¿ASÍ ACABA TODO?

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como traje sin hombre,
llega a golpear con anillo sin piedra y sin dedo
llega a gritar sin boca, sin lengua
ni garganta.
Pablo Neruda

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas rayas y un rostro pintado redondo
como la luna, que me mire, quiero.
Sylvia Plath

Vamos a morir, todos nosotros,
¡qué circo!
Charles Bukowski

Reclinado en la cama, ayudado de varias almohadas para que no lo sofoque la asfixia, Félix Ángel mira a través de sus recargados párpados semiabiertos, a unos tenues rayos del sol que atraviesan las cortinas, y se alargan sinuosos sobre la sábana y la cobija que lo cubren.

Está seguro de que va a morir, se siente morir, no hay remedio alguno que pueda evitarlo, y no se atreve a extender la vista más allá de la luminosidad de los rayos del sol; tiene aprensión de dar una ojeada a todo aquello que le rodea, y que muy pronto, no podrá ver, ni oír, ni palpar, ni sentir, cuando la muerte llegue.
Retraído en el límite de su mirada entrecerrada se siente más seguro, más protegido, apenas distingue los dorados hilos rizados del sol en la pelusa de la cobija que lo abriga.
Quizás tenga unas horas más, o unos días, o un par de meses si acaso. Ya debería no pensar en nada que le signifique vida, tiene que preparar su pensamiento para que este desaparezca ante el vacío que en que muy pronto se sumirá.

—Amor, la medicina con un trago de jugo de naranja que tanto te gusta.

Bebe dos sorbos con la pastilla, y devolviendo el vaso sonríe levemente a su mujer; intenta acariciar su corto cabello negro y besar su mirada triste pero no tiene fuerzas, entorna los ojos y suspira conmovido por su ternura.

—Así, así cariño mío, descansa— lo abraza delicadamente, le besa las mejillas y le sube la manta hasta el pecho.

Quizás, si hubiera estado solo, se hubiese puesto a llorar amargamente, o a gritar con rabia desesperado, pero con ella allí, su tan amada mujer, atenta a su menor gesto con una leve sonrisa en el rostro y las lágrimas siempre asomadas, no puede, no debe acrecentar su pena, la que ella siente por este hombre, su compañero, tan delgadísimo, tan exangüe, tan enfermo.

Félix Ángel respira y aspira lentamente como un fuelle polvoriento. Decide entonces, repentinamente, pensar, imaginar, en lo que le sucederá una vez que fallezca, y atrevidamente enfrenta este propósito; será una manera de estar aún aquí, en vida, y a la vez, muerto ante los demás, ahora es el mañana. La marea del universo trae y lleva a los seres.

Para él, allí acostado, esa idea se le desliza en el pensamiento. Bizarramente, imagina y piensa; detiene la mirada de sus ojos nublosos en el dilatado cielo raso y los entorna; no mueve los labios, ni un párpado, ni un dedo.

Unas formas imaginarias se mueven dentro de su pensamiento.

Se ve muerto, tal como él había visto a otros muertos; con rigidez pétrea, el rostro lívido y contraído, los labios de una palidez marmórea, los ojos turbios y céreos, todo él destemplado y frío.

Está en la funeraria, lo lavan, visten y peinan con total indiferencia, automáticamente y hasta con cierto asco; él mismo, siente en su imaginación, repulsión al pensar en las carnes de su cuerpo que empezarán a descomponerse pronto, envuelto en una acre neblina. Es muy difícil acostumbrarse a estar muerto, a tener una borrosa y letárgica conciencia de los restos de vida hasta anularse enteramente.

Ya está amortajado con discreción y elegancia, con su traje gris preferido, con la camisa y la corbata que había seleccionado con anterioridad, y las muñecas extáticamente cruzadas sobre su pecho.

– ¿Y el alma?– cavila Félix Ángel.
– ¡Ay! el alma existe solo en mí mientras estoy vivo, así que al dejar de existir…—reflexiona.
— ¿En donde quedé en mis pensamientos? Ah, ya, en el alma…mejor será preocuparme como me lo había propuesto, tan sólo de mi cuerpo.

Esá en su velorio rodeado de algunos familiares, de compañeros del trabajo como catedrático universitario y unos pocos amigos. Llegado a este punto del pensamiento, se ve a sí mismo dentro de una hermosa caja de nogal, con la tapa arqueada, barnizada y con broches dorados.

Los allegados lo están recordando momentáneamente en el funeral, se habla de lo bueno que fui en vida y de lo mucho que me van a extrañar; las flores en algunas coronas se esfuerzan en alentar la escena. La mayoría lo contempla unos momentos, con esa curiosidad que provoca el horror instintivo a la muerte, y que yo mismo he sentido delante de otros difuntos. Los amigos se detienen en su rostro, para deducir los estragos que ha hecho la muerte en él, la piel amarillenta pegada a los huesos del semblante y las orejas se han tornado casi transparentes, el endurecimiento pétreo de la frente y, en los párpados cerrados languideciendo sus recuerdos.

Le asalta la mente una pregunta que se hace el escritor Roberto Arlt:

¿Para que afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?

