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Para los poemas.

ESTE PLACER

Pantera en celo
desgarra el horizonte
llega a ti
con la memoria del deseo
pintada en el pelaje

Te cubre de besos
rotando sus dientes como girasoles
sobre tu cuerpo

Azaroso placer que menguas
tormentos

Aleja los escorzos de la soledad
adéntrate en las pupilas
repica las campanas del cuerpo

Himpla hasta los huesos
Estalla tus soles hacia adentro

María Cristina Solaeche Galera

Autor: Daniel Kaplan
Título: El abrazo
Técnica: Óleo.
Año: 2014.
País: Argentina

AL AMARME

Si me acaricias
gorjeo de pájaros azorados
anudan la garganta desnuda

Si me miras
son las pupilas
lámparas reflejando búsquedas

Si me sonríes
enjambre de abejas
bordan miel en mi boca

si me hablas
voz ronca taciturna
recubre con aterciopelado musgo
la noche fresca de mi cuerpo

Si me amas
¡paraíso!
sin árbol
sin manzana
sin serpiente.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: Juan Sánchez Título: El otro paraíso. Año: 1990. País: España.

EL TIZNE DE MI SOMBRA

Asalta la muerte
emboscada intrusa

quedan resbalando
deshaciéndose
gesticulando las esquinas
reclaman en sus heridas
esquirlas de canciones escondidas

la boca besada sin sosiego
se asfixia
con el ensordecedor ovillo del silencio

el vientre hueco
es guarida
de entumecidas incertezas

los párpados
son alocadas mariposas nocturnas
esconden zozobras de lo efímero

las caricias contenidas
rebotan
en el tacto de hueso y cobre

al mirar hacia atrás
fisuras de sal crispan el rostro

¿acaso tropezó un quejido con el tizne de mi sombra?

mis ojos terrosos
lloran arenisca

el mundo
sepia.

María Cristina Solaeche Galera

Título: “Mujer Pensando” Autor: Emilio Celeira Técnica: Óleo sobre lienzo País: Espaka. Año: 1960.

ASOMA UN QUERER

Asoma un querer
de los vientos hacia arriba
gana al mar
la arena de los abismos
sacude el mundo
de delirios imprevistos

se prenden estrellas en los párpados
son quimeras arrancadas
a las sonrisas tibias
aletean en la garganta
retazos de miradas
a cambio
de entradas a los sueños

murmullo enamorado
imaginado
poblado
de nidos veranos y canela.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: Albena Vatcheva
Título: Chez moi
País: Bulgaria.

 

 ES AQUÉL DE AQUELLA

 

Es aquél de aquella
que espanta con sus cabellos
cuervos y tormentas
la imaginación tortura sus manos
sella su boca
suelta amarras y
nada lo sacia
solo ella

aquél de aquella
que al dejar de mirarla
son de triste amor
la caracola de su corazón
quien canta tangos entre los pechos de ella
recorre la lujuriosa línea que lo subyuga
y acampa anhelante
en su mirada

aquél de aquélla
que trenza  temporales y espumosas sortijas
susurro de voces en la carne tibia
fontana de sus amores

sólo ella
desgrana su tiempo.  

María Cristina Solaeche Galera

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Autor: Marc Chagall. Pais: Rusia. Título: Promenade (El paseo) Técnica: Óleo Año: 1917.

Los tórridos ecos del deseo. Julio Jiménez. Sobre “El verano de los tamarindos” de María Cristina Solaeche Galera

 

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Rasga el vacío de una página virgen y desborda intenciones latentes; el poema se aprecia como una concepción casi ambigua del imaginario, en tonos claroscuros.  “Un poema por ser muy claro no es mejor poema, ni por ser muy oscuro tampoco”, nos recuerda Antonio Machado.  En esa atmósfera de penumbras brillantes, flotan anhelos y revelaciones vitales emparentadas con el influjo de Eros.  Se dice que el primer poeta del mundo lo encarnó Orfeo, quien azotado por la soledad, estigma de su destino, descendió a los infiernos con su lira y su canto para rescatar a Eurídice, su luz de amor.  Desde entonces, la intención amorosa y  la exultación del canto, impregnan con arquetipos de plenitud la búsqueda poética.  La musicalidad brota de las cuerdas vibrantes del espíritu, cual red encantatoria que cautiva con múltiples sentidos la percepción de lector, esa otredad cómplice.  He aquí una paradoja angular de la creación poética: expresar universos subjetivos mediante una materia lógica y cuantificable como lo es cualquier idioma; de allí, la continua traslación de sentidos de que se sirve el artista de la palabra para reforzar la autonomía del lenguaje poético.

