El verano de los tamarindos de María Cristina Solaeche Galera. Jesús Ángel Semprún Parra

EL verano de los tamarindos de María Cristina Solaeche Galera.

Jesús Ángel Semprún Parra

El libro que nos ocupa esta mañana sabatina, es un conjunto de poemas de temática erótica o perteneciente al género de la poesía erótica, titulado El verano de los tamarindos de la escritora venezolana nacida en Maracaibo, María Cristina Solaeche Galera. Es un libro que exalta con libertad y con fuerza al amor sensual, a las más abiertas sensaciones de los sentidos y del pensamiento. La fuente del pensamiento y la poesía  es la vida misma. De modo que ambas van de la mano. Sentir y pensar se funden en la poesía, diría Paz. Y en esencia en eso se constituye El verano de los tamarindos, un entrecruzamiento de sentires y pensamientos de una experiencia vital, existencial verdadera.

Pero antes de seguir comentando en torno a este poemario caldeado por un verano intenso y vivificador. Diremos que está marcado por un linaje poético suramericano, no por influencias reconocibles sino por el compromiso de surgir con voz propia y dentro del ámbito del idioma que heredamos de la península ibérica, a las precursoras voces de nuestra poesía erótica femenina: Victoria Ocampo, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Gabriela Mistral, entre otras. Esta fue una generación contrastada por fuertes reformas sociales, políticas, económicas y hasta jurídicas:la Revolución Rusay los movimientos feministas.  Aunque hallemos en el caso venezolano algunos tímidos intentos de expresión sensual y lirismo  susurrante con manos de mujer, no será hasta que surjan en el escenario nacional las zulianas María Calcaño, Graciela Rincón Calcaño y Olga Luzardo, para convertirse desde su condición de poetas, en las primeras en expresarse abiertamente y en actitud rebelde, sobre el amor sexual y la pasión física.

María Calcaño (1906-1956) fue la primera poetisa en el ámbito nacional en tratar el tema erótico, impulsada por un lenguaje violento en la palabra renovada y con robusto gesto expresivo y sensual que repercutió en los estratos sociales más conservadores y pacatos, a comienzo de la décadas del 30, con la publicación de su primer poemario Alas fatales (1935), lo cual se constituyó en un suceso único para las letras venezolanas. Por su parte Graciela Rincón Calcaño (1904-1987) le sigue con Vesperal (1943) y Olga Luzardo (1918) con la publicación de su libro Flor de cactus (1945). Ellas prendieron el mechero de la expresión erótica en todo el país.

Posterior a ellas, surgirán otras generaciones de voces femeninas sobre la temática pero sin las limitaciones que imponía la sociedad en épocas anteriores. Entendiéndose ahora en estos tiempos, a la poesía erótica como la expresión artística del amor sexual y sensual.

Prueba de ello, es la antología en sus dos ediciones, preparada por Julio Jiménez, Emérita Fuenmayor y María Eugenia Bravo, Donde la boca que te busca. Antología en femenino.

Ahora con la publicación de El verano de los tamarindos de María Cristina Solaeche Galera, estamos en presencia de una obra que reviste importancia trascendente, por la fuerza y vitalidad en la expresión erótica, que busca asentarse en delicados giros, recursos plásticos y visuales, dondela Naturaleza y sus elementos vuelto imágenes, simbolizan la descripción erótica, es el hallazgo y la exploración de los cuerpos, toda la realidad visual o sensorial del poema está envuelta simultáneamente por un ambiente solar, lunar, matinal y crepuscular, así como los olores y los sabores de las especias en el cuerpo, alusiones de piezas musicales e instrumentos como las castañuelas, reminiscencias de una ascendencia cercana, todo envuelto en un luminoso cromatismo tropical:

Se esparce la lágrima
Desierto de cristal
Desatada del recuerdo
Es alarido de congoja en el aire
Con ella el silencio
Atraviesa el cuerpo del día
La noche sube al árbol del desconsuelo
Sobre el arenal sin playa
La trilla sin sendero
El río sin orilla sin guijarro sin reflejo
Se despeña
Y la luna y el sol
Emprenden vuelo
Enroscados en antiguas danzas.
(“La lágrima / Desierto de cristal”)

