YOSELIA Y EMIRO

Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas…
¿valdría la pena vivir?
Jacinto Benavente.

El romper de una ola no puede explicar todo el mar.
Vladimir Nabokov.

Hay pasiones que la prudencia enciende
y que no existirían sin el riesgo que provocan.
Jules d’Aureville.

Era el año 1948. El pueblo “La Virgen de las Cruces”, estaba rodeado por una herradura de montañas de la sierra, era unas ciento veinte casas de ladrillo blanqueado, un riachuelo que llevaba agua durante todo el año, la faena de  la siembra, y algunos baratijeros que cruzaban la serranía llevando mercancía a los habitantes.

De la noche a la mañana, cerca del atardecer, llegó un nuevo párroco para la feligresía del pueblo.

Sin explicaciones del porqué, del cambio repentino del viejo presbítero anterior con quien desde hacía tantos años se sentía tan bien la gente del poblado.

El pueblo entero, se había preparado para recibirlo. Las campanas repiquetearon dándole la bienvenida. Hubo alboroto de las mujeres y los niños, era la novedad. El cielo acompañó la llegada del sacerdote.

Emiro se llamaba el nuevo sacerdote, era un hombre de 53 años, bien plantado, erguido, quemado por el sol de la región playera de donde procedía, con la mirada almendrada, el pelo demasiado negro rizoso, una barba corta bien cuidada y, la sotana y el alzacuellos impecables. Con un vozarrón bendecía a diestra y siniestra mientras avanzaba balanceándose entre los pobladores, y los hombres del pueblo le cargaban la maleta y tres bultos. La calle se llenaba de algarabía que se contagiaba y propagaba por todo el poblado.

A los pocos días, llegó también un personaje, era un bohemio, pintor de paisajes y escenas rurales; se llamaba Lorenzo, tenía unos 48 años, de nariz fruncida, labios ávidos, lujuriosa mirada y una sonrisa cómplice de todo; se pasaba las mañanas pintando, medio desnudo y mordisqueando frutas, y por el atardecer, salía con su jeep a recorrer los parajes; los entendidos de la ciudad daban a sus obras gran valía. Se alojó en la única posada que existía en el lugar, era de dos habitaciones.

Entre las alborotadas feligresas estaba Yoselia, tenía 45 años, llevaba veintiún años de casada y una hija en la capital. Su marido Albiro era agricultor y chofer; sembraba, cosechaba y transportaba  en su desvencijado camión, la mitad de la cosecha del pueblo incluyendo la suya, hasta la capital a 56 kilómetros, tres veces a la semana. Era Yoselia, una mujer de estatura media, contextura regular, de perfil no definido, con una cabellera pelirrubia casi metálica algo larga, ojos claros saltones y la boca grande armonizando con los ojos, tímida en apariencia, silenciosa y esquiva.

Yoselia se aburría mortalmente en su relación marital y en el pueblo; de las manos suaves que la acariciaron al principio de su casamiento, a las ásperas y siempre terrosas manos del Albiro de ahora, habían transcurrido muchos años de silencio, apenas interrumpidos por las mañanas con el canto de los gallos, al atardecer por el mugir de las vacas y los terneros, y todas las noches puntualmente, los ronquidos que zumbaban en la habitación matrimonial. Se esmeraba en cuidar las flores de su pequeño jardín, pero hasta de éstas se estaba cansando.

Su hija se había ido a la capital, hubiera deseado ardientemente irse también, pero sabía que Albiro habría quedado destrozado; además, no podía engañarse, su hija se opondría firmemente, más no por la tristeza del padre, sino porque se iba en busca de horizontes nuevos y quería explorarlos ella sola. Y allí se quedó Yoselia, en el pueblo de “La Virgen de las Cruces”, donde todo olía a toronjil; las casas, la lluvia, la gente y la comida.

La iglesia de “La Virgen de las Cruces” era una construcción sencilla, tan simple como el caserío mismo, repantingada frente a la plaza en la que solían jugar los niños, y asolearse los más ancianos al tibio sol con su polvillo dorado; había sido levantada varias décadas atrás. Presidía el altar una virgen sosteniendo una cruz en cada mano, en lugar del niño en el regazo como de costumbre y tenía un manto cuajado de cristalillos de colores de bisutería, y los bancos eran de oscuras maderas agrietadas. Anexa a ella, la casa cural, bien distribuída en tres habitaciones; una era el escritorio donde penetraba un solecito alborozado y de la calle se oía el canturrear de los pájaros; la segunda, la habitación del cura, con ese olor peculiar que el último sacerdote había dejado impregnado; la tercera la cocina y un pequeño baño.

