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EL MUNDO CENICIENTO DE MARCELO. De María Cristina Solaeche Galera.

La belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla.
David Hume.

 Después de todo, la pintura se ha de hacer tal como uno es.
Juan Gris.

Se le paraliza el cuerpo, siente la lengua de plomo, los labios se le entumecen, los párpados cargados y pesados le obligan a entrecerrar los ojos que apenas vislumbran fuertes destellos luminosos a través de los lentes, le hormiguean las palmas de las manos y los pies, tiene sed, una sed intensa, le tiembla el pulso y siente miedo, mucho miedo.

A los cincuenta y tres años, Marcelo Guevara ha sufrido un accidente cerebro vascular que le deja dañadas en la retina, las células receptoras del color. A partir de ese fatídico suceso, por más dolorosos esfuerzos que hace con los ojos, la visión solamente distingue el blanco, el negro y las tonalidades intermedias de grises entre ellos.

Marcelo es un destacado pintor de colores intensos, vivos, de una rica policromía en su paleta. A partir de ese momento, se siente desvalido; hasta el penetrante calor del sol en la tropical ciudad donde vive, lo recibe en el rostro con resentimiento, al imaginar el recuerdo de sus cálidos colores luminosos.

Sus lienzos de esplendorosas tonalidades, los pomos de colores, la paleta, los pinceles, todo lo arruma a una esquina de su taller.

Ahora, contempla las frutas, los paisajes, los rostros, los animales, todo lo que le rodea tiene el color de las ratas, las personas todas ellas con cabelleras entrecanas envejecidas y cuerpos y ropas del color de la ceniza. Le cuesta mucho comer, los alimentos son grisáceos, siente que comiera piedras o gusanos.

Se sienta pensativo frente a su pequeño jardín, ahora gris oscuro; es un jardín extraño, casi pesadillesco, y él se esfuerza en imaginarlo verde y luminoso, salpicado de los rojos, amarillos y lilas de las vibrantes flores. Su perro, un boxer nervioso y alegre, está enroscado a sus pies, tiene al menos tres tonalidades canelas, pero para Marcelo es ahora de un gris pardusco en el que resaltan las dos almendras negras de los ojos.

Se sorprende al darse cuenta, de que todos los días el cielo parece insinuar una lluvia que se avecina, es gris plomizo más claro o más oscuro, con nubes imitando gigantescos algodones blancos. Es inútil, por mas que extiende la mirada hacia el firmamento, aunque lo mira con fijeza, allí está siempre, un cielo ceniciento.

Le quedan los recuerdos, la sangre roja de la memoria. Se esfuerza Marcelo en recordar diariamente los hechos sucedidos en su vida, como quien medita, él intenta acordarse desde los más simples a los más complejos, los arduos, los peligrosos, los tiernos, y atormentado nota, que las  evocaciones van perdiendo gradualmente los colores propios, y en su lugar, son suplantados por los tonos del gris. 

Llegan las noches, y con ellas los sueños. Cada anochecer, los colores se esfuman gradual y paulatinamente. Se despierta en medio de las sombras, cerrando fuertemente los ojos, queriendo retener las coloraciones soñadas. Pero irritado se da cuenta, que unas veces falta un color, otras varios, hasta que  al transcurrir más de un año,  quedan solamente el negro, el blanco y las tonalidades intermedias de grises. Marcelo se desespera, se desazona y  angustia al recordar el sueño, pero tarde o temprano, sabe que tiene que aceptar racionalmente lo que le está ocurriendo.

Sucede que a veces, los males suelen potenciar la creatividad, y paradójicamente, ayudan a que afloren poderes creativos que estaban latentes en la buena salud al no tener limitaciones, y que al tenerlas, suelen ellas ser estímulo para logros y adaptaciones fascinantes.

Así pasa con Marcelo, a medida que transcurre el tiempo, él se adapta lentamente a sus privaciones. Una nueva paleta, nuevas pinturas en colores blanco y negro, nuevos pinceles vírgenes, y hasta un nuevo caballete sustituyen a todo lo anterior.

Para motivarlo, para ayudarlo a salir de la terrible depresión en que está sumido, amigos, y amigos de sus amigos, organizan una exposición en el museo de artes plásticas de la ciudad, con casi toda la obra que ha pintado desde que reinició paulatinamente el pintar, después del accidente, y lo sorprenden llevándolo amigablemente a ella. La crítica elogia su obra.

Comienza a pintar con el blanco, el negro y sus matices, y empiezan a surgir nuevas obras que la crítica de la plástica recibe con muy buenos comentarios.

Marcelo, como pintor, va descubriendo motivaciones e intereses en sus nuevas y muy diferentes obras, y se apasiona por ese nuevo mundo ceniciento de sus lienzos.

Seis años han transcurrido ya desde el accidente cerebrovascular, un equipo médico llegado de Francia, con los últimos descubrimientos en esa dolencia, le propone operarlo, asegurándole que se restablecerá de nuevo la percepción de todos los colores.

Mientras los médicos le exponen la situación, Marcelo sentado enfrente de ellos, desvía la mirada hacia el techo blanco del consultorio, luego, se queda mirándose las manos cenicientas, que están abiertas con las palmas extendidas sobre las rodillas, mientras chispas luminosas grisáceas bailotean a su alrededor. Se concentra en aclarar el tumulto de pensamientos que se le atiborran repentinamente la mente.

Se sorprende atenazado por un nuevo sentir, algo que no ha experimentado nunca. De manera, que ahí se encuentra Marcelo a sus cincuenta y nueve años, con una propuesta casi inaudita que le permitirá volver al mundo del color otra vez.

Puede haber sentido euforia, una alegría desmedida después de seis años grises, incluso no duda un instante en aceptar la propuesta médica.

Pero Marcelo es un hombre distinto a la mayoría, y es un pintor diferente. Se frota los ojos por debajo de los anteojos, y con serenidad, ante el asombro del grupo de galenos que mantiene un murmullo persistente, rechaza la propuesta.

Aprendió el artista plástico, a concebir el mundo hermoso en blanco, negro y las gradaciones entre ellos. Adquirió el dominio de la luminosidad de un mundo bruno, de una naturaleza nívea, de un firmamento grisáceo; un universo ceniciento es ahora para él, un universo magnífico, enormemente soberbio, no es ya para él un cosmos irrealizable en sus telas, al contrario, es fantástico, plasmándolo así en sus lienzos lo que le quede de vida.

Todo el día el sol estuvo radiante destellando naranjas y amarillos, y las escasas nubes de un azul claro e inmóviles apretaban el aire.

Al salir del consultorio, Marcelo se aleja haciendo un gesto sutil con la cabeza, como si intentara acallar lo que había oído un rato antes, y mirando hacia arriba con sus inquietas pupilas, contempla extasiado, un maravilloso sol intensamente cenizo que empieza a deslizarse entre vistosas nubes de color humo, y el planear espléndido de una bandada de hermosos pájaros negros.

Un día como este, un artista como Marcelo se siente feliz.

 

LAS  LLAMADAS. Por María Cristina Solaeche Galera

Desde mucho antes, ha habido un humano
que amaba juntando sus manos en súplica,
y las alargaba hacia una estrella
sin preguntarse si ello le producía gozo o dolor.
         Lou Andreas-Salomé.

Hace tiempo, casi cuatro años, Manuel había sido invitado a un congreso de Filosofía, y para asistir viajó a una ciudad a orillas de un lago.

La sala de las charlas estaba animada; el aire era aromas de lavanda y madera, y un suspenso cómplice como el remate de un atardecer envolvía el salón.

Los bigotes entrecanos, su mirada de ternura huidiza, una boca seria que tímida termina en una comisura sonriente, los lentes engarzados y un acento muy particular, le daban una belleza original a Manuel.

En la reunión, él habló sobre el existencialismo y su objeto de estudio la existencia del ser, sobre la corriente filosófica que sostiene como el ser humano persigue en la vida continuamente y con afán, la realización y la felicidad. Sobre cómo no podemos alcanzarlas nunca, y por ello, para el existencialista, la muerte nos gratifica concluyendo con esa búsqueda tan inservible como angustiosa. Sonaron los aplausos, y él agradeció con una inclinación que le dio tiempo a organizar sus emociones, pues la disertación había inquietado al público.

Al finalizar, Manuel levantó la mirada, se frotó los ojos por debajo de los lentes, y se detuvo detalladamente en la mujer que hablaría después, ella estaba escribiendo en un bloc amarillo. Tenía unas manos hermosas.

Ella habló del congreso con orgullo, de lo difícil que era trabajar en solitario, habló de esperanzas, de sueños, frustraciones y melancolías en la actividad que desarrollaba en ese campo de la Filosofía. Con aplausos, recibió la aprobación de los asistentes y el salón, que parecía haberse dispersado en mixturas de colores también aplaudía.

El murmullo permanente de las conversaciones del grupo, empezó a empañar los monólogos interiores que Manuel se hacía; hubiera querido trozar el aire y arrinconarlo para solamente oírla a ella. Con el corazón latiendo apurado, aspiró profundo.

–Llegar al amor es más fácil cuando se ha comenzado mostrando deseos de amar– se dijo para sí mismo.

Tenía la piel nacarada, con el color de la luna,  el cabello le caía ondulado y renegrido asomando a los hombros, las arruguitas que se le hacían en los  ojos adivinaban  frescuras maliciosas, un olor a violetas, un traje sastre formal, un liviano maletín y una voz firme y profesional con un dejo entrañable.

Y fue un tiempo de amor, de estremecimientos fascinantes, de gestos turbadores. Se amaron con el sol ardiente del verano, con la brisa, frente al muro de la ciudad, contra las corrientes del lago, a pesar de los recuerdos y en las ceremonias fantásticas del deseo. Se amaron con el corazón envuelto en entregas.

De regreso a su ciudad, entre colinas, todo comenzó un veintiséis de abril. Esa tarde,  la derrota se atravesó en la vida de Manuel, era un atardecer en la que largas y filamentosas nubes trinchaban el cielo.

Empezó a sentir a partir de ese día, un decaimiento, fiebre, dolores musculares, un adelgazamiento progresivo… En muy poco tiempo decayó vertiginosamente, la salud se le quebrantaba rápidamente.

Oyó el diagnóstico de los médicos como una afrenta, tenía plena conciencia del terrible diagnóstico que le dieron los galenos; la consumición de su cuerpo día a día, era inevitable.

Esperanzado al principio, llegó a pensar que la luminosidad de su amor lo sanaría; y como estaba enamorado, Manuel se llenó de plenitud, se llenó de audacia con la seguridad de sanar. Pensó que ese estado de postración era pasajero, y una vez recuperado, regresaría a la ciudad del lago, y volverían a amarse como antes.

Entre las citas médicas, las quimioterapias, las radioterapias, la alimentación intravenosa; y en sus ratos más serenos,  las consultas a las páginas de la Internet sobre su padecimiento, las conversaciones con compañeros en la dolencia, la vida le cambió radicalmente. Empezó a vivir entre postraciones, se entristeció, se rebeló, comenzó a hablar de su muerte, vivía compungido, extenuado, con un profundo desdén por la vida.

Había  envejecido prematuramente hasta el absurdo, atrapado en la demoníaca enfermedad.

Manuel llegó a encontrarse en una condición crítica pero estable, los médicos aseguraban que iba a seguir así el resto de vida que le quedaría.

– ¿Cuáles serían los sueños en el dormir de la muerte?– se preguntaba.

El tiempo y  la amenaza de la muerte lo sometían allí, detenido e indefenso; tenía la sensación de que la eternidad contemplaba como su mundo apenas se sostenía en un precario equilibrio, como si todo lo que lo rodeaba fuera tan frágil como él.

Apretando las rodillas y ocultando la cabeza entre las piernas tratando de hacerse un ovillo, Manuel se decía.

– Lo vertiginoso que puede cambiar una vida por completo, lo terrible que puede llegar a ser –

Empezó a no soportar las visitas, a despreciar las películas de acción en la televisión, le atenazaba la ansiedad por no poder encontrar una idea mejor que la de aislarse y no volver a verla ni comunicarse con ella, y así hizo.

Manuel se recluyó donde ella no lo hallaría; optó por la retirada en el amor, por la resignación, la frustración, no le quedaba alternativa alguna, era desesperante su situación.

No encontró otra opción, no le revelaría a ella su enfermedad, la que se le había vuelto la verdad de su vida, la que desde su nacimiento ya estaba escrita en su cuerpo. Y no volvió a comunicarse con ella.

Mas de tres años han transcurrido desde la última vez que se amaron. Se recordaban sin tregua, cada uno era la explicación de la vida del otro, era el último párrafo de sus existencias amorosas y el más real y auténtico amor. Ambos llevaban en la piel el reverbero del amor.

Aquellos fueron tiempos de desdicha. Enfermos como Manuel mejoraron, otros desaparecieron de la memoria de los vivos…es la natural disposición para el vivir o el morir.

Pero el cuerpo es un mecanismo misterioso, y ciertos padecimientos no se logran entender a cabalidad, y Manuel se recuperó sorpresivamente de una forma fantástica.

La noche está tan despejada, que si hubiera sido creyente, habría creído ver volar querubines.

