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SOLITARIA

SOLITARIA

 María Cristina Solaeche Galera

 Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras.
Solamente las piedras conocen el reverso de los muertos.
Olga Orozco.

La casa nos ayuda a decir: seré un habitante del mundo, a pesar del mundo.
Gaston Bachelard

Y a un grito todas las casas
se asaltan y se despueblan.
Miguel Hernández.

A la orilla de la vida se acurruca el corazón de la casa.
María Cristina Solaeche Galera.

¿A dónde se fue? ¿A dónde?
Lo sacaron por mi puerta, por mi boca; en una camilla, los ojos de mis ventanas lo vieron todo.
¿Quiénes forzaron la cerradura?

Mi puerta, mi boca, daba al tiempo y a la vida.
Doy vueltas giro mareada en los espacios de antiguas cuitas y regocijos, lloro y pregunto.
¿Por qué se alejó?

Me había echo amiga del sol para que iluminara su sala y las plantas del balcón; ahora, estoy siempre debajo del ala de la noche. A veces, la llovizna tintinea en las flores lilas.

Se fue, no me avisó, amaneció y se fue, se fue de mi cielo a no sé dónde.
¿Acaso a su último sueño?

La congoja de la ausencia se prolonga, esta soledad trastabilla los pasos que ya no siento sobre mis suelos, quedó el vértigo y la mirada de ceniza del ventanal. El dolor del alejamiento se ceba, se ceba en cada una de mis estancias.

Recorrí día a día, tiempo a tiempo, sus pasos, sus gestos, sus miradas. Era silenciosa y acogedora la noche, mientras su noche dormía, hoy, es crecido zumbido de caracol.
¿Acaso no volverá en mis sueños?

El amor nos hilvanó para el vivir, era la perla de la ostra que soy.
Hoy, mis costados están secos, sostengo los cuadros que se detuvo a contemplar, sostengo los muebles por sostener, las porcelanas estáticas pretenden seguir decorando, nada resbala de la mesa inmóvil rodeada de rígidas sillas entre el mantel y el cubierto; sostengo todo, porque todo quedó aquí, no se llevó nada, nada, hacia allá donde dicen que de algún modo se existe… no me llevó consigo a la estancada perpetuidad.
¿Por qué no me llevó?

Solía asomarse tímidamente a los espejos, muy de vez en vez; se fugó su imagen, se la llevaron con su cuerpo.
¿Qué reflejan ahora?

Estoy transformándome en cortezas, ya no tomo préstamos al color de las flores lilas del balcón, ellas, aún no se han enterado, todavía florecen.
¿Dónde está la casa de mi hogar?
¿El hogar de mi casa dónde está?

Se levantan airados los recuerdos; los míos que eran suyos, están por todos los lugares, están en mi corazón de piedra.
Estoy quebrada, detenida en un tiempo que desconozco. Mis ventanas ya no se asoman afuera, al mundo: son hoyos las que eran mis ojos.
Sus huellas quedaron en el aire mío y se agiganta el silencio que cruza callado y fantasmal excavando en mis espacios.
¿Cómo embrazar su cariño?

Para entrar en la muerte le valió mi puerta, mi boca. Nada sigue igual, me estoy desvaneciendo.
¿Acaso me contraerá el olvido?

Mis lágrimas son duras, secas, son de argamasa, son amarillentas como guijarros,  surcan desde mi vientre de piedra que entona el canto torpe del desaliento.

Se tornan sordos y quebradizos mis huesos, los mismos que sostuvieron sus realidades.

La insignificante distancia de un paso, un solo paso hacia fuera de mi umbral, separó las sombras nuestras y sume el corazón hacia adentro.
¿Acaso no guarda ya la llave de mi puerta?

Me encojo, me atrinchero, me agazapo, inútil.
Se fue, lo sacaron por mi puerta, por mi boca. Lo sacaron sin prisa, con el cabello desordenado, lívido, sin la luminosidad de su mirada por delante, con un pensar perdido y una sombra de eternidad en sus manos.

Una estela mortecina quedó en el aire memoria abajo, y aquí quedé yo, como el relente, solitaria.

Título: Elefante Rojo
Autor: Ricardo Renedo.
Técnica: Óleo sobre lienzo.
País: España.

LA PESADILLA

Lo peor de todo era, que las iglesias
siempre le hacían pensar en los tormentos del infierno
y a él le aterraba el infierno.
Ken Follet.

La primera vez que la Deidad descendió a la tierra,
trajo la vida y la muerte;
cuando vino
la segunda vez trajo el infierno.
Mark Twain

A esta generación y a muchas otras,
se les ha hecho creer que el diablo era un mito,
una figura, una idea, la idea del mal.
¡pero el diablo existe y nosotros debemos combatir contra él!
¡Lo dice San Pablo, no lo digo yo!
¡Lo dice la Palabra de Dios!
Papa Francisco.

¿Quién dice que los sueños y las pesadillas
no son tan reales como el aquí y el ahora?
John Lennon.

Un trueno repentino ronca en la noche, rompe el silencio, las nubes se tornan en alas cenicientas y el relámpago compañero parte el cielo en dos. Una claridad se difunde por todo el escritorio. Se barrunta un aguacero.

Malka, la añosa y acicalada gata persa de ojos rasgados y un azul intenso, dormita sosegadamente en el floreado cojín a su lado.

Es más de la media noche y en la mañana temprano, a las nueve, dictará una conferencia. El argumento es sobre un polémico personaje, El Demonio, y así se titula la charla, será un recuento de la historia de Satán, Belcebú, Moloch, Iblis, Mara, Diablo,  Lucifer, Belial, los tantos diferentes nombres con los que se le conoce, y su protagonismo en la historia de las religiones y los seres humanos: hará hincapié en el Satán del infierno católico de Dante Alighieri; con esa idea, piensa finalizar la disertación.
Para ello, Ignacio ha estudiado exhaustivamente el tema; se remontó a los abismos de los Inframundos, al Duat egipcio, al Averno y el Tártaro griegos, al Gehena del judaísmo, el Naraka del budismo, el Infierno del catolicismo, el Diyu de la mitología china, una lista casi interminable de lugares, que las diferentes religiones han creado para atormentar eternamente a los humanos que murieron, y en vida, no cumplieron con las creencias y los dogmas que esas ellas les impusieron con una saña, con una ferocidad, con una crueldad que no podemos decir inconcebibles, pues fueron fraguadas para aterrorizar con la idea del pecado y del castigo. Inframundos que aterran, que estremecen el cuerpo y el pensamiento, sin tregua alguna por los siglos de los siglos.

Soñoliento, estira sus piernas, le parece oír el crujir de las articulaciones de las rodillas; cierra la carpeta con el material sobre el que ha trabajado con ahínco varios días. Cansado, pero entusiasmado, se incorpora, acaricia a Malka, apaga la luz y se dirige a su habitación.

Entra en silencio, un mimoso beso a su mujer aparta suavemente un rizo de su cara, no quiere que Amelia despierte. Ella, también tiene que dar clases ese lunes.

Apenas se acuesta, transcurren unos veinte minutos y ya duerme profundamente.

Sueña, Ignacio sueña que un engendro, un ser monstruoso, gigantesco, de ojos plomizos y dilatados lo mira a través de todo un horripilante cuerpo y desde ellos pululan sabandijas que se retuercen en el candente aire, con orejas grises y correosas, múltiples brazos que se alargan en una miríada de ventosos tentáculos, numerosas lenguas verdes y babosas de camaleón gigantesco que se agitan airadamente saliendo y entrando de sus fauces, alas de pterodáctilo, aliento fétido y una piel rugosa, con escamas y de un color ocre ceniciento.

El engendro trinca por el cuello a Ignacio, lo sacude con descomunal fuerza, lo desbarranca por despeñaderos sin fondo de cortantes rocas calcinadas al rojo vivo, que desgarran su piel y esparcen sus vísceras que se retraen de nuevo en su vientre; velozmente, su ensangrentado cuerpo es hundido por el Demonio,  en un fango hediondo y ardiente, donde los huesos se desintegran y reintegran de nuevo, para después, ser arrojado a un lago de fuego en el que arden y vuelven arder sus entrañas, mientras los vapores oscuros y pestilentes, se convierten en  enjambres oscuros y viscosos de alimañas que despellejan indefinidamente su rostro. Son tormentos que destrozan, desollan, desgarran, carbonizan  y envenenan una y otra vez, su humanidad, en un tiempo eviterno en la nada de la eternidad.