Este otro:

Relámpago presentido
Puñalada del tiempo
Abalorio irreverente
Que atrapa en sus fisuras
Con las manos atadas
Y los escondrijos decantados
Camino de espaldas descolgando estrellas rancias
Reteniendo poemas en el pensamiento
Nubes de tierra
Nidos de papel
Es el ocaso que posa sus ojos
¿Quién arrastra la memoria de nuestros veranos?
¿Quién detiene el viento entre mis piernas?
¿Quién escarba tu sonrisa silvestre?
Huele los rincones de mi cuerpo
Guarécete en el estaño de mi pecho
Abre mi boca partida

Todo el poemario es un canto a la memoria vivida de deseos, y vueltos a vivir. Es la oportunidad única que el universo nos brinda para disfrutar del cuerpo y del otro, en un amor compartido, en un continuo frotis de cuerpo y alma, de amor espiritual y amor carnal. Es el erotismo en toda su expresión como imaginación del sexo, como ficción del sexo después de vivirlo.

Este amor respira
Profundamente
No falta ni el aliento para un suspiro
(“Salto del corazón”, fragmento).

En un lenguaje surreal, su mundo poético es cósmico y matemático. El tiempo es una línea que avanza sin cesar. Vivimos el instante hasta que nos alcance el tiempo. Los recursos estéticos que utiliza la autora, como dijimos antes provienen de la Naturalezay sus elementos. Como dice Octavio Paz en su obra sobre amor y erotismo La doble llama (1993): “… las imágenes poéticas transforman a la persona amada en naturaleza –montaña, agua, nube estrella, selva, mar, ola- y, a su vez, la naturaleza habla como si fuese mujer. Reconciliación con la totalidad que es el mundo. El amor no es la eternidad; tampoco es el tiempo de los calendarios y los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante.”

Ya la autora Solaeche Galera había publicado dos poemarios titulados Un amor de miel y ajenjo (2003) y Poemas ásperos y oscuros (2005), notablemente sensoriales y amatorios.

Leamos este poema titulado “Aún”:

Buscando el alma
Escarbé el cuerpo
Cabizbaja
Entre en mí sin haber salido
Feroz el resplandor del naufragio
Zarpando mi carne desmoronando imágenes
Mientras me reptaba el tiempo
Y se extraviaban los días
Hallando poemas heridos de silencios
Colgando mi sombra en la rama de un cují
Aún
Voy a vestirme para el barullo callejero
A desnudarme para el rezongo del amor
Teñir mis pupilar de nuevo
Engancharme el desparpajo en el cabello
Y estallar en desasosiegos
Es que me queda
El olor de la vida en la memoria.

Es como darse otra oportunidad, es como vivir el placer de nuevo en las imágenes poéticas, en la palabra. Pero no reeditando momentos sino disfrutando de unos nuevos con el amante. Una presencia sin rostro pero que vive en ella. Es el objeto de sus vivencias, de sus imágenes casi oníricas. Es el poder de la memoria, del erotismo.

Una respuesta a “El verano de los tamarindos de María Cristina Solaeche Galera. Jesús Ángel Semprún Parra

  1. ROBERTO SIMANCAS

    EL VERANO DE LOS TAMARINDOS, DE MA. CRISTINA SOLAECHE G.
    ROBERTO SIMANCAS

    Esta poetisa de profesión educadora en el área árida y necesaria para forjar las mentes analíticas, como la Matemática Pura, se desempeñó como catedrática en la Universidad del Zulia. La docente alcanzó en dicha alma mater el grado de profesora emérita. Mujer de disciplina ha sabido integrar en su ser la dualidad apolínea y dionisiaca con soltura, donaire y elegancia.