     La poesía es esencialmente un lenguaje emocional y su carga expresiva se amplifica cuando el hablante-poeta (o poetisa) ha sido impregnado en penas de silencio, o por oposición, en alborozos de amor y éxtasis; por ello, resulta admirable el mensaje erótico que subyace en la trama sublime de un texto incluido en la literatura mística “El Cantar de los Cantares” de Salomón, tan resplandeciente en la Biblia, donde, leemos imágenes, símiles y metáforas tan elocuentes como:  “si él me besara con besos de su boca”, “miel y leche hay debajo de tu lengua”; “tus pechos son como palomas”; o aquello de “mi amado es para mí y yo soy para mi amado” de Santa Teresa de Jesús en sus trances de fe.

La mujer-poeta ha recuperado su palabra rebelde macerada en  deseos acallados; voz primigenia de sacerdotisa natural “excluida actualmente en los púlpitos”.

Resulta insoslayable la consideración de la mujer como un ser abierto, generador de vida y fuente de eterno retorno.  “La mujer espera y sueña; el hombre caza.  Los dioses son como los hombres;  nacen y mueren sobre los pechos de las mujeres” escribió Michelet, subrayando el ardoroso estigma de la pasividad femenina. María Cristina Solaeche Galera asume la actitud expectante con matices hedonistas:

¿y el tiempo de la espera?
Es brebaje que emborracha

Retomando el concepto claroscuro, ambiguo, casi andrógino de la creación poética, puedo testimoniar la expresión de diversos puntos de vista sobre ciertos rasgos específicos de la poesía escrita por mujeres. Durante la elaboración de la Antología en Femenino, “Donde la Boca que te busca“ (Ed. Dirección de Cultura.  L.U.Z.1994), constaté, que algunas de las participantes en tal acopio, se deslindaban del término poetisa; otras lo aceptaban graciosamente (“poetisa rima con sacerdotisa”);  unas consideraban que no existe  diferencia entre lo femenino como tal y aquello que ha sido considerado universal desde siempre; algunas afirmaban, que la diferenciación genérica en la escritura corresponde a una clasificación paradigmática regida por la sociedad  patriarcal.  Otras preferían autodefinirse con la reversible expresión mujer-poeta; y, una  lúcida voz habló de la rebelión desde el cuerpo, como un rasgo definitorio de la creación poética femenina; de allí su atmósfera erótica, en una época de fusiones estéticas y conceptuales donde lo sublime y lo profano se aprecian como fronteras permeables.

La abertura ontológica de la mujer propicia en ella su capacidad de intuición y espera.  Por ello, cuando la mujer rompe tal paradigma ancestral deviene no sólo en receptáculo de voces sino en súplica amorosa.  Confesión y entrega, como si el cono de la pasividad se  revirtiese, fundiéndose en llamas que horadan  silencios.  La iniciativa del verso traspasa umbrales hacia la libertad del ser íntimo.  A una poetisa libérrima como María Calcaño le debemos esta definición orgánica como veracidad poética: “El vientre partido como luna menguante”,  “estoy sangrante, como sangran las nubes de diamante”. 

En la poética que nos convoca, el poemario, “El verano de los tamarindos”, de la mujer-poeta María Cristina Solaeche Galera, ella, expresa su dimensión femenina como un canto al deseo.

Tentación de abrevadero
rostro tenso vientre.

Dame la vuelta
giro remolino
contra sábanas y delirios
penetra y tiembla
enmudece el caos
que me habita

La confesión de lo orgánicamente esencial, constituye un rasgo definitorio de su escritura, surcada por definiciones afectivas.  El principio del placer prolonga el corpus  del texto hacia  los poros con alma del lector.  Al develar universos orgánicos del ser femenino, los hombres en tanto  que lectores, nos sentimos exploradores en la faz  oculta de un planeta, en una galaxia sígnica, en lo femenino desconocido…

En esa capacidad de motivar y tejer signos apasionados, la poetisa se devela como musa y oficiante del verso, en una doble generosidad a menudo velada, que nos imanta, María Cristina se distancia y medita sobre la génesis del poema.