Suena la alarma del reloj del celular. Amelia despierta animosa. Sabe que Ignacio se acostó tarde y dejará que duerma media hora más; mientras, preparará un rico desayuno, unas tazas de chocolate fumante que tanto les gustan a ambos por la mañana.

Amelia regresa a la habitación a despertar a Ignacio, se acerca a la cama y lo besa en la mejilla. Espantada, siente un rostro helado, paralizado, contorsionado en una mueca de terror. Retira la cobija y con horror ve que todo el cuerpo de Ignacio está engarrotado, retorcido, contraído en gestos atormentados. No respira, no hay pulso. Angustiada llama a su vecina, a los servicios urgencias, a la familia; llora y se desespera.

Llega el médico, revisa el cuerpo, confirma su muerte. Un paro cardíaco durante el sueño. “Algo lo conmocionó demasiado, quizás un sueño muy violento” afirma el galeno.

Una pesadilla terrorífica y muy vívida acabó con su vida.
Nunca se sabrá  lo que Ignacio soñó esa noche.

María Cristina Solaeche Galera

DESINTEGRACIÓN

 Solo trajinamos el tiempo de estar vivos entre el viento y el relámpago;
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo, lo nuestro.
Eugenio Montejo

La vejez es la cosa más inesperada de todas las que le suceden al hombre.
León Trotski

Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida,
la muerte canta noche y día su canción sin fin.
Rabindranath Tagore

Todo es morir, y acabóse la obra.
Miguel de Cervantes

Creí que no me pasaría nunca, a cualquier otro, pero a mi no; eso pensaba tercamente a medida que los años sucedían. No ha sido así.

Seis de la mañana. Amanece marzo. Despierto de un terco insomnio, si es que de una noche en vigilia puede despertarse; aún cansado, con el cansancio del tiempo.

Una luz vaga penetra en el dormitorio; no me acostumbro a ver el surco vacío en su almohada, ella solía dormir tan placidamente con la sábana hasta las mejillas, me maravillaban sus párpados orillados por las sombras de las pestañas. ¡La extraño tanto! Si viviera, entre los dos nos sostendríamos.

El apartamento envejece rodeado de olvidos. Retiro la cortina y me asomo a la ventana, miro hacia fuera, las horas del amanecer son siempre generosas; parecieran  traer un regalo, la esperanza; el barrio está aún silencioso, ya avivará con la algarabía de su trajinar diario y no tardará en sofocar la calle un sol regocijado y palpitante.

Innegable, soy un anciano, los dolores crónicos son obstinados y asaltan antojadizamente, hoy, ayer, luego, egoístas, intempestivos. Cabeza, ojos, estómago, garganta, rodillas: el cuerpo-todo se les antoja y lo reptan descaradamente. Siento frenéticos latidos que repercuten en mi interior, mi carne es una gavilla de dolencias.

Miro mis pies anclados en el piso, ¿iniciarán el recuento de las dolencias, o será la cabellera ya rala quien la inicie? da igual, de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, el cuerpo contará su historia aunque me empecine en no escucharlo.

Desde ayer, no sé el porqué, comencé a hacer un inventario de las cicatrices que el vivir va dejando en mi organismo, rara vez pensé en ellas y sin embargo, ahora las detallo maniáticamente: la espalda se socava lentamente, día a día bajo el peso de la vida, dejando en su inclinación un crónico dolor; las líneas cárdenas e irregulares de las venas, son frenéticas sinuosidades retorcidas que cubren el dorso de mis manos; las desiguales arrugas, diariamente sobresalen y se afincan más desfigurando el rostro; la tos, esa terca tos que sobre todo de noche asalta interrumpiendo al insomnio, al tenaz e indomable insomnio; la matadura en la ceja izquierda, recuerdo de la niñez cuando intrépidamente intentaba saltar los escalones de dos en dos, se ha transformado en una marca más pálida y más profunda, y la de la barbilla intentando competir con la otra no recuerda su pasado. Los párpados son ahora flácidos y pesados, y sus bolsas caen como plomo notoriamente con un tonillo grisáceo. Los pasos se empequeñecieron, son cansinos,  indecisos, cautelosos, un pie delante, otro atrás, en un tambaleante e inseguro ritmo; una caída auguraría un catastrófico final, más ruinoso, más trágico y más nefasto del que ya nos reserva la acechante, grotesca y despiadada muerte. Poco a poco, lentamente, asolándome, la desintegración va devorando mi carácter alegre, hunde, aplasta mis hombros que también languidecen.

Estoy convirtiéndome en un amasijo de decadencia, la vejez cómplice del final, me muerde, me mastica, me engulle; devora día a día meticulosamente todo aquello que represente vitalidad. Algo se está apropiando pesada, parsimónica y furtivamente de mi cuerpo; en poco tiempo, mi organismo será una piltrafa. La vida es caprichosa y la muerte más aún.

Me encojo de hombros desdeñosamente y digo para mi mismo, que toda la vida es fortuita, salvo, por el hecho del momento en que tocará su final, y ese si no es azaroso.

Tras años sin visitar un médico, decidí hace poco hacerme un chequeo general para ver si lograba espantar alguno de estos achaques. Nada visible y grave revelaron la placa de tórax, los exámenes de sangre, ni los cardíacos, ningún estrago peligroso hicieron mis hábitos de vida. Tanta alharaca publicitaria sobre la salud, con los preceptos de la nutrición y el sano vivir, que si el azúcar, las carnes, el alcohol, el tabaco, las trasnochadas,  todo exceso, lo que si, lo que no, o lo que sea, todos los placeres que supuestamente acabarían minando mi organismo más rápido; las prohibiciones que me proporcionarían una vida saludable y una sarta de suposiciones mas. Simplemente, mi organismo se derrumba, se deteriora, hasta que deje de funcionar, es así, desde que nacemos llevamos en nuestro interior la desintegración. Sin embargo, las palabras impasibles y lenitivas del médico fueron: “Usted está sano, salvo algunos padecimientos que ya son crónicos y propios de la edad”; con ese dictamen regresé a mi cuerpo de nuevo.

Desde los dieciocho años conduzco, tenía automóvil propio. Lo hacía con pericia y una muy fuerte confianza en mi mismo, sin accidente alguno en el historial salvo dos rayones sin importancia, desenvolviéndome muy bien en todo tipo de tráfico.  Tuve que vender mi automóvil hace unos años, los reflejos me traicionaban, el volante se volvió desobediente a mis pretensiones, es decir, yo, no el auto, estaba viejo para manejar y tenía que admitirlo.

Hoy, analizando maniáticamente mi fisiología, me doy notoria cuenta, que camino ayudado de un bastón que se ha vuelto una tercera pierna y así, logro afincar mejor mis adoloridas articulaciones; advierto que mis huesos se masillan; que a medida que pasan los días cada músculo se va atrofiando; que el tic que me hacía fruncir los labios ligeramente hacia la izquierda como insinuando una sonrisa picaresca, se ha transformado en una mueca ridícula; que mis lentes aumentan rápidamente sus dioptrías y la afección de la sequedad casi desértica de los ojos parece inmovilizarlos; que subo escaleras con dificultad y bajarlas es un tormento; que me faltan muelas, y tengo que rumiar la comida.

A pesar de este descalabro físico, de estos estragos, no quiero morirme. No he regalado los numerosos libros que no tendré tiempo para leer, y no he decidido el destino de mi viejo amigo, mi también achacoso y querendón perro. Sé que la muerte habita dentro de uno desde el nacimiento y sin embargo, no hay manera que me convenza de congraciarme con ella llegado el momento, y mucho menos mientras ella, astuta, me embosca.

Algunos recuerdos me extrañan, tan ajenos al hoy, que es desconcertante conciliarlos con el organismo que soy: mi cuerpo trajinando feliz y con donaire en la ciudad, subiendo y bajando las escaleras rápidamente, asoleándome o nadando en la playa, dormitando en el sofá, saltando bajo la lluvia, viajando, amando, trabajando, bebiendo, fumando, llorando, riendo, mi cuerpo yendo en autobuses, instalado en cines o teatros, mi cuerpo, así lo tengo retenido en mi memoria ¿cómo intentar arrumar esos recuerdos en el ático de los olvidos? Son todos mi vida, son lo que soy mientras rebusco en el alhajero de mi memoria.