Salió a la calle después de dos años en cama y mas de uno de reposo. Fue una sensación extraña, hasta el  movimiento de los automóviles, la agitación de los transeúntes y el desparpajo de los vendedores ambulantes, todo le resultaba a Manuel caótico. Acostumbrado a la reclusión y al silencio de una habitación, apenas interrumpido por las salidas a las sesiones de quimioterapia, y luego las de radioterapia, el ruido le resultaba confuso y exasperante. Pero él no se resignaría a una vida sin ella; se había salvado de una muerte mediocre y cruel como lo son todas las muertes, y en su caso, de una muerte prevista, esperada, soportada como una de las tantas fatalidades del destino, y el amor lo empujaba alegre.

Ella, allí en su ciudad encendida por sol a orillas de su lago, mostraba un rostro cruzado por el extrañar, anhelaba encontrarlo y amarse; amarse mirando ella al cielo, mirando él a la tierra y el viento alrededor.  Desde hace tanto tiempo no había sabido nada de él, de su Manuel. La inercia en el amor, la vivía con un sentido de vacío, no acertaba a explicarse su ausencia.

Y como si en un oráculo estaría escrito, de un día para otro, se decidió a buscarlo y encontrarlo. Estaba resuelta a retomar con valentía el curso de su vida con Manuel, no podía olvidarlo. Se prometió llamarlo, había logrado conseguir hace unos días, por fin, su número que en el tiempo había cambiado varias veces.

Por su parte, Manuel no cejó un instante desde el momento en que se sintió sanado de su dolencia, en buscarla y tratar de hallarla, y logró obtener su nuevo número telefónico.

En el recuerdo, ambos se habían buscado; en los recodos del pensamiento, en la habitación cerrada  hace tiempo, entre las enredaderas florecidas del jardín,  en los salones, en el vecindario…

El cabello que había perdido con las quimioterapias, había crecido de nuevo,  y se veía fuerte e increíblemente vigoroso. Ese día, duplicó el multivitamínico, sin dolores musculares, y ya sin el manotaje de las enfermeras; estaba deliciosamente atrapado en lo que se proponía hacer, en esa vibrante ansiedad del amor. No era nada descabellada su idea, así pensaba Manuel y se decía para sí mismo, que el único aliciente de la vida, en definitiva, es el amor, que es él la verdadera alma que nos hace escapar al menos momentáneamente de la muerte, que el placer de amar derrota lo artificioso de la vida y descubre la verdadera esencia del existir, y se decía, que de eso se trataba la historia de la humanidad.

El azar es demasiado vasto como para dejarlo en libertad a la suerte, y ambos recordaban, que ellos habían declarado el jueves como el día mágico de la semana, y las diez de la noche como la hora más idílica.

Manuel se propuso llamarla exactamente ese próximo jueves y a esa hora.

Ella, sonríe para sí misma pensando en lo que haría esa noche del jueves entrante a las diez de la noche. Estaba decidida lo llamaría. Después de tanto tiempo, no podía evitar que el susto se le alojara en el pecho. Ya la tristeza y las dudas, no la agobiarían mas, esa muralla casi infranqueable la derribaría, era un deseo, un placer anhelado, un secreto que deshebraría.

De manera que ahí se encontraban, Manuel y ella, en un universo pleno de emociones. Ambos se dan cuenta, del tiempo que  llevan amándose.

A ninguno de los dos les cabía la posibilidad de que fracasarían, no era un antojo ni un desatino para ellos; las mismas voces se encargaran del amor que el tiempo los mantiene unidos.

La noche había caído mansamente. Sin vacilaciones, ambos, Manuel y ella, cada uno por su lado, marcaron los números.

Y ese jueves, el día más mágico y hermoso de la semana como habían pactado que era, a las diez de la noche en punto, en la hora idílica, repicaron los teléfonos.

Por algún resquicio de lo ignoto, el amor suele reencontrar a los amantes.

Autora: Henn Kim Pais: Korea del Sur. Técnica: Ilustracion digital Año: 2018

LAS SORTIJAS DE LA TRANSPARENCIA – María Cristina Solaeche Galera

Yo me consolaría si pudiera
verla, tres horas, dos, una siquiera,
aunque en ese momento de ventura 

Me cegase la luz de su mirada

Cruz María Salmerón Acosta

Esteban llega después del trabajo como todos los días de lunes a viernes, a su apartamento casi solitario.

Allí queda un perro, que una tarde, mientras Esteban y ella paseaban por una callejuela, encontraron desvaído y hambriento, y aún así les movió su cola; ella amorosa, recogió, cuidó  lo llamó Argos diciéndole:

– Te llamarás Argos, nos reconociste sacudiendo tu cola, como el perro de Odiseo en su regreso a Itaca–

El edificio tiene veintidós apartamentos, y en realidad, él no tiene relación alguna con los vecinos. Ella era la que asistía a las reuniones del condominio; él apenas intercambia en el ascensor una sonrisa inofensiva, y un lamento banal sobre la situación del país.

Al entrar al apartamento y cerrar silenciosamente la puerta, Esteban se va desprendiendo de casi todo, como un árbol seco de sus hojas; sobre la pequeña consola de la entrada deja las llaves, los lentes, el bolígrafo, el peine, el celular, las pastillas de menta, el documento de identidad, y sobre el suelo el maletín.

Mira en torno, sacude la cabeza para espantar tristezas. Prende el aire acondicionado, se quita el saco, la corbata, y se arremanga la camisa.

Quedan los muebles colocados tal como estaban, sus propias pertenencias y las de ella, el resto está vacío, vacío de ella, vacío de su aire y de su tiempo.

Ni los libros en desorden, ni los cigarrillos colmando los ceniceros, ni las notas de los boleros lagrimosos, ya no aparecen las manchas de lápiz labial en la almohada, ni se oyen los tres timbrazos en la puerta a su llegada.

En la cocina, silenciosa, sin el ruido mineral de los cacharros que ella laboriosa trasteaba, Esteban se prepara un café, y con la taza humeante se sienta en la pequeña mesita; enfrente está la otra silla, está vacía, es la de ella.

No descubre nada en derredor que no sea el recuerdo de su imagen, y cavila.

–Cuanto más intenso ha sido el amor, más intensos y exaltados son los recuerdos–

Lo invade una sensación de cansancio, de somnolencia. Después de tomar el café, se encierra en su escritorio con una botella de vino y una copa, le ha dado por beber en la copa de ella, y en el estéreo suena la última obra orquestal de Mendelssohn, el concierto de violín.

Saboreado el vino y disfrutada  la música, Esteban se siente algo sereno, y con paso aligerado y un recelo que no puede evitar nunca, entra en la habitación que compartió con ella.

Se acerca al espejo del tocador que tantas veces la reflejó con coquetería, y contempla Esteban su propio rostro; se le antojan extrañas sus facciones, ya no son las mismas que ella acariciaba. Se inquieta, se da cuenta de que no guarda en su memoria su propio rostro acariciado, y clava sus ojos en la mirada neblinosa que desde el espejo también lo mira.

Una sensación de finitud, como si la mente se fragmentara y dispersara en recuerdos de un momento o de otro, lo asalta.

Detalla cada objeto sobre la peinadora: un alhajero, una rosa artificial y retorcida sobre un primoroso florero azul, unas tijeras, un cepillo, todo ha quedado donde lo dejó.

Cuando llegó el médico, ella ya había muerto. Esteban desde hace un tiempo, duda del carácter definitivo de la muerte, es el dolor y el extrañarla que lo hacen vacilar. Lo que más lo agobia, es que muriera cuando más dichosos eran; todavía recuerda con exactitud y angustia, los sonidos de las dos palabras rotas con la que ella se despidió de él, y en voz baja para si  mismo se las repite.

Le cuesta mucho, demasiado quizás, la idea de vivir sin ella, suele antojársele a veces imposible pero no le queda otro remedio, es el instinto del vivir y tiene que sobreponerse a este día, como se sobrepuso ayer y anteayer y tendrá que hacerlo mañana. Los tiempos en que de amor se moría, ya habían pasado si es que existieron.

Cansado de un día de agotador trabajo, Esteban se acuesta; conserva su lado de la cama, el otro lado reclama silencioso la ausencia; ajusta la hora en el celular y trata de dormir, mas es inútil, se queda despierto hasta cerca de la madrugada dando vueltas en la cama con apenas la luz tenue de la lamparita.

Toda la noche agitándose, explorando en su memoria la imagen de un rostro, de una mirada clara de mar en calma, de una falda azul floreada, de una mano con dos sortijas y una sonrisa cómplice. Quiere abrazarla, pero aunque agita los brazos y mueve los labios, no le sale la voz y los brazos extendidos  envuelven el aire.

Los recuerdos como pájaros revoloteando, se esconden y vuelven a mostrarse, no le permiten conciliar el sueño y cuando llega el alba lo encuentra adormilado; es una mañana clara y húmeda de septiembre, en la que ya se adivina la lluvia del atardecer.

Ella murió un marzo, en una madrugada agonizante, Esteban enloqueció de dolor. El tiempo se empeña en esconder su desconsuelo en el olvido. Se da cuenta, que cada día desde que ella falleció, no ha logrado que su imagen le sonriera desde el recuerdo.

Era jueves, ya muy tarde, había anochecido, y Esteban se entretenía leyendo un libro de mitología, que un colega del trabajo le había prestado el día anterior.

Inesperadamente oye tres timbrazos en la puerta, – fueron tres timbrazos – pensó: tan iguales a los que ella acostumbraba a tocar cada vez que llegaba, que el corazón se le aceleró.

Desconcertado por la hora y sus alocados pensamientos, se apresura para abrir; Argos se levanta enseguida y moviendo frenéticamente la cola en señal de alegría, llega a la puerta antes que él. Al observar la conducta del perro Esteban, más confiado abre la puerta.

Allí, en el umbral está ella, es su imagen traslúcida, poco menos que real, es transparente, totalmente trasparente, el rostro, la ropa, los brazos, las piernas, hasta los zapatos son transparentes, toda ella es una transparencia; pero los ojos, los ojos no, la mirada clara de mar en calma, es cálida, tan hermosa como la recuerda Esteban en la última mirada que ella le dirigió.

Es ella, sin duda alguna, hasta Argos la reconoce y agita alegremente su cola intentando sin lograr olisquearla.

Es una transparencia, es traslúcida toda ella excepto los ojos; él puede ver a través del vaporoso vestido azul floreado, entre los vuelos se insinúa su cuerpo, ese cuerpo que tanto había amado.

Esteban estupefacto, ansioso, perturbado y amoroso de nuevo, no acierta a reaccionar. Sabe que debe permanecer en silencio, la transparencia no mueve los labios, no emite ningún sonido.

De repente, ante un Esteban atónito y perplejo, ella extiende su mano trasparente con dos nítidas sortijas, toma la mano de él y se la lleva a su propio corazón sin dejar de mirarlo, después, lentamente, la apoya en el corazón de Esteban que late sobresaltado.

Repentinamente, un cambio de tonalidad en los ojos de ella que resbalan lágrimas, la transparencia se desvanece, se disipa lentamente ante un Esteban aturdido, amoroso y confundido, que queda con su mano sobre el pecho, cerrada y apretada, muy apretada; vacila, contiene el aliento, poco a poco abre la mano, allí, en su palma,  brillan  las dos sortijas de ella.

A partir de ese día, todas las noches, antes de acostarse, Esteban espera ansioso a la amada transparencia; Argos echado a su lado también está alerta.

El sonido del timbre permanece mudo, la inquietud lo angustia, la impaciencia lo agobia; hasta el perro camina nervioso de un lado a otro, y suele pasar largas horas echado junto a la puerta alerta al más leve ruido, también él espera a la  mujer que lo había cuidado y querido.

Esteban espera, espera y espera. El desasosiego lo consume, el timbre no suena, enmudeció. Igual sucede durante varias noches, de varias semanas, de varios meses; no se trata de comprender, no tiene alivio Esteban y desconsolado piensa: «Esa mirada clara de mar en calma, quizás llora conmigo la ausencia«.

Una de esas noches de espera, sentado en su sofá, Esteban con su mano cerrada y apretada sobre su corazón, cierra los ojos; de repente, siente algo cálido en la palma de su mano cerrada, entonces, solo entonces, la abre, allí brillan las dos sortijas.

En ese momento, supo que ella no iba a volver nunca, que una segunda vez partía sin él, que no regresaría jamás.

La negrura de la noche desciende callada, y la luna orgullosa se empina en los cielos.

Y a Esteban se le hizo el amor, más amor, más hondo y doloroso.

María Cristina Solaeche Galera.

Autor: Alex Dukhanov
Técnica: Fotografía
Título: Niña del bosque oscuro retirándose

«ERA UNA MARIPOSA» de Maria Cristina Solaeche Galera

Sufrieron hasta ese grado en que la angustia
se transforma en enfermedad mental.
Borís Pasternak.

La rabia de los celos es tan fuerte, que fuerza a hacer cualquier desatino.
Miguel de Cervantes.