Cumplido el tiempo estipulado, la gente que lo acompaña se va distanciando.
Cierran el ataúd, y queda encerrado, inmóvil, aprisionado en el rígido abrazo del féretro acolchado, en absoluta oscuridad, en un silencio opresor. Ve en su mente la escena y la urna que les pesa; la levantan, atraviesan la estancia, bajan penosamente las escaleras, atraviesan un florido jardín y me introducen en un automóvil; los concurrentes, curiosos unos, temerosos otros, indiferentes los demás.

El cementerio está detrás de una colina, solitario y silencioso, todo es grisáceo y polvoriento, con algunos árboles que parecen abrumados por el lugar; el cielo es una fiesta azulada, ese día se han retirado a otros cielos las combadas nubes de la noche anterior. Allí, en el campo santo, pareciera que no llega nunca el aliento de la primavera, todo permanece estático, petrificado.

A algunos, les produce cierto alivio el saber que ellos aún gozan de la vida; casi todos adoptan un gesto grave y compungido, otros acaban charlando, rompiendo con alguna broma el aire de abatimiento; sin embargo, todos en común tienen un cierto quebranto, una embarazosa desazón, es el pensar que en algún momento serán ellos los protagonistas.

Lo depositan en la cripta familiar, los sepultureros echan las paladas de la tierra que generosa lo acogerá sin protestar; se queda solo en la incierta oscuridad de la bóveda, bajo una lápida con su nombre completo Félix Ángel Galindo Elmersu, y las fechas de su nacimiento y muerte 15-1-1938—21-7-2014, como constancias de que el sepultado allí, había vivido y tenía nombre y apellidos. Allí se ve en su mente, allí ha quedado solo, íngrimo, respirando el aliento asfixiante de la muerte.

Es muy de noche y tiembla en el alma de Félix Ángel, son las doce o las doce y cuarto, la luna redonda, la luz mortecina de la ventana, no vuela ningún pájaro, el silencio y la penumbra de la habitación laten calladamente. Se le desencadena un acceso de tos que se oye como un coro cavernoso y ululante; Félix Ángel se agita y retiene su mirada ahora clavada en ninguna parte; la noche se adentra con augurios dolientes en el cielo.

Con extrema lentitud, como si regresara de una infinita travesía, recostado en su cama, se interroga a sí mismo:

– ¿Cómo se verá el mundo al no poder guardar en mi vidriosa mirada muerta con gesto doliente, algo que ya no es para mi? Se borra todo, hasta el recuerdo de la tierra, de los hombres; es el tiempo de lo malogrado, de lo anulado, de la nada que es lo único que me pertenecerá.

Suspira Félix Ángel, el temor le llega a la respiración, el miedo le entra en los pulmones y en el inquieto pensar:

– ¿Cómo puede darse un vuelco todo tan rápido y tan abismalmente? La vida está llena de fronteras que sólo se reconocen después de franquearlas. No tengo nada que decirme, el mundo de mis emociones muere conmigo. Se acababa cualquier ilusión sobre la dignidad del final de la vida del ser humano. Asisto al sepulcro de toda mi vida. Al final, nos fatigamos, la verdad de la realidad es la nada de una eternidad.

Desesperado Félix Ángel grita en tono de protesta:

– ¿Así acaba todo?

La pregunta se desvanece.

María Cristina Solaeche Galera

Autor: José Manuel Cañas
Título: Cementerio de Campo Criptana
Técnica: Óleo.
Año: 2003
País: España

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4 Respuestas a “¿ASÍ ACABA TODO?

  1. Me ha gustado mucho. Es un tema muy interesante y el texto está muy bien escrito.
    Pobre Félix Ángel. Todos nos veremos tarde o temprano en esa tesitura, pero siempre tratamos de no pensar en ello, sino la vida sería insoportable.
    Aunque, he de decir, que no creo que todo acabe con la muerte. 😉
    Saludos. 🙂

  2. juan morales manzur

    Excelente!!!!

    ________________________________

  3. De excelente y conmovedora narrativa. Murió para quedar vivo husmeando todo su alrededor, ¿será así morirse?…estar ausente, pero consciente controlando todo a nuestro alrededor. Gracias por traerme esta novedosa lectura, sobre lo único seguro en nuestra vida: La muerte. Un placer leerte poeta, mil gracias por compartir…!!

  4. ¿La muerte es el fin? o es un comienzo de algo.
    Excelente trabajo.
    Me recuerda algo que escribí hace tiempo.
    El fusilado
    Micro relato por Sergio Pellizza
    Sabía que la pena para los espías era la muerte. Estaba en el reglamento militar, de modo que no había lugar a nada más que esperar, se cumpliera la sentencia. No aceptó la venda, quería ver venir la muerte. Lo último que vió fue el fogonazo del disparo. No llegó a escuchar el estampido. La bala de fusil a 500 metros por segundo penetró en su pecho, choco contra el esternón estalló. Hubo una sensación de desgarro cruel, de dolor agudo; después todo desapareció. La luz menguó, como si un repentino invierno hubiese sucedido al verano. La perdida de sensibilidad fu invadiendo sus muslos y su vientre y, después el pecho y la nuca donde se produjo algo así como un splas. El tiro de gracia en ese instante reventaba su cerebro. Luego todo quedó sumido en tinieblas… menos una pequeñísima luz como al final de un larguísimo túnel hacia la que avanzaba sin moverse… sin sentir nada.

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