¡Vaya! me repito, no quiero morir, “una verdad de perogrullo”,  ni siquiera he realizado ningún trámite, ningún paso sobre mi cremación y demás; amigos que me rodean, ya tienen sus tumbas en un afán iluso de perdurar, en un cementerio que en solitario y con insistencia, finalizará con esmero la rancia tarea de la desintegración, escondido en la carcoma del olvido.

Dejé claro a quien ceder mi biblioteca; la colección de figuras de mariposas, la que me quedó de ella, mi compañera, será para una hermosa nieta de belleza etérea, con ella seguirá su destino; los grabados, a mi nieto mayor que siempre demostró interés por las artes plásticas y  la fotografía… mis recuerdos, los míos, desaparecerán conmigo.

La desintegración de mi cuerpo me convence totalmente, del absurdo de una resurrección.

Siete y diez de la mañana. Tomo conciencia de mi excéntrico monólogo. Cierro los ojos y demando imperiosamente que mi cuerpo, aquel que tenía años atrás y que sólo me pertenece a mí, me sea devuelto. Inútil, él se empecina en arrastrase hasta la orilla de la muerte.

Afuera el bullicio matinal, tras los vidrios de la ventana, sigo desintegrándome.

                                                 María Cristina Solaeche Galera

Portada del Disco Artista: Zener Álbum: La Desintegración del Tiempo Año: 2014 Género: Heavy progresivo / Experimental / Progresivo ecléctico Duración: 55:29 Nacionalidad: Argentina

Portada del Disco
Artista: Zener
Álbum: La Desintegración del Tiempo
Año: 2014
Género: Heavy progresivo / Experimental / Progresivo ecléctico
Duración: 55:29
Nacionalidad: Argentina

EL ENGAÑO

Ella por volverlo a ver corrió a verlo al mirador.
Él volvió…con su mujer.
Ella se murió de amor.
José Martí

Cuantas cosas quedaron prendadas,
hasta dentro del fondo de mi alma,
cuantas luces dejaste encendidas,
yo no sé como voy a apagarlas.
Que te vaya bonito. José Alfredo Jiménez.

 Muy a menudo,
las lágrimas son la última sonrisa del amor.
Sthendal

En el amor, todas las cumbres son borrascosas.
Alphonse Donatien

 Marian se levanta temprano ese día, con un ánimo veraniego como nunca antes; es  el primero de los cuarenta y cinco días que tiene por delante para descansar en sus vacaciones anuales de verano y, los planes que tiene, el entusiasmo y la curiosidad la zarandean. Desde hace más de un año, está enamorada de un hombre a través del ciber espacio, se llama Alonso Gastelis, así le ha dicho, y ella cree firmemente en él, porque el enamoramiento y la desconfianza no sobreviven juntos.

Desayuna, se acicala y prende rápidamente la computadora. Se conecta con él y allí está. Esta vez es una conversación muy particular. Se proponen encontrarse en Quito,  Ecuador, allí vive Alonso. Será ella la que viaje, así lo han decidido, ya compró los pasajes de ida y vuelta naturalmente. Se tienen todo: fotografías, direcciones, teléfonos y un desgranar de expectantes sentimientos amorosos. Saldrá en tres días.

El avión llega al aeropuerto Mariscal Sucre. Allí está él, más hermoso que en el internet, alto, corpulento, la mirada gris, con lentes, y el cabello negro al abandono. El corazón se sacude alborotado, es como hallarse en el interior del farolillo de papel de una verbena. El trajín del desembarco, la recogida de la maleta, el papeleo de la aduana, todo ello pretende entorpecer ese único e irrepetible encuentro pero ellos no lo permitirán.

El mundo que les rodea se diluye; después del éxtasis de los primeros momentos, Alonso la conduce con galantería a su automóvil y la lleva a un precioso hotel donde reservó. Son dignos uno del otro, dos mundos disímiles girando al unísono. Al mirar en  derredor, la habitación adquiere un fulgor caprichoso; el galán sol poniente está justo frente a la ventana, inundando todo con esa luz escarlata del ocaso. Piensa Marian que está en la plenitud de su juventud y quizá, no vuelva a tener un momento tan extravagante y delicioso en su vida.

Se prenden estrellas en los párpados, son horas de ilusiones arrancadas al tiempo y a la ausencia, son despertares escondidos, retazos de miradas a cambio de entradas a los sueños. Asoma este querer de los vientos hacia arriba, se sacuden los mundos del deseo de los imposibles, murmullos de palabras que quedaron inconclusas abren las puertas del amor. Se huelen aromas desconocidos, son momentos para ellos inconfundibles. Se rodean con los brazos y los ojos. Se desgrana el universo, se orna el horizonte, la pasión encandila el aliento, impregna el delirio de las certezas.

Lagrimean los cuerpos, laten sus texturas, escapan los gemidos por la orilla de la piel. Se entreteje la trama mágica del amor. Un nidal en la cama con destinos inciertos.

Transcurren días primorosos. Alonso la invita a conocer su ciudad. Quito es la capital cerca del sol, la más antigua de Sudamérica y situada en la mitad del mundo, donde se puede sentir la energía del centro de la tierra, y el mes de agosto, es seco y con una temperatura fresca muy agradable. La pasea por su hermosa arquitectura colonial, la lleva a la Iglesia La Compañía, la de estilo más barroco del mundo, construida con piedra volcánica y sus altares de cedro y láminas de oro; al convento de San Francisco, donde cuenta la leyenda, que por faltarle una piedra en los bajantes de agua, por sus escalinatas, no puede subir nunca Satanás; los exteriores del Palacio de Carondelet, la Plaza de la Independencia en el centro antiguo de la ciudad quiteña, la calle La Ronda, ecléctica, tradicional, bohemia, diurna y nocturna, donde se reúnen poetas, pintores, músicos y artesanos, destacándose la hojalatería; los museos de Guayasamín, Viteri, Stornaiolo, Kingman, el del Tren, el jardín botánico; sitios, lugares todos, que la cautivan.

La música ecuatoriana embelesa las noches de Marian, Alonso la lleva a las actuaciones del lento y melancólico Pasillo, del precolombino, alegre y festivo Sanjuanito, del Pasacalle que a ella le resuena al pasodoble español, de los cantos del recuerdo de los nostálgicos Yaravíes.

La convida a saborear platos, postres y bebidas típicas quiteñas: el seco de chivo, locro de papas, hornado, dulce de higos con queso, compota de tomate de árbol, y las bebidas llamadas rosera, canelazo, mistela; sabores nuevos, aromas y texturas desconocidas para ella.

Una plácida mañana fresca y luminosa,  Marian, sola en la habitación del hotel, lo decide, se siente aventurera, ese día al atardecer le dará una sorpresa a Alonso que jamás se esperaría, irá a visitarlo. Para ello, había guardado celosamente la dirección que él al inicio de su cibernética relación le dio, diciéndole, que era la de un amigo y compañero de trabajo con quien vivía mientras encontraba como independizarse definitivamente. Llega la hora, se emperifolla, toma un taxi y le da la  dirección al conductor. Al cabo de veinte minutos, está al frente de un edificio de nueve pisos. Alonso y su amigo viven en el último. Toma el  ascensor que se abre en el piso marcado. Con suavidad toca tres veces el timbre; enseguida abre la puerta una mujer hermosa, sencilla y amable, tendrá alrededor de cuarenta años. Marian le dice quien es, de donde viene y, que está buscando a Alonso Gastelis, quien le dio esa dirección, le muestra el papel donde la tiene anotada. La mujer muy amable y afectuosa le dice llamarse Rosalba, que su esposo llegará pronto, y él sabrá darle la dirección exacta de ese señor que ella busca. La hace pasar al apartamento; está decorado con sencillez y ciertos lujos, y un perro grisáceo lanudo que no cesa de mover histéricamente la cola, la saluda como si la conociera de siempre. Ambas se sientan, e inician una conversación ligera sobre sus países y sus costumbres. Como mujer bien casada que es, le habla de su esposo, su adorado esposo, lo servicial, lo trabajador, lo amoroso, lo galante que es, se desgrana en sus cualidades, sobre ella no dice nada. Vuelve a repetir que ya está por llegar.

