntos. Nada resultó, se hartó de esa disciplina que le restaba tanto a la poquísima libertad que le quedaba y aún así, seguía exactamente igual. Cierto día, decidió acogerse definitivamente a mí, no volver al terapista, tomar solamente las medicinas para las otras dolencias que lo aquejaban, y comer sin restricción alguna el alimento que podía y deseaba. Sólo se quedó con el paseo semanal por el barrio, en el que nos conduce su hijo durante una hora.

Recuerdo vivamente, cuando por vez primera, Bernardo levantó los ojos y se vio en el espejo de cuerpo entero, sentado sobre mí, encima del asiento y con mis cuatro ruedas; se sintió muy confuso, experimentó una sensación violentísima, casi de vergüenza. De repente, allí se vio, en el espejo, como si fuera otro.

—¡Pero qué es esto! ¡Qué es esto! ¡Imposible!— Gritó ese día volviendo la cabeza hacia un lado, y levantando ambas manos para taparse los ojos y evitar ver aquella visión. No había alternativa, yo sería de ahora en adelante parte de su cuerpo, sería sus piernas. A cada giro de mis ruedas, él tiene la sensación de avanzar en un mundo desconocido que le produce una angustia indefinible, la zozobra de un hombre inválido atado a una silla de ruedas, donde él es un extraño pasajero.

El hijo no puede ocultar su abatimiento por el estado del padre, lo irritante que se ha vuelto su condición. La mayoría de las veces ya no acierta como comportarse; Bernardo experimenta una turbación extraña al observar como, su hijo y su nuera, se imponen conductas correctas pero forzadas, que solo traen el cansancio de una rutina; al ver como el tiempo ha ido adormeciendo los sentires pacientes y enternecidos para con él.

Todas las noches, oigo sistemáticamente a su nuera que le ofrece encender la luz del balcón, es en vano.
—No; estoy bien así— responde Bernardo.

Gestos espontáneos, menguas del rostro, parpadeos, temblor de los labios, todo el cuerpo se agita, pero las piernas están estáticas, petrificadas, totalmente sumidas en mis soportes. La tristeza secreta, los sombríos pensamientos anidan en su frente, y se marcan en la fijeza congojosa de sus claros ojos y en la palidez de su rostro.
Un tumulto interno de sensaciones amargas, le produce emociones oscuras y violentas que lo llenan de estremecimientos punzantes; es un sentimiento de pena que se le torna más agudo cada instante, es la imagen inválida de si mismo que le llena los ojos y se le adentra espinosamente en el alma.

— Me parece que estoy… no sé, vamos, llévame al balcón hijo— suele decirle todos los días al amanecer y cuando cae la tarde.

Allí, en el balcón, el único sitio donde ambos concebimos la vida engrandecida y conmovida por los sentidos que emocionan el espíritu.

Es el atardecer, aún llovizna, miramos nuestra calle desde la atalaya del tercer piso donde vivimos; mirar es un embeleso, pero cierta angustia nos impide alegrarnos por completo. Es que Bernardo, siente su indefensión. Sus piernas son recuerdos remotos de sí mismo, ya no tienen memoria, ni conciencia; yo me esfuerzo tenazmente en tenerlas por ellas.

Son las seis de la tarde, estamos oyendo un trío de piano de Schubert y la fresca brisa de esa hora está soplando. Él suspira frecuentemente, y siente que cada suspiro lo ahoga, es como si se fuera con ellos hacia algún sitio lejano. A veces, sacude la cabeza con un sollozo, más bien una congoja, es su taciturnidad que tiene origen en ese medio cuerpo. Está seguro que los demás no comprenden su situación. Quiere que los hechos hablen por él, y yo, fiel testigo, permanezco muda, servicial y silenciosa.

— ¿Estás bien ahí?
— Bien, mejor que dentro del apartamento— responde.
— ¿Quieres acostarte ya? Va siendo hora
— Cuando tú lo desees, hijo.

Los rayos de la luna empiezan a avanzar como fantasmas atravesando el balcón. Desearía Bernardo caminar fervientemente por todos los lugares a donde vuelan sus ojos, a donde sus oídos perciben los sonidos.

