Archivo de la categoría: Poesía

Para los poemas.

CON LA MIRADA A TIENTAS

Esta aventura exalta los sentidos
zarandea relámpagos de arcilla
en las amapolas de mis pechos
con la mirada a tientas y el enigma en la cadera

esta aventura
es hilo de seda  que alocado ciñe
mordiscos en la boca
lascivias en el cuello
ondulaciones de liana entre los misterios del cuerpo 

alquimia de la carne
descarada
altanera
jadea acariciantes espigas sobre el vientre

suspira como mansa luna cenicienta
con la mirada a tientas
entre tu cuerpo y el mío.

María Cristina Solaeche

Autor: Ricardo Gómez de Cádiz. (Barcelona, España).  Técnica: Oleo sobre lienzo.  Dimensiones: 65cm x 55cm. Versión de una obra de Otto Mueller

Autor: Ricardo Gómez de Cádiz. (Barcelona, España).
Técnica: Oleo sobre lienzo.
Dimensiones: 65cm x 55cm.
Versión de una obra de Otto Mueller

ANGUSTIAS DE LA CREACIÓN

Debía exaltarme ante la creación del Universo
mas apenas una semana
siete días
asolan el alma

La alegría embargarme ante la luz
pero después de millones de años en total oscuridad
un solo día para “hágase la luz”
merma el ser

¿Y el brillante girar de los millones de galaxias?
La pinturas rupestres
el primer poema en cuneiforme
las pinceladas del arco iris
nada tiene explicación
no hay porqués

solamente el abandono al misterio
el temor a lo desconocido
el vivir en la ignorancia
sin derecho a respuesta alguna

Siempre condenados a lo ignoto
La vida un instante a la eternidad de la muerte

Deneb Estrella

ENRIQUETA ARVELO LARRIVA

ENRIQUETA ARVELO LARRIVA
Cada palabra, el perfil de la voz de un silencio
a semejanza de una soledad.

María Cristina Solaeche Galera

 

Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio.

Olga Orozco

 

 

27

Enriqueta Arvelo Larriva, nace el 22 de marzo de 1886, en Barinitas, un pueblo enclavado donde se enlazan el piedemonte andino y el llano, al norte del Estado Barinas, en Venezuela.

Su padre, Don Alfredo Arvelo, hombre de fundo y de “a caballo”, y su madre, Doña Mercedes Larriva, maestra de escuela, con quien aprendió las primeras letras, conformaban junto a sus cinco hijos, una familia con vinculaciones políticas adversas al régimen del sátrapa Juan Vicente Gómez, y venida a menos por los atropellos y vejámenes de quien dictatorialmente se adueñó de Venezuela durante casi tres décadas.

Huérfana desde muy pequeñita, pues su madre muere cuando la poetisa apenas contaba los cinco años: 

(…) iba a gusto
tras el cabello recién bañado de mi madre.
Amaba a mi madre,
mas a veces ella era para mí
sólo una palidez nimbada. 1

Influenciada en sus inicios poéticos por su abuela materna “mamá Florinda”, y después, por su tía Atilia Torrealba Febres Cordero, reconocida poeta en esa tierra llanera, la que le enseñó las reglas básicas de la versificación y motivó a escribir sus primeros versos.

Una vehemente autodidacta de las lecturas de los poetas del Siglo de Oro Español:  Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila,  y de los poemas del poeta nicaragüense  Rubén Darío que publicaban los periódicos de Caracas. Motivada por su hermano, nuestro esclarecido poeta modernista y revolucionario, Alfredo Arvelo Larriva, quien siembra en su espíritu según palabras de Luis Beltrán:

esa agónica sed de los poetas, que ven pasar el río y no mojan sus labios, sino que van al fondo a rescatar luceros.