Suena el timbre dos cortas veces, e inmediatamente el ruido de la llave en la cerradura, Rosalba, con una generosa sonrisa se levanta, y presurosa se dirige a la puerta que suavemente se abre. Entra él, alto, corpulento, con su mirada gris, sus lentes y su cabello negro al abandono. Por encima del hombro de la esposa, él ve a Marian. Un silencio en el que se oye el pulso de la tierra agobia el instante. Rosalba la presenta y le explica el motivo de su presencia. Él saluda cordial e impasible con un correctísimo gesto de cabeza, cede a la prisión del ligero apretón de manos y se sitúa junto a su esposa, mientras el perro le babea los zapatos y a una orden áspera de él, va a echarse a un lado. Después de mirarlo con unos ojos ariscos como dos puñados de ceniza, Marian le pregunta directamente, si conoce y le podría anotar la dirección del hombre que está buscando, Alonso Gastelis. Él contrae sus facciones, se aprieta contra Rosalba y dice que siente no poder ayudarla, que no sabe nada en absoluto de ese hombre del que le habla, y no conoce ni de nombre siquiera al tal Alonso Gastelis; afirma su procaz mentira con la cínica mirada resplandeciente.

Sopla el fétido aliento de la falsedad, repta la indiferencia, juego cínico el de la lengua y los labios. Desgarro contra el muro silente de la indiferencia, se extravía el contorno hueco del cuerpo, aturde el ahogo de las palabras, comienza su bamboleo la danza del rencor, se cae en la grieta del desconcierto.

Él se levanta con un seco ademán de terminar la conversación y va hacia la salida, detrás la esposa y Marian los sigue; esta vez, siente ella que la puerta se alza como la de un templo sombrío, se siente como un animal acosado. Cuando sale y se cierra la puerta a su espalda, siente que unos ojos grises la amenazan y el ansia de maldecir, de no parecerse a la Marian  de Alonso, la taladra.

Una despedida sin dar tiempo a nada, un adiós apresurado, violento, miserable; sólo al recordarlo le duelen los huesos, las vísceras, la mirada; una piedra rugosa se le ancla en la garganta. De un tirón se alisa la ropa y recoge el cabello; quiere echar a correr pero algo pegajoso la afinca al suelo a cada paso que da. Un dolor concentrado se retrata en el corazón. Él, en su pensamiento, se  vuelve un ubicuo fantasma tortuoso, es el acoso demencial contra el muro de la indiferencia, es el contorno hueco del cuerpo extraviado entre los grises de la cobardía y el ahogo de la palabra.

Afuera, un sol friolento del atardecer con su polvillo naranja; se arropa con la chaqueta que trae colgada del brazo y alza los hombros. La tristeza debe ascender a la altura de las grises nubes.

Entra en un restaurante, toma un par de tragos fuertes. Le duelen los huesos de las manos, la cara, de todo el cuerpo, siente como si los nervios le astillaran.

Pesa el cuerpo, no siente los labios, los párpados cargados; acierta a tomar un taxi y darle la dirección del hotel donde se hospeda. Llega, se derrumba en la cama, ya se adentró la noche, siente como si acabara de volver de un viaje infinito, de una atmósfera cuajada de pesadez. Las lágrimas no puede contenerlas, no son las que se lloran con o sin razón, estas tienen un sabor acedo. El rostro se maquilla con manchas tornasol, son incendio de bengalas las pupilas, las palabras dichas se agrietan, las no dichas se extravían, las sombras se quiebran atravesando los suspiros.

Cómo pudo olvidarme sin recordarme, se dice a si misma,  antes que el beso fuera melaza y la piel crujiera como organdí, antes que la nostalgia se anclara en las venas y la oscuridad royera los espacios; las flores del recibimiento son ahora capullos inconfesables. El rencor, gris y pegajoso, como duende que contrae el ser, empieza a disecar las entrañas; agobiante aquelarre que ofusca el horizonte y retuerce los recuerdos.

Su sombra no le pertenece, es anciana como el olvido, se enroscó como se anuda al sol la sombra mustia de un girasol. Mañana amanecerá y tendrá que encontrar una fuerza mayor y realzarla.

El 2 de septiembre, dieciséis días antes de lo previsto para retornar, cambia el pasaje, adelanta el vuelo. Hay que regresar, volver, a su tierra, a su trabajo, a su familia, a su gente, a su vida. Clavará la mirada en el presente y el futuro, sin desviarla nunca hacia ese nefasto trozo del pasado. Es definitivo. La vida se hace un poco mejor tan pronto como una se esmere en intentar hacerla y Marian se esforzará en ello.

Ya en su tierra de nuevo, en el hogar, escribe en su diario un poema:

AL FINAL

Al final
me escurrí entre rendijas ocultas
zanjas sorpresivas
heridas de la carne que no cierran
tajos que dejaron las caricias
arranco de la piel
la costra de la mentira
recojo piedras y caracolas
las incrusto en mi cuerpo
un lamento
es el gorjeo de los pájaros
en mi garganta

¿se cierra el círculo?
¿dispone el destino?
Duele lo vivido y lo no vivido.

Mañana será mañana, y otro amor llegará, pero no será él del tal Alonso Gastelis o como se llamara, y eso es más que suficiente para seguir viviendo enaltecida.

María Cristina Solaeche Galera

Autora: Ines Harnecker Título: El engaño.  Técnica: Aguafuerte y aguatinta. Matriz: 20x10 cm. Paìs: Chile

Autora: Ines Harnecker
Título: El engaño.
Técnica: Aguafuerte y aguatinta.
Matriz: 20×10 cm.
Paìs: Chile

El CUBO Y LO GRIS

“Cuando tú eres, la muerte no es; cuando la muerte es, tú ya no eres”
Epicuro

“El día del nacimiento es el mismo de la muerte”
Basavanna

“Y todo enajenado podrá el cuerpo descansar quieto, muerto ya”
Pedro Salinas

“cualquier hombre que llora tiene mis lágrimas”
Eugenio Montejo

El CUBO Y LO GRIS

María Cristina Solaeche Galera

Agosto, 1977. Tengo veintiocho años, soy una mujer hermosa, y en mi interior llevo la flama capaz de encender mi vida.

Mi amado compañero y yo, llegamos entusiasmados en un autobús grande, de un viaje largo, desde la capital de un país a una ciudad universitaria al sur, buscando trabajo como lo que somos, profesores universitarios. Nos alojamos en una posada sencilla y, después de acomodar los bolsos de viaje, guardamos muy bien en cada uno los pasaportes, sabíamos de la dramática situación dictatorial de ese país sureño. Preguntamos al de recepción si quedaba cerca de allí algún lugar donde comer y estirar las piernas. Nos dice que a partir de las seis de la tarde está prohibido abrir cualquier negocio, pero a dos cuadras hay una plaza muy bonita. A ella nos dirigimos. Son las siete y cinco de la noche.

Estamos agotados del viaje, nos sentamos en un banco de barrocas formas forjadas en hierro, es una plaza acogedora pero muy fría, se inicia el mes de Agosto y es crudo el invierno en esa región.

No ha transcurrido media hora, cuando repentinamente, desde atrás del banco, vociferando las sirenas suben hasta el medio de la plaza frente a nosotros, dos autos de la policía militar. De cada uno salen los copilotos y entre los dos apuntándonos, nos colocan sobre la carrocería de una de las patrullas militares con las manos arriba y las piernas separadas a todo lo que dan, sin encontrarnos nada claro está. Suben a mi pareja a uno de los carros y  a mí al otro.

Él, entra en la patrulla que está de primera, lentamente voltea la cabeza y me regala todo su amor en una mirada transparente, azul de mar en calma. El automóvil militar que lo lleva, se desvía y toma otra ruta. Se me agrieta el miedo en el cuerpo. No imaginaba, que nunca lo volvería a ver. Aún, muchos años después, me desgarra este pensamiento.

En el interior del automóvil en que voy, está una mujer de mediana edad,  de aspecto y ademanes vulgares. Total silencio. Avanzamos, se detiene con un brusco frenazo y el copiloto señala a un hombre delgado, con barba y melena negrísimas, que camina presuroso por la acera de la izquierda “Ése, detenlo”, así lo hacen, lo suben al auto en el que estamos, se llama Javier, le dijo al milico. El miedo se enquista.

La patrulla se detiene frente a una casa aparentemente vacía, igual que la fantasmal urbanización que la rodea, son casas-quintas con jardines bien cuidados, bien pintadas y sin señal de deterioro alguno, pero tampoco de vida.