Eleonora más que caminar se desliza aérea como flotando;   es una mujer  fibrosa y menuda. Delgada, muy delgada, con una delgadez tal, que parece no tener fuerzas en sus dedos de pájaro, ni para pulsar el teclado de la computadora que tiene sobre su mesita de trabajo; los labios los mantiene torturados en un gesto que insinúa la existencia de un constante malestar, el cabello lacio y largo de un castaño oscuro recogido en una cola, y unos ojos pequeños, demasiado pequeños.

Es tal su insignificancia, que los hombres no reparan en ella, mejor dicho, poca gente nota su presencia. Da la impresión, de estar toda ella habitada por una nada diminuta y fantasmal.

Sin intereses culturales, sin la mínima inquietud filosófica, opaca, insulsa, pero eso sí, con unas desesperadas ansias de salir de la agobiante situación de soledad en la que vegeta.

La casa donde Eleonora vive, se encuentra enterrada en un barrio conocido por el nombre de La promesa.

El interior de la vivienda está iluminado apenas por unas ventanucas que encajan mal, las paredes desconchadas y los lugares en desorden y repletos de trastos. En el patio sediento, crece un solitario árbol de mango con la corteza ennegrecida y reseca; por la puerta que da a él, se cuelan cada vez que se abre, ráfagas de insoportable calor  que llegan hasta la médula de la casa, y  si llueve, las goteras del techo, obligan a desplazar tobos de un lado a otro que a cada rato hay que vaciar.

Su padre había sido mecánico, y su apasionamiento fue solamente para las herramientas. Su madre padeció de hipocondría, y sus pasiones fueron las medicinas y las visitas a casi todas las diferentes especialidades médicas, sin que ninguno de los galenos le hubiera diagnosticado nada que justificara sus cuadros sintomáticos, y cuando murió, irónicamente no se postró con ningún mal real, ni emitió un quejido.

Vive Eleonora, acompañada de  una hermana mayor  solterona como ella, con trastornos de carácter, que brinca de la calma a la agitación en segundos; es una réplica de la madre tanto en la expresión como en las manías, en los gestos y en la entonación chirriante de la voz. Al igual que a su madre, a su hermana siempre le duele algo, unos días los pulmones, otros la garganta, o el estómago, la cabeza, los ojos… los imaginados dolores le recorren el cuerpo fantasmalmente, y ella maniática, se esfuerza en hacer parte de sus enfermedades a todos los que escasamente suelen rodearla. Cuando se siente mal, que es casi todos los días, atraviesa como una furia las estancias de la casa quejándose de esto, de aquello y de lo otro, hasta llegar a quejarse de una cosa, y al poco tiempo de la contraria. Mientras esos furores suceden, pues los momentos de paz, nunca son de paz, sino de tregua, Eleonora, si no está en el trabajo, permanece callada, no dice nada, ni pregunta ni afirma, ni reclama, se limita a hacer silencio y recogerse en su habitación colindante con la de la hermana,  a resignarse  sollozando, y arrullarse el rostro con ambas manos,  prometiéndose que ella saldrá de esta situación a como diera lugar.

Todo en derredor parece roto, desvencijado, como si desde que Eleonora hubiera nacido, estuviera el mundo que la rodeaba  casi destruido; ya cuando era una niña, las vidas de sus padres estaban rotas.

Los días laborables, metódicamente, a las seis de la mañana Eleonora se toma su primer sorbo de café bien cargado. Poco antes de las ocho, ya está puntual en su trabajo y se sirve un segundo café de la máquina de la oficina; después, se va a su reducido espacio de labores donde apenas tiene una silla, una mesa-escritorio mínima, una computadora,  y una ventanilla de vidrio para atender a los usuarios de las oficinas de la Notaria Pública y, a los abogados que reclaman a diario las documentaciones ya notariadas.

Uno de esos tediosos días, Eleonora nota, que entre los numerosos abogados que recurren a su ventanilla buscando documentos, un hombre muy sobrio, siempre de traje y corbata como su trabajo en los tribunales lo amerita, siempre le guiña un ojo y sonríe cuando ella le entrega los documentos que diariamente requiere. Es uno de los tantos abogados que llegan solicitando recaudos legales. Es un hombre afable, caballeroso, su nombre Dr. Elio Azuaje.

Eleonora lo empieza a mirar y atender cada vez que él solicita algún papel, con más complacencia que al resto de las personas que acuden a su ventanilla, mientras empieza a fantasear con un posible romance.

Una tarde, casi finalizado el trabajo, aparece Elio en su ventana, y después de recoger un documento, caballerosamente la invita a tomar un café en la cafetería de enfrente, del otro lado de la calle, como una manera de agradecerle su esmero al atenderlo. Ella, ansiosa para sus adentros, acepta rápidamente; y así ocurre durante varias semanas. Casi todas las tardes al salir del trabajo, se repite la invitación, y se dirigen al mismo café; ya se les vuelve  un hábito.

Después de un tiempo, salidas, y conversaciones en las que ella es solamente una escucha, conoce los horarios, y algunas de las costumbres y rutinas de Elio. Se entera Eleonora, que él es divorciado, con una hija en el exterior, que es jugador de ajedrez, le encanta el teatro, y que su situación económica es muy estable. Comparten algunas actividades culturales, una que otra película y conoce  unos amigos de él; poco a poco,  es una rutina a la salida del trabajo.

Lo que para Elio es una amistad  sencilla y sin complicaciones, que nunca pasará más allá de esos sentimientos; para Eleonora, en su corazón, es un apasionado enamoramiento que está enraizando en amor. A partir de allí, Eleonora empieza a vivir en un mundo en el que el amor existe cada minuto de su vida.

Transcurren unos meses, hasta que un día, Elio, su amigo confidente, le dice muy entusiasmado a Eleonora que se ha enamorado, que se trata de una mujer muy apasionada, una guapa morena que conoció en el trabajo y es abogada como él. Eleonora da un vuelco súbito, y de nuevo, a partir de ese instante, y de un día para otro, empieza a llevar la vida fantasmal que vivía antes de conocer a Elio.

Al entrar en el autobús que la deja en el trabajo, ya no se sienta, se desploma en el asiento; la expresión de tristeza no le abandona el cuerpo y el rictus amargo en sus labios se acentúa aún mas.

En el barrio La Promesa, los vecinos no la vuelven a ver sonriente, sentada al atardecer, en el reducido y sombrío porche de la casa como  solía hacerlo los últimos meses.

Eleonora se obliga diariamente, a simular una sonrisa ante los compañeros y usuarios en las labores de la notaría, pierde el gusto por las actividades sociales y culturales  a las que había asistido con Elio, hasta el apetito se le reduce adelgazando aún más todavía. Mientras se esfuerza, en que su expresión no muestre ningún cambio y finge, finge que vive tranquila, pero la boca suele  decir cosas que la mirada desmiente.

La cocina en el hogar de las hermanas es muy pequeña; antes estaba ordenada y limpia, solo ella se encargaba; ahora, está repleta de ollas, sartenes, platos, tazas sucias y otras cosas amontonadas sobre las estanterías, y ni ella ni su hermana hipocondríaca, que nunca lo había hecho, se preocupan de ordenar.

Cuando se acuesta Eleonora, el tacto de la sábana al meterse en la cama se le asemeja a una mortaja, fría por el aire acondicionado que calma el calor de la habitación; cada objeto que en hay dentro, está tan frío como ella misma se siente. Solo una vez dormida, el sueño se le convierte en un remanso de tranquilidad.

Cada vez que Eleonora se mira en el espejo, no puede olvidar cómo era su rostro antes de adquirir las facciones  agrias del despecho, de los celos y del resentimiento.

– Una tonta, una invisible, eso es lo que eres – se repite con voz seca y cansada frente a su imagen.

Elio por su parte, ha espaciado las invitaciones para Eleonora, hasta anularlas, y se vuelca en la mujer de la que está enamorado. Cuando recoge los documentos, ya no es un guiño y una sonrisa la despedida, se limita a un cortés saludo y sin invitación al café de enfrente.

Transcurren así dos meses, y de un día para otro, Eleonora cambia drásticamente sus sentimientos y su conducta para con Elio, para con los que la rodean tanto en el trabajo como en el vecindario, con su enervante hermana y consigo misma. El cambio se produce violentamente; al principio había sido un decaimiento, un abatimiento, una razonable consternación; después, repentinamente, el rencor y la posibilidad de una venganza se empieza a enquistar en su espíritu. Nunca ella había imaginado ese sufrimiento, se encuentra indefensa, con dolor, con rabia, con odio y con miedo; hasta que llega el momento en que ese nuevo sentir ácido, amargo y vengativo, acapara día y noche su mente.

Frente a Elio, ajeno y distante, ella no muestra ninguna emoción, lo atiende como a cualquier otra persona que acude a su ventanilla. Todo ello le produce una pena sin límites y no se permite cerrar la herida, al contrario, la hurga mientras se adueña de ella el aborrecimiento y el resentimiento, pero absurdamente, no contra Elio, sino contra la mujer que la desplazó, a la que conoció una tarde en el trabajo cuando él se la presentó.

Eleonora se ha transformando en una mujer seca, desabrida, brusca, antipática, intratable. Se arrepiente de todo, de llorar, de dormir, de trabajar en la notaría, de vivir con esa hermana, en esa casa y en ese barrio al que las promesas no llegan nunca a pesar de su nombre. Pero no se resigna a que otra se lo haya quitado.

Al principio asoma la venganza, solo como un murmullo, como un rumor interior, como el zumbido de un enjambre de insectos que se le encaja dolorosamente en su corazón. Después, ya mantiene entre ceja y ceja a la usurpadora, la odia de día y de noche, en todas partes y lugares a donde el pensamiento le lleva a Eleonora la imagen aborrecida. El odio crece día a día, noche a noche, insomnio a insomnio, hasta alcanzar una intensa perturbación en su mente, y ese dolor del despecho,  que tan conocido es para muchas mujeres, ella lo siente por primera vez, y es único e insufrible para Eleonora.

Empieza Eleonora a traspasar el horizonte de la cordura. De ahora en adelante, elucubra la manera de deshacer esa relación acabando con la odiada mujer; de imaginar las formas como destruirla, y acopla a sus sentimientos vengativos, sus celos y su exacerbado encono.

Al llegar al trabajo, apenas habla. En lugar de una taza de café, toma varias una tras otra compulsivamente, en silencio, pálida y ojerosa, haciendo tintinear la taza y el plato con el temblor nervioso de sus pequeñas manos. Después, muy alterada, camina de un lado a otro irascible, hasta lograr ocupar su lugar en la ventanilla de la notaría, se estira las arrugas de la ropa ahora descuidada y se acomoda nerviosamente la cola de caballo.

Cuando regresa a su casa, en su dormitorio, le da por mirar constantemente su imagen en el espejo, y se queda un largo rato enfrente de ella, casi rígida, se mira directamente a los ojos y aprieta los labios, se palpa la cara, se acaricia los párpados, y por sobre todo, el vientre que sabe quedará estéril. Tiene sudorosa la frente, cierra los pequeños  puños y le tiemblan los brazos. La imagen de Eleonora aparece en el reflejo, como los desechos de un animal marino abandonado en tierra por la marea.

Se queda casi inmóvil mirándose, como queriendo saber la causa y la razón por la cual ella está en este mundo sufriendo así.

Pasa las noches despierta, en vilo, con los ojos desorbitados mirando fijamente el techo y restregando sus manos una contra otra. Y llora, y sigue llorando y llorando durante todas las malditas noches de insomnio.

Acaba abandonando el trabajo, razón por la que es despedida. Busca ansiosa varias alternativas a su sufrimiento y consulta psicólogos; desencantada, visita astrólogos, curanderos, videntes y  hechiceras, quienes a sus maneras, cada uno le va presentando soluciones ya inútiles, ya perversas.  Toma dos pastillas diarias de ansiolíticos y realiza sesiones de respiración consciente como método de relajación por indicaciones del psicólogo, hastiada, manda realizar trabajos de magia, prende velas, inciensos… en su desespero acude a cualquier recurso; intenta la meditación mas no logra concentrarse en nada que no sean las imágenes de él y ella, y cuando sospecha que está a punto de lograr una pizca de serenidad y equilibrio, un manto tupido y nebuloso la separa de su objetivo, es el rostro de la mujer usurpadora del amor de su Elio.

No puede entender, como en un mundo donde cada día ocurren cosas maravillosas, no se pueda solucionar un simple asunto amoroso para ella tan imperioso; no puede resignarse.

Se queda anémica, mucho más demacrada y macilenta. No quiere casi comer, ni salir, ni hablar apenas; hasta al levantar el celular, cuando escasamente suena, lo hace con un esfuerzo como si le pesara una tonelada. Todo le sale mal, le tiembla el cuerpo en su interior, no tiene control sobre su mente,  está perdiendo el juicio.

Una tarde temprano, en que el sol persiste en sus encantos naranjas en medio de un intenso azul, y el aire huele a limpio, está Eleonora sentada y desmadejada en su mecedora en el porche, con la espalda curvada, las piernas apretadas nerviosamente una contra otra y las manos aferradas a los brazos de la silla como si fuera  a caerse, y la mueca amarga en sus labios más acentuada aún.