En febrero de 1930, la poetisa decide visitar la Capital por vez primera, regresando al llano poco tiempo después, con un mayor entusiasmo por la poesía.
El 8 de agosto de 1931, se crea el Ateneo de Caracas, allí, en la planta alta de una casa, ubicada de Marrón a Cují, en el Nº 43 de la Avenida Este, propiedad del general Vicencio Pérez Soto; corriendo el riesgo que significa intentar fundar cualquier tipo de asociación, dada la represión continua que ejerce la dictadura del Bagre por temor a la “conspiración”, un grupo de mujeres convoca a un número considerable de personalidades y artistas, y a riesgo o como estrategia, también a las familias vinculadas con el poder, a fundar lo que pronto llega a considerarse como la República Libre de los Intelectuales; y dentro de sus actividades destaca posteriormente, la participación de Enriqueta Arvelo Larriva.
En 1934, muere su amado hermano Alfredo Arvelo Larriva, el 13 de Mayo en Madrid; y cuando se repatrian sus restos en 1949, la poetisa publica una excelente nota biográfica Alfredo Arvelo Larriva – Noticias de su Vida y su Obra.
En 1939, edita con la Asociación de Escritores Venezolanos, su poemario Voz aislada, es el primero que publica, pero el segundo que escribe.
En junio de 1941, obtiene el premio en el Segundo Concurso Femenino Venezolano, promovido por la Asociación Cultural Interamericana, con el primer poemario que escribe: Cristal nervioso: poemas, y un jurado conformado, por Carlos Eduardo Frías, Ada Pérez Guevara y Pedro Sotillo.
En 1942 escribe, Poemas de una pena, una elegía a la muerte de su padre.
Desde 1945 hasta 1947, ejerce breves cargos políticos como Diputada a la Asamblea Legislativa del Estado Barinas y Diputada Suplente de la Asamblea Constituyente en 1947.
A partir de 1948, se radica definitivamente en la capital Caracas, lo que le permite estar en permanente relación y vigorizar sus vínculos con reconocidos representantes de la intelectualidad venezolana.
En 1949, edita el poemario Canto de recuento, un homenaje al regreso de los restos de su hermano Alfredo Arvelo Larriva a su patria, Venezuela.
En 1957, publica su quinto poemario Mandato del canto: poemas, y recibe por esa obra, el Premio Municipal de Poesía.
Y, el 10 de diciembre de 1962, muere en Caracas, a la edad de 76 años, como había vivido, en soledad, acompañada de la voz de sus poemas.
En 1963, las Ediciones de la Presidencia de la República del gobierno de Rómulo Betancourt, edita póstumamente su último poemario Poemas perseverantes.
Enriqueta Arvelo Larriva, publica también algunos de sus poemas en el semanario Patria y Unión de Barinas, y en periódicos locales y regionales como El Impulso de Barquisimeto y El Diario de Carora; en Caracas, en El Universal, donde aparece en las primeras páginas de las novedades literarias y en el “Papel literario” de El Nacional. Mantiene un hermoso epistolario con poetisas del prestigio de la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou.
Este ensayo:
ENRIQUETA ARVELO LARRIVA: Cada palabra, el perfil de la voz de un silencio a semejanza de una soledad.

Es, ese su viaje al universo interior de su soledad, de su silencio, de su voz y del afecto de un amor postergado, constantes poéticas en su obra lírica, y que motivan subyugantes poemas.

La poetisa, se adelanta a su tiempo, más allá de las vanguardias literarias, es la primera voz de mujer que se singulariza en el devenir de las letras líricas venezolanas; en el contexto de una desolación intelectual para la mujer, ella logra entretejer esa su voz, esas sus ausencias, a través de las hendijas que pasan desapercibidas para el resto de un país con una atávica visión androcentrista; imponiéndose como mujer, esquivando el destino que le atañe, y trasgrediendo la “normativa” de las leyes patriarcales y religiosas:

Buena o mala, voz es lo único que tengo
Nos dice con tanto acierto la poetisa.

En una Venezuela hasta esos momentos, donde la dignidad de la mujer la pondera él, el hombre, “asignándole” su status, imponiéndole las limitaciones de los “patrones de conducta” de una “vida social”, inhibiéndola de casi todas las manifestaciones culturales, permitiéndosele tan sólo, acceso a una mínima fracción de la herencia de la vida. Aún así, a pesar de ese lastre, eleva su voz desde la provincia, desde el llano y luego desde la capital su, por ella misma llamada voz aislada.
De esta sensibilidad, de esta audacia, de este culto a la voz del silencio, de ese ceñir su palabra a los predios de la poesía, jamás antes de Enriqueta Arvelo Larriva, han tenido versos así, eco femenino en los reacios oídos masculinos:

Gracias a los que se fueron por la vereda oscura
moliendo las hojas tostadas.
A los que me dijeron: espéranos bajo ese árbol.

Gracias a los que se fueron a buscar fuego para sus cigarrillos
y me dejaron sola,
enredada en los soles pequeños de una sombra olorosa.
Gracias a los que se fueron a buscar agua para mi sed
y me dejaron ahí
bebiéndome el agua esencial de un mundo estremecido.
Gracias a los que me dejaron oyendo un canto enselvado
y viendo soñolienta los troncos bordados de lianas marchitas.

Ahora voy indemne entre las gentes. 2

El deseo de imprimir su huella precursora, la trama de su phatos, su tono poético abierto a los vértigos del alma, con el acento desesperado de sus aires atestados de silencios e íntimas revelaciones, de amparar su soledad con su voz tan propia, cultivada apasionadamente con un lenguaje henchido de acordes, conjurando el vacío, buscando darle encantamiento, en latidos que convidan a una sublimación absoluta donde su imaginación creadora se encierra para mostrarse en el eco de su entelequia, con versos de una franqueza que estremecen:

En el aire ancho y aromado ha ido sola mi voz.
En vano busqué ansiosa.
Todas las voces se han ido.

Ahuecaba mis manos y lanzaba mi voz.
Y salía a recogerla. Yo misma.
Qué dolor desolado, agrupadas voces,
el de no tener la voz compañera.

