LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

Autor: David HersKovit
Título: Anciano en silla de ruedas
Técnica: Óleo sobre tela.
Dimensiones: 151x140cm
Pais. EEUU
Año: 1978.

LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

María Cristina Solaeche Galera

Pies, ¿para que los quiero, si tengo alas para volar?
Frida Khalo.

No pueden poner nuestras mentes en silla de ruedas.
La silla de ruedas es solo para el cuerpo.
Gaby Brimmer.

Pon tu cara hacia el sol y no verás las sombras.
Helen Keller

Nos quedamos solos, él y yo, solos los dos en la penumbrosa luz del día muriente, allí, en el balcón. Como todos los anocheceres, esperamos el momento en que nos lleven a su habitación para que intente dormir, y yo, quede plegada en un rincón del dormitorio haciéndole silenciosa compañía hasta el día siguiente. Su nombre es Bernardo Guersile.

Bernardo era un hombre alto, de espaldas anchas, amplio el tórax y complexión fuerte. Ha envejecido mucho, ahora es un anciano de ochenta y siete  años, está débil y paralítico a partir de la cintura. Hace más de cinco años no se levanta de mi asiento, a menos que su hijo lo alce para llevarlo a la cama. Soy dedicada y callada, lo acompaño fielmente a donde quiera que él se dirija. Soy su inseparable compañera en el balcón, cuando lo asoman a ver el barrio, la calle y los transeúntes, también me asomo con él.

Los sentidos de Bernardo agudizaron de manera extrema, quizás para compensar su incapacidad. Asimismo, mis sentidos. Ambos percibimos el zumbar de los insectos, el cri-cri del grillo, los cantos lejanos de los gallos de la barriada, el ladrido de los perros centinelas, la gritería alegre de los niños que asisten o regresan de los colegios. Vemos a las mujeres afanadas en barrer los portales, limpiar los empedrados, regar los jardines, y olemos como todo adquiere una aroma fresca y fragante a tierra mojada. El cafecero siempre con andar nervioso, vocea desde temprano de extremo a extremo de nuestra calle, el café reciente y aromoso. El vendedor de lotería grita los números ganadores con profética anterioridad y, algunos hombres se mueven afanosos en sus variados ajetreos de negocios y trabajos.

Los días festivos, desde el balcón, oímos el barullo chispeante del barrio, el corear de la alegría de las vecinas, y la música de la taguara de la esquina donde los hombres con estrépito y bebida alegran sus cuerpos cansados del ajetreo de los días de la semana; y yo en mis fantasías,  imagino que soy una silla de metal dorado, decorada, muy vistosa que hace las veces de un trono.

Durante casi siete años, él había soportado estoicamente sin chistar, el intenso dolor del problema degenerativo de su columna vertebral. Hasta que se hizo insoportable, invalidante, y cuando acudió a los médicos ya era muy tarde, el mal había evolucionado demasiado, los cartílagos y los discos estaban terriblemente desgastados, se había sumido en una paraplejía. Era irremediable, el resto de su vida estaría confinado a una silla de ruedas.

Sin embargo, al principio del tratamiento meramente paliativo, durante casi año y medio siguió rigurosamente las prescripciones de los médicos, las terapias de ejercitación, las dosis exactas de los medicamentos para el dolor, la rigidez y la parálisis, la dieta balanceada en la alimentación y, los primeros, inciertos y penosos, paseos por la cuadra que dimos juntos. Nada resultó, se hartó de esa disciplina que le restaba tanto a la poquísima libertad que le quedaba y aún así, seguía exactamente igual. Cierto día, decidió acogerse definitivamente a mí, no volver al terapista, tomar solamente las medicinas para las otras dolencias que lo aquejaban, y comer sin restricción alguna el alimento que podía y deseaba. Sólo se quedó con el paseo semanal por el barrio, en el que nos conduce su hijo durante una hora.

Recuerdo vivamente, cuando por vez primera, Bernardo levantó los ojos y se vio en el espejo de cuerpo entero, sentado sobre mí, encima del asiento y con mis cuatro ruedas; se sintió muy confuso, experimentó una sensación violentísima, casi de vergüenza. De repente, allí se vio, en el espejo, como si fuera otro.

—¡Pero qué es esto! ¡Qué es esto! ¡Imposible!— Gritó ese día volviendo la cabeza hacia un lado, y levantando ambas manos para taparse los ojos y evitar ver aquella visión. No había alternativa, yo sería de ahora en adelante parte de su cuerpo, sería sus piernas. A cada giro de mis ruedas, él tiene la sensación de avanzar en un mundo desconocido que le produce una angustia indefinible, la zozobra de un hombre inválido atado a una silla de ruedas, donde él es un extraño pasajero.

El hijo no puede ocultar su abatimiento por el estado del padre, lo irritante que se ha vuelto su condición. La mayoría de las veces ya no acierta como comportarse; Bernardo experimenta una turbación extraña al observar como, su hijo y su nuera, se imponen conductas correctas pero forzadas, que solo traen el cansancio de una rutina; al ver como el tiempo ha ido adormeciendo los sentires pacientes y enternecidos para con él.

Todas las noches, oigo sistemáticamente a su nuera que le ofrece encender la luz del balcón, es en vano.
—No; estoy bien así— responde Bernardo.

Gestos espontáneos, menguas del rostro, parpadeos, temblor de los labios, todo el cuerpo se agita, pero las piernas están estáticas, petrificadas, totalmente sumidas en mis soportes. La tristeza secreta, los sombríos pensamientos anidan en su frente, y se marcan en la fijeza congojosa de sus claros ojos y en la palidez de su rostro.
Un tumulto interno de sensaciones amargas, le produce emociones oscuras y violentas que lo llenan de estremecimientos punzantes; es un sentimiento de pena que se le torna más agudo cada instante, es la imagen inválida de si mismo que le llena los ojos y se le adentra espinosamente en el alma.