Cuando estamos solos, suele bajar la vista y sonreír ocasionalmente; levanta una mano y se acaricia varias veces el pecho en el lado del corazón, como queriendo decir que aún allí está su vida; otras, se revuelve encima mío y oprime los puños hasta hincarse las uñas en las palmas de las manos, como cautivo de un ímpetu de lamentos que quisiera contener, y en ocasiones, lo veo apretar los labios, restregarse los ojos, agitar la cabeza y llorar descorazonadamente.

Suele Bernardo, espiarse secretamente las piernas, con el ánimo alerta y siempre vigilante de ver si ellas en algún momento, responden con un movimiento por imperceptible que fuera, mas yo que las sostengo, sé que no hay la mínima vibración siquiera; sólo siento la rugosidad de la suela de sus zapatos negros con el cuero ligeramente desgastado.

Una vez, hace más de cuatro años, solía varias veces decirse Bernardo, que él sabría bastarse solo, se lo oía decir en voz muy baja, en susurros repetidos. La realidad de su padecimiento le demostró que eso era un imposible. Está destruido, como si la frenética racha de una tormenta lo arrasaría perennemente. Intentó convencerse de que esto que le había ocurrido pasaría con el tiempo, mas ya sabe que no es así.

—¡No, no! ¡Nunca más, nunca más caminaré! ¡Imposible! Siempre es peor un día que el anterior, el cuerpo envejece y no ayuda, al contrario se vuelve otro estorbo— se grita para si desesperado al quedar solo conmigo.

Siempre después de comer, permanecemos un rato en la mesa, él se recrea con el ajetreo y el sonar de los platos, los vasos y los cubiertos, mientras la nuera los recoge aleteando como una mariposa en derredor, y yo permanezco en mi mutis mecánico ayudándolo a sostenerse.

De vez en vez, Bernardo repasa los álbumes de fotografías, y en voz baja que solamente yo oigo, va describiendo cada una de las fotos de aquellos gozosos días en que era un andariego; se le humedecen los ojos y el rostro se le transforma, y yo me siento un armatoste, no aparezco en ninguna de las fotografías. Cada vez se le recrudece más la tristeza; cree que aún le queda algo por hacer, aunque no sabe qué.

Le oigo rezongar:

— Esto soy ahora, un viejo carcamal sobre dos patas rígidas de pájaro disecado—. Ese pensamiento no se los puede decir a su hijo ni a su nuera, ni a nadie, ni siquiera insinuarlo, solo yo lo comparto. Ante ellos, ni una queja, ni un ademán de hastío.

En medio de la noche, advierte sus propios huesos, los huesos largos y fuertes de sus piernas, no le duelen, no se estiran, ni se encogen, al contrario, permanecen rígidos, vacíos del más insignificante movimiento; sus piernas son dos fardos sobre la sábana, mientras yo permanezco fruncida, cercana a su cama.

Un anochecer, mientras ambos estábamos en el balcón, le oigo preguntarse en voz alta:

— ¿Dónde me encontraré en el momento de mi vida a la hora de morir? Ojalá muera al anochecer, en este balcón, aquí, sentado en mi silla de ruedas.

Al oírlo, todo mi engranaje se estremeció de congoja, de agradecimiento y de miedo a quedarme sola.

Pronuncié una respuesta, le estaba diciendo:
— Cuando llegue ese momento, yo quiero morir también.

Hablaba suavemente Bernardo, pude oírle claramente que me respondía:
— De acuerdo, aquí estaremos, en este balcón haciéndonos sombra los dos.

YOSELIA Y EMIRO

Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas…
¿valdría la pena vivir?
Jacinto Benavente.

El romper de una ola no puede explicar todo el mar.
Vladimir Nabokov.

Hay pasiones que la prudencia enciende
y que no existirían sin el riesgo que provocan.
Jules d’Aureville.

Era el año 1948. El pueblo “La Virgen de las Cruces”, estaba rodeado por una herradura de montañas de la sierra, era unas ciento veinte casas de ladrillo blanqueado, un riachuelo que llevaba agua durante todo el año, la faena de  la siembra, y algunos baratijeros que cruzaban la serranía llevando mercancía a los habitantes.

De la noche a la mañana, cerca del atardecer, llegó un nuevo párroco para la feligresía del pueblo.

Sin explicaciones del porqué, del cambio repentino del viejo presbítero anterior con quien desde hacía tantos años se sentía tan bien la gente del poblado.