Repentinamente, una vistosa y delicada mariposa blanca nacarada se posa en sus rodillas. Eleonora con violencia que ya no contiene en su trastorno mental, con una burlona sonrisa y unas ganas incontrolables de matarla, se apresura a atraparla; la mariposa lucha por escapar, ella con una mano le sostiene con sus esqueléticos dedos las puntas de las dos hermosas y frágiles alas, la sacude con rabia y aprieta tanto, que las alas se despedazan en sus dedos como papelillos, y cae al suelo el cuerpo de la pequeña mariposa que indefensa, aún se mueve con torpeza intentando volar, pero ya no puede y queda inmóvil. Con la mirada extraviada, con saña y un gesto de aversión, la aplasta y restriega contra el suelo con goce demencial.

Su rostro cambia de repente, se alteran más aún sus facciones, se levanta con aire triunfal, con una sonrisa desquiciante, con un gesto de locura en el semblante y una expresión desfigurada por el desvarío.

Al fin logró resolver su angustioso problema, Elio volverá de nuevo con ella y nunca, nunca jamás, nada se interpondrá entre ellos, ha destruido totalmente a la hermosa mujer morena.

Un grito estridente de alegría, araña la garganta de Eleonora.

– ¡Ella, ella era una mariposa! –

Autor de la obra: Viggiano de la Vega. Año: 2012. Título: Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas,

EL MILAGRO DE ERSILIA

EL MILAGRO DE ERSILIA

María Cristina Solaeche Galera

Desde el fondo del abismo

clamo a ti, Señor.

¡escucha, Señor, mi voz!

¡Atiendan tus oídos mi grito suplicante!

Salmo 130.

El apartamento sin la presencia del padre, inspiraba temor a las dos mujeres, sobre todo, a partir del anochecer cuando el silencio y las penumbras lo hacían más sombrío; en él vivían solas, la madre y la hija.

Ersilia, la hija, tiene la misma boca de su padre, con la comisura izquierda algo más elevada que la derecha, pero, no así los sentimientos hermosos, estos se fueron con él cuando murió.

La madre, languidecía cada día en su silla de ruedas. Las articulaciones rígidas y nudosas; los ojos pardos demasiado tristes y demasiado abiertos, como anhelando ver algo más allá de lo que la rodeaba; los labios antes hermosos, estaban ahora fruncidos y resguardaban una boca huérfana de dientes. La tristeza se asentaba en su casi deshecho cuerpo y en su desconsolada viudez.

Los únicos sonidos que la madre oía, eran, el de los latidos de su propia sangre en las sienes, los reclamos de Ersilia, y los cánticos religiosos de alabanzas que su hija hacía sonar insistentemente todos los atardeceres; mientra ella, la pobre mujer, se quedaba mirándose las manos abiertas, extendidas sobre las debilitadas piernas, como esperando algo que nunca llegaría, y el abatimiento, el desconsuelo le encarcelaba el cuerpo más aún en los dolores y en la postración de la silla de ruedas.

Ersilia, a diario se decía, que su responsabilidad con su madre, era enorme, era excesiva. Ella se sabía buena, sacrificada y muy creyente en Dios.

Tenía tomada una decisión. La había pensado detenidamente durante mucho tiempo, quizás demasiado; una decisión muy sentida, madurada, y últimamente, le rondaba en su cabeza y corazón cada instante.

No, no era una decisión amorosa, ni de compasión por su desvalida madre. Al contrario, era el resultado de una agitación mortificante que arañaba la mente de Ersilia día a día; una rabia fría, una mezcla de piedad mística, repugnancia y hastiamiento, al ver todos los días, a toda hora, ante sus ojos, a la madre contraecha en la silla de ruedas que ya no podía manejar siquiera ni valerse por si misma. Encorvada, macilenta, y con los pulmones destrozados.

—¡Qué tos!— solía mascullar cada vez que la oía toser.

A cada acceso, la pobre mujer jadeaba sofocada, y se golpeaba el pecho con los puños deformados diciendo entrecortadamente:

—Me muero…me muero ¡Ay Dios mío!

Otra semana finalizaba con la llegada del domingo, el día dedicado enteramente por Ersilia al Señor Padre del universo; el día más conveniente para hacer realidad su piadosa resolución. Ersilia, entusiasta creyente, ya lo había decidido, y esa noche, le rogaría al Señor Padre, al Dios del cielo, que la ayudara a hacerla realidad. Le suplicaría a la divinidad un prodigio, estaba segura pues tenía fe, una fe firme en él, Dios Padre, quién seguro le haría el milagro. Reconocía que esa situación repulsiva debía de terminar, y el Dios bueno e infinitamente misericordioso, el rey de los cielos piadosamente la auxiliaría.

Ese día, Ersilia, ya desde la mañana, había soltado improperios porque el café se le había enfriado, por tener que atender a su madre; porque se habían quemado las tostadas; y que el sol ya estaba encubierto, y ella llegaría tarde a los sagrados ritos religiosos en la iglesia.

Para Ersilia se le había convertido en un deber sagrado lo que en su mente había planificado con una fe firme y resignada beatitud.

—El tiempo de Dios es perfecto— se decía, y esa noche sería perfecta.

Declinó el día, acostó de mala gana como siempre a la madre y, ni un gesto involuntario, ni la mínima mengua en el rostro, ni un parpadeo, ni un temblor en los labios, la traicionaban mientras le decía a su madre:

—Mamá, esta noche esfuérzate en dormir, tranquila en la cama, no pienses en nada, solo duerme.

Una vez en su cuarto, Ersilia toma aire un par de veces, y arrodillada, insuflada de fe, comienza sus plegarias mientras acaricia el cristo de plata que siempre cuelga de su cuello y manosea un rosario. Pronuncia vehemente cada palabra de su petición en la oración; lo hace, como un ruego suplicante, mientras en sus ojos brilla una expresión de fanatismo.

Piensa en aquel pasaje bíblico que empieza: Señor, escucha mi oración; pon atención a mi súplica.

Entornando los ojos, el dormitorio le parece haberse iluminado con una claridad divina, como por un soplo misterioso. Algo milagroso estaba ocurriendo, sentía que la luz se iba posando sobre las paredes del cuarto, sobre su cama, deslizándose hasta llegar a sus suplicantes manos.

Abría los brazos, levantaba la mirada hacia techo, creyendo ver el cielo y exclamando.

—¡Dios…Dios…Dios! ¡Dios del universo, ayúdame! Tú sabes mis necesidades. Tu tiempo es perfecto.

En el arrebato, creía ver en el cegador resplandor ante sus ojos, la prueba fehaciente, de que Dios estaba frente a ella y le estaba amorosamente oyendo sus súplicas.

El corazón empezó a latirle aceleradamente entre las costillas, el Señor Padre de los cielos estaba atendiendo su oración, le estaba respondiendo.

El sol había descendiendo totalmente, las nubes se encogieron, la humedad no se evaporaba. Acabada su súplica, su ruego al todopoderoso, el estruendo de un trueno y el lívido claror del relámpago la conmocionaron y una torrencial lluvia se desató. Ersilia cree en su viva fe, que son señales de que Dios le ha respondido, que le confirma sus pensamientos, que el milagro se ha obrado, y su petición ha sido oída por el altísimo.

Ersilia se quedó atenta al mínimo ruido, no oye la terca tos nocturna de su madre; en silencio se acercó al dormitorio de ella e impaciente, oyó detrás de la puerta del cuarto. Nada, ni siquiera el acostumbrado jadeo de la madre se oía. Espera aún un rato, después, decidida persignándose santamente de nuevo, y con fe en su misericordioso Dios, abre la puerta.

El cuarto estaba tenuemente alumbrado por la lámpara de noche que iluminaba escasamente el rostro sufriente de la madre.

Vacilante, Ersilia, avanzó hacia el lecho, esperanzada de que su justa petición haya sido oída por el altísimo.

Se acercó cautelosa; el semblante de su madre no tenía lo apacible del dormir, en su lugar, una contracción trágica lo retorcía, y los brazos y las manos mostraban engarrotados un gesto desesperante. Ante esta imagen, Ersilia, con su impoluta fe, la tocó, se da cuenta que estaba muerta. Una sonrisa de satisfacción asomó en sus labios, se le iluminó la mirada, agarró la sábana y decidida, rápidamente tapó el cuerpo de la madre.

Allí mismo, al pie de la cama, Ersilia, se arrodilla, se persigna nuevamente, y entonando un canto religioso de su preferencia, agradece a la infinita misericordia celestial, que le oyó su plegaria.

Y amaneció, reinaba un profundo silencio en el apartamento; Ersilia en la cocina sorbo a sorbo se deleitaba con su café bien caliente, mientras miraba por la ventana los pequeños y alegres frutos rojos del semeruco del jardín del edificio vecino. Terminó su aromática infusión y se dirigió al teléfono, tenía que avisar del fallecimiento de su madre.

Ersilia sabía muy bien, que los milagros ocurren a instancias de un ser que es omnipotente, además de omnisciente y omnipresente. Agradecida y contenta, con beata satisfacción, en voz alta prorrumpía en gracias y lisonjas al bondadoso Dios por haberle concedido el milagro.

César Rondón. Honduras.

«Mujer rezando».

LA ROSA DE OTILIA

María Cristina Solaeche Galera

La límpida fragilidad de esa rosa,

la única que nació anoche y que hoy descubro,

descifra la maravilla

de lo breve.

Héctor Silva Michelena.

A diferencia de todos los de su familia que son altos y esbeltos, Otilia es baja, obesa, muy obesa, las piernas apenas soportan su peso, los pechos enormes, manos y pies regordetes con dedos más regordetes aún; los ojos son hermosos azabaches expresivos como los del padre, y tiene los labios generosos de la madre; una risa chispeante que suele soltar en el momento menos adecuado; una incondicional credulidad y confianza en las iconografías de todos los santos, y una fe ciega en el cielo y el infierno.

Otilia es laboriosa, trabaja lunes, miércoles y jueves de tres a seis de la tarde, de secretaria en el consultorio de un dermatólogo, labor nada agobiante pues la realiza sentada en un escritorio. Y canta, tiene una cadencia en su voz melodiosa con la que entona preciosas canciones, los boleros y baladas son de su predilección.

Chipko, es un dominante y dictatorial gallo, esbelto, de plumaje rojinegro, cresta encarnada y una actitud arrogante. En el pequeño patio trasero, vigila y mantiene libre de alimañas, el jardín donde Otilia cultiva hierbas aromáticas de albahaca, perejil, orégano, toronjil y manzanilla; al mismo tiempo, cumple cabalmente con despertarla todas las madrugadas de todos los días del año, a las seis en punto.

Hace tiempo, que Otilia ha enterrado las ganas de vivir “plenamente”, de enamorarse, al menos como la mayoría. Sabe, que a medida que el tiempo pasa, la piel pierde tersura; en la frente, el entrecejo empieza a dominar con sus dos surcos; sabe que engordará más, y de su lengua conversadora solo saldrán astillas de silencio.

Pero ella siente una angustia aún mayor, y es que siempre, en todo momento, siente una avidez de comer que le recorre desde los labios, desde la boca, al estómago y en cantidades generosas. Otilia es glotona.

Transcurren los días, los meses, el año. Otilia va y viene con pesado y lento trajinar por el trabajo y por la casa. En su vivienda, se apretujan figurillas de cerámica en los estantes del seibó; cuadros toscos de beatíficos santos en las paredes; un par de sillones asfixiados de cojines en la salita; una mesa de comedor para cuatro que nadie más que ella utiliza, salvo un domingo al mes cuando sus dos hermanas la visitan; un reloj de pared herencia de su abuelo materno y detenido en una triste hora; una mesita con una coqueta y colorida lámpara que enciende todos los anocheceres y, un aparador con la vajilla que solo es sacada el día de la visita familiar.

Por las mañanas, suele leer entusiasmada las recetas de los libros de cocina y, repasar las notas que ha escrito en los cuadernos sobre variados platos de comida que recoge de los programas televisivos, para después, abocarse a realizar con entusiasmo cada uno de ellos, y luego, devorarlos con deleite. Por la temprana tarde, suele leer noveluchas romanticonas y las noticias baladíes de la farándula.

Un día cada quince, lo dedica a la compra de comestibles, lo hace sin lista alguna; a ella, la vista, el olfato, el gusto y el tacto, le bastan, son más que suficientes para saber que alimentos debe adquirir.

Todos los viernes al atardecer, se acicala para el resto de la semana. En el tocador se aglomeran lociones y cosméticos, el lápiz labial, el delineador negro, la base del maquillaje, el polvo…. Se arregla las uñas y el cabello, se cubre el cuerpo y la cara de cremas, y envuelve su voluminosa humanidad en una cómoda bartola, para disponerse a ver la programación televisiva del fin de semana.

Nunca antes ni después de las nueve de la noche, se recluye en su dormitorio; a esa hora, se recoge en una soledad distinta a la del día. Esta soledad es reconfortante, no la agobia con pensamientos agrios ni inquietudes, muy al contrario, la sumerge poco a poco, en una quietud anestesiante que ni ella misma se da cuenta, y nada más pone la cabeza sobre la almohada y su rollizo cuerpo sobre la cama, se duerme. A las seis en punto de la mañana, Chipko, cabal cumplidor de sus tareas, sacude airosamente el plumaje de sus rojinegras alas, y la despierta puntual con un ufano, alborotador e insistente quiquiriquí.