En el ámbito soleado y ciego,
en la zona sin voces,
sobre la grama desmandada,
he ido presente por caminos que no me oían. 3

Para ese momento histórico en la “Patria Literaria”, Enriqueta Arvelo Larriva, es la pionera, la primera voz poética que se alza surgiendo de las hondonadas recónditas del alma femenina, y lo hace, desde los espacios donde ocurren los encuentros consigo misma, tamizando su soledad, descifrando lo incomprensible y enigmático del silencio que la rodea y abruma, intentando dar voz auténtica al duelo por la entrega amorosa aplazada y los frutos de ese apego menguando con ella, en poemas trémulos de amor y “confesionalidad”:

Quiero saber, hombre lejano que me llevaste
por una ribera muy tuya para mí desconocida,
si en un paso de insomnio
tus pájaros briosos y relucientes
picaron en las moras zumosas de mi soledad.

Si me sentiste allí,
en la espesura de tu bosque sumido,
como hoja soterrada,
como liana sin anillo,
como brisa curiosa
castigada en cárcel pavorosa y oscura.

Si me aspiraste en el último humo de la tarde
o si pasé despertándote por tu más raro amanecer.
(…)
Dime si me tomaste como canción de sueño
o como lengua de fuego en extravió dichoso,
o si sólo amaste en mí una arena apagada.
(…)
¿Probaste mis panales sin destino?
¿Entraste a mi huerto de manzanas incorpóreas?
¿Quebraste la redoma de mi esencia desurcada?
¿O se rompieron en mis muros
tus suspiros magníficos?

Di si pensabas que te dejaba cruzar mis abismos
con embriaguez espoleante,
derramando mi ungüento en tus raíces
o que ordenaba sobre tu pecho
que fueses mi inflexible guarda en la noche de ausencia,
o que me hacía a un lado en el desfile de tus llamas
(…)
Si mi voz, rama andante de mi vida,
se te dio como ser,
como suelto corazón cálido,
como humana viajera
que hoy regresa con sus pedazos de camino
y puede darme tu valle y tus breñales.

Me pediste mi distante secreto
Da el tuyo a mi curiosa lejanía. 4

Una poesía que graba en el panorama literario nacional del siglo XX, los rasgos innegables de la modernidad en tensión con la tradición, en una indagación continua de un lenguaje inicialmente deudor de la estética del romanticismo, que se va erigiendo en una crítica de la estereotipia modernista. También, la primera poetisa que se rebela contra las estructuras establecidas, que abandona el rigor de los preceptos literarios vigentes, sin la métrica formal en las líneas y las estrofas, descubre una “voz” fuera de las reglas del silabeo y del sistema fijo de la rima, suspendiéndose en el vuelo transmigrador del verso libre, donde los espacios vacíos del poema nos convocan a la dilatación del sigilo de las carencias, toda ella tentada por un resuello entrecortado:

Ayer fue la dureza de la espera.
Quién fuera por esa dureza iluminada.

Regresar:

Volver a lo duro y a la esperanza.
Volver al carecimiento con horizonte.

Regresar al punto donde comienzan los caminos.
(…)
Y ajustarse de nuevo el alma. 5

Enriqueta Arvelo Larriva, aunque no participa en las apariciones públicas de la llamada Generación del 18, ni probablemente de las discusiones entre sus miembros, sin embargo, al momento de ubicarla, se lo hace en esta generación literaria por diversas razones: las debidamente cronológicas, las de publicar en aquellos periódicos y revistas que consolidaron a esta generación literaria y, por ciertas afinidades estéticas; de allí que, los historiadores de la poesía venezolana la consideran perteneciente a la transicional Generación del 18, aunque ella misma, no puede sentirlo así:

Si me preguntarían a cuál generación poética pienso pertenecer y – ¡ay Dios mío! – tendré que contestar sincera: creo que a ninguna, exactamente. Es lo honrado. Y no es que me guste ir sola por la literatura venezolana, sino que así lo arregló el destino.

Y cuán cierto, íngrima se aventura Enriqueta Arvelo Larriva con su poesía, mucho tiempo después de un Andrés Bello y sucesores, del romanticismo negando al neoclasicismo y éste a su vez enterrando la efusividad barroca, después de un parnasianismo rebelándose frente a los excesos líricos, del primer movimiento literario que gesta el mundo de habla hispana en América, el modernismo, de las manifestaciones del criollismo en un giro hacia a lo propio, del grupo La Alborada y aún de la misma Generación del 18, creando un espacio nuevo, un espacio de representación para la mujer escritora venezolana.
Su poemas recobran vida con sutiles metáforas en diferentes niveles de su expresión, con su espíritu conjurado en el cuerpo-palabra que dialoga con el silencio en significativos versos, mediante el uso de verbos activos, haciendo hincapié en la primera persona posesiva, rechazando con altivez la cotilla de las formas poéticas fijas tradicionales:

No supe quién me lo dijo.
El acento, divino.

No supe quien me lo dijo.
No corrí tras los detalles
cuando oí lo infinito.

No supe quién me lo dijo.
Lo oí
¡Dichoso el oído mío!

En ese instante se hizo en mí lo armonioso
Lo que oí va eterno y limpio.