El padre Emiro ejercía cabalmente sus funciones de párroco, misas diarias de madrugada y al atardecer del domingo, santo rosario los viernes, visitas a las casas llevando su cristiano mensaje sobre las virtudes y la promesa de la salvación eterna en un sitio de paz que se llamaba cielo, mientras, los campesinos le hablaban de sus hijos, sus tierritas y le contaban las historias del pueblo; él, enseñaba a rezar clavando los ojos confiados en el firmamento; daba asistencia espiritual a los enfermos y oraba por la salvación de las almas; recorría en paseos el pueblo, y todos los que se encontraba lo saludaban inclinándose y besando el dorso de su mano, además, escuchaba y absolvía los “pecados” pues acababa sabiendo casi todo de todos en el confesionario.

Los días en la aldea, semejaban relojes: con exactitud, a las seis las campanadas de las plegarias mañaneras y a las siete la misa diaria; al finalizar la tarde a las seis en punto, la oración del Ángelus y al anochecer, a las nueve,  las campanas tañendo para el recogimiento del pueblo.

Al enterarse Yoselia de la llegada del nuevo sacerdote y ponerse al corriente de que la parroquia ya no tenía asistenta, se ofrece para realizar el trabajo que la anterior desempeñaba. Éste consistía, en limpiar y ordenar la sacristía, mantener las velas encendidas y el incensario preparado para los actos litúrgicos, desempolvar y abrillantar continuamente las imágenes, reordenar los escasos libros, limpiar el baño y preparar el almuerzo. Todo ello tres veces a la semana, los mismos días que Albiro viajaba con su camión y ella no tenía trabajo en su casa; mientras hacia sus labores en la parroquia, a cualquier observación o mandato del padre Emiro, Yoselia contestaba con un –Será como Dios quiera – a lo que el cura respondía –Amén –

Un día, Yoselia sintió gozoso su cuerpo, como si danzaran en su interior unas sensaciones muy íntimas. Con los ojos entornados, veía oficiar al sacerdote en los servicios religiosos y como una autómata se levantaba y arrodillaba al unísono con los demás parroquianos; aspiraba el olor de las velas encendidas, el del incienso y el de la humedad de las piedras del templo que siempre había protegido a los pobladores de las congojas y alejado de los peligros.

Fue un delirio, un frenético ensueño en el que Yoselia se encendía como si una luz de otros cielos más carnales se le prendiera en el cuerpo exaltado de una divina voluptuosidad. El pulso se le aceleraba cada vez que el padre Emiro aparecía frente a ella. Se había enamorado del sacerdote.

Se planteó Yoselia una estrategia seductora. Se compró un par de vestidos floreados, se pintó la boca de un rojo subido, se desenredó el cabello y lo recogió a un lado con la flor más hermosa del jardín de su patio; recortó el largo de los vestidos, se quitó las toscas medias largas, se acentuó el escote, compró una colonia al árabe que llegaba una vez al mes al poblado; bordó con esmero en azul oscuro las iniciales del sacerdote en toda la ropa de él, desde las medias hasta las toallas; en la misa se sentaba en la primera fila con el propósito de que el cura no pudiera perderla de vista; no desaprovechaba pisada vigilándolo subrepticiamente y, hasta llegó a confesarse admitiendo que amaba a un hombre prohibido a pesar de estar casada.

A todo esto, el cura respetuosamente, a diario, echaba una ojeada al escrupuloso orden de la sacristía y la iglesia y le comentaba, sin mirarla a los ojos cuan eficiente estaba haciendo su trabajo, nada más, acompañando con la acostumbrada bendición. Yoselia pensaba empecinada, que su digno cargo de sacerdote de la parroquia de “La Virgen de las Cruces” le impedía otras manifestaciones; pero con el tiempo y su insistencia, él se enamoraría de ella, como ella frenéticamente lo estaba de él.

Ese día viernes, se le hizo muy tarde en su trabajo, ya el sol amenaza con desaparecer su corola en el horizonte.  Ella había bayeteado  los muebles y limpiado la ventana del escritorio. El sacerdote estaba en su habitación, recostado leyendo como acostumbraba a esa hora. Siempre solía Yoselia irse puntualmente mucho antes, y dejaba las llaves al pie de la imagen de un san Pablo alumbrado por una vela que ella misma dejaba encendida, pero ese día ya empezaba a anochecer.

Un momento antes de irse, decidió cortar unas flores frescas del jardín que estaba detrás de la sacristía, para colocarlas en un jarrón porcelanado sobre el escritorio, como una muestra más de su profundo amor por el párroco Emiro.

Al ir a abrir la puerta que daba al jardín, oyó el rugido de un motor. Vio el jeep del pintor Lorenzo y al padre Emiro en su interior abrazándolo apasionadamente.