Otilia dejó de soñar, al menos, no recuerda ni un solo sueño y mucho menos una pesadilla que haya tenido en los últimos años de su vida; ella se pregunta, si será el exceso de kilos lo que no le permite soñar.

Hubiera podido casarse hace años, cuando la excesiva grosura aún no se había adueñado de ella; cualquier hombre que necesitara una mujer sin opiniones sobre nada, que prefiriera la comida casera puntual y la televisión al atardecer, se podía haber enamorado de Otilia. Cocinar, ver televisión, cantar, rezar y al final del día dormir como se debe, son acciones que ella sabe realizar con éxito.

Pero Otilia no tiene suerte, a cada uno de los pretendientes, los fue borrando, por una causa u otra; después, a medida que engordaba excesivamente, los enamorados ya no aparecieron. Constantemente se pregunta en voz alta, como es posible que se haya transformado en lo que es, una mujer rechoncha y obesa. Le cuesta demasiado comprender lo que según ella, la vida le ha hecho. ¡Qué soledad tan grande la de su adiposa humanidad!

Otilia, gordinflona, muy gordinflona, culpa para sí misma, a todo y a todos de su desgracia, de la forma gordona que ha tomado su cuerpo.

Vive en un desconcierto interno, brinca de la alegría a la tristeza, de la tranquilidad a la desesperación, cada vez que una aflicción en el cuerpo, la obliga a comer, come, come más aún y con avidez. Ella misma no entiende, por qué nunca puede resistirse a la comida, salada, dulce o picante, fría o caliente.

Al final del día, como todos los días de todo el año, se duerme después de invocar a sus santos, y rogarle a los poderes celestiales que le den fuerzas para adelgazar; para después preguntarse por unos instantes, si sus ruegos habrán sido oídos por los cielos, y si llegará la solución para ella; cierra sus ojos y sin apenas moverse, sumerge su voluminosa humanidad en el olvido durante nueve horas exactas.

Los que la rodean, muy de vez en vez la visitan, y nunca reparan en lo que acontece en el alma solitaria de Otilia.

En uno de sus rígidos y diarios hábitos, abre su closet, repasa metódicamente cada pieza de vestir; se imagina un armario con hermosos y estilizados vestidos, y después con resignación, para vestirse, coger una bartola ancha, muy ancha, hoy de rayas, mañana floreada, después de lunares, las tiene en muy variados colores, mas ninguna es más allá de una vestimenta amplia, muy amplia, mientras, en voz alta se dice -Soy una gordona horrenda.

La casa siempre está inalterable, a Otilia le gusta ir y venir cantando, de la sala con la televisión a la despensa, de la despensa a la cocina cantando, cantando y saboreando siempre alguna golosina, y de la cocina al patio, donde Chipko reclama imperioso aleteando y quiquireando, sus raciones de alimento, pues él ya ha cumplido su tarea, ya la despertó, y el jardín fragante está a salvo de cualquier plaga; hasta las seis de la tarde no se le vuelve a oír.

Hace unos tres meses, en la quinta al fondo de su casa, se mudó una mujer con sus dos hijos: Edecio de veintisiete años y Arnoldo de catorce. Los tres en una breve y cortés visita que le hacen a Otilia, se ponen a sus órdenes.

Un día, Edecio se asoma a la tapia contigua que rodea y separa el patio de Otilia del de ellos, en un momento en que ella como acostumbra a esa hora, está regando su perfumado jardín y, entablan una sencilla conversación que dura lo que dura la actividad del riego.

Edecio es un hombre cordial, con un cuello erguido, de pelo negro liso y echado hacia atrás, la nariz un poco grande, con una voz grave y cálida, y una mirada enternecedora por su color agua-verde, de unos ojos que miran joviales.

Ella lo mira con curiosidad y un ligero entusiasmo, como si de súbito hubiera perdido la noción de estar sobre la tierra. Desde hace mucho, muchísimo tiempo, ningún hombre le ha hablado así, lo que Otilia atribuye quizás a causa de su físico; pero él no hace reparo alguno, y conversa animosamente.

Se ha vuelto una rutina, una rutina deliciosa para Otilia, la visita de Edecio en el muro cada tarde de cada sábado. El horario del riego ese día, se ha transformado de quince minutos en media hora, hasta llegar a casi una hora. Le ha dado por sembrar más semillas de plantas aromosas, y con entusiasmo planta un rosal a punto de florecer; secretamente piensa que cuando florezca la primera rosa, ella le traerá suerte en el amor, ya que así dice una leyenda del pueblo donde nació, allí, al pie de la cordillera andina.

Momentáneamente, se le atraviesa un pensamiento gris, recuerda las palabras de sus hermanas en la última visita hace casi un mes:

-¿Qué te pasa Otilia? ¿Todavía no piensas en rebajar? ¿A dónde piensas llegar?

Le dice una de ellas con voz rasposa.

-Eres una necia; deberías enflaquecer y hacerle caso al primero que te proponga matrimonio.

Afirma secamente la otra hermana.

Y se acuerda como ella por respuesta, se limitaba a arreglarse el cabello, adoptar una expresión falsa de indiferencia y callar.

Tiene Otilia cuarenta y dos años, pero el tiempo es veloz en una carrera en la que nunca se extenúa; ella sabe, que en unos años aparecerán las arrugas, se vencerán las comisuras de los labios, las invasivas canas apagarán el brillo bruno de su melena, se volverá yerma y agria, y el cuerpo, su cuerpo, será más pesado, más obeso, más fláccido.

El domingo, es el día de molestar a Dios con su gordura; temprano va a la iglesia, a la que acuden más mujeres que hombres para pedir, para suplicar a una indiferente misericordia divina, clemencia a sus amarguras. Otilia se refugia en un extremo del recinto, aspirando el olor de las velas y alegrando sus pupilas con los fugaces chisporroteos, mientras oye los murmullos de los rezos como si se les hubiera dado cuerda. Apenas puede estar arrodillada mucho tiempo, es un tormento el dolor en las rodillas.

Una de las tardes de riego y coloquio, acordaron Edecio y ella, que la próxima conversación la tendrían en la salita de la casa de ella. Otilia le pide que sea el próximo sábado, a eso de las cinco de la tarde.

Ese viernes anterior al día convenido, el acicalamiento es intenso, se esmera en elegir el color del esmalte de uñas a juego con el tono del vestido; lava su negra y bucleada cabellera doblemente, añade perfume al enjuague y una vez seco el pelo lo cepilla el doble de siempre. Se tarda en elegir la ropa para ese sábado, selecciona un traje primaveral de dos piezas que le esconde mejor sus voluminosidades. En el día, ha horneado unas galletas que sabe le salieron deliciosas, y piensa acompañarlas con unas tazas de chocolate caliente.

Esa noche se dirige del tocador a la cama en puntillas, parece flotar como su corazón. Otilia está enamorada.

Llega el sábado, nerviosa, no sabe que hacer; desde el día anterior ha preparado todo y está muy ansiosa, siente impaciencia en el pecho, y se entrega con ardor a la espera.

Desde tres horas antes, a las dos, ya está arreglada. Para hacer tiempo trata de entretenerse; cuelga maniáticamente los vestidos en el ropero por orden de estampados y colores, acomoda su delicada ropa interior en el cajón y organiza sus innumerables productos de belleza sobre el tocador. Sólo le queda esperar… nerviosa, prende el televisor y se hunde en uno de los sillones de la salita a dar tiempo al tiempo.

Las cinco en punto, oye el timbre, es Edecio; le abre una Otilia tan asustada como enamorada. El barrio está sumido en un silencio pegajoso.

Asoma el pliegue de una sonrisa en sus labios, la mirada se agranda, y hasta sus hermosas pestañas se agitan picarescas.

Se encaminan a la salita y se instalan en los dos únicos sillones que hay, apretujados entre coloridos cojines. Él habla del patriotismo, de los programas sociales, de los sacrificios que el pueblo hace, de los bienes públicos y privados, abriendo y cerrando sus manos con vigor. Ella callada, se limita a escucharlo atentamente aunque no entiende nada de lo que dice, lo oye como en sueños; ya la sola presencia física de Edecio es suficiente para que Otilia se sienta felicísima.

Chipko, puntual e indiscreto, a las seis en punto despide la tarde con su escandaloso canto. Edecio furtivamente mira el reloj y la mira a ella, más no hace el mínimo gesto de levantarse y ella tampoco.

Al rato, al despedirse, se siente ebria de amor, tiene el impulso de besarlo en la mejilla, pero no se atreve.

-Sólo Dios y yo sabemos lo que hay en mi corazón.

Se dice a sí misma.

Hubiera querido poder entender lo que Edecio dice en las conversaciones, la energía para exponer sus ideas y su anhelo de transformar la vida. Tal vez, algún día, cuando fuera más delgada, podría pensar así, y llegaría a su altura.

Las visitas sabatinas se volvieron fijas e intercaladas con otras, las de los martes. Cada tarde de esas, se compenetran más. Ella empieza a leer el libro que él le recomendó, con un diccionario al lado que también le prestó. Las conversaciones abarcan otros temas, ella le habla del uso de las plantas aromáticas en la cocina, de cómo apareció Chipko en su vida, de su familia, de sus ideas religiosas, de su tedioso trabajo, de poco más podía hablarle, era su limitado repertorio.

Y empezaron a quererse, a detenerse en las miradas, a recoger sus manos en las del otro, a saborear al mismo tiempo los variados dulces que ella le ofrece, empezaron a amarse, despacio, sin apresuramiento, cual gotas de eternidad. Ella a él, lo mima como a una hermosa planta, a la que tiene que cuidar con gran esmero en un áspero suelo. Él es espléndido, en cada visita se aparece con un regalo. Ella sabe lo que es caro, él lo que es bueno, una combinación perfecta.

Ambos se vuelven más audaces, en la última visita, cuando ella se reclina a ofrecerle otra taza de chocolate, él le acaricia la mejilla y se la besa desviándose a los labios, para rápidamente cubrirle el rostro de besos. Y esta vez, hablaron del amor y de la soledad. Al despedirse, él la estrecha como puede contra sí, Otilia se siente arrobada con el abrazo.

-¿Te gustaría que nos fuéramos a tierras lejanas, como suelen contar los cuentos de aventuras? – le pregunta Edecio mientras la acaricia.

La pregunta se le acerca lentamente, como si llegara de un viaje de un mundo extraño. Otilia se alisa nerviosa el vestido floreado, y echando hacia atrás la cabeza y removiendo coquetamente el cabello, le responde.

-Contigo quiero estar, a donde tú vayas yo voy.

Quedan, en que durante las dos semanas próximas no se verán, pues él tiene que viajar al interior, pero el segundo sábado, se amaran con la intensidad de los cuerpos. Otilia le echa los brazos al cuello, y Edecio no se reprime y le acaricia el asomo de los pechos en el escote; el deseo en ambos y el susto además en ella, los acompañarán hasta ese día de la nueva cita.

Se va Edecio, y una vez cerrada la puerta, Otilia está embargada de alegría, es presa de unos deseos insostenibles de cantar, de danzar, de hacer cualquier cosa alocada, de abrazar a la primera persona que se encuentre, hasta de beber para olvidar sus cuarenta y dos años y su gordura, que parecen esfumarse ante el asalto del amor. Necesita música, movimiento, luminosidad, su corazón reencontrado ardorosamente se está rebosando. Tiene por delante varios días, para preparar al detalle ese que será un día radiante. Su soledad ya ha durado demasiado.

Repentinamente recuerda, que el domingo anterior al sábado de la cita, es el día que sus hermanas le harán la obligada visita familiar.

Durante esos días, come menos, mucho menos, no vuelve a probar ni siquiera las ensaimadas que se prepara. Saca del cajón un pijama de seda que la tela susurra, lee un libro de poemas galantes que él le prestó, llena la casa con sus afinados y sonoros cantos. Otilia está feliz, feliz como no lo ha estado desde hace tanto tiempo, y siente alegre su cuerpo, hasta más ligero lo siente, y que vibra como si danzara, es una sensación íntima y placentera, y se pone a entonar románticos boleros. Para ella, Edecio reúne lo más portentoso del amor. El deseo al pensar en él se entrelaza desde sus ojos a su piel, desde su piel a sus entrañas.

Faltan todavía un par de horas para que se acueste, prende la televisión, se arrellana en su sillón, con un postre de hicacos en un platillo, y se dispone a entretener si es que lo logra, la mente y el cuerpo de los impulsos de verlo de nuevo.

Al día siguiente es domingo, a las nueve y media de la mañana suena el timbre de la puerta, son las dos hermanas que llegan a tomar con ella el rico desayuno que Otilia les tiene siempre preparado; piensan también como persistentemente lo hacen, aconsejarla sobre su gordura e insistirle en que se busque un marido.