Y que tremenda la gracia
De no saber quién me lo dijo.6

Afirma el filósofo alemán Martín Heidegger:
La palabra es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensantes y los poetas son los vigilantes de esa morada.
Y en la poetisa, la palabra es el lugar del desvelamiento, su canto el desguarnecimiento del alma, aferrándose a su voz telúrica que le permite atisbar lo invisible, buscando su asidero en el poema:

Brota firme, honda, motorizada,
porque mi corazón ablandó su semilla.

Es una voz profundamente mía,
mas la daré sin sacrificio.

Huele a cedro mi voz bienvenida
y se alza en un pliegue.

Ella –qué novedad- me dará un gozo bravo
la sembraré en el montón sordo. 7

Al igual que el escritor checo, Franz Kafka, quien en su necesidad de soledad para buscar “propia voz” afirma:
Para escribir nunca se está suficientemente solo
En la poetisa, la soledad, la voz del silencio como creación y las emociones encontradas, perfilan su poética, su yo lírico que nos anuncia la angustia existencial que la aturde en el oficio más solitario del mundo:

Un oscuro impulso incendió mis bosques
¿Quién me dejó sobre las cenizas?

Andaba el viento sin encuentros.
Emergían ecos mudos no sembrados.

Partieron el cielo pájaros sin nidos.
El último polvo nubló la frontera.
Inquieta y sumisa, me quedé sin voz 8

El conflicto interior por abrazar en el poema la diversidad de vocablos en los que se expresan sus silencios, va configurando las “otras voces”, las de su otredad:

Háblame ahora, llano.
Llegará a mi raíz tu voz sin grietas.

Siento mis oídos más míos cuando escuchan tu mundo.
(…)
Quiero oírte en tu azul englobante.
Háblame.
Sabré responder a la voz de todas tus voces en la hora inocente.
Respetaré -tanteando- tus pájaros y tus ingenuas flores
y haré en tu anchura conscientes trazados de augurios.

Háblame, Llano.
Húndeme tu acento. 9

Paradójico que después de que la evolución humana nos regalara “la palabra”, derrotando el primigenio silencio de la materia, invada de nuevo, ese deseo de volver a la “voz del silencio” para explorar nuestros sueños imbuidos en el inconsciente, alcanzando una vertiente ajena a ensordecedores “ruidos”.
En soledad, Enriqueta Arvelo Larriva mantiene sus coloquios poéticos consigo misma y con el también “solo” de cada poema antes de ser leído. En ella, el silencio se nutre, interpela y alienta con la voz de su palabra, es “ése”, en el que la vivencia de lo arcano sustrae al ser del mundo petrificado de lo obvio; es la significación que desvela a la vigilia del entendimiento y a su profunda angustia existencial. Estamos ante lo abismal, ante el sentido que rebasa el significado y que sólo se deja aprehender como presión, como signo incierto, nada se encuentra acallado. Su verso “voz del silencio”, refleja la sima donde el ser humano gravita en sus alientos callados, aferrado a la reflexividad entreverada de palabras.

Nos dice Rafael Arráiz Lucca, en El coro de las voces solitarias: Una historia de la poesía venezolana:

De allí que su voz sea de una verosimilitud pocas veces hallada en la poesía venezolana, es como una voz que viene de lejos, que surge de las profundidades de la psique.

Con su poesía, con sus intimismos entre las tropezadas emociones que va calando Enriqueta Arvelo Larriva en cada verso, la lírica venezolana enriquece orgullosamente sus páginas, mientras sus poemas embelesan, cautivan y nos conmueven como poetas, como escritores y como lectores, dejándonos envolver en esa “voz” perfil de su zozobra existencial:

Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.

He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más fina rendijas.
Y soné largamente en los alambres.
Antes -¿recuerdas?-
pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías. 10

 

 

Referencias Bibliográficas:

Obra poética de Enriqueta Arvelo Larriva:
Voz aislada. Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos. Caracas. 1939.
El cristal nervioso: poemas. Publicaciones de la Asociación Cultural Interamericana. Colección Biblioteca Femenina Venezolana. Nº 4. Caracas. 1941.
Poemas de una pena. Caracas. 1942. (sin editorial).
Canto de recuento. Tip. López y Bosque. Caracas. 1949.
Mandato del canto: poemas. Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos. Tip. La Nación. Caracas. 1957.
Poemas perseverantes. Ediciones de la Presidencia de la República. Caracas. 1963.

Extractos seleccionados de los poemas:
1. Casa de mi infancia
2. Emoción y ventaja de la probada profundidad
3. Suma de la voz aislada
4. Respuesta
5. Tarde del imprevisto deseo
6. Balada de lo que oí
7. Presentación de mi voz nueva
8. Destino
9. Instancia frente a una sabana amanecida
10. Toda la mañana ha hablado el viento.

 

LA CASA  SOLITARIA 

Solitaria quedó la casa en su ausencia
el revoque de las paredes descascarilla
son sus pupilas que escrutan el aire inmóvil
se ocultó la luz en el ala de la noche
silenciaron sus ecos de las mareas los caracoles
y callaron en el balcón su zureo las palomas

soledad enigma
bebiéndose el rojizo lunar del crepúsculo
galopando el potro desbocado que fustiga relámpagos de aquilón
y el azafrán del sol esconde sus sombras perdidas

chirría el cerrojo no usado
llanto oxidado estático reclamante
a la orilla de la vida se acurruca el corazón de la casa
mientras flotan sus pupilas perdidas en los sentidos

retuerce sus hilos la soledad
sus hilos retuercen la mía
solitaria la casa
solitaria yo.