El pueblo entero, se había preparado para recibirlo. Las campanas repiquetearon dándole la bienvenida. Hubo alboroto de las mujeres y los niños, era la novedad. El cielo acompañó la llegada del sacerdote.

Emiro se llamaba el nuevo sacerdote, era un hombre de 53 años, bien plantado, erguido, quemado por el sol de la región playera de donde procedía, con la mirada almendrada, el pelo demasiado negro rizoso, una barba corta bien cuidada y, la sotana y el alzacuellos impecables. Con un vozarrón bendecía a diestra y siniestra mientras avanzaba balanceándose entre los pobladores, y los hombres del pueblo le cargaban la maleta y tres bultos. La calle se llenaba de algarabía que se contagiaba y propagaba por todo el poblado.

A los pocos días, llegó también un personaje, era un bohemio, pintor de paisajes y escenas rurales; se llamaba Lorenzo, tenía unos 48 años, de nariz fruncida, labios ávidos, lujuriosa mirada y una sonrisa cómplice de todo; se pasaba las mañanas pintando, medio desnudo y mordisqueando frutas, y por el atardecer, salía con su jeep a recorrer los parajes; los entendidos de la ciudad daban a sus obras gran valía. Se alojó en la única posada que existía en el lugar, era de dos habitaciones.

Entre las alborotadas feligresas estaba Yoselia, tenía 45 años, llevaba veintiún años de casada y una hija en la capital. Su marido Albiro era agricultor y chofer; sembraba, cosechaba y transportaba  en su desvencijado camión, la mitad de la cosecha del pueblo incluyendo la suya, hasta la capital a 56 kilómetros, tres veces a la semana. Era Yoselia, una mujer de estatura media, contextura regular, de perfil no definido, con una cabellera pelirrubia casi metálica algo larga, ojos claros saltones y la boca grande armonizando con los ojos, tímida en apariencia, silenciosa y esquiva.

Yoselia se aburría mortalmente en su relación marital y en el pueblo; de las manos suaves que la acariciaron al principio de su casamiento, a las ásperas y siempre terrosas manos del Albiro de ahora, habían transcurrido muchos años de silencio, apenas interrumpidos por las mañanas con el canto de los gallos, al atardecer por el mugir de las vacas y los terneros, y todas las noches puntualmente, los ronquidos que zumbaban en la habitación matrimonial. Se esmeraba en cuidar las flores de su pequeño jardín, pero hasta de éstas se estaba cansando.

Su hija se había ido a la capital, hubiera deseado ardientemente irse también, pero sabía que Albiro habría quedado destrozado; además, no podía engañarse, su hija se opondría firmemente, más no por la tristeza del padre, sino porque se iba en busca de horizontes nuevos y quería explorarlos ella sola. Y allí se quedó Yoselia, en el pueblo de “La Virgen de las Cruces”, donde todo olía a toronjil; las casas, la lluvia, la gente y la comida.

La iglesia de “La Virgen de las Cruces” era una construcción sencilla, tan simple como el caserío mismo, repantingada frente a la plaza en la que solían jugar los niños, y asolearse los más ancianos al tibio sol con su polvillo dorado; había sido levantada varias décadas atrás. Presidía el altar una virgen sosteniendo una cruz en cada mano, en lugar del niño en el regazo como de costumbre y tenía un manto cuajado de cristalillos de colores de bisutería, y los bancos eran de oscuras maderas agrietadas. Anexa a ella, la casa cural, bien distribuída en tres habitaciones; una era el escritorio donde penetraba un solecito alborozado y de la calle se oía el canturrear de los pájaros; la segunda, la habitación del cura, con ese olor peculiar que el último sacerdote había dejado impregnado; la tercera la cocina y un pequeño baño.

El padre Emiro ejercía cabalmente sus funciones de párroco, misas diarias de madrugada y al atardecer del domingo, santo rosario los viernes, visitas a las casas llevando su cristiano mensaje sobre las virtudes y la promesa de la salvación eterna en un sitio de paz que se llamaba cielo, mientras, los campesinos le hablaban de sus hijos, sus tierritas y le contaban las historias del pueblo; él, enseñaba a rezar clavando los ojos confiados en el firmamento; daba asistencia espiritual a los enfermos y oraba por la salvación de las almas; recorría en paseos el pueblo, y todos los que se encontraba lo saludaban inclinándose y besando el dorso de su mano, además, escuchaba y absolvía los “pecados” pues acababa sabiendo casi todo de todos en el confesionario.