Exquisito ligero trémulo audaz
un universo en sí mismo
este poema

Palabra nueva antigua eterna perdida encontrada
colina del eco
río y perla sobre tu cuerpo y el mío

El lenguaje de este poemario, se desliza en un cauce donde impera la palabra desnuda que dimana del ser a través de tamices de la piel, y así, el  verso es susurro de intención amorosa, apto para una ofrenda que involucra las esferas sensibles del lector.

Tiene brotes floridos mi vientre
deja oír la tierra
el ronroneo del tigre en mi garganta
anhelos en el alma festoneada

El torrente de imágenes, ubica al yo del hablante-poetisa en el centro de afirmaciones vitales, en una dialéctica del deseo en cuya síntesis se supera la dualidad cuerpo-alma, materia-espíritu, hacia una fusión de reminiscencias tántricas. La actividad en el microcosmos de los amantes conduce hacia una fusión con el cosmos, ese reino de lo desconocido.

Cabalgando el potro del relámpago
los labios céfiros de lenguas
secretos del amor goloso
dulce saliva la de los amantes
 (…)
Tú en mi mundo
tizón encendido
estrellas ceñidas al torso de la luna
burbujas del viento y coplas candentes

A veces, privan atmósferas de lo intangible, en un espacio imaginario llamado alma, hacia un sentido de la armonía.  En su búsqueda estética, María Cristina Solaeche Galera, no hilvana su discurso a la manera de un ábaco de imágenes impertinentes, moldea la expresión, aquilatando signos con el aliento de vivencias recobradas, hacia la transparencia de un canto en tonos de fervorosa confesión.  Nadie lee este poemario de una manera inmune; nos contagiamos sensualmente con la conmoción de entrañables revelaciones de quien al escribir se juega la vida conjurando el espectro silente del amor en  los sentidos.

¡Acércate!
ailemos la danza marina
que conjura el celo
cantemos antes de la partida

Esta mujer abrió la compuerta de la distancia
buscó la palabra en la caricia

La noción poética en Solaeche, adquiere matices visionarios cuando asume el tiempo futuro como una puesta en escena de un posible reencuentro.  El cálculo hedonista de las posibilidades contiene esferas de lo numinoso -el alma- para subrayar la dimensión cinestésica, esa órbita sensorial que incluye el influjo no sólo de los cinco sentidos, sino también, un sentido extraorgánico, latente y subjetivo.

Deslizará huellas sobre mi piel
la tornará vibrante
atrapará sombras en mi vientre
giros mortales al compás del alma

oye mis poemas amante
antes que el arisco destino
prenda un hilo de nieve entre mis dedos y tu mirada

El tejido libérrimo de esta textualidad adquiere un ritmo alborozado y melódico como un repiqueteo  de castañuelas a la orilla del mar con  las tramas alucinadas del poema circulando en un crescendo en cuyo zenit  palpita la revelación erótica; formalmente la voz de la poetisa se articula en estrofas  hilvanadas en versos libres, cuyos contenidos determinan su libertad formal, siendo el erotismo, la suma expresión de lo lúdicamente humano  de, quienes cuando se aman juegan a descubrirse.

Descifra estos cuerpos
reparte el naipe de la carne
no quedemos sin huellas

En el transcurrir de esta poética persiste un influjo de la escritura automática promovido por el surrealismo. Capta la velocidad del pensamiento sin los diques de la moral, liberada del carcaj métrico y de las trabas de algunos signos ortográficos,  expresando la libertad de los delirios, en aras de un espíritu libre de torpes gazmoñerías y ridículos pudores decimonónicos.

Busca la copa de vino sol de licor ala de la noche

Se sabe, que el surrealismo vislumbró un espacio de lo imaginario donde nociones aparentemente opuestas, como el sueño y la vigilia, dejan de ser concebidas como antagónicas liberando las potencias creativas del inconsciente, en pos de la palabra tangible.