María Cristina Solaeche

Título: Luces y sombras. Técnica: Óleo sobre lienzo  Autor: Ricardo Renedo

Título: Luces y sombras.
Técnica: Óleo sobre lienzo
Autor: Ricardo Renedo

CRUZ SALMERÓN ACOSTA

CRUZ SALMERÓN ACOSTA.
El solitario de la cima de Manicuare

 María Cristina Solaeche Galera

 31

Hermano, escucha, escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

 César Vallejo

 

 “el poeta del martirio”, “el poeta milagroso”, “el paradigma literario de Araya”

“el Hijo Santo de Manicuare”, “el poeta de la resignación”.

 El poeta Cruz María Salmerón Acosta, nace en las áridas y salinas costas cumanesas del oriente venezolano, el 3 de enero de 1892, en Guarataro, Estado Sucre, Venezuela. En una ensenada donde está la vivienda de sus padres, a pocos pasos del mar y a unos centenares de metros de Manicuare, una prolongación de Araya a orillas del Golfo de Cariaco desde donde se divisa Cumaná, la capital. Guarataro, un pueblo muy pobre, colmado de soledad, pescado y sal, donde las piedras son de ceniza y cal, las aves silenciosas y grisáceas, y la vegetación escasa y espinosa; en una época de guerras internas y de autoritarismo institucionalizado, durante el gobierno de Raimundo Andueza Palacios.

Manicuare es un puñado de mar, un puñado de gente y un puñado de tierra

                                                     Víctor Salazar

Allí transcurre su infancia, siempre a la orilla del agua o mar adentro, entre botes, peces y atarrayas, un niño y un adolescente que nació en el mar, y un hombre a quien zozobró el mar en la sangre. Un torturado poeta víctima del mal de Hansen (la lepra), dolencia que lo consume desde su plena juventud hasta los 38 años de edad, cuando muere.

Desde la niñez, Cruz María se adueña del afecto de su pueblo, que lo sabe comprender en sus juegos de cartas, caída y truco aprendidos de su madre y a los que es tan aficionado, sus cantos de malagueñas y corríos en las fiestas de la Cruz de Mayo y sus poesías. De boca de Mano Catire, folklórico personaje de Manicuare, escucha cuentos y leyendas, él lo lleva de su mano a los puestos de los vigías sobre las colinas que bordean al Golfo, le enseña sobre las peripecias de la pesca, el manejo del arpón, el canalete y el anzuelo, el garapiño y el remo, a manejar el timón, a tejer redes y lanzar atarrayas. La casa de los Salmerón–Acosta está en la que es hoy la calle Arismendi, llamada por el pueblo la calle Margariteña rememorando su pasado histórico, bordeando al río y terminando en la Boca del Monte. Allí, de niño, estudia sus primeras letras como pupilo de las maestras Carlota y Petra González y después, en la piragua Santa Ana llega a Cumaná , muy lejos de  su  terruño Manicuare y alrededores  ( hoy día, a dos horas de un insoportable periplo terrestre), a realizar sus estudios en la Escuela de Pedro Luis Cedeño, en Toporo, calle de Cumaná, hoy conocida como “calle de los telares”, “calle Cantaura” o “calle Cedeño”; los últimos grados, los cursa  en el Colegio Nacional de Cumaná, logra culminar la primaria a los 12 años, en 1904. Estudia secundaria en el Colegio Federal (hoy Liceo Antonio José de Sucre), a cargo de Don José Silverio González, obtiene el título de Bachiller en Filosofía y Letras, en septiembre de 1910 a los 18 años de edad.

 

El mismo año 1910, ingresa a cursar Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, y en 1911, a los 19 años, escribe su primer soneto “Cielo y Mar”, cargado de gran intuición y una fuerte premonición:

 

Al extinguirse el último celaje,
Copio en mi alma el alma del paisaje
Azul de ensueño y verde de añoranza.
Y pienso con oscuro pesimismo,
Que mi ilusión está sobre un abismo
Y cerca de otro abismo mi esperanza.1

Lo dedica a su entrañable amigo el insigne poeta José Antonio Ramos Sucre, paisano, contemporáneo, condiscípulo y compañero en la poesía y la tragedia. De esta época, es la única fotografía que deja Cruz Salmerón, la de un joven muy bien parecido, de facciones fuertes y abundante cabellera oscura.

Su amor, Conchita Bruzual Serra, una mujer nativa de Cumaná, a la que él llama Cordera, y para ella, son la mayoría de sus emocionados poemas:

 

El colibrí de tu mirada riela
sobre el agua enturbiada de mis ojos,
y de tus célicas mejillas vuela
un crepúsculo rosa de sonrojos.

Hilo por hilo la ilusión devana
y urde sueños en fina filigrana
la araña de mi vaga fantasía.