— Me parece que estoy… no sé, vamos, llévame al balcón hijo— suele decirle todos los días al amanecer y cuando cae la tarde.

Allí, en el balcón, el único sitio donde ambos concebimos la vida engrandecida y conmovida por los sentidos que emocionan el espíritu.

Es el atardecer, aún llovizna, miramos nuestra calle desde la atalaya del tercer piso donde vivimos; mirar es un embeleso, pero cierta angustia nos impide alegrarnos por completo. Es que Bernardo, siente su indefensión. Sus piernas son recuerdos remotos de sí mismo, ya no tienen memoria, ni conciencia; yo me esfuerzo tenazmente en tenerlas por ellas.

Son las seis de la tarde, estamos oyendo un trío de piano de Schubert y la fresca brisa de esa hora está soplando. Él suspira frecuentemente, y siente que cada suspiro lo ahoga, es como si se fuera con ellos hacia algún sitio lejano. A veces, sacude la cabeza con un sollozo, más bien una congoja, es su taciturnidad que tiene origen en ese medio cuerpo. Está seguro que los demás no comprenden su situación. Quiere que los hechos hablen por él, y yo, fiel testigo, permanezco muda, servicial y silenciosa.

— ¿Estás bien ahí?
— Bien, mejor que dentro del apartamento— responde.
— ¿Quieres acostarte ya? Va siendo hora
— Cuando tú lo desees, hijo.

Los rayos de la luna empiezan a avanzar como fantasmas atravesando el balcón. Desearía Bernardo caminar fervientemente por todos los lugares a donde vuelan sus ojos, a donde sus oídos perciben los sonidos.

Cuando estamos solos, suele bajar la vista y sonreír ocasionalmente; levanta una mano y se acaricia varias veces el pecho en el lado del corazón, como queriendo decir que aún allí está su vida; otras, se revuelve encima mío y oprime los puños hasta hincarse las uñas en las palmas de las manos, como cautivo de un ímpetu de lamentos que quisiera contener, y en ocasiones, lo veo apretar los labios, restregarse los ojos, agitar la cabeza y llorar descorazonadamente.

Suele Bernardo, espiarse secretamente las piernas, con el ánimo alerta y siempre vigilante de ver si ellas en algún momento, responden con un movimiento por imperceptible que fuera, mas yo que las sostengo, sé que no hay la mínima vibración siquiera; sólo siento la rugosidad de la suela de sus zapatos negros con el cuero ligeramente desgastado.

Una vez, hace más de cuatro años, solía varias veces decirse Bernardo, que él sabría bastarse solo, se lo oía decir en voz muy baja, en susurros repetidos. La realidad de su padecimiento le demostró que eso era un imposible. Está destruido, como si la frenética racha de una tormenta lo arrasaría perennemente. Intentó convencerse de que esto que le había ocurrido pasaría con el tiempo, mas ya sabe que no es así.

—¡No, no! ¡Nunca más, nunca más caminaré! ¡Imposible! Siempre es peor un día que el anterior, el cuerpo envejece y no ayuda, al contrario se vuelve otro estorbo— se grita para si desesperado al quedar solo conmigo.

Siempre después de comer, permanecemos un rato en la mesa, él se recrea con el ajetreo y el sonar de los platos, los vasos y los cubiertos, mientras la nuera los recoge aleteando como una mariposa en derredor, y yo permanezco en mi mutis mecánico ayudándolo a sostenerse.

De vez en vez, Bernardo repasa los álbumes de fotografías, y en voz baja que solamente yo oigo, va describiendo cada una de las fotos de aquellos gozosos días en que era un andariego; se le humedecen los ojos y el rostro se le transforma, y yo me siento un armatoste, no aparezco en ninguna de las fotografías. Cada vez se le recrudece más la tristeza; cree que aún le queda algo por hacer, aunque no sabe qué.

Le oigo rezongar:

— Esto soy ahora, un viejo carcamal sobre dos patas rígidas de pájaro disecado—. Ese pensamiento no se los puede decir a su hijo ni a su nuera, ni a nadie, ni siquiera insinuarlo, solo yo lo comparto. Ante ellos, ni una queja, ni un ademán de hastío.

En medio de la noche, advierte sus propios huesos, los huesos largos y fuertes de sus piernas, no le duelen, no se estiran, ni se encogen, al contrario, permanecen rígidos, vacíos del más insignificante movimiento; sus piernas son dos fardos sobre la sábana, mientras yo permanezco fruncida, cercana a su cama.

Un anochecer, mientras ambos estábamos en el balcón, le oigo preguntarse en voz alta:

— ¿Dónde me encontraré en el momento de mi vida a la hora de morir? Ojalá muera al anochecer, en este balcón, aquí, sentado en mi silla de ruedas.

Al oírlo, todo mi engranaje se estremeció de congoja, de agradecimiento y de miedo a quedarme sola.

Pronuncié una respuesta, le estaba diciendo:
— Cuando llegue ese momento, yo quiero morir también.

Hablaba suavemente Bernardo, pude oírle claramente que me respondía:
— De acuerdo, aquí estaremos, en este balcón haciéndonos sombra los dos.

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Una respuesta a “LA SILLA DE RUEDAS DE BERNARDO

  1. Vivi ese sentimiento que narra al lado de la silla de ruedas con mi madre ,sentí cada una de las imágenes descritas! visualize mientras leí….Felicitaciones……….

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