Los días en la aldea, semejaban relojes: con exactitud, a las seis las campanadas de las plegarias mañaneras y a las siete la misa diaria; al finalizar la tarde a las seis en punto, la oración del Ángelus y al anochecer, a las nueve,  las campanas tañendo para el recogimiento del pueblo.

Al enterarse Yoselia de la llegada del nuevo sacerdote y ponerse al corriente de que la parroquia ya no tenía asistenta, se ofrece para realizar el trabajo que la anterior desempeñaba. Éste consistía, en limpiar y ordenar la sacristía, mantener las velas encendidas y el incensario preparado para los actos litúrgicos, desempolvar y abrillantar continuamente las imágenes, reordenar los escasos libros, limpiar el baño y preparar el almuerzo. Todo ello tres veces a la semana, los mismos días que Albiro viajaba con su camión y ella no tenía trabajo en su casa; mientras hacia sus labores en la parroquia, a cualquier observación o mandato del padre Emiro, Yoselia contestaba con un –Será como Dios quiera – a lo que el cura respondía –Amén –

Un día, Yoselia sintió gozoso su cuerpo, como si danzaran en su interior unas sensaciones muy íntimas. Con los ojos entornados, veía oficiar al sacerdote en los servicios religiosos y como una autómata se levantaba y arrodillaba al unísono con los demás parroquianos; aspiraba el olor de las velas encendidas, el del incienso y el de la humedad de las piedras del templo que siempre había protegido a los pobladores de las congojas y alejado de los peligros.

Fue un delirio, un frenético ensueño en el que Yoselia se encendía como si una luz de otros cielos más carnales se le prendiera en el cuerpo exaltado de una divina voluptuosidad. El pulso se le aceleraba cada vez que el padre Emiro aparecía frente a ella. Se había enamorado del sacerdote.

Se planteó Yoselia una estrategia seductora. Se compró un par de vestidos floreados, se pintó la boca de un rojo subido, se desenredó el cabello y lo recogió a un lado con la flor más hermosa del jardín de su patio; recortó el largo de los vestidos, se quitó las toscas medias largas, se acentuó el escote, compró una colonia al árabe que llegaba una vez al mes al poblado; bordó con esmero en azul oscuro las iniciales del sacerdote en toda la ropa de él, desde las medias hasta las toallas; en la misa se sentaba en la primera fila con el propósito de que el cura no pudiera perderla de vista; no desaprovechaba pisada vigilándolo subrepticiamente y, hasta llegó a confesarse admitiendo que amaba a un hombre prohibido a pesar de estar casada.

A todo esto, el cura respetuosamente, a diario, echaba una ojeada al escrupuloso orden de la sacristía y la iglesia y le comentaba, sin mirarla a los ojos cuan eficiente estaba haciendo su trabajo, nada más, acompañando con la acostumbrada bendición. Yoselia pensaba empecinada, que su digno cargo de sacerdote de la parroquia de “La Virgen de las Cruces” le impedía otras manifestaciones; pero con el tiempo y su insistencia, él se enamoraría de ella, como ella frenéticamente lo estaba de él.

Ese día viernes, se le hizo muy tarde en su trabajo, ya el sol amenaza con desaparecer su corola en el horizonte.  Ella había bayeteado  los muebles y limpiado la ventana del escritorio. El sacerdote estaba en su habitación, recostado leyendo como acostumbraba a esa hora. Siempre solía Yoselia irse puntualmente mucho antes, y dejaba las llaves al pie de la imagen de un san Pablo alumbrado por una vela que ella misma dejaba encendida, pero ese día ya empezaba a anochecer.

Un momento antes de irse, decidió cortar unas flores frescas del jardín que estaba detrás de la sacristía, para colocarlas en un jarrón porcelanado sobre el escritorio, como una muestra más de su profundo amor por el párroco Emiro.

Al ir a abrir la puerta que daba al jardín, oyó el rugido de un motor. Vio el jeep del pintor Lorenzo y al padre Emiro en su interior abrazándolo apasionadamente.