Porque cuando me miras y te miro
sale volando tu alma en un suspiro
y embriagada de amor cae en la mía.2

Yo la miro perderse entre las flores,
Y con la voz de todos los amores
Voy a llamara, pero me da miedo 3

Colabora en publicaciones como: Satiricón, La U, Claros del Alba, Elite y Renacimiento en la ciudad de Cumaná; El Universal y El Nuevo Diario en la capital Caracas.

En 1912, a los 20 años de edad, estudiando el segundo año de la carrera, comienza a sentir dolencias en los brazos y adormecimiento en las manos, acude a los médicos  Felipe Guevara Rojas, para la época Rector de la Universidad Central de Venezuela, y a  Juan Iturbe, quienes lo examinan detenidamente. El diagnóstico es fatal, crudo, doloroso, el poeta ha contraído el que la Biblia llama “inmundo mal”, “el mal de los malditos”, la lepra, y ser leproso, es exponerse al asco y al desprecio, a que su propio pueblo lo execre con gestos de repugnancia y terror al contagio.

Le aconsejan los doctores regresar rápidamente a su tierra y esconderse, antes que las autoridades sanitarias lo aíslen forzosamente condenándolo al Degredo, isla del lago de Valencia, donde funciona un hospital para enfermos contagiosos y un penitenciario. Según testimonio de su amigo Dionisio López Orihuela, Cruz Salmerón no se rinde inmediatamente, sigue estudiando y así, completa dos años de la carrera, hasta 1913, cuando cursando el tercer año, el dictador Juan Vicente Gómez clausura la universidad, y el poeta  forzosamente regresa a su pueblo. El abanico de la tragedia ya se ha desplegado en su vida, una hermana Encarnación, muere al siguiente día de su regreso, su hermano Antoñico es asesinado por un jefe civil del pueblo, y el poeta que aún no muestra los estragos de la enfermedad, afrenta esta muerte y lo encarcelan en Cumaná, sufriendo durante un año los rigores del presidio de entonces.

Pero aún le quedan 15 años de vida, los más penosos de su existencia. Y su aislamiento será voluntario durante esos años, en Manicuare, en una playa desolada que se encuentra después de atravesar las Salinas de Araya, donde la historia mira al mar desde lo alto, con la misma lejanía que elije el pescador para divisar el cardumen.

Un hombre atrapado en una maldición con el océano infinito y libre al frente              

Ramón Alberto Escalante

           

Allí se refugia el poeta; en una casa construida especialmente para él, sobre una pequeña colina a la orilla de su mar. Una casita-reclusorio, de un solo cuarto, con una sencilla cama individual y una tina de cemento para que se bañe cuando la invalidez ya no le permita hacerlo en su océano. A partir de entonces, toda su poética está sometida al doloroso marco de su vida, al ámbito de su propio sufrimiento. Es el lugar de su destierro físico y espiritual; hoy, la casa la conservan con esmero  los jóvenes del Centro Cultural Cruz Salmerón Acosta, y quien allí vaya, puede ver la cumbre que el poeta canta desde su lecho de enfermo, y existe un Museo en el lugar donde sus padres vivieron, además, un Liceo, una Biblioteca, una Parroquia, un Municipio y unas canciones del cantautor venezolano Alí Primera, llevan su nombre:

La canción de Salmerón
el que la vida cambió
por un día de lluvia
porque su pueblo moría de sol.

El poeta “logra” pese a sus enormes sufrimientos físicos, a su brutal aislamiento, a su dolorosa y agobiante soledad, afrontar con resignación su desolada realidad, glorificando en vida la desintegración del cuerpo, cincelando el patrimonio de la muerte como una lápida en sus poemas. Se apasiona en los arpegios poéticos de su Maestro Rubén Darío, de Nicaragua, en José Martí, de Cuba, los sonetos de Villaespesa y Valle-Inclán, de España; la poesía nocturnal de Silva, de Colombia, y admira a los grandes estilistas de la literatura Rodó, Díaz Rodríguez y D´Annunzio.

En 1923, cuando Cruz María tiene 31 años, otro poeta cumanés, Andrés Eloy Blanco, regresa triunfal a Venezuela con su Canto a España, entrando al Golfo de Cariaco en un buque que lo trae desde Madrid. Cruz Salmerón, desde su aislada ribera, le declama en voz alta y agotada por los esfuerzos en su lucha del cuerpo contra la enfermedad, su poema Bienvenida y se lo envía con un pescador de la localidad:

Desde mi sombrío y eterno retiro,
Esta tarde, el buque donde viajas, miro,
Y sufro mirándote ante mi pasar,
Pues quiero y no logro dar unas palmadas
Con mis dolorosas manos mutiladas
Que ya ni la pluma pueden empuñar.4

Mas no es un solitario generacional en la literatura, es un admirador ferviente de la poesía medieval y de la renacentista castellana. Por ello es de esperarse, que su creación literaria, no posea las características determinantes del movimiento modernista que ya se inicia en Venezuela para esa época, tales como renovación métrica, léxico de efecto exotista, referencias a culturas lejanas, neologismos y la maravillosa orfebrería de la metáfora.