    La profesora, reseña el libro a comentar, tiene en su haber la producción literaria siguiente: Un amor de piel y ajenjo, Ásperos y oscuros y El verano de los Tamarindos, que junto a otros libros ensayos nos sugiere que esta maracaibera prosigue un trabajo sereno y constante en el quehacer poético. También nos convoca María Cristina en la Web a través de su blogts con título igual al poemario objeto de nuestras notas.

    Precisar el tema El verano de los tamarindos puede ser discutible. Ante todo sabemos que el verano es la estación del año cuando el calor agobia y se recogen la siembra, hecha frutal, vino y manjar. En este poema se respira una Venus desatada con límpido erotismo que le canta en silencio a su amado en entregas de cama. Sí, un erotismo limpio, acosador sereno que se extasía en el recluimiento como verdadero encuentro de los amantes. Canto de una mujer que ama, desea y se siente amada, lirismo tierno, con un arranque de brasa hasta mitad del poemario, para después reposar en el éxtasis y acabar en la serenidad de seguir amando.

    Aunque la literatura no es psicoanálisis; en el poema Aún, arranque del libro, se puede escabar el alma quejumbrosa de la poetisa, quien náufraga vivía robada al tiempo, hasta que decide airearse con el amor. Ella misma lo dice: zarpando mi carne desmoronado imágenes/ mientras me reptaba el tiempo/. Caída en ese tormento de cerebro del que habla William Styron, Solaeche guarda sus “poemas heridos de silencios” y va “a vestirse para el barullo callejero”, para decir como el gringo: Y volví a ver las estrellas. Ese despertar coincide con haber conocido el sueño del “hombre de mirada transparente”, “turpial de mis deseos”. Abrasada por eros, la poetisa hará de su amante su confidente, quien oirá “el relato del lunar en mi hombro” porque el “hombre amado abraza”. Ya henchida, plena por bien amada, la poetisa puede decir: /Dátil goloso el del amor/ crocante la pisada de los sentidos/.

    Mujer desnuda, mujer amada, Amado Nervo; mujer amada sin coartadas seguro recrea y recrea a su amado; por lo que la poetisa vive ahora de Salto del Corazón: Ayer/ cuando pronuncié tu nombre/sentí como si una flor roja/cayera desde el balcón entre mis pechos/. Quiere escapar la poetisa al lecho de Dionisio, nada quiere saber de Ave de plumaje sombrío, ha experimentado que en: /En el miedo no existimos/. Amor de entrega sin cortapisas apenas pide “espía tras la celosía de mis pupilas/. Una “ternura que no cede”, siente que “el amor da dentelladas en el cuerpo”. Sumergida en el amor, el deleite de los sentidos, sueña con un “Tendal de caricias”. Pezones que se dan, lunar de hombro ansioso de caricias, nostalgias de noche, delirio de cama que exige “acariciantes espigas sobre el vientre”, convertido en un “tigre cósmico”.

    La magia del amor que es tan real lo poetisa lo brinda “por saquear la soledad y despedazar el silencio”. Todo este poemario es un recorrido de entrega, pero no esa entrega lacerante, de meros acróbatas sexuales; no, la poetisa calza fino y trabaja imágenes sin poses para entegrarnos todo su intimismo de mujer que ha desatado el deseo, lo ha sondeado, sentido y vivido. No es Solaeche una sensualista, menos creo una epicureista; es llanamente una mujer que se da al “retozo del viento fractal la brisa del vientre”.

    Pienso que el poemario mantiene todo un ascenso de principio hasta mitad del mismo; para seguidamente comenzar una especie de rememoración de lo vivido, de seguir en esos encuentros de los amantes, todavía buzos del deseo pero ahora con más plenitud, que no recato; porque sabe la poetisa que el placer sigue “tejiendo entre los dedos su danza”.

    María Cristina nos plasma una poética de madurez. Su lirismo pasado aunque permanece, se nos presenta en este libro más decantado, depurado y con ese intimismo de quien verdaderamente ha saboreado el deseo en su cuerpo; no haciendo mera descripción de ello sino dándonos imágenes ante todo visuales y cromáticas que nos envuelven en nuestros delirios vividos o imaginados de cama.

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