DESINTEGRACIÓN

 Solo trajinamos el tiempo de estar vivos entre el viento y el relámpago;
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo, lo nuestro.
Eugenio Montejo

La vejez es la cosa más inesperada de todas las que le suceden al hombre.
León Trotski

Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida,
la muerte canta noche y día su canción sin fin.
Rabindranath Tagore

Todo es morir, y acabóse la obra.
Miguel de Cervantes

Creí que no me pasaría nunca, a cualquier otro, pero a mi no; eso pensaba tercamente a medida que los años sucedían. No ha sido así.

Seis de la mañana. Amanece marzo. Despierto de un terco insomnio, si es que de una noche en vigilia puede despertarse; aún cansado, con el cansancio del tiempo.

Una luz vaga penetra en el dormitorio; no me acostumbro a ver el surco vacío en su almohada, ella solía dormir tan placidamente con la sábana hasta las mejillas, me maravillaban sus párpados orillados por las sombras de las pestañas. ¡La extraño tanto! Si viviera, entre los dos nos sostendríamos.

El apartamento envejece rodeado de olvidos. Retiro la cortina y me asomo a la ventana, miro hacia fuera, las horas del amanecer son siempre generosas; parecieran  traer un regalo, la esperanza; el barrio está aún silencioso, ya avivará con la algarabía de su trajinar diario y no tardará en sofocar la calle un sol regocijado y palpitante.

Innegable, soy un anciano, los dolores crónicos son obstinados y asaltan antojadizamente, hoy, ayer, luego, egoístas, intempestivos. Cabeza, ojos, estómago, garganta, rodillas: el cuerpo-todo se les antoja y lo reptan descaradamente. Siento frenéticos latidos que repercuten en mi interior, mi carne es una gavilla de dolencias.

Miro mis pies anclados en el piso, ¿iniciarán el recuento de las dolencias, o será la cabellera ya rala quien la inicie? da igual, de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, el cuerpo contará su historia aunque me empecine en no escucharlo.

Desde ayer, no sé el porqué, comencé a hacer un inventario de las cicatrices que el vivir va dejando en mi organismo, rara vez pensé en ellas y sin embargo, ahora las detallo maniáticamente: la espalda se socava lentamente, día a día bajo el peso de la vida, dejando en su inclinación un crónico dolor; las líneas cárdenas e irregulares de las venas, son frenéticas sinuosidades retorcidas que cubren el dorso de mis manos; las desiguales arrugas, diariamente sobresalen y se afincan más desfigurando el rostro; la tos, esa terca tos que sobre todo de noche asalta interrumpiendo al insomnio, al tenaz e indomable insomnio; la matadura en la ceja izquierda, recuerdo de la niñez cuando intrépidamente intentaba saltar los escalones de dos en dos, se ha transformado en una marca más pálida y más profunda, y la de la barbilla intentando competir con la otra no recuerda su pasado. Los párpados son ahora flácidos y pesados, y sus bolsas caen como plomo notoriamente con un tonillo grisáceo. Los pasos se empequeñecieron, son cansinos,  indecisos, cautelosos, un pie delante, otro atrás, en un tambaleante e inseguro ritmo; una caída auguraría un catastrófico final, más ruinoso, más trágico y más nefasto del que ya nos reserva la acechante, grotesca y despiadada muerte. Poco a poco, lentamente, asolándome, la desintegración va devorando mi carácter alegre, hunde, aplasta mis hombros que también languidecen.

Estoy convirtiéndome en un amasijo de decadencia, la vejez cómplice del final, me muerde, me mastica, me engulle; devora día a día meticulosamente todo aquello que represente vitalidad. Algo se está apropiando pesada, parsimónica y furtivamente de mi cuerpo; en poco tiempo, mi organismo será una piltrafa. La vida es caprichosa y la muerte más aún.

Me encojo de hombros desdeñosamente y digo para mi mismo, que toda la vida es fortuita, salvo, por el hecho del momento en que tocará su final, y ese si no es azaroso.

Tras años sin visitar un médico, decidí hace poco hacerme un chequeo general para ver si lograba espantar alguno de estos achaques. Nada visible y grave revelaron la placa de tórax, los exámenes de sangre, ni los cardíacos, ningún estrago peligroso hicieron mis hábitos de vida. Tanta alharaca publicitaria sobre la salud, con los preceptos de la nutrición y el sano vivir, que si el azúcar, las carnes, el alcohol, el tabaco, las trasnochadas,  todo exceso, lo que si, lo que no, o lo que sea, todos los placeres que supuestamente acabarían minando mi organismo más rápido; las prohibiciones que me proporcionarían una vida saludable y una sarta de suposiciones mas. Simplemente, mi organismo se derrumba, se deteriora, hasta que deje de funcionar, es así, desde que nacemos llevamos en nuestro interior la desintegración. Sin embargo, las palabras impasibles y lenitivas del médico fueron: “Usted está sano, salvo algunos padecimientos que ya son crónicos y propios de la edad”; con ese dictamen regresé a mi cuerpo de nuevo.

Desde los dieciocho años conduzco, tenía automóvil propio. Lo hacía con pericia y una muy fuerte confianza en mi mismo, sin accidente alguno en el historial salvo dos rayones sin importancia, desenvolviéndome muy bien en todo tipo de tráfico.  Tuve que vender mi automóvil hace unos años, los reflejos me traicionaban, el volante se volvió desobediente a mis pretensiones, es decir, yo, no el auto, estaba viejo para manejar y tenía que admitirlo.