Su poesía se enmarca en Venezuela, en la etapa de la transición del Clásico a La Modernidad. Sencillez con dimensión mística de la palabra, recrea la belleza sonora de antiguas tradiciones rítmicas en el verso, la religiosidad y el imaginario medieval; la ingenuidad, la candidez, y el hipérbaton tan característico de los períodos cortesanos de la literatura española del  siglo XV y del Barroco, trastrueca el “orden normal de la frase”, con  encabalgamientos frecuentes cortando la frase final inacabada de un verso y continuándola en el siguiente , herencias de la poesía del medioevo y del clasicismo renacentista. Claridad de estilo, plasticidad espontánea de las imágenes y fluidez del numen en el lírico estuche del soneto. Predominio de conceptos como tormento, esperanza, amor, pesimismo y muerte, lo acercan tardíamente con el romanticismo venezolano, siempre con la búsqueda religiosa como centro. Un dolor sin agresividad, sin ironía, sin sarcasmo, sin desconfianza, sin rebeldía y sin reproche, que asoma a los prerrafaelistas y nos recuerda este anónimo español del S. XVI:

No me mueve mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte
(…)
No me tienes que dar porque te quiera:
Pues aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.

La sencillez de sus epítetos: “claro cielo”, “dulce  madre”, “tierna mujer” “fresca hierba”, “divina belleza” , “oscura noche”, “blanca luna”, “rosados sonrojos, “verde añoranza”… expresados en su elemental contingencia desvinculada del contingente, convertidos en imágenes  espirituales, lo identificarán de nuevo con la  herencia medieval y la tradición renacentista, en un deseo de entregarse a la “suprema voluntad”. Ráfagas de idealismo, sobrevuelan en ruiseñores, alondras, cisnes,… aves muy difícilmente vistos en Manicuare, en búsqueda de la divinidad, compartiendo con Rubén Darío sus solitarios árboles, su océano, su colina,…tan vívidas en su existencia, revistiéndolos de su animosidad interior:

Quiero cantar a tanta poesía
Que habla a los ojos, y a la mente encanta,
Pero la alondra de la musa mía
Aún sin querer solloza cuando canta.5

Pero para el solitario de la cima de Manicuare, la esencia, la fuente secreta de vida, su Grial, está en la mirada de la amada, y cuando para ella escribe, es un rezo para invocarla. La mujer amada, inspiradora de ensueños, su corazón como emblema de sentimientos:

Miróme ayer una mujer hermosa
Y su presencia me causó tortura,
Vi la herida más honda y dolorosa
Que he sufrido en mi vida de amargura                                                                   ( . . .)
Y hoy tengo el corazón más adolorido
De vivir vanamente deseando
Sufrir de nuevo la mortal tortura,
De ser visto otra vez por la hermosura
Que con mirarme ayer me dejó herido
Y con no mirarme hoy, me está matando.6

Escribir poesía para Cruz María Salmerón Acosta, es anhelar amor, orar, arrodillarse, pedir perdón, dejar de preguntarse “el por qué”, retumbando su voz entre las piedras, el papel y la orilla del mar.

Su obra cumbre y la más conocida, le bastó para inmortalizarlo, el soneto Azul:

AZUL

Azul de aquella cumbre tan lejana
Hacia la cual mi pensamiento vuela
Bajo la paz azul de la mañana,
¡Color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul del cielo emana,
Y azul de este gran mar que me consuela,
Mientras diviso en él la ilusión vana
De la visión del ala de una vela. 

Azul de los paisajes abrileños,
Triste azul de los líricos ensueños,
Que me calman los íntimos hastíos.

Solo me angustias cuando sufro antojos
De besar el azul de aquellos ojos
Que nunca más contemplarán los míos.7

No hay cabida en su poesía, para el tiempo vertiginoso, el espacio limitante, las desazones de la pasión, en ella, es el aquí, sin cuestionamientos complejos y el allí, la vida-no vida, y la muerte-no muerte. Apostar a abandonar la materia yaciendo en el templo del cuerpo. Cruz Salmerón yace, siempre yace en su templo interior, entre ritos medievales y ritmos pre-renacentistas, envolviendo su limitadísimo mundo con mirada agónica y su idealismo con evasión, en la búsqueda de una imagen única de la divinidad.

   

se le estaba cayendo la carne a pedazos y el alma a versos

 Juan Santaella

 

Durante el mes de julio de 1929, Manicuare, sufre los estragos de una fuerte sequía, el ardiente sol castiga las polvorientas casas, las arenosas calles, los árboles y sus pájaros:

Nací del mar en infeliz ribera
Y esta aflicción que mi alma desespera
Cuando empiezo a rimar lo que he vivido
Me hace pensar, por el sufrir inquieto
Que acaso llevo en mi interior secreto
El paisaje del suelo en que he nacido.5

Al poeta lacerado, que desgarra por primera vez en su poema Desolación Espiritual, toda la dignidad de su rebeldía contenida, asfixiada por la enfermedad y su mística resignación, le escribe Julio Hernández:

Soy hombre porque soy libre,
Y soy libre porque he decidido
Someterme al rigor de un dolor interminable.