Me introducen por un pasillo con mi compañera, a gritos y fuertes empujones: “al cubo a estas dos”. Y así, sin sentido alguno, me encuentro en una mínima guarida en forma de “cubo”. Al compañero Javier se lo llevan a rastras a otra celda al fondo del patio.

Áspero el roce con las cinco paredes del “cubo” y la repulsiva sexta pared, de barrotes gruesos de hierro y con una pequeñísima puerta. Cruel y lasciva la mirada del militar de guardia  y, estridentes las risotadas que llegan del fondo. Miro las manchas asquerosas de las paredes y del piso: moho, sangre, heces, hollín, marcas.

Me digo, serénate por lo que más quieras. Tengo que tener el alma empeñada en dos partes, la mitad quedó atrás cuando atravesé esa reja, la otra mitad muy oculta con celo, entre los pliegues de mi corazón, sé que debo mantenerla con el desespero a raya.

Mi compañera del “cubo” es una mujer cercana a los cincuenta años, pobre, prostituta barata de barrio, totalmente ignorante, que ni se explica ni lo intenta, la causa de este encierro absurdo. Se limita a sonreír a todos y cada uno de los militares que hacen guardia en el minúsculo patio frente al “cubo”. Creo que tiene cierto retardo mental.

Han pasado dos semanas y no sé nada de nada, no sé la causa de este encierro, no entiendo. Todo comienza a aterrar, los militares, los curas que entran y salen con su sonrisas benevolentes, ¿qué harán allí estos seres anodinos?, las voces de los milicos, estrepitosas, gritonas, el día y la noche, la ausencia de los colores, aquí todo es gris, todo. No existe un sólo instante de dicha. La memoria es lo único que permite alumbrar con los cocuyos de los recuerdos, en ella debo refugiarme.

Mi compañera de celda no está, se la llevaron esta mañana, ni a preguntar me atrevería.

De repente, como una preciosa ráfaga, me llega al oído una voz infantil cantarina, es la mía, diciendo de memoria un poema que solía de pequeñita y muy entusiasmada, declamarle a mi madre, mientras ella quedaba extasiada frente a esa niñita de cinco años que le recitaba hasta con lagrimitas en sus ojos, Los lagartos de Federico García Lorca:

“El lagarto está llorando
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con sus delantalitos blancos.

Han perdido sin querer
su anillo de desposados

¡Ay, su anillito de plomo
ay, su anillito plomado

Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran
¡ay! ay! cómo están llorando.”

Todo está detalladamente confabulado, los militares, los curas, el cruel tamaño del “cubo” con 1.40m. de arista y yo mido 1.70m. el escaso patio de asfalto, las armas “bien portadas”, las vociferantes órdenes, los obscenos gestos, la única y repugnante comida diaria, una polenta que adobaban en mi presencia con gargajos en el mejor de los casos o con semen de masturbaciones enfrente de uno y un vaso de agua, no comía nada, pero al cabo de tres semanas, arcada tras arcada, náusea tras náusea, acabé tragando esa asquerosidad; mientras el agobiante color gris me nubla la vista, es que todo es gris alrededor, dentro y fuera de uno. Cada vez duermo menos, las noches se confunden con los días, desde el “cubo” no puedo ver el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni un trozo de cielo, la reja y el escaso tamaño de la celda, no permite ver ni la reseca copa del único árbol gris del patio gris.

En cuclillas lanzo patadas a la pared en un esfuerzo de estirarme, el tamaño del “cubo” agarrota los huesos y los músculos, constriñe todo el organismo, no puedo acostarme salvo en una posición fetal extremadamente encogida y tengo las rodillas laceradas de acercarme a la reja para tratar de respirar mas;  la rabia me filetea el corazón. Nada sucede, todo imperturbable a mi desespero. Así transcurre el mes.

A una de las celdas de atrás, que nunca llegué a ver, se llevaron a Javier. Al final de este drama supe que era carpintero, y que aquella maldita noche iba camino del hospital público, donde su mujer estaba dando a luz a su primer hijo. Tampoco él entendía nada. La incertidumbre es parte de la agonía o tal vez sea en sí la misma la pena.

Caen las primeras gotas de la lluvia invernal que amenaza un torrente, el asfalto y la suciedad del “cubo” se disfrazan de fétida humedad y pretenden ahogar los quejidos. Una humareda gris se condensa a mi lado.

Se inicia otro mes, el frío encrespa la piel, el silencio espeso, denso, asqueroso y gris. Roto solamente por gritos de dolor, están torturando a Javier. Me advierten “la próxima semana  verás  el espectáculo”, me dicen con sorna crueldad. Mi boca parece un cuarto menguante de pálida luna en un firmamento sombrío, tengo el cuerpo color ceniza. Caigo en un retrospectivo vértigo de autoconmiseración. El corazón se invierte con la angustia.

Un espejo roto en mi pensamiento me devuelve la imagen de una mujer despedazada; es imposible separar la ira de la violencia, la amenaza es tan cruel como la ejecución.

Llega ese día, me esfuerzo en olvidarlo sin embargo, está enquistado cada momento en que la mente intenta evadir ese recuerdo. Me saca del “cubo” el militar de turno, fanfarroneando, alargando desmesuradamente sus brazos como asquerosos tentáculos, gesticulando con su lengua de camaleón, cierra tras de mí la reja que cae pesadamente con un alarido chirriante de óxido. Un tiempo antes, he visto pasar esposado a Javier hacia el salón, así llaman al lugar de torturas; va con la mirada desencajada, le tiembla todo el cuerpo, él ya lo conoce y cada fibra de su ser es desesperación. Se ha roto el ciclo de la vida. ¿Dónde puede esconderse uno? El vacío está desnudo.

Me llevan, atravieso una habitación, la siguiente es el salón, espaciado, sin ventanas, toda la luz es artificial a través de potentes focos direccionados por ellos a voluntad sobre nosotros. Me desnudan. Nada queda atrás. No se puede gritar, ni emitir el mínimo sonido, la garganta lo sabe, lo sabe antes que yo, después le tocará el turno de desgarrarse en alaridos. Desconocidos códices para mí revolotean agitando sus correosas alas de terodáctilos.

De una pared pende una picana, es una varilla de metal de alrededor de cuarenta centímetros, delgada, del grosor del dedo meñique de un hombre, de un extremo de  ella salen dos cables, uno con un enchufe, el otro conectado a un dispositivo de voltaje. Actualmente siguen existiendo en formatos más elegantes y con el  nombre de pistolas de defensa que ya no hay que enchufarlas. Las paredes del salón están sembradas de grilletes, esposas, hay un par de “camas metálicas” y está recubierto todo a prueba de ruidos.

Me siento como si el tiempo transcurriera en cámara lenta; en el suelo maniatado y desnudo Javier se retuerce de dolor, una picana asoma por su recto, convulsiona y da alaridos ¿qué hizo ese buen hombre?, ¿dónde están los dioses compasivos? Las religiones son todas mitologías, que se especializan en conjurar falsa y armoniosamente la vida y la muerte.

Me empujan hacia otro lado extremo del salón, puesta en aspas me atrapan manos y tobillos con grilletes y me dicen cínicamente a vos te trataremos como corresponde a una dama, y me vejan uno tras otro. Duele todo, es desgarro, los pechos estrujados, los ojos y la mirada se desorbitan y se cierran violentamente, duele hasta la respiración. Ellos se esmeran, jadean y sudan a pesar del frío, gruñen, sus pieles son babosas. Esta sangre que se desliza por mis piernas, tan mía, jamás me la devolverá nadie, se enrosca con el repugnante semen. Me quedo quieta lo más que puedo, el mínimo movimiento de mi cuerpo los enardece aún más, las lágrimas se esconden aterrorizadas. La boa del desconsuelo me asfixia el cuerpo y el alma. Es una cloaca de poder, crueldad, ambición y miserias. No creo que el futuro esté predeterminado, ni el tan estúpidamente pretendido libre albedrío haya sido concedido a nadie, por tanto, cielo e infierno no tienen razón de ser.

Me regresan al “cubo”, nada preguntan. Estoy extenuada, sangrante, ya no sé pensar. Lo mismo sucede durante tres sesiones durante tres semanas consecutivas. Imploré que me mataran; inútil, pedí al universo que me fragmentara, imposible creer en nada sobrenatural. La oscuridad me envuelve y se cierra como un puño grisáceo.