Pálpame cuando se acerca el poema
persigue mi palabra en mi silencio
busca el vuelo del jilguero canto eterno

lo desconocido marca enigmas
lo desconocido marca enigmas (…)

Rafael María Baralt, expresó, que hay poetas que sienten porque escriben, y otros, que escriben porque sienten, buscando la verdad íntima del ser y las cosas visibles e invisibles.  Sin duda, que María Cristina Solaeche Galera pertenece a ésta última categoría, escribe porque siente.  Su escritura devela esa fisura hacia la otredad de un ser construido en sueños.  Ella logra fortalecer el valor autónomo del poema, trasvasando destellos de la realidad hacia la creación de algo bello.  De allí el cambio permanente de sentidos – metáforas –  o el acercamiento de realidades distintas en el florecimiento de las imágenes.  La poetisa María Cristina,  evoca la definición del  francés Paul Fort (1872-1960), Príncipe de los Poetas Franceses según la crítica literaria (1922), quien afirmó: “No soy un escritor, soy el poeta que canta”; y ella en este poemario “El verano de los tamarindos”, asume la resonancia de ese canto,  un canto Lorquiano cumpliendo la misión poética de “hacer, ver y sentir”.  Esta transparencia cantarina es tejida con los puntos de ignición de un afecto reencontrado en

voces desnudas saliendo del cuerpo

El ritual del poema se activa como una invitación a atravesar umbrales en la fiesta con alma de la redención sensual.  En esta exultación de la palabra viva, el lector es “cautivado como un destinatario del deseo”, desprendiéndose de máscaras y atavíos existenciales, para avivar la sensibilidad y conjurar los naufragios de ausencia.  La poetisa asume el rol de anfitriona en el dominio compartido de la vivencia erótica, y nosotros lectores,  devenimos copartícipes de una ensoñación encarnada en los filamentos luminosos de sus versos:

Hombre mío
oye los gemidos roncos
que escapan por la orilla de la piel
anuda el tejido
siente latir sus texturas

En este poemario la palabra muerte en su acepción original, es desterrada en beneficio de la “petite mort” orgásmica:

Conservo incrustado en mi cuerpo de gladiolo
El temblor de tus orgasmos
El gemido de tu aliento
Su melodía callada

En amable conversación con la poetisa, ella  sostiene,  que lo que más la conmueve en la vida es “la indefensión de la naturaleza humana”, y será por ello que es un anhelo para ella amar y ser amada. Que la soledad  aporta una entrañable amiga, que la poesía establece un vínculo con el mundo de los sueños. Afirma, que la palabra confesión es la más cercana a Poesía.  Este poemario “El verano de los tamarindos”, simboliza una red que retiene sólo como ella sabe, lo adorado.  En ese “estar consigo con el otro” los anhelos palpitan al unísono.

Enterré un colibrí en mi garganta
un  tango entre mis pechos
y teñí de polen mis cabellos
ensartados en el bordón de una guitarra

En este poemario de palpitantes intimidades, María Cristina se ubica en el ojo del huracán, la mujer-poeta involucra los matices ardorosos de su yo profundo en trances de palabras y actos visionarios. Su actividad lírica transmuta la materia del lenguaje y rebautiza los fulgores del mundo trasvasando sentidos.

Alquimia de la carne
descarada
altanera
jadea lacerantes espigas sobre mi vientre

“El Verano de los Tamarindos” con su embriagante atmósfera de ensoñaciones vitales.

Este hermoso poemario constituye otro paso afortunado en la evolución, madurez y transparencia de su lenguaje poético.

María Cristina Solaeche Galera, encarna  la íntima poesía, “ojo de agua de amor”

Julio  Jiménez

 

LA ARENGA DE MI LATIDO

Cae la  mirada sobre el deseo
callejón enloquecido
amenaza y resplandor

disfrazada de la mujer que soy
voy a dibujarlo
despacio
con la pluma del iris

voy a tallarlo
con la arenga de mi latido

girará con mis besos
ingrávido mi cuerpo
hacia la anémona de la suerte

devorará sus gestos
y agrietará los muros del tiempo

nada sostiene mis huesos
el negro es azul
el azul fango
el fango cielo
el cielo
sol  naranja y deseo.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: Edgar Flores “SANER”  Título: Latidos del corazón

Autor: Edgar Flores “SANER”
Título: Latidos del corazón