Y el 30 de julio de 1929, con apenas 37 años, en Manicuare, Cruz María Salmerón Acosta, se confunde con aquél al que tantas veces le cantara…el azul de su mar… y… ese día…llueve en Manicuare, el recuerdo de aquella lluvia, aún permanece en esa tierra, en los recuerdos de los más ancianos y en quienes anhelan preservar la memoria de este poeta.

Más no habré de cantarte, el sufrimiento
obliga a que mi alma el verso guarde;
hoy me siento tan triste y tan cobarde
que ya ni quiero echar mi canto al viento 8

Una recopilación de toda su obra lírica, sus sonetos Fuente de Amargura con prefacio del Profesor Dionisio López Orihuela, se publicó por primera vez en 1952, en el Volumen Nº 6 de Ediciones Gratuitas por la Línea Aeropostal Venezolana.

La vida del poeta Cruz María Salmerón Acosta, es recreada en el año 1984, en un film de largometraje de ficción La Casa de Agua, del director caroreño (Estado Lara, Venezuela), Jacobo Penzo.

Referencias Bibliográficas:

Fuente de Amargura. Ediciones Gratuitas, Línea Aeropostal Venezolana. Caracas, Venezuela, 1952.

 

Extractos seleccionados de los poemas:

  1. Cielo y Mar
  2. Mirándonos
  3. Advenimiento
  4. Bienvenida
  5. Desolación Espiritual
  6. Mirada Fatal
  7. Azul
  8. La Canción Recóndita.

ME DESHAGO EN MIS HUESOS

Aunque borrara mi memoria
seguiría soñando con mi niñez
me impregnaría de la inocencia pasada
y de mi terror de hoy a los rayos

 

Aunque gritara con los pulmones abiertos

aún me seguiría asfixiando

el dolor de los misterios

y las ausencias del desamor

 

Aunque soltara todas mis lágrimas

no podría acabar

con la aridez

de la soledad y el silencio

 

Aunque me arrancara el corazón

no podría detener las muertes

cuando apenas me acostumbro

a la vida.

 

Es que me deshago en mis huesos

María Cristina Solaeche

 

Título: "Cabeza de mujer con los ojos cerrados".  Técnica: Yeso. Artista: Giovanni Girolamo Savoldo (1482-1548, Italy).

Título: “Cabeza de mujer con los ojos cerrados”. Técnica: Yeso. Artista: Giovanni Girolamo Savoldo (1482-1548, Italia)

 

SERIE POESÍA VENEZOLANA DISPERSA Y PERMANENTE

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PALABRAS DE PRESENTACIÓN

Quiero agradecer la presencia de ustedes esta noche, especialmente a la alcaldía de Maracaibo por brindarnos este cálido espacio para presentar nuevamente una de mis producciones literarias. Me gustaría agradecer al Movimiento Poético de Maracaibo por este esfuerzo editorial que adelantan en la promoción de escritores y la formación de nuevos lectores.

Los libros que hoy estamos presentado, son una recopilación de los ensayos que durante los últimos tres años he publicado en mi blog EL VERANO DE LOS TAMARINDOS y que gracias a la insistencia de Luis Perozo Cervantes, ven la luz como pequeños folletos, que individualmente, servirán de homenaje a los escritores estudiados; y en colectivo significan un esfuerzo por rescatar la poesía de nuestro país que las nuevas generaciones han olvidado.

En total son 23 pequeños libros, de los cuales 10, fueron previamente publicados en el tomo Poesía venezolana dispersa y permanente, prologado por el poeta Camilo Balza Donatti y que tuvimos la oportunidad de presentar hace ya 3 años.  Los otros trece trabajos, más recientes, han recibido en el blog más de 45.000 visitas de lectores de todo el mundo, especialmente de Argentina, México, Uruguay, Colombia, España, y por supuesto, de todos los estados de nuestro país. Otra razón más para llevar al papel este humilde esfuerzo por rescatar a algunos de mis poetas más queridos.

Es un honor para mí, que el Movimiento Poético de Maracaibo, haya decidido crear esta Serie, en el marco de la colección de Memoria Histórica Luis Guillermo Hernández, a quien conocí y admiré por su trabajo en la promoción de escritores zulianos. Espero continuar enriqueciendo con nuevos ensayos esta pequeña biblioteca que hoy presentamos.

Para finalizar agradezco enormemente a mi querido Enrique Romero por sus palabras sobre mi padre y sobre mi persona. El ha sido testigo de mi trabajo desde que yo era una joven y creo que ha sido la persona más idónea para presentar esta obra. También destacar la amabla atención que me ha brindado nuestro amigo Antonio Piñero y el escritor Jesús Ángel Parra, miembros de la directiva del Movimiento Poético de Maracaibo.

Los invito a adquirir esta colección, a quien lo desee, y difundirla para sacar del olvido a estos poetas dispersos pero permanentes en el tiempo.

PARA AQUIRIR LOS LIBROS PINCHE AQUÍ