En la que sería la cuarta sesión, al entrar  aterrorizada al salón, vi a Javier en la cama metálica, era un desecho, ¿qué quedaba de él? Los ojos desorbitados, el cuerpo desgarrado por los impulsos eléctricos de la picana, agarrotadas las extremidades.

Se abre la puerta y entra un cura, trae una estola morada colgada del brazo derecho y una pequeña caja dorada hermosa entre las beatíficas manos. Con sonrisa benevolente hace una señal a los militares que torturan a Javier. Ellos dejan de hacerlo, el cura besa ridículamente la estola morada y se la cuelga al cuello; toma la hermosa cajita dorada de manos de un militar que se la ha sostenido, y con parsimonia religiosa se acerca a la frente de Javier, le unta un menjurje de aceites mientras entre dientes murmura letanías, parece rumiar ego te absolvo, le está dando la extremaución, que asco moral sentí, se me estremece el alma. Cuando acaba de hacerlo, hace un risueño y místico gesto a los militares, asintiendo que su labor ha terminado. Ellos sacan la picana del recto de Javier y la meten en su boca, el arco voltaico de lo que queda de su cuerpo es estremecedor. Ha muerto Javier. Los militares y el cura impasibles. No sé describir las sensaciones de ese momento. No puedo.

Ese mismo día, al atardecer, totalmente desmoronada, desesperanzada, asqueada, me regresan al cubo. Estoy agobiada al extremo, estoy tan sola, de mi compañero no sé nada, la mujer que apresaron esa noche amarga no está, desde la segunda semana de encierro no la volví a ver. Javier murió entre insoportables dolores. Tristísima hasta el tuétano, en el retazo de mundo que me rodea, todo es gris. Cierro fuertemente los ojos, la mirada oscurece, no quiero distinguir nada. Se me está desintegrando el alma, no acierto a reconstruirla, tanto terror al dolor y no parece existir ningún dios misericordioso. El alarido del silencio de la noche restaña su eco contra las paredes del cubo.

Transcurre una semana, nada sucede, me estragan el terror, la soledad, el dolor, el encierro, la impotencia, el asco.

A la semana siguiente, una mañana gris como todas, se me ordena salir del cubo, me conducen ante un militar superior. Él, tiene en sus manos mi pasaporte, color vino tinto con el escudo en dorado de Venezuela, cuánto amor siento por ese documento, ¿cómo lo consiguieron? quedó allá en la  posada casi tres meses atrás. Me lo entrega, no acierto si a tomarlo o no. Lo cojo temerosa sin levantar la vista; aún lo conservo.

Me señalan una puerta “¡salga!” me gritan, conduce al pasillo que tiempo atrás recorrí para entrar en el cubo. Espero anhelante el tiro de gracia en la nuca, avanzo despacio. Paso tras paso para que acierten bien y nada sucede, ningún disparo, sólo pasos de botas detrás de mí. Llego al umbral de la casa, da al exterior de un jardincillo que ya había visto anteriormente y salgo temblando, a la urbanización de clase media totalmente solitaria y en silencio. Camino hacia la izquierda, camino y camino.

Quedaron sin respuesta tantas preguntas que mi desbocado pensar sigue haciéndose: ¿dónde está mi compañero de vida? ¿de qué se nos acusó? ¿por qué nos torturaron? ¿qué sentido había en todo esto? ¿por qué el cura y sus falsos ritos? ¿y la cruel muerte del inocente Javier? ¿la desaparición de mi compañera de celda? ¿por qué me dejaron libre? preguntas que quedaron atrapadas en el aire gris.

Aún, faltan tres años para finalizar la llamada Operación Cóndor.

Hoy, a tientas, al anochecer, en un escape al desconsuelo, mientras cierro los ojos logro retener la mirada de mar en calma de mi hombre amado, está tatuada en mi alma.

De aquella nefasta noche donde cuatro seres inocentes confluyeron en un amargo destino, quedo sólo yo y los dolorosos recuerdos que cubren mi sombra de cenizas grises.

Nunca volveré a ser la misma, aquella mujer que llevaba la flama capaz de encender su vida. Vivo detrás de mí.

Título: Dictadura. Autor: Carlos Alonso Técnica: Grabado: País: Argentina.

Título: Dictadura.
Autor: Carlos Alonso
Técnica: Grabado.
País: Argentina.

LAURINA. II Parte. Amor de hoy

El amor es la poesía de los sentidos.
Honoré de Balzac

El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.
Ramón Gómez de la Serna

 Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Julio Cortázar

El apartamento sigue casi igual. Algunas nuevas florecillas en el ventanal, ahora las nuevas lilas se disputan el color con las persistentes y descaradas anaranjadas, y las discretas blancas. A través del vidrio del ventanal que da a la calle distingo a un anciano inválido, siempre de gomas blancas, camisa roja y pantalón caqui, lo llevan al frente de una de las casas de la acera de enfrente, allí lo dejan, totalmente solo, sentado en una sucia silla de plástico a la escasa sombra de las ramas desgajadas que el enorme mamón del patio de la casa de al lado deja asomar. Lo sacan a las ocho de la mañana, lo entran a las dos de la tarde, de nuevo lo mismo al siguiente día y los fines de semana, así ha sido durante estos más de cuatro años. Se queda callado, apenas se mueve, entumecido y en silencio, en un calor sofocante durante horas y horas.

También veo una niña hermosa, como lo son todas las niñas, tendrá once años, camina solita por las mañanas de los días sin escuela, por la azotea de otra de las casas; juega con las florecillas pequeñas, amarillas y en ramo, del árbol del vecino que extiende sus hojas a su patio de juegos; en época de lluvia, al escampar, suele jugar con los charcos, dibuja figuras en el suelo valiéndose de trazos con el pie. No sé que piensa, ni que imagina la criatura, pero sé, que siento todo lo contrario a cuando veo al anciano, es una ternura que me aflora desde el alma y una sonrisa asoma en todo mi cuerpo.

En otra de las casas, la más alta de la cuadra, en la azotea, está instalada una gallera. Catorce gallos finos de pelea que al principio, me atormentaban todas las noches y los días con sus cantares; pues falso que cantan solo al amanecer cuando el sol sale; lo hacen a la una, dos, tres, cuatro de la madrugada y a partir de allí, en cualquier momento, desaforados, hasta las seis de la tarde exactamente, cuando deciden dormir. De tanto en tanto se oían cantos lastimeros a intervalos muy pequeños, hasta que un mal día, me decidí ver que sucedía y horror, un hombre joven les desplumaba el cuello arrancándoles en vivo las plumas;  para rematar, cada quince días, los sábados por la mañana, en un ruedo amarillento instalado en la misma azotea, gritos vociferantes y obscenidades los arengaban frenéticamente, a que uno de ellos matara al otro.

En una casita azul, la más pequeña de la calle, vive el malandro de la cuadra. En un pedazo del sucio patio, un perro negro y descarnado y macilento, siempre con el rabo escondido medrosamente entre las patas, se acuesta después de dar tres o cuatro vueltas en el mismo hoyo que a hecho en la reseca y polvorienta arena, día tras día, pobre animal, nunca le he oído ladrar.

Gatos, algunos, esqueléticos o muertos. Esta ciudad tiene un maldito sentimiento supersticioso contra esos animales. Ah, tengo que recordar que Maltus el gato del anciano profesor del octavo piso, ya murió hace un año, era muy viejo.

Ayer, cuando mi pensamiento  pronunció el nombre del Amor de mis recuerdos, sentí, como si una flor roja, una cayena, resbalara entre mis pechos a mi regazo.

Es el amor del cuerpo que protesta su soledad, de las noches agobiantes de la espera en un mundo fuera del mundo envuelto en el estío, es el silencioso orfebre de las ansias que retiene el temblor de los sentidos mientras el sol colma el cuenco de las nostalgias; es un pájaro que revolotea en aire extraño, es el deambular de mis ángeles. Son lluvia de perlas las hojas del cují que tintinean en mis entrañas, y un nuevo traje de tacto me cobija el palacio de la piel. El lapislázuli tiñe de nuevo mi cielo, el barro y la arena codician caricias, la mirada exige imprevistos y el vientre entrevera los deseos.