Tocan el timbre con insistencia, nada sucede, pasan a golpear la puerta con los puños. Inútil, nadie la abre; ellas con la llave de repuesto que tienen de la casa de Otilia, la abren.

Por la ventana penetra un solecito alegre, y de la calle asciende un ruido ronco de domingo.

La ven sentada en la sala, en su sillón preferido, rodeada de los vistosos cojines, el platillo con los hicacos está desparramado en el suelo y la televisión prendida. Otilia, está muerta.

Una trombosis la noche anterior, dictaminó después el médico.

Es una mañana en que el cielo resplandece en azules, lavado por el fresco de la noche de verano.

En el rostro de Otilia, hay un hermoso gesto de alegría como nunca antes lo habían visto sus hermanas, y sobre el regazo, una rojísima rosa primorosa de su rosal. Había florecido el día anterior, augurándole el amor y Otilia la cortó con primor, la leyenda se cumplió, el amor llegó a su vida.

Fernando Botero (Colombia)

EL INSOMNIO DE MATÍAS. María Cristina Solaeche Galera

¿Qué es el insomnio?
La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta.
Es tener y contar en la alta noche las campanadas fatales,
es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los párpados (…)
es saberse culpable de velar cuando los otros duermen,
es querer hundirse en el sueño y no poder (…)
es el horror de ser y de seguir siendo,
es el alba dudosa.
Jorge Luis Borges.

La noche llega, el poniente se ilumina con tonalidades nacaradas. Matías es un hombre alto, enjuto de carnes, con una edad que frisa en los setenta, y está es, otra noche mas intentando dormir; se acuesta puntualmente como todos los días, alrededor de las doce y media de la noche; su mujer Florelia ya está dormida

Igual que muchas noches anteriores, se repite el mismo agobio, no logra conciliar el sueño. Da vueltas en la cama, boca abajo, de lado, hacia arriba, se enreda en la sábana, prende la luz de su mesita de noche, y lee unas páginas del libro que está en su mesilla; le escuecen los ojos, ya es suficiente, ya es suficiente, se repite y apaga la pequeña luz de nuevo; en las primeras noches hasta contaba ovejas con los ojos cerrados una, dos,…setenta,… cien… y no terminaría nunca la cuenta.

¿Tendrá que ver con el pensar? se dice. Amigos le aconsejan que ponga la mente en blanco, como si se pudiera vaciar la mente de los pensamientos ¡qué idea tan absurda!

¿Cuál habrá sido el motivo, las causas de no poder dormir? Matías repasa mentalmente los recuerdos y las ideas y cree, que no existen motivos para esta angustiante situación que padece.

La noche se alarga, el silencio se hace más callado aún; Matías escucha su propia respiración. De nuevo, vueltas tras vuelta en la cama, tratando de encontrar la postura adecuada, pero nada sucede, los párpados ni se entornan. El insomnio se apodera de su noche, de otra noche mas, él tiempo y el no dormir se eternizan en un desvelo irremediable.

Se sienta en el borde de la cama con cuidado para no despertar a Florelia, con ambas manos en las sienes, intenta pensar de que manera podrá superar este insomnio que se ha convertido en una tortura.

Se levanta a tientas, busca las pantuflas y de nuevo a rondar la casa otra vez, en ella reina un profundo silencio y se deslizan cómplices las sombras de la noche que dejan su tinte oscuro en los muebles, los enseres, por toda ella. Matías vislumbra la puerta que sale al patio, sale y se sienta en un banco, la brisa nocturnal es templada; pone atención y escucha el rasgueo de una guitarra, es el joven noctámbulo de la casa vecina que toca y compone de noche y duerme de día; anda y desanda el patio, espera con una pequeña caminata cansarse un poco mas de lo que ya está.

Regresa a la cocina con la boca seca y se prepara un te relajante, ni siquiera está soñoliento; Mi taza de te y yo, ambos insomnes, se dice. Nunca, nunca antes de estos infernales veintinueve días, le había sucedido algo así, siempre el sueño le llegaba puntual y reconfortante.

De nuevo entra y se asoma al ventanal de la sala, ve todo en penumbras. La luna con su liquida luz, se derrama sobre las casas, y los escasos árboles del barrio de su calle.

Ralph su gato gris rayado, amodorrado lo acompaña en sus andares, se despereza cada rato al seguirlo en su paseo nocturnal y de vez en vez maúlla incómodo, él aún no se acostumbra a estos paseos nocturnos de Matías.

Es tiempo de vigilia forzada, Matías repasa el techo y las paredes de la casa, detalla manchas que nunca antes había notado; resaltan a sus ojos los exóticos dibujos negros en el pelaje del gato gris rayado, y las delicadas formas de los encajes de las cortinas de la sala, en las que nunca había reparado.

Las 4:20 a.m. y sigue despierto esta noche también. Su esposa duerme placidamente, casi nada altera su sueño.

Poco a poco, noche tras noche, se ha vuelto habitual, normal, no dormir definitivamente nada, y ni siquiera una cabeceada de día; la desesperación lo vence. Ha llegado al extremo, de aguardar con impaciencia el amanecer, los ruidos del barrio y todo aquello que signifique vida diurna, para intentar acoplarse al ajetreo de la vida. Pero, aún es de noche y todavía la luz de la alborada no clarea.

Al fin amanece, Matías ve el resplandor mañanero a través de las cortinas de la ventana; ya se conoce al detalle las variaciones en la luminosidad tenue de ese momento.

No lo agobian problemas familiares, ni económicos, ni laborales. Sus tres hijos son ya universitarios graduados ejerciendo sus profesiones y con hogares felices. No atraviesa desde hace mucho tiempo otras situaciones estresantes que no sean las agobiantes causadas por el pertinaz insomnio. No encuentra causas identificables para esta vigilia nocturna noche tras noche.

Recuerda entre opacidades, aquella primera noche que no puedo dormir; no sé explica que había sucedido que lo trastocó todo; no encuentra razones, ni la más nimia. Al principio, solía repasar mentalmente los sucesos del día, después serían los de su vida Cuántas veces se ha preguntado ¿qué es el insomnio? La pregunta se le hace ya retórica, demasiado bien sabe él la respuesta, se la ha hecho y respondido tantas veces en las avanzadas horas de la noche, mientras el cuerpo se agobia y debilita.

Con gran desasosiego acude a los médicos. Lo encuentran saludable y mentalmente sano, excepto, por ese problema de no poder conciliar el sueño; un insomnio crónico le diagnostican. Unos le recetan distintos psicofármacos para combatirlo, otros, los naturistas, le recomiendan los recursos naturales de diferentes hierbas, ejercicios relajantes, la meditación, el yoga y la acupuntura; recursos todos que han resultado inservibles para su padecimiento.

Los familiares y los amigos lo encuentran cada vez más irritable, extraño, distante. El afable y trabajador Matías se está agriando, su maravillosa sonrisa magnética ha desaparecido, y la desidia en las labores aumenta día a día.

Imaginar que tiempo atrás dormía tan placidamente. Si continúa así teme enloquecer. El rostro de Matías ya empieza a mostrar los estragos del insomnio, y no logra por mas que se lo propone, saber que le sucede, ni el porque. Suele verse en el espejo y preguntarse ¿Qué me sucedió aquella primera noche que se desencadeno este insomnio?

Está hastiado, agotado, muy cansado. La ansiedad lo agita constantemente, no le apetecen los alimentos; está haciendo mella en su salud; sufre de mareos, zumbidos en los oídos y mantiene los ojos rojizos y vidriosos, el rostro siempre ojeroso refleja sus luchas todas las noches por querer conciliar el sueño.

Quizás retomará el cigarrillo, pero… le había prometido a Florelia que no fumaría más, y de eso hace ya casi un año, aunque siempre tiene una cajetilla guardada por si un acceso de ansiedad lo acosa. Y ¡acaso no era su situación desesperante! Fumará, claro que fumará, y enciende el cigarrillo aspirando con deleite.

El insomnio llega siempre, como una gran ola silenciosa, amenazante, imperiosa. Al llegar el amanecer, se retrae, pero queda latente, en espera, acechante durante el día a que la noche llegue, y cuando anochece, se acerca sigilosamente hasta adueñarse totalmente de la noche de Matías.

La noche del 25, Matías, ya por hábito, fatalmente resignado, todo adolorido, se recuesta una vez mas de tantas y tantas en la cama, apenas para intentar reposar algo su cuerpo. Mira A su alrededor echando un vistazo por la habitación que parece girar, siente una fuerte presión en la parte posterior de la cabeza, un hormigueo en sus piernas, y el escozor en lo ojos es tan intenso que le resulta insoportable; llora silenciosamente. Está renunciando a casi todo, que ya es casi nada, no puede imaginar el tener que soportar una noche más así.

Mañana 26 de abril, cumple setenta años y se pregunta en un murmullo a sí mismo:

-¿Tiene sentido alguno seguir viviendo así?-

El mismo se responde:

-¡No, no quiero cumplir setenta y ni uno mas! No puedo resistir más tiempo. –

Los medicamentos, las terapias,, las sesiones médicas, los amigos, el entorno, nada ni nadie consiguió salvarlo de sí mismo y el insomnio a Matías.

Recostado manosea la pistola y con mano vacilante, la coloca a su alcance en la mesita de noche; lo que tenía que hacer lo había ya decidido.

Es domingo, un nuevo día. El cielo es de un azul claro y limpio, el sol empieza a asomar por el horizonte. Amaneció, está vez Matías no alcanza a distinguir las hermosas tonalidades de la luz mañanera.

La pistola sigue en el mismo sitio que la había colocado el anochecer del 25.

Matías aún duerme profundamente.

El insomnio ha sido magnánimo con él, para su cumpleaños, le regaló su indiferencia por primera vez en tantas noches, obsequio que perdurará hasta el final de la vida de Matías.

Después de tanto tiempo, esa noche, Matías había dormido plácidamente.

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UNA OBRA DE ALIENTO. Por María Cristina Solaeche Galera

¿Cómo describir mi llanto ardiente, mi odio encarnizado,
la desesperación de haber perdido el paraíso?
¡Oh, para ello se necesitaría ser escritor, y yo no lo soy!
Roberto Arlt.

Hay que seguir, siempre, intentándolo, siempre fracasando.
No importa, inténtalo otra vez.
Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett.

Al demostrar que la realidad puede ser fantástica,
desperté el odio de los que se habían dedicado a las obras de ficción.
Silvina Ocampo.

Nadie imagina la tragedia oculta en cada letra, en cada palabra, en cada frase que ya no escribo; llevo casi once prolongados años sin escribir nada.

He cumplido los sesenta y cuatro, tengo el pelo canoso, con una calvicie incipiente en la parte superior, tengo una nariz angosta, soy robusto por no decir regordete, me visto de chaqueta oscura y siempre llevo conmigo mi sombrero y los cigarrillos que no pueden ni deben faltarme; sobre cualquier parte del apartamento, suele reposar a la expectativa mi taza de café ya vacía con una colilla de cigarro aplastada en su interior. Tras dos fracasos de vida en pareja, decidí vivir solo. Me apellido Persale y mi nombre de pila es Horacio.

Antes, me bastaba ver a los ojos que me mirasen o no, escuchar las disímiles resonancias de las risas, el latido del paisaje y abrigar la vida que desborda en alegrías y sufrimientos, para que el ingenio de la escritura de ficción en contraste con la realidad, fluyera en cada trazo que escribía; todo lo que me rodeaba era mi aljaba de flechas mágicas, las que disparaba en trazos sobre el papel; ello me aseguró un espléndido destino como escritor, mi arsenal literario era continuo y me prodigaban elogios por mis novelas de ficción.

Después del éxito bullicioso que causaron mis publicaciones, mi entusiasmo decayó violentamente, se produjo un desmoronamiento. Algo ocurrió que no sé explicármelo. Algo que me llevó a no querer escribir más ficción. Miro hacia adelante, y el día de hoy, experimento el pavor del escritor que barrunta que ya escribió todo lo que pudo y no puede escribir más.
Kirkegaard afirmó, que la vida se vive hacia delante, mas es entendida hacia atrás.
Infecundidad, no garrapateo ni una línea. Me llamaron autor de ficción, me escucharon, me leyeron, me elogiaron, y de pronto, me encuentro con que soy incapaz de crear una frase original que justifique mi don y mi prestigio como escritor de realidades.

¿Cuándo publicas de nuevo? ¿Sobre que estás escribiendo? ¿Qué universo recrearás? ¿Cuál nuevo mundo fantástico nos espera? Preguntas discretas, indiscretas, irónicas o francas.

Me prometí enérgicamente muchas veces durante estos años en blanco, escribir un nuevo género literario: la narrativa autobiográfica. Tengo que atreverme y aventurarme a enfrentar la vida interior; que la obra sea vivencias propias, el retrato literario de un rostro, el mío.
Ya lo dijo Saramago “Se vive para decir quiénes somos”.
Pero, todo parece inútil, como si fuera una esperanza desproporcionada con mi propia realidad o una absurda terquedad creadora.
Sin embargo, con amor propio de escritor, me propongo empecinadamente escribir de nuevo sin cavilar; embriagarme de propósitos, incitar a la lucidez que precede a todo acto creador.