A Yoselia le temblaban las extremidades, la trastornaba la pasión con la que el cura Emiro acariciaba el rostro, el cuello, y besaba en la boca a Lorenzo. Aplastó a puñetazos de rabia su propio vestido; le parecía no poder moverse, las piernas se le hicieron cada vez más pesadas y ni un músculo de su cara se agitó por instantes. No podía engañarse, se daba clara, clarísima cuenta, de lo que allí estaba sucediendo. Sintió todo chocante, insólito, no conseguía convencerse sobre lo que veía. Se sentía extraña y azorada; removió lentamente la cabeza de un lado a otro como queriendo negárselo a si misma; al final, lloraba, lloraba estremecida, con un ímpetu de sollozos que intentaba sofocar sin lograrlo.

No lo habría sospechado nunca, no imaginaba al padre Emiro, tan circunspecto, tan solemne, con una modulación del habla tan prudente y expresiones reflexivas cargadas siempre de religiosidad y misticismo; el mismo al que le había oído predicar desde el pequeñísimo púlpito sobre la moralidad de la castidad y sus virtudes, con un lenguaje dulzarrón plagado de citas bíblicas, mientras los feligreses adoptaban la extraña posibilidad de suprimirse a ellos mismos al oír las lapidarias frases “Los designios del Señor son inescrutables” y “Para morir nacemos, el cuerpo no importa, debemos salvar a toda costa el espíritu”. No podía figurárselo y, la gente del pueblo ni pensarlo.

Ante los ojos del poblado de “La Virgen de las Cruces”, todo estaba en orden, nada había cambiado, pero para Yoselia, su vida de pronto se le tornó en irrealidad.

Allí estaba el padre Emiro, el sacerdote Emiro, el cura Emiro, el presbítero Emiro, el párroco de su parroquia, en el asiento delantero del vehículo acariciando y besando desenfrenadamente a Lorenzo el pintor. Yoselia se retorcía las manos, apretaba los dientes y exclamaba para sí: ¡No puede ser! ¡Él no! pero, también se decía ¡No llores! ¿Por qué llorar? ¿Acaso el padre Emiro no te enseñó que el destino de los hombres en esta tierra lo diseña Dios? ¡Ese Dios lo habrá querido así! y… ¿Si Dios me ayudara? Monologaba en voz baja diciéndose todo a sí misma con una trizadura en la garganta.

Se había enamorado Yoselia del padre Emiro, pero él… el padre Emiro estaba enamorado del pintor Lorenzo.

Andando lentamente, Yoselia desesperada emprendió el camino de regreso a su casa; a esa hora no encontró a nadie, el pueblo estaba recogido, anochecía, la luna estaba pálida y reducida a una cuchilla filosa y un farol en la esquina de su casa dejaba colar un finísimo rayo de luz. Con los párpados hinchados se arrojó vestida sobre la cama matrimonial. Una chispa agonizante de sol se colaba en la habitación que se extendía y abrillantaba su pelirrubia y metálica cabellera. Se recostó y cubrió con una áspera manta gris con la que se arrebujó entre gemidos.

Dentro de su mente, se deslizaban sin cesar las escenas vistas; eran celos fortísimos entreverados con un nuevo sentimiento para ella. Algo indefinible lo que experimentaba y le arañaba muy adentro del cuerpo con rabia, despecho y repugnancia a la vez. No volvería nunca a la parroquia, todo lo comprendía ahora con claridad. El rostro de Yoselia carecía de expresión, y un cuajarón de rencor le empezó a subir por la garganta.

¡Cómo podía cambiar todo con tanta celeridad!

Sintió al pueblo “La Virgen de las Cruces”, más aletargado que nunca, asfixiado, acorralado por las faldas de las montañas de la sierra que lo rodeaban todo, excepto por una única salida empedrada y luego pavimentada hacia la capital. Sin embargo, en el poblado, todo acontecía como siempre y la vida fluía calmosamente.

En ese instante, la campana parroquial repicó puntual en el apacible anochecer del pueblo, avisando que ya eran las nueve, y era la hora de recogerse sus habitantes. El mudo andar de las voces abandonó la calle, la sombra ciñó la soledad de las piedras y los bancos de la plaza.

Del cielo se desprendió la noche que llegaba y el silencio que trenzaba sus cuerdas sobre el pueblo.

María Cristina Solaeche Galera.

La Virgen de las Cruces