Hoy, analizando maniáticamente mi fisiología, me doy notoria cuenta, que camino ayudado de un bastón que se ha vuelto una tercera pierna y así, logro afincar mejor mis adoloridas articulaciones; advierto que mis huesos se masillan; que a medida que pasan los días cada músculo se va atrofiando; que el tic que me hacía fruncir los labios ligeramente hacia la izquierda como insinuando una sonrisa picaresca, se ha transformado en una mueca ridícula; que mis lentes aumentan rápidamente sus dioptrías y la afección de la sequedad casi desértica de los ojos parece inmovilizarlos; que subo escaleras con dificultad y bajarlas es un tormento; que me faltan muelas, y tengo que rumiar la comida.

A pesar de este descalabro físico, de estos estragos, no quiero morirme. No he regalado los numerosos libros que no tendré tiempo para leer, y no he decidido el destino de mi viejo amigo, mi también achacoso y querendón perro. Sé que la muerte habita dentro de uno desde el nacimiento y sin embargo, no hay manera que me convenza de congraciarme con ella llegado el momento, y mucho menos mientras ella, astuta, me embosca.

Algunos recuerdos me extrañan, tan ajenos al hoy, que es desconcertante conciliarlos con el organismo que soy: mi cuerpo trajinando feliz y con donaire en la ciudad, subiendo y bajando las escaleras rápidamente, asoleándome o nadando en la playa, dormitando en el sofá, saltando bajo la lluvia, viajando, amando, trabajando, bebiendo, fumando, llorando, riendo, mi cuerpo yendo en autobuses, instalado en cines o teatros, mi cuerpo, así lo tengo retenido en mi memoria ¿cómo intentar arrumar esos recuerdos en el ático de los olvidos? Son todos mi vida, son lo que soy mientras rebusco en el alhajero de mi memoria.

¡Vaya! me repito, no quiero morir, “una verdad de perogrullo”,  ni siquiera he realizado ningún trámite, ningún paso sobre mi cremación y demás; amigos que me rodean, ya tienen sus tumbas en un afán iluso de perdurar, en un cementerio que en solitario y con insistencia, finalizará con esmero la rancia tarea de la desintegración, escondido en la carcoma del olvido.

Dejé claro a quien ceder mi biblioteca; la colección de figuras de mariposas, la que me quedó de ella, mi compañera, será para una hermosa nieta de belleza etérea, con ella seguirá su destino; los grabados, a mi nieto mayor que siempre demostró interés por las artes plásticas y  la fotografía… mis recuerdos, los míos, desaparecerán conmigo.

La desintegración de mi cuerpo me convence totalmente, del absurdo de una resurrección.

Siete y diez de la mañana. Tomo conciencia de mi excéntrico monólogo. Cierro los ojos y demando imperiosamente que mi cuerpo, aquel que tenía años atrás y que sólo me pertenece a mí, me sea devuelto. Inútil, él se empecina en arrastrase hasta la orilla de la muerte.

Afuera el bullicio matinal, tras los vidrios de la ventana, sigo desintegrándome.

                                                 María Cristina Solaeche Galera

Portada del Disco Artista: Zener Álbum: La Desintegración del Tiempo Año: 2014 Género: Heavy progresivo / Experimental / Progresivo ecléctico Duración: 55:29 Nacionalidad: Argentina

Portada del Disco
Artista: Zener
Álbum: La Desintegración del Tiempo
Año: 2014
Género: Heavy progresivo / Experimental / Progresivo ecléctico
Duración: 55:29
Nacionalidad: Argentina

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4 Respuestas a “DESINTEGRACIÓN

  1. Apreciada Maria Cristina, a veces pienso asi, con mis 77 años.Pero pensando en bailar con mis 4 nietas en la fiesta de sus 15 años, lucho por estar vivo, mas o menos sanos y libre, hasta por lo menos los 92 años.Alexndra, la ultima nieta, hija de Gabriel, nacio en Houston el 1 de marzo 2017. slds,M

    El 9 de marzo de 2017, 3:34, EL VERANO DE LOS TAMARINDOS escribió:

    > mariacristinasolaechegalera posted: ” Solo trajinamos el tiempo de estar > vivos entre el viento y el relámpago; el tiempo en que tu cuerpo gira con > el mundo, lo nuestro. Eugenio Montejo La vejez es la cosa más inesperada de > todas las que le suceden al hombre. León Trotski Como un mar, ” >

  2. Vejez, juventud, infancia, todas son medallas para pasearlas airosos, tal vez las dos últimas con alguna pincelada de desenfreno y aires de valentia y sentirnos dueños de la vida, A la primera, no tenemos porque oscurecerla con ráfagas de soledad, pues preparados ya estamos para saber del ocaso que se avecina, y que aún, en la merma de nuestra vitalidad, el sueño de la vida, es una alegria, que bien podemos disfrutar en cada instante vivido. Un abrazo Ma Cristina.

  3. Jose Miguel Rincón

    Cuando andamos en el perenne sendero de la desintegración, vamos trascendiendo del polvo que nos creó; dado el tiempo – aquel espectro de la infalible continuidad – nos llevará consigo a ese doloroso calvario que nos transformará para la eternidad.

  4. Adela de Gonzàlez

    Excelentes y sabias reflexiones. Realmente pasamos el tiempo pendientes de exámenes de sangre, resonancias, tomar pastillas para el colesterol, para tensión, para el hipotiroidismo y pare de contar. Pero no me pierdo un baile hay que vivir con alegría jajaja, mientras se pueda. Felicitaciones cada día más interesantes tus escritos y los de tus seguidores. Saludos Adela de González.

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