Decidida escribo:

AÚN

Buscando el alma
escarbé el cuerpo
cabizbaja
entre en mí sin haber salido
feroz el resplandor del naufragio
zarpando mi carne
desmoronando imágenes
mientras me reptaba el tiempo
y se extraviaban los días

aún
voy a vestirme para el bullicio callejero
a desnudarme para el rezongo del amor
teñir mis pupilas de nuevo
engancharme el desparpajo en el cabello
y estallar en desasosiegos

es que me queda
el olor del amor en la memoria.

Todas las tardes de los jueves, un grupo de amigos profesionales jubilados compartimos, nos reunimos a dialogar, disertar, merendar… sobre inquietudes literarias, musicales, científicas, plásticas… son momentos mágicos escapados de la rutinaria vida de esta ciudad. Solemos traer invitados de diversas edades, para discernir sobre temas por ellos elegidos.

En una de esas tertulias, se presenta un invitado, es un hombre maduro de porte sobrio, agradable al mirar y con una grave voz que al menos yo, sentí que acariciaba como un terciopelo; con una tímida sonrisa que asoma en todo su rostro, la mirada color caramelo tostado, capaz de vehementes diálogos sobre temas filosóficos e históricos, que acompaña efusivamente con una afanosa gesticulación.  Discierne ese día sobre la antigua ciudad de Maracaibo. Fue instantáneo, al finalizar me sorprende pidiéndome mi teléfono, y más me sorprendí yo a mí misma dándoselo.

Pasaron tres días y llama, saluda cordial y pregunta si no me molesta que me visite y llevarme unos libros que sabía me interesarían. Yo accedí y le dije donde vivía. A la semana siguiente, avisa que si puede ir al otro día, y por favor, le indique la hora que me pareciera mejor, así lo hice, entre ansiosa y expectante.

Llegó con dos libros de regalo, y sorpresa, uno había sido de mi padre al que él había conocido en su juventud; trataba sobre la genealogía de los apellidos euskaros en Maracaibo.

Nos enamoramos fervientemente, se abrillantaron de nuevo las pupilas, bordeamos el mundo con las miradas, conjuramos el celo, ceñimos de nuevo las estrellas al torso de la luna y las burbujas del viento se tornaron en coplas candentes. Un caligrama de amor nos embelesa, es azogue, cosquilleo. Dátil goloso el del amor, crocante la pisada de los sentidos, sonrojo escarlata el de la palmera, ascua la imagen de la mariposa blanca. Se dispersan los nubarrones en abanico y el amor talla lentejuelas en nuestros cuerpos.

No hay dos días iguales, ni besos repetidos, ni ecos de caricias. Nos alcanzamos de un salto del corazón; el cuenco de nuestras manos es silencioso orfebre de nuestras ansias, contiene el lenguaje cifrado de los cuerpos, retiene el temblor de los sentidos, el cielo tiembla sobre nosotros sin recato, sin recelo, hay aedas en el canto de los sueños de este deleite que nos enreda.

Es momento de abrirse los capullos, desclavar la luna, estirar el horizonte, borrar las cenizas de las sombras, madurar en desvelos, quebrar despacio en dos el viento y descalzar la tierra, mientras el amor da dentelladas en el cuerpo.

Es entrega a lo franco, a lo total, la oquedad de la brisa entona silbidos en la fogosidad de la tarde, las caricias hacen florecer la piel en las palabras y brindamos por embebernos en el amor, por la ambición de estar juntos, por despedazar los silencios.

Una guitarra  lo acompaña en el entonar de boleros, tangos y rancheras con esa hermosa voz que me enamoró al instante. Conversaciones sobre tan diversos temas amenizan nuestro intelecto y deliciosas meriendas engolosinan el paladar. Son días que nos permiten, arrinconar cualquier estrago que la soledad y la cotidianidad pretendan imponer.

Hoy, sólo hay dos voces en el amor, la de él y la mía, que se entrecruzan en el celofán del cuerpo. Lo he de amar en mis poemas, en el edén creado para él por mi universo y sé, que acosará mis versos como plegarias amorosas que deslizan la sinfonía de las ternuras.

El tacto es aleteo, esmeralda del canto para el gesto, impaciencia del tiempo para el éxtasis, espasmo del requiebro para el deseo. Transpiran nuestras miradas, desgajan, anudan, azoran, son tentación de abrevadero, son pasos oliendo a besos. Al unísono tejemos esta historia en el recodo del tiempo.

Nos contamos sobre nuestros cardúmenes de estrellas, sobre el murmullo entre la noche y una verbena, sobre la primavera bajo la puerta y la terneza con la piel al aire. Nos soñamos hilvanando la lluvia con el ansia en la mirada oscura, soplando el barlovento de los cantares.

Aprendemos a querernos en las aristas del cristal, en la frase amorosa al oído. Aprendemos a desearnos en rincones ocultos, con aromas prohibidos. Es el corazón que responde a las miradas de la memoria del cuerpo.

Escribo:

EL VERANO DE LOS TAMARINDOS

Este amor saborea
el verano de los tamarindos
despierta el  agridulce
y agita los párpados del anochecer enternecido
son los deseos asomados al fogón del cacao
al ventanal de  flores amarillas
gritando sus voces desnudas nuestras bocas

este amor saborea
el verano de los tamarindos
oculto tras el viento cantarín
en la tierra de mis poseídas siemprevivas

amarnos con ocho lunas
siete escamas en el alma presentida
el placer tejiendo entre los dedos su danza
cuando se extiende el goce
entre las pupilas
y revuelcan sus colores las cayenas.

María Cristina Solaeche Galera

Autora: Nicoletta Tomas Caravia. Año: 2012  Dimensiones: 8 x 10 pulgadas. País: España.

Autora: Nicoletta Tomas Caravia. Año: 2012 Dimensiones: 8 x 10 pulgadas. País: España.

 

 

LAURINA

I Parte: AMOR DEL RECUERDO

María Cristina Solaeche Galera

¿Qué es la muerte?
Con él muere una cara que no se repetirá(…)
y con él mueren miles de circunstancias,
miles de recuerdos.
Recuerdos de infancia y rasgos humanos,
demasiado humanos”
Jorge Luis Borges

Fuerte fue el cariño como un algarrobo,
de un hachazo el tiempo fácil lo partió,
y hoy en el silencio largo de su ausencia,
llora una guitarra junto a su cantor.
Viejo Portón. Vals.

Cuando tú te hayas ido
Me envolverán las sombras
Cuando tú te hayas ido
Con mi dolor a solas
Rosario Sansores Prén

 

Calle 15, entre avenidas El turpial y Los cocoteros. Una cuadra de casas sencillas en ambos lados y un edificio que destaca, ufano de sus diez pisos. En el noveno de esa construcción, vivo yo, Laurina. Y sobre mi amor del recuerdo escribo este relato.

Es un apartamento acogedor, un amplio ventanal le da hermoso desahogo; en su jardinera, varias plantas pequeñas lo reverdecen y de vez en vez, descaradas flores en campana fuertemente coloridas en naranja, se apropian del color al lado de unos diminutos lirios blancos.

En el octavo piso debajo del mío, un profesor jubilado se suicidó. Cuando las personas mueren, suelen sucederles en la memoria del alma, los recuerdos de lo más valioso que en vida compartió sólo o consigo mismo, que sin valor material no interesó a nadie y mucho menos interesa después.

Durante toda la vida, estuvimos rodeados mi compañero y yo, de animales domésticos. Fue a partir de nuestra jubilación, que por una causa u otra fueron desapareciendo. Después, nos abocamos a cuidar al viejo gato del profesor del octavo piso cuando éste murió, es grisáceo y con una mirada felina cargada de dignidad. Lo hubieran abandonado sin escrúpulo alguno, estoy segura. Se llama Maltus, y respetamos su hermoso nombre.

Un día, de repente, al antojo de los dioses pocos meses después de la jubilación de ambos, el tan amado hombre, el compañero de mi vida, se derrumba físicamente, una terrible enfermedad lo arropa y en menos de seis meses muere. Así no más, muere. Me deja en la tristeza más agobiante. No acertaba con el día y la noche. Los porqués estaban demás.

Se fue convirtiendo en mi Amor del recuerdo, en una grieta callada, despellejada, desteñida, estéril en mi vida. Nada que recoger, todo queda atrás, es sombra sin tizne que se presiente. Desata las memorias, suelta las algarabías que atesoraron las almas y los cuerpos, me queda en los ojos su mirada de mar en calma, y las manos son las mismas de la despedida. Su voz es aquella sonaja escondida que una vez vistió los cuerpos de primaveras.