Me encierro en el escritorio y me apoltrono en mi sofá-cama de espaldas a la ventana; por la que penetra un alegre solecito y asciende de la calle un ruido estridente de una sirena a la distancia. A mis pies echada siempre, Mirol, una perra callejera color arena, con un rabo cansado y un corazón siempre dispuesto a acompañarme, que había llegado a mi puerta agobiada por el abandono, y lleva conmigo cerca de nueve años, me sigue a todas partes, persistentemente, con la comprensión del que lo entiende todo en su mirada. En una estantería de la biblioteca permanecen ordenadas todas las ediciones de mis libros; fumo concentrado en vigilar las caprichosas volutas de humo a contraluz y saboreo un aromático café, calzo mis pantuflas de felpa, silbo, jugueteo con las teclas de la computadora, las cuartillas y los bolígrafos, me levanto, me siento o recuesto de nuevo, doy vueltas en la habitación; solo entre cuatro paredes, solo de soledad, solo de solamente; a la espera de la maravillosa fuerza que me inspire una escritura valiosa. Lo único que me provoco, son accesos de tos por el tabaco y el agobio de un ermitaño, además, parecen no faltarme nunca motivos inventados o no, para interrumpir mis propósitos.

Por más que insisto, por más que me grito a mí mismo que soy un buen escritor, que ya lo he demostrado durante mucho tiempo, quedo inmutable frente a la página en blanco del papel o ante la pantalla limpia de la computadora.
Hago tentativas de provocar a la inspiración, de infiltrarme en mi subconsciente, todo es infructuoso, me indigno contra mi incapacidad.

Al adentrarse la noche, me asomo a la ventana de mi undécimo piso donde vivo; desde ella, se ve un fragmento de la ciudad iluminada, un brazo de lago y una escasa hilera de coches. Un leve resplandor irradia siempre a esa hora la estancia, es como un aura blanca resplandeciente con sesgos amarillos, es la curiosa luna acechándome con claridad indiscreta. Afuera, en el oscuro cielo, se erige para mí el universo del sonido del lenguaje, se recrea cada noche y se deleita en sus voces, mientras yo, me quedo inmóvil en el mundo del silencio y ya no acierto a imaginarlo. Al despertarme en la penumbra que antecede al amanecer, busco a tientas los restos del sueño que permanece en mi conciencia y no los encuentro.

Cualquier trama que me sugiere la mente, ya la había escrito con anterioridad; necesito crear una nueva obra que me de el frenético hálito que tuve en el pasado, Una obra de aliento, así llevará por título, hasta he pensado utilizar un seudónimo; me urge escribir un libro sobre la desolación del escritor que ya no logra escribir, me hastié del tema de la ficción y trato de desviarlo radicalmente; quiero escribir mi historia, el testimonio de cómo un literato permaneció y emergió de la bruma después de once años de esterilidad. No pondré al narrador a contar cosas, seré yo mismo quien las estaría contando, pues el espacio entre el autor y lo que se cuenta, suele estar ocupado a veces por el narrador como intermediario. En la autobiografía hablaré conmigo mismo; me transformaré en dos personajes que mantienen entre si un diálogo donde nadie nos interrumpe, el escritor y el yo ficticio paciente y perverso al cual me dirijo y que siempre está presente, ve y escucha cada palabra. Reconozco que parte de mi interés en escribir una autobiografía, es poder revelar lo oculto mío que sólo yo conozco y estoy convencido, y que el lector busca develar esos secretos. Es momento de poner la vida del escritor que soy en mi escritura, donde el lenguaje elige como el yo se va a configurar tanto en la grafía como en la lectura.

Las semanas, los meses, los años, transcurren en la habitual progresión de los días; saco la basura, leo las noticias, como frugalmente, hago diversas llamadas telefónicas; al anochecer me voy al bar de la esquina a compartir con los amigos, allí, la bebida y la música me trasladan a universos invariablemente fantasiosos. Compañeros de diversión etílica, escuchan atentos las fantásticas historias que les relato; en mi quehacer literario había aprendido varias palabras en distintos idiomas y las intercalaba en la conversación, ellos estaban convencidos que yo hablaba varias lenguas y las mujeres que rondaban como mariposas, me admiraban excitadas por la bebida; la imaginación entre trago y trago, entre conversa y conversa, se me desata y me entrego a todo tipo de mundos imaginarios, inexistentes, eso si, todos ellos son con imágenes totalmente extrañas a la vida real que me rodea, son universos ficticios, la ficción me tiene encadenado.

Suelo asistir frecuentemente a eventos y tertulias literarias, y de vez en vez, doy alguna charla sobre el arte de la narrativa ficcional; sin embargo, no encuentro inspiración ni indicio alguno que me motive a emborronar alguna hoja, con hechos y personajes reales y existentes en mi propia vida cotidiana y con mi propio yo. Le echo la culpa al país, a las guerras, a las crisis económicas, a la cibernética, a las multitudes, a la música escandalosa, encuentro un culpable de mi ineptitud en todo.

Garabateo palabras sin sentido, arrugo papeles hasta reducirlos a una bola y los arrojo a la papelera, me surgen hechos pero nada significativos; de un modo vago lleno hojas con historias que no interesan a nadie, ni a mí mismo, me siento abotargado. Había creído siempre, que cuando un escritor quiere escribir, lo puede hacer, que escribe sobre lo que quiere, de día, o de noche sacrificando horas de sueño, en la cafetería, en cualquier sala de espera o en la barra de un bar, donde sea y como sea, cuando lo desee; sin embargo, encontré millares de explicaciones para justificar mi fracaso, mi ineptitud para publicar un libro que me satisfaga.

¿Qué me falta para lograrlo? ¿Quiero escribir sobre mi verdad? Lo que hasta ahora había escrito en mis novelas fantasiosas no provenía de sucesos vividos por mí, todos eran personajes y hechos irreales, ficticios. Hace tiempo, que la ficción ya no me dice nada como género de expresión, anhelo centrarme en la autobiografía, donde la fantasía apenas interviene. Me intriga la inversión que me propongo de los temas, de la ficción a una realidad donde yo debo ser el relator de mis acciones, el custodio de mis papeles, mi propia encrucijada ante el mundo, la sombra que evidencia mi alzada.

¿Seré capaz de escribir mi realidad? ¡No, no lo voy a lograr! ¡Ya no llegaré más lejos! suelo decirme con consternación, más inmediatamente me digo que debo, que debo hacerlo, que tengo que hacerlo, que lo puedo lograr; escribir sobre la verdad de lo por mí vivido, palpado, oído, nada de ficción, me saturé; hace años nunca lo hubiera pensado así. Al organigrama de mis obras le hace falta un cambio, una entrada realista, sublime y generosa de mis circunstancias. Tengo necesariamente que darle un remezón al escritor que me habita.
Las páginas narrarían lo que soy, lo que puedo ser, cada letra cifraría el oscuro signo que quiere decir mi vida de novelista de ficción extraño a la realidad. Puedo y debería crearlo, total, siempre vivimos en la memoria, habitamos en ella.

Un escritor de novelas, describe y narra situaciones que erige partiendo de la enmarañada complejidad de la realidad; en cada palabra pretende una aproximación al lenguaje que es la morada del hombre, y en la descripción de esa realidad, inserta un soñadero que le permite al lector vivir una ilusoria situación dentro de circunstancias reales o irreales… Así recuerdo comenzaba la última charla que di hace más de un año.

El ser humano común, recela de la imaginación y hasta le suele inquietar a veces cuando ésta lo atribula con heréticas tentaciones, a sabiendas, que la tentación vencida se transforma en conocimiento, como afirma Michaux.
Yo, había demostrado con mi obra literaria, no ser un hombre común, no desconfiaba de mi imaginación y nunca me inquietaron las tentaciones, había demostrado no ser mediocre.

En mi exilio literario que tal pareciera se está convirtiendo en una adicción, sigo el hábito de toda una vida: leer, leo mucho, de ahí la selección actual de excelentes libros autobiográficos que me ilustren, motiven y sostengan para mi nuevo propósito en este tiempo de extenuación.
He leído y leo últimamente con gran interés y dedicación: el Diario íntimo de Amiel, Autobiografía de mí mismo de Sthendal, Diario de guerra de Jünger, Diario de Anaís Nin, los tres libros de Una autobiografía de Virginia Wolf, Diario literario de Léautaud… todos estos escritores cultivaron el estilo autobiográfico en muchas de sus creaciones, en formas anarquistas, proclives a la fragmentación, a la alteración y a la intermitencia de la vida, sin ataduras. Acabo de iniciar la lectura de una interesante novela Fils de Doubrovsky, autor de la narrativa de ficción aunada a la autobiografía, que él mismo califica de “autoficción”, y tengo por delante a Infierno de Strindberg.

Las cinco de la mañana, el gallo del vecino canta hoy como canta todos los amaneceres, adelantándose a la aurora de un día soleado de verano y Horacio Medelse, con la idea de iniciar una novela autobiográfica, un diario literario si los dos términos conjuntos tienen la significación que él quiere darles, prende su computadora y escribe:

Una obra de aliento.

Nadie imagina la tragedia oculta en cada letra, en cada palabra, en cada frase que no escribo; llevo casi once prolongados años sin escribir nada…

Autor: Manuel MArtin Morgado
Titulo: Pensativo
Técnica: öleo sobre cartón
Dimensiones: 42 x 30 cm
País: España
Año: 2013

¿ASÍ ACABA TODO?

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como traje sin hombre,
llega a golpear con anillo sin piedra y sin dedo
llega a gritar sin boca, sin lengua
ni garganta.
Pablo Neruda

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas rayas y un rostro pintado redondo
como la luna, que me mire, quiero.
Sylvia Plath

Vamos a morir, todos nosotros,
¡qué circo!
Charles Bukowski

Reclinado en la cama, ayudado de varias almohadas para que no lo sofoque la asfixia, Félix Ángel mira a través de sus recargados párpados semiabiertos, a unos tenues rayos del sol que atraviesan las cortinas, y se alargan sinuosos sobre la sábana y la cobija que lo cubren.

Está seguro de que va a morir, se siente morir, no hay remedio alguno que pueda evitarlo, y no se atreve a extender la vista más allá de la luminosidad de los rayos del sol; tiene aprensión de dar una ojeada a todo aquello que le rodea, y que muy pronto, no podrá ver, ni oír, ni palpar, ni sentir, cuando la muerte llegue.
Retraído en el límite de su mirada entrecerrada se siente más seguro, más protegido, apenas distingue los dorados hilos rizados del sol en la pelusa de la cobija que lo abriga.
Quizás tenga unas horas más, o unos días, o un par de meses si acaso. Ya debería no pensar en nada que le signifique vida, tiene que preparar su pensamiento para que este desaparezca ante el vacío que en que muy pronto se sumirá.

—Amor, la medicina con un trago de jugo de naranja que tanto te gusta.

Bebe dos sorbos con la pastilla, y devolviendo el vaso sonríe levemente a su mujer; intenta acariciar su corto cabello negro y besar su mirada triste pero no tiene fuerzas, entorna los ojos y suspira conmovido por su ternura.

—Así, así cariño mío, descansa— lo abraza delicadamente, le besa las mejillas y le sube la manta hasta el pecho.

Quizás, si hubiera estado solo, se hubiese puesto a llorar amargamente, o a gritar con rabia desesperado, pero con ella allí, su tan amada mujer, atenta a su menor gesto con una leve sonrisa en el rostro y las lágrimas siempre asomadas, no puede, no debe acrecentar su pena, la que ella siente por este hombre, su compañero, tan delgadísimo, tan exangüe, tan enfermo.

Félix Ángel respira y aspira lentamente como un fuelle polvoriento. Decide entonces, repentinamente, pensar, imaginar, en lo que le sucederá una vez que fallezca, y atrevidamente enfrenta este propósito; será una manera de estar aún aquí, en vida, y a la vez, muerto ante los demás, ahora es el mañana. La marea del universo trae y lleva a los seres.

Para él, allí acostado, esa idea se le desliza en el pensamiento. Bizarramente, imagina y piensa; detiene la mirada de sus ojos nublosos en el dilatado cielo raso y los entorna; no mueve los labios, ni un párpado, ni un dedo.

Unas formas imaginarias se mueven dentro de su pensamiento.

Se ve muerto, tal como él había visto a otros muertos; con rigidez pétrea, el rostro lívido y contraído, los labios de una palidez marmórea, los ojos turbios y céreos, todo él destemplado y frío.

Está en la funeraria, lo lavan, visten y peinan con total indiferencia, automáticamente y hasta con cierto asco; él mismo, siente en su imaginación, repulsión al pensar en las carnes de su cuerpo que empezarán a descomponerse pronto, envuelto en una acre neblina. Es muy difícil acostumbrarse a estar muerto, a tener una borrosa y letárgica conciencia de los restos de vida hasta anularse enteramente.

Ya está amortajado con discreción y elegancia, con su traje gris preferido, con la camisa y la corbata que había seleccionado con anterioridad, y las muñecas extáticamente cruzadas sobre su pecho.