A Yoselia le temblaban las extremidades, la trastornaba la pasión con la que el cura Emiro acariciaba el rostro, el cuello, y besaba en la boca a Lorenzo. Aplastó a puñetazos de rabia su propio vestido; le parecía no poder moverse, las piernas se le hicieron cada vez más pesadas y ni un músculo de su cara se agitó por instantes. No podía engañarse, se daba clara, clarísima cuenta, de lo que allí estaba sucediendo. Sintió todo chocante, insólito, no conseguía convencerse sobre lo que veía. Se sentía extraña y azorada; removió lentamente la cabeza de un lado a otro como queriendo negárselo a si misma; al final, lloraba, lloraba estremecida, con un ímpetu de sollozos que intentaba sofocar sin lograrlo.

No lo habría sospechado nunca, no imaginaba al padre Emiro, tan circunspecto, tan solemne, con una modulación del habla tan prudente y expresiones reflexivas cargadas siempre de religiosidad y misticismo; el mismo al que le había oído predicar desde el pequeñísimo púlpito sobre la moralidad de la castidad y sus virtudes, con un lenguaje dulzarrón plagado de citas bíblicas, mientras los feligreses adoptaban la extraña posibilidad de suprimirse a ellos mismos al oír las lapidarias frases “Los designios del Señor son inescrutables” y “Para morir nacemos, el cuerpo no importa, debemos salvar a toda costa el espíritu”. No podía figurárselo y, la gente del pueblo ni pensarlo.

Ante los ojos del poblado de “La Virgen de las Cruces”, todo estaba en orden, nada había cambiado, pero para Yoselia, su vida de pronto se le tornó en irrealidad.

Allí estaba el padre Emiro, el sacerdote Emiro, el cura Emiro, el presbítero Emiro, el párroco de su parroquia, en el asiento delantero del vehículo acariciando y besando desenfrenadamente a Lorenzo el pintor. Yoselia se retorcía las manos, apretaba los dientes y exclamaba para sí: ¡No puede ser! ¡Él no! pero, también se decía ¡No llores! ¿Por qué llorar? ¿Acaso el padre Emiro no te enseñó que el destino de los hombres en esta tierra lo diseña Dios? ¡Ese Dios lo habrá querido así! y… ¿Si Dios me ayudara? Monologaba en voz baja diciéndose todo a sí misma con una trizadura en la garganta.

Se había enamorado Yoselia del padre Emiro, pero él… el padre Emiro estaba enamorado del pintor Lorenzo.

Andando lentamente, Yoselia desesperada emprendió el camino de regreso a su casa; a esa hora no encontró a nadie, el pueblo estaba recogido, anochecía, la luna estaba pálida y reducida a una cuchilla filosa y un farol en la esquina de su casa dejaba colar un finísimo rayo de luz. Con los párpados hinchados se arrojó vestida sobre la cama matrimonial. Una chispa agonizante de sol se colaba en la habitación que se extendía y abrillantaba su pelirrubia y metálica cabellera. Se recostó y cubrió con una áspera manta gris con la que se arrebujó entre gemidos.

Dentro de su mente, se deslizaban sin cesar las escenas vistas; eran celos fortísimos entreverados con un nuevo sentimiento para ella. Algo indefinible lo que experimentaba y le arañaba muy adentro del cuerpo con rabia, despecho y repugnancia a la vez. No volvería nunca a la parroquia, todo lo comprendía ahora con claridad. El rostro de Yoselia carecía de expresión, y un cuajarón de rencor le empezó a subir por la garganta.

¡Cómo podía cambiar todo con tanta celeridad!

Sintió al pueblo “La Virgen de las Cruces”, más aletargado que nunca, asfixiado, acorralado por las faldas de las montañas de la sierra que lo rodeaban todo, excepto por una única salida empedrada y luego pavimentada hacia la capital. Sin embargo, en el poblado, todo acontecía como siempre y la vida fluía calmosamente.

En ese instante, la campana parroquial repicó puntual en el apacible anochecer del pueblo, avisando que ya eran las nueve, y era la hora de recogerse sus habitantes. El mudo andar de las voces abandonó la calle, la sombra ciñó la soledad de las piedras y los bancos de la plaza.

Del cielo se desprendió la noche que llegaba y el silencio que trenzaba sus cuerdas sobre el pueblo.

María Cristina Solaeche Galera.

La Virgen de las Cruces

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2 Respuestas a “YOSELIA Y EMIRO

  1. Querida poeta, sin desmeritar el resto de la obra, el final es exquisitamente hermoso: “En ese instante, la campana parroquial repicó puntual en el apacible anochecer del pueblo, avisando que ya eran las nueve, y era la hora de recogerse sus habitantes. El mudo andar de las voces abandonó la calle, la sombra ciñó la soledad de las piedras y los bancos de la plaza.

    Del cielo se desprendió la noche que llegaba y el silencio que trenzaba sus cuerdas sobre el pueblo.”

  2. Precioso relato.

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