Ahora, cuaja el silencio, escinde los sueños, la luna siempre en menguante, danza sombría con murmullos a mi espalda. Nada es mío, sólo sombras de siluetas recorren mi vida buscando su paisaje.

Aquí quedé, bordeando la cornisa de un lecho, mutilándome entre los  crespones de la colcha, cauterizando el aliento de las sábanas que se estrujan y anudan avariciosas entre ellas. ¿Es qué acaso me cubre su muerte con  piel de onagro?

Me asaltó su amargo final, es una emboscada intrusa en la que las heridas reclaman esquirlas de canciones escondidas, los párpados son alocadas mariposas nocturnas que esconden la zozobra de lo efímero, las caricias contenidas rebotan en el tacto de plomo y cobre de la ausencia y al mirar hacia atrás, fisuras de sal crispan mi rostro. Los ojos terrosos lloran arenisca y el mundo es gris y sepia, los colores del recuerdo.

Fue aquel, un tiempo de morir, de pómulos desencajados, de mirada opaca, de pintar con carmín la pálida piel, de fatiga gris y soledad tiznada, alejado del día, acurrucado de noche, inmóvil ante una tumba sepultado en sí mismo y humedecido con la sequía cobriza del llanto. Estaba muriendo por fuera como por dentro. El más pequeño esfuerzo por seguir la estela del aliento lo extenuaba.

Él: encogido bajo las sábanas, con las sienes palpitándole y una expresión lánguida  de total abandono en todo su cuerpo. Me seguía desesperado con la mirada mustia. Le abracé, le besé, le hablé al oído, mas no acertaba a quitarle el miedo que sentía, tan frágil y tembloroso. En las noches, su cuerpo ya lleno de aristas por los huesos, sobresáltase gimiendo de dolor cuando la morfina deja de hacer su efecto. Cada vez que lo abrazaba, aterrada sentía que su ser se desintegraba. Moría y los dioses impasibles, indiferentes.

Escribí:

¿ES ÉL?

Hay un lugar
al trasluz de su mundo
donde su sombra llora
donde la amapola de su corazón
toca a arrebato granate
donde las imágenes son leños
las hierbas polvo
la piel escombros estrechos
el aire mueve los labios
y los labios son quejidos.

Alucinaciones
un cascarón de cuerpo
arrastra sin respiro
música que chasquea al oído
suspiros de seda mate
son los cansancios del barro
con los brazos al viento
y descalza el alma
la vida acallada en las manos
los dedos rumian su historia
reflejos del olvido en la rompiente
la lengua bordada en arena
la garganta piedra
de aliento

y bajo el alambrado de su mirada
ojos de hombre adolorido. 

Una noche, cerca de la madrugada murió. Grité, vociferé reclamante a los dioses, nada me hicieron sentir, nada me dijeron al oído, ningún consuelo, inexistente misericordia. Siempre la muerte vive a destiempo.

Los días del vivir quedaban atrás, sin remedio alguno, sólo permanecían los días de la muerte.

Ahogué mi boca en el silencio, mi plenilunio quedó sin lunas, fría y cortante la estalactita de la lágrima. Me arranqué las alas de mariposa, diseminé sus colores, anudé sus aleteos, regresé a la crisálida, ondeé mi cuerpo hacia atrás, devoré la luz porque me estragaba el negro y allí, debajo de mí, quedó la plegaria nunca oída, las palabras del silencio, la escama del tiempo y el puñal del sol.

Por la calzada de mi calle, por la rendija del ventanal, por el resquicio de la puerta, oscilando en las alas de un ángel contrahecho con olor a zaguán mohoso, entró y salió con él la muerte, sin sobresaltos, insulsa, avariciosa,  se cernió sobre su vida, estranguló, asfixió, dislocó, se incrustó en la argamasa de los huesos, vacío la boca de palabras, desvaneció el caligrama del cuerpo, acalló el eco de las entrañas, destrozó el gemido de la almohada, hizo añicos la ocarina de las risas, se atragantó de sonidos y quedé sin él, deambulando en el borde de la vida.

El apartamento, sintiéndose solo, se subió a mí regazo y lloró, no podía olvidar sus pasos, lo acuné en el pecho. Mas, astilló sus venas por dentro, lloró la argamasa de sus paredes. Un ábrego nos bamboleaba. Su ser de polvo se despliega en la memoria.

Nadie habla de retornos, el aire no es aire, es su aliento. Sigo la ruta de su voz acunándolo en las puertas. Cribo, respirando lloro, y a mis espaldas la tierra se deshace, me muestra sus raíces. Arenisca oscura, arañazo grotesco es su muerte en el reloj del tiempo.

Su corazón quedó sobre el mío. Sobre él, el corazón del mundo. En esta soledad, regalo a su memoria el aroma de un jardín que no encuentro, mis pechos henchidos de su ausencia al trasluz del encaje, mis abrazos que rasguñan el aire de la desesperanza y las glebas que el arado del amor levantó. Penetro en un mundo silencioso, el de los recuerdos, conjuro el tiempo, imagino la vida sin él y las fibras del cuerpo deciden entonar los presagios.

Silencio. Sin eco, sin forma, sin aroma. Sólo mi grito nombrándole, amor del recuerdo no pierdas las huellas de mis pasos, yo dejaré la puerta entreabierta, no levantaré mi mirada y haré del día la noche hasta que te pierdas en mi pensamiento. ¿Oyes mi bien? Es el viento que despierta los árboles de los cabellos y desprende las cayenas de mi cuerpo.

Qué arduo intentar convertir la muerte en un destino.

Llevo un crucificado en el ceño y un incienso en el averno de mi corazón. Mi ser es un azulado pájaro desaforado que revolotea y confunde los jolgorios detrás del aire ¡Mi Cristo! ¿No ves que lloro debajo de su nombre y un hastío desolado aplasta mi columna mientras el mundo se desgaja y es sólo cañas huecas?

Y escribí:

EN MEDIO DE NADA

No tengo tu voz
murmullos en la espalda
danzan en el rosa sombrío

No tengo tu besar
rozó la piel hambrienta
entre pensamientos hechiceros

No quedaron huellas de tu pecho
lo besé con deseos antiguos
lo adoré con fe terca

Nada es mío
sólo la sombra de tu silueta
recorre mi vida

Me extravié en medio de ti
en medio de mí
en medio de nada.

A él me llevaron los senderos de la alegría, la dulzura y los sentidos, y quedé sin él, agobiada por caminos sin cielo, atravesando los destinos de los antojos de la muerte y los caprichos de los dioses. Me dejó el alma estrellada en el escarlata de un universo extraño, con el corazón enrarecido, y un silencio que estremece y escapa a la alegría que se escurre en mi alma, sólo mis pulseras ciñen el aire.

Revientan los truenos del enojo, me retumban los pies sobre los que me tambaleo. Caigo en el desconcierto. Entre noches y días, se agrieta la zanja del tiempo, mientras las súplicas resbalan por los párpados del alma, maniatan las sogas del sollozo, mis carnes y mis ángeles, mis ruegos resbalan por las hilachas del cielo y me visto con cruces de ceniza. Es el vacío que me dejó su muerte, se ancló en las aristas de la brisa y quedé detenida, en la encrucijada, sobre el alambique de las quimeras, sobre el cascabeleo de los sueños. ¿No ves que se afilaron  las vértebras del ventanal? ¿No ves que la soledad ingrávida se mueve en el alma, que se está destiñéndose el universo y levanta sus murallas la luna?

Si nos encontramos en algún momento de las historias de la vida o de la muerte, no será en sueños, ni con deseos truncados, ni con placeres pequeños. Será un día, sacudido en espasmos extraños por el amor de tantos tiempos. Si así llego, si así llegas, destrabando pasados, te vocearé, me vocearás, te naceré, me nacerás, te viviré, me vivirás, y después…hasta que muramos de nuevo nos cubrirá el silencio.

Autor: Francisco de Goya y Lucientes. Título: El amor y la muerte. Técnica: Grabado Agua Fuerte. Dimensiones: 300mm x 201mm. Año: 1797. País: España.

Autor: Francisco de Goya y Lucientes. Título: El amor y la muerte. Técnica: Grabado Agua Fuerte. Dimensiones: 300mm x 201mm. Año: 1797. País: España.