– ¿Y el alma?– cavila Félix Ángel.
– ¡Ay! el alma existe solo en mí mientras estoy vivo, así que al dejar de existir…—reflexiona.
— ¿En donde quedé en mis pensamientos? Ah, ya, en el alma…mejor será preocuparme como me lo había propuesto, tan sólo de mi cuerpo.

Esá en su velorio rodeado de algunos familiares, de compañeros del trabajo como catedrático universitario y unos pocos amigos. Llegado a este punto del pensamiento, se ve a sí mismo dentro de una hermosa caja de nogal, con la tapa arqueada, barnizada y con broches dorados.

Los allegados lo están recordando momentáneamente en el funeral, se habla de lo bueno que fui en vida y de lo mucho que me van a extrañar; las flores en algunas coronas se esfuerzan en alentar la escena. La mayoría lo contempla unos momentos, con esa curiosidad que provoca el horror instintivo a la muerte, y que yo mismo he sentido delante de otros difuntos. Los amigos se detienen en su rostro, para deducir los estragos que ha hecho la muerte en él, la piel amarillenta pegada a los huesos del semblante y las orejas se han tornado casi transparentes, el endurecimiento pétreo de la frente y, en los párpados cerrados languideciendo sus recuerdos.

Le asalta la mente una pregunta que se hace el escritor Roberto Arlt:

¿Para que afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?

Cumplido el tiempo estipulado, la gente que lo acompaña se va distanciando.
Cierran el ataúd, y queda encerrado, inmóvil, aprisionado en el rígido abrazo del féretro acolchado, en absoluta oscuridad, en un silencio opresor. Ve en su mente la escena y la urna que les pesa; la levantan, atraviesan la estancia, bajan penosamente las escaleras, atraviesan un florido jardín y me introducen en un automóvil; los concurrentes, curiosos unos, temerosos otros, indiferentes los demás.

El cementerio está detrás de una colina, solitario y silencioso, todo es grisáceo y polvoriento, con algunos árboles que parecen abrumados por el lugar; el cielo es una fiesta azulada, ese día se han retirado a otros cielos las combadas nubes de la noche anterior. Allí, en el campo santo, pareciera que no llega nunca el aliento de la primavera, todo permanece estático, petrificado.

A algunos, les produce cierto alivio el saber que ellos aún gozan de la vida; casi todos adoptan un gesto grave y compungido, otros acaban charlando, rompiendo con alguna broma el aire de abatimiento; sin embargo, todos en común tienen un cierto quebranto, una embarazosa desazón, es el pensar que en algún momento serán ellos los protagonistas.

Lo depositan en la cripta familiar, los sepultureros echan las paladas de la tierra que generosa lo acogerá sin protestar; se queda solo en la incierta oscuridad de la bóveda, bajo una lápida con su nombre completo Félix Ángel Galindo Elmersu, y las fechas de su nacimiento y muerte 15-1-1938—21-7-2014, como constancias de que el sepultado allí, había vivido y tenía nombre y apellidos. Allí se ve en su mente, allí ha quedado solo, íngrimo, respirando el aliento asfixiante de la muerte.

Es muy de noche y tiembla en el alma de Félix Ángel, son las doce o las doce y cuarto, la luna redonda, la luz mortecina de la ventana, no vuela ningún pájaro, el silencio y la penumbra de la habitación laten calladamente. Se le desencadena un acceso de tos que se oye como un coro cavernoso y ululante; Félix Ángel se agita y retiene su mirada ahora clavada en ninguna parte; la noche se adentra con augurios dolientes en el cielo.

Con extrema lentitud, como si regresara de una infinita travesía, recostado en su cama, se interroga a sí mismo:

– ¿Cómo se verá el mundo al no poder guardar en mi vidriosa mirada muerta con gesto doliente, algo que ya no es para mi? Se borra todo, hasta el recuerdo de la tierra, de los hombres; es el tiempo de lo malogrado, de lo anulado, de la nada que es lo único que me pertenecerá.

Suspira Félix Ángel, el temor le llega a la respiración, el miedo le entra en los pulmones y en el inquieto pensar:

– ¿Cómo puede darse un vuelco todo tan rápido y tan abismalmente? La vida está llena de fronteras que sólo se reconocen después de franquearlas. No tengo nada que decirme, el mundo de mis emociones muere conmigo. Se acababa cualquier ilusión sobre la dignidad del final de la vida del ser humano. Asisto al sepulcro de toda mi vida. Al final, nos fatigamos, la verdad de la realidad es la nada de una eternidad.

Desesperado Félix Ángel grita en tono de protesta:

– ¿Así acaba todo?

La pregunta se desvanece.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: José Manuel Cañas Título: Cementerio de Campo Criptana Técnica: Óleo. Año: 2003 País: España

HILDA Y EL ESPEJO. Por María Cristina Solaeche Galera.

Tiempo llegará en que os dé vergüenza miraros al espejo,
y el pesar vendrá a poner una nueva arruga en vuestra frente.
Ovidio

Estoy solo y no hay nadie en el espejo.
Jorge Luis Borges.

La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino haber sido joven.
Oscar Wilde.

Teme a la vejez, pues nunca viene sola.
Platón.

Domingo, el cielo amanece gris y un viento cortante sopla desde las primeras horas; en la calle no impera el bullicio del trajín laboral de la semana, de los frenéticos conductores que pugnan por cada centímetro del asfalto.

Hilda se encoge de hombros. Siente el olor a lluvia en el aire, una pátina gris convierte el cielo encapotado en una gigantesca nube borrosa y por fin, las gotas brincan alborozadas, bailando sobre la calle.

Es una mujer, que intenta a toda costa, batallar y encubrir la embestida de los años.

En su dormitorio, en un gran espejo ovalado, de cuerpo entero y hermoso marco dorado repujado, regalo del que fue su compañero, Hilda retoca su peinado con los cabellos apretados en un moño. Los cristales de los lentes cubren el desvaído café de sus ojos, aquellos ojos grandes, ahora están siempre velados por la melancolía. Su tez meridional está reseca, la piel es áspera y algo oscurecida en los codos, los pómulos salientes, la boca una pálida rosa marina con los mismos labios finos, las piernas son dos frágiles maderas que la sostienen. El rostro de Hilda es de un color lechoso, levemente violáceo en las sienes. Al verse, se le humedecen los ojos, acaricia al brillante espejo y él le devuelve la caricia. Alisa sus cabellos entrecanos, en los que asoman escasos mechones aún renegridos, aspira la última bocanada con violencia y arroja el cigarrillo recién encendido apenas.

Mientras se arregla prende la radio, cree reconocer el tango Cuesta abajo en la voz de Carlos Gardel.
Está un rato cepillándose frente al espejo, luego, se maquilla minuciosamente; las inevitables arrugas que acosan sus ojos, su rostro y el cuello son una obsesión para ella. Las rugosidades como alambres retorcidos, recorren sus mejillas. Mañana, lunes, comprará sin falta las nuevas cremas faciales antiarrugas y antiflacidez que la cosmetóloga le ha recomendado. La nariz parece haberse afilado y caído, hasta cree ver agrandadas las orejas; el rostro es ovalado y las caderas aún conservan vestigios de un cuerpo que hace años había despertado la admiración de hombres y mujeres. Cada día está más vieja, siempre a merced de la infamia del tiempo.
Enojada, las aletas de su nariz se hinchan y sus ojos parecen cortar como la hoja de un filoso cuchillo la imagen que insistente le concede el espejo.

Selecciona el traje negro y violeta, es el más apropiado para ir a la iglesia. Piensa, que el color negro es siempre sobrio y elegante. Coge su cartera, la cajetilla de cigarros, el encendedor de plata herencia de su padre y con prolijidad repasa los pliegues de su falda. Su vestido negro y violeta, delicadamente ajustado le sonríe desde el espejo. Se limpia los lentes con un impecable pañuelo blanco que después dobla de nuevo con esmero.

Varias veces el sol ha intentado mostrarse, pero aún, las pesadas nubes siguen arremolinadas en esa mañana dominguera.

Sin embargo, lo peor para Hilda son los domingos por la tarde, cuando la mayoría sale a distraerse. Al fin ha escampado, y el sol se adueña de su territorio. Ella irá al cine al atardecer, ha comprado una entrada, verá por segunda vez, la película de Buñuel, El oscuro objeto del deseo, en la que el director trata la ruptura y el desdoblamiento esquizofrénico del alma humana.

Prefiere ir andando al cine que está cercano; unas pocas calles y el aroma citadino invade el alma de Hilda. Se ve reflejada en las vitrinas en medio de objetos y vestidos que siempre atraen su atención. Son momentos tanto a la ida como a la vuelta, para encontrarse con el saludo de alguna amistad que alivie su soledad, y en sus miradas, pretende ser vista tan agradable y atractiva como se veía en aquel entonces de su juventud, sin percatarse del velo de vejez y tristeza que envuelve su rostro.

— ¿por qué caminos he llegado a este estado?— piensa.

De regreso en su casa, entra en el dormitorio. Un crucifijo trágico de madera oscura, se destaca sobre la pared encima del lecho; un calendario indica todavía un mes otoñal. Debajo de la cama hay una caja llena de cartas, que hablan del amor, del desamor, de su niñez, del trabajo y de la muerte de su padre. Es la letra de su madre y ella era la destinataria; se las había escrito, cuando Hilda asistía a la universidad cursando estudios de derecho, en los que se graduó con excelencia.

Hilda extiende las sábanas, sacude las almohadas que exhalan un delicado olor floral y desdobla la cobija. Se desviste con rapidez, se pone su ropa de dormir y enciende el último cigarrillo del día; bueno, eso piensa, si esa noche el insomnio no se convierte en un hostil invisible, en todo caso, en la mesita de noche está el frasco de somníferos a los que recurrirá si no logra conciliar el sueño.

Todo está en orden en la habitación, no se escucha nada, ningún llanto, ninguna risa, ningún ruido.
Se sienta en el borde de la cama.
—Vamos Hilda, debes sobreponerte— se dice.

Permanece así un buen rato; luego, haciendo un esfuerzo, se levanta y se encamina obsesionada al espejo; las lágrimas han corrido el rimel de los ojos y le dan un aire grotesco, tiene hinchados los párpados. Aborrece aquella mujer que tiene enfrente, a su propio rostro atrapado en el espejo. Lo que le refleja, lo que en él ella ve al repasar su cuerpo, son unos senos que cuelgan como dos sacos de arena mojada, bamboleándose hacia uno y otro lado, y la piel de todo su cuerpo a modo de un pergamino, como las páginas amarillentas de un texto antiguo.

—Valdría la pena olvidar como uno fue—

Frente al espejo, cabizbaja, el llanto ha convertido el maquillaje en una careta extravagante, y las arrugas se han hinchado como si los gusanos ya hubieran emprendido su tarea bajo la piel.

— ¿Se acostumbran los cuerpos al desgaste?— se pregunta.

La luna brilla en la gran bóveda azul, ella está sola, sola con la única compañía de su vejez. Se frota los ojos por debajo de los lentes y desvía la mirada hacia el techo de un blanco insípido; intenta hallar pensamientos que desvíen su angustia.

Nerviosa, se levanta, va hacia la pequeña sala, hasta su minibar y se sirve una copa de vino, contra su costumbre colma el vaso hasta desbordarlo, enciende un cigarrillo y se sienta frente a la ventana. Bebida y cigarrillo son sus dos nuevos placeres a estas horas nocturnas; hace repiquetear sus esmaltadas uñas sobre el brazo del sillón, inhala profundamente el cigarro y suelta una bocanada de humo.

¡El futuro! Esa fantástica estación del espíritu ya no existe para Hilda; todo huele a rancio.

Se da cuenta de que es más de medianoche en la ciudad, cuando los faros luminosos de un solitario auto atraviesan fugazmente con su resplandor la oscuridad que reina en la salita. Siente un vacío, enciende una lámpara y se retira al dormitorio. Por sus venas corre el cansancio del tiempo de la vejez, lo rápido que un cuerpo puede cambiar, y lo sombrío que puede llegar a ser.

Sentada en la cama, aprieta contra sí las rodillas y oculta la cabeza entre las piernas tratando de hacerse un indefenso ovillo.

Ya son varios cigarrillos y más de tres copas; el cabello huele a humo y el aliento a vino. Afuera, la noche amenaza con despedirse. Se echa el cabello hacia atrás y hablándole al espejo alza los ojos hacia él,  con una expresión inconsolable le dice:

—Creo que ya nos conocemos lo suficiente. Yo no tengo la culpa de la imagen que reflejas. Esto es la vejez del cuerpo. Dormir, dormir, es lo que me hace falta.

Cubre totalmente el espejo de cuerpo entero con un paño gris y apaga la luz.

¿En dónde quedó la cara sin arrugas?

apague la luz y verá

sin arrugas;

pero ¡ay! en donde quedaron los pliegues del mentón y del cuello.

Apaga la luz hasta dejar solo la línea de la oscuridad.

Silvina Ocampo.

El alma es ahora un grito en el espacio.

Autor: José Gutiérrez Solana. Título: Mujer frente al espejo. Técnica: ÓLeo sobre tela. Dimensiones: 64x49cm. País: España